La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 44 Supera la mañana siguiente (cuando los villanos no huyen antes del desayuno)
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44 Supera la mañana siguiente (cuando los villanos no huyen antes del desayuno)

Kazimir

C alidez. Esa fue la primera sensación que percibí cuando la consciencia consiguió abrirse paso en mi mente. No era el frío habitual de mis aposentos ni el desolador vacío de despertar solo. Solo… calidez.

Casi sentí rechazo por una cuestión de principios.

Pero al abrir los ojos, me di cuenta de que la causa era el cuerpo de Arabella acurrucado contra el mío.

Dormía con la cabeza apoyada bajo mi barbilla y un brazo extendido sobre mi torso, como si estuviera reclamando su territorio.

Eso debería haber despertado todos mis instintos de supervivencia.

En lugar de eso, me quedé tumbado como un tonto y observé con atención su pelo enredado, las pecas que le salpicaban la cara y esa sonrisilla engreída en sus labios incluso estando dormida.

Sin embargo, poco a poco me fui dando cuenta del estado de la habitación.

Ropa esparcida por todas partes, una silla volcada, una grieta en la ventana por culpa de la magia descontrolada.

Los libros se habían caído de las estanterías y estaban tirados por el suelo, con algunas páginas torcidas como una silenciosa condena.

Y plumas flotando por todas partes.

Mi parte más racional calculó los gastos de reparación y los plazos de reposición, pero otra parte de mí disfrutaba del regusto de haber tomado a mi esposa con tanta intensidad que habíamos dejado la habitación hecha un desastre.

Una satisfacción egoísta brotó dentro en mi interior al pensar que la había poseído por completo la noche anterior…

y ella me había poseído a mí a cambio, a juzgar por los nuevos cardenales que cubrían mi piel.

Me invadió una sensación de incomodidad, sabiendo que la satisfacción era una trampa para los villanos.

La satisfacción estaba reservada para los héroes.

La satisfacción llevaba a la complacencia, y la complacencia llevaba a que tu cabeza acabara en una pica mientras tus enemigos se repartían tu territorio.

No había construido mi imperio sobre las ruinas empapadas de sangre de la traición permitiéndome sentirme satisfecho .

Pero tal vez por una vez podría permitirme sentir una pizca de gratificación.

Estrictamente como celebración por un plan bien ejecutado, por supuesto.

Conquistar un reino o destripar a un rival proporcionaba la misma irónica sensación de satisfacción.

Un comportamiento perfectamente normal en un villano.

Arabella se movió contra mi cuerpo. Me quedé inmóvil por completo, observando cómo las pestañas revoloteaban contra sus mejillas. Cuando abrió los ojos, los clavó inmediatamente en los míos. Me preparé para recibir insultos o un puñetazo, pero ella se limitó a murmurar:

—Buenos días —dijo con un tono ronco y deliciosamente complacido que me aceleró el pulso.

—Sí —contesté, incapaz de esconder mi arrogancia—. Es un día excelente.

Ella puso los ojos en blanco, pero no hizo amago alguno de tomar distancia.

—No te lo tengas tan creído.

—Es complicado no hacerlo. —Dejé que mi mirada recorriera los restos de nuestro fervor nocturno—. A juzgar por todos estos escombros, superé las expectativas.

Le temblaron los labios.

—Supongo que puedes alardear un poco. —Me besó en el pecho y luego se detuvo, como si estuviera debatiéndose con algo en su mente.

Arqueé una ceja.

—¿Ibas a morderme? Porque se me ocurre otro sitio en el que preferiría tener tu boca.

Soltó una risa cálida contra mi piel.

—Nunca había despertado al lado de alguien… así.

Oh. Una confesión. El corazón me dio un vuelco por la sorpresa.

—Yo tampoco —admití, la verdad se me escapó antes de que pudiera esconderla bajo una capa de sarcasmo como es debido. Maldita sea—. En mi trabajo, es una buena forma de acabar apuñalado mientras duermes.

—Pero nosotros llevamos durmiendo en la misma cama desde la boda —señaló—. ¿Te has dedicado a quedarte despierto con una daga bajo la almohada?

—Las primeras noches sí. —Me encogí de hombros ligeramente, consciente de que seguía usando mi pecho como almohada—. Dejaste claro que no querías ningún tipo de intimidad obligatoria. Pero las viejas costumbres son difíciles de cambiar.

Se me vino una idea a la cabeza. Algo que había dicho en la sala de guerra antes de que la tomara contra esa mesa.

—Mencionaste que hacía tiempo que no lo hacías. —Intenté sonar despreocupado, pero algo oscuro y posesivo se enroscó en mi pecho—. ¿Cuántos amantes has tenido exactamente?

Arabella levantó una ceja.

—¿Me estás preguntando sus nombres y ubicaciones para poder darles caza? Porque acabas de apretar la mandíbula como cuando estás pensando en recurrir a la violencia.

—Por supuesto que no —mentí sin vergüenza alguna, con la mandíbula apretada. Cuando me miró con los ojos entrecerrados, rectifiqué—: Puede. Un poco. ¿Y qué pasa si es así?

Soltó un largo suspiro de resignación.

—Dos. Un mozo de cuadra y un bardo ambulante. No te molestes. No fueron precisamente romances épicos. —Recorrió con el dedo una línea por mi esternón—. No te hagas el decepcionado.

El alivio que sentí fue absurdo, casi vergonzoso. Acaricié distraído su cadera con los dedos.

—Al contrario. Me alegro de que no haya más nombres en esa lista. —Entonces subí la mano por sus costillas—. ¿Cómo conseguiste ocultar tales indiscreciones?

—Me volví creativa —dijo, con voz firme y un ligero tono de rebeldía—. Te toca. ¿A cuántas personas ha dejado con el corazón roto el Señor Oscuro a lo largo y ancho de los reinos?

Le dediqué mi sonrisa más malvada.

—¿Corazones? Ninguno. Cuerpos, por el contrario…, varios. No llevo una cuenta estricta, pero te aseguro que sabían a lo que se comprometían. No se hacían ilusiones sobre intercambiar notas de amor. —Le aparté un mechón de pelo de la cara—. Cualquier acuerdo era siempre… temporal.

Arabella se incorporó y me fulminó con una mirada burlona.

—Varios no es un número.

—Es justamente un número —repliqué, dejando que mi mirada se deslizara de forma perezosa sobre sus pechos desnudos—. Solo que no es uno específico.

—No es justo. Yo te he dicho el mío. —Me dio un golpecito juguetón en las costillas y yo me aparté con un sonido nada digno que desde luego no era un chillido.

Se le iluminaron los ojos como si le hubieran hecho un regalo de cumpleaños.

—¿Tienes… cosquillas?

—Por supuesto que no —dije con toda la dignidad que pude reunir—. El Señor Oscuro no tiene cosquillas. Eso sería ridículo.

Una sonrisa maliciosa se dibujó en su rostro.

—El Señor Oscuro es un mentiroso.

Volvió a acercar los dedos a mis costillas y le agarré la muñeca.

—Esto es una traición —le advertí, pero ella ya estaba atacando con la otra mano, y encontró un punto justo debajo de la caja torácica que me hizo retorcerme.

—¿Con cuántas? —exigió saber, implacable en su ataque.

Yo respondí haciéndonos rodar, intentando inmovilizarle los brazos, pero ella se liberó con un movimiento irritantemente ágil.

La cama se sacudió, las sábanas se enredaron a nuestro alrededor hasta que ambos caímos sobre la alfombra.

Aterricé encima de ella, sujetándole las muñecas por encima de la cabeza.

Su cuerpo estaba cálido y maleable bajo el mío.

—Doce —admití—. Por ahí, más o menos.

Agrandó apenas los ojos.

—¿Doce? Son menos de lo que esperaba para un hombre con tu… reputación.

Dejé escapar un simulado sonido de ofensa.

—Calidad antes que cantidad. Además, conquistar reinos y buscar artefactos ocupa muchas horas al día.

Ella me miró con inocencia.

—¿Y todas esas virginidades que supuestamente robaste? ¿Las cuentas?

—No. Eso no tiene gracia.

—Si tú puedes bromear sobre poner afrodisíacos en mi comida, yo puedo bromear sobre tu apetito voraz. Me pregunto si…

Capturé su boca en un beso lento y posesivo. Me correspondió con entusiasmo, arqueando el cuerpo mientras mis pensamientos se vaciaban por el deseo. Cuando al fin nos separamos, me miraba con una mezcla de diversión y deseo.

—¿Contamos esta mañana? —preguntó.

—Esta mañana, anoche y todas las veces que pueda tenerte antes de que nos veamos obligados a ocuparnos del resto del mundo.

Ella me observaba con atención.

—Me he estado preguntando algo —dije—. ¿Por qué confiaste en que no te tocaría después de casarnos? Seguro que no pensabas que esa absurda pared de almohadas me detendría si decidía romper nuestro acuerdo, ¿verdad?

Dudó, sin duda luchando consigo misma. Finalmente, suspiró.

—Tengo… una habilidad. El sentido de la verdad. Sé cuándo me están mintiendo.

Me apoyé en mis manos para mirarla.

—¿Y no se te ocurrió mencionarlo antes?

—No es algo que vaya pregonando —dijo a la defensiva—. A mi padre… no le gustaba que lo pillara mintiendo.

Me quedé pensativo. Ella siempre había sabido si yo estaba mintiendo sobre mi promesa o exagerando mi deseo de mantenerla a salvo. Había leído mis medias verdades sobre querer —no, necesitar — su consentimiento. Una oleada de admiración involuntaria me calentó el pecho.

—Muy útil —comenté, tratando de no parecer nervioso—. No me extraña que siguieras frustrando mis intentos de seducción.

Esbozó una sonrisa pícara.

—Sí.

Respiré hondo. ¿Me avergonzaba que hubiera descubierto muchas de mis manipulaciones? Puede ser. Decidí enterrar ese sentimiento y, en su lugar, la apreté más contra la alfombra, dejando que mi cuerpo hablara.

—Bueno —dije al fin—, supongo que eso empata las cosas entre nosotros. Un poco.

—Mmm. Sin comentarios.

—Sabes… —murmuré—, hay formas de obtener información sin necesidad de palabras.

Acaricié ligeramente con los labios su mandíbula, arrancándole un pequeño suspiro. Ella susurró:

—Ya habías mencionado antes tus técnicas para interrogar, secuestrador.

Continué bajando poco a poco por su cuello, mordisqueándola con suavidad mientras con las manos exploraba la ligera curva de su cintura.

—Puedo mostrártelas a fondo, a menos que…

Arabella contuvo el aliento cuando mis labios bajaron hasta su esternón. Enredó los dedos en mi cabello, tirando de él con impaciencia.

—¿A menos que qué?

Me aparté lo justo para mirarla a los ojos.

—A menos que prefieras desayunar primero. Podríamos hacerlo juntos, al contrario que con mis otros… acuerdos.

Me miró con una mezcla de astucia y deseo. Luego me rodeó la cadera con la pierna.

—El desayuno puede esperar —decidió, tirando de mí para que volviera a tumbarme sobre ella—. Tengo hambre de otra cosa.