43 Calcula los costes de reparación (cuando la consumación requiere reconstrucción) #2
Reemplacé el dedo por mis labios y le di un beso en el centro de la espiral.
Me agarró con fuerza del pelo. Sonreí contra su piel y continué mi exploración, recorriendo los dibujos con los labios y la lengua, aprendiendo cuáles hacían que se tensara y cuáles provocaban sus gemidos.
Cuando llegué con los labios a la cintura de sus pantalones, volvió a tirarme del pelo y me levantó.
Tenía una expresión que nunca le había visto antes.
—Ya basta —jadeó. Me envolvió las piernas desnudas con la túnica que había dejado tirada, luego me levantó del fardo de heno y se dirigió a la puerta del establo—. No quiero quemar nada.
Desde su rincón, Nyx proyectaba un fuerte sentimiento de conformidad, teñido de preocupación.
Le rodeé el cuello con los brazos y besé la parte inferior de su mandíbula, donde encontré otra runa que trazar con la lengua.
—Supongo que uno de los dos debería aportar algo de cordura.
—A mis… Nuestros… aposentos. —Su voz sonaba tensa—. Los hechizos protectores de la torre son más fuertes.
El resoplido indignado de Nyx a nuestras espaldas probablemente era de desaprobación, pero no pude evitar soltar una tímida risa, todavía absorta en el sabor de Kazimir.
Caminaba con paso decidido mientras me llevaba al interior de la fortaleza.
Cada punto de contacto me provocaba una nueva oleada de deseo, y él solo apretaba cada vez más fuerte.
El personal huía de nosotros o fingía no vernos.
Por mí, perfecto. Tenía la mente ocupada por el recuerdo de lo que se sentía al tenerlo dentro de mí, de cómo la magia se había magnificado hasta que estuve segura de que ambos moriríamos por la gloriosa sobrecarga.
A mitad de la escalera de caracol, me empujó contra la fría pared de piedra y me besó hasta que estuve a punto de olvidar mi propio nombre.
Sentí cómo se desabrochaba el cinturón. La túnica se le cayó mientras yo le rodeaba la cintura con las piernas, sin importarme el incómodo ángulo en el que se encontraban nuestros cuerpos en los estrechos escalones.
—No puedo esperar —dijo con voz ronca, lo suficientemente baja como para despertar placer en mis sentidos.
Apoyé las manos sobre sus hombros.
—Pues no lo hagas.
Me penetró sin previo aviso, arrancándome un grito que retumbó en la estrecha escalera.
La electricidad prácticamente hacía chispas donde nuestras pieles se tocaban, el dorado y el negro se unieron en una baile de energía.
La torre tembló y el polvo cayó a nuestro alrededor.
Kazimir soltó una risa siniestra, y su aliento caliente rozó mi cuello.
—Vamos a derruir la ciudadela entera —murmuró y volvió a hundirse en mí.
Intenté responder, pero él siguió con una poderosa embestida que me hizo ver estrellas detrás de los párpados. La conversación cesó. Solo se oía el sonido frenético de nuestras respiraciones, el eco de la carne contra la carne y la creciente ola de poder bruto que crepitaba con cada penetración.
Cuando ambos llegamos al precipicio, Kazimir apretó la mandíbula y redirigió la furiosa magia hacia arriba.
Sentí cómo las protecciones de la torre cobraban vida, absorbiendo gran parte del caos que desatamos cuando yo caí por el borde y él me siguió.
La presión en el aire fue ensordecedora por un momento, pero las paredes aguantaron.
Permaneció pegado a mí, jadeando, mientras en mis oídos retumbaba el latido de nuestros corazones fusionado.
—Eso ha sido más fácil —dijo con voz entrecortada—. Quizás la fortaleza sobreviva a los dos después de todo.
En lugar de dejarme en el suelo, me colocó de forma más cómoda en sus brazos y siguió subiendo. Me agarré a él con una espiral de satisfacción y restos de excitación dando vueltas en mi cabeza.
Cuando por fin llegamos arriba, abrió la pesada puerta con el hombro para cruzar conmigo el umbral como una parodia oscura de una noche de bodas tradicional. No dejó de mirarme a los ojos mientras empujaba la puerta con el pie para cerrarla a nuestra espalda.
Sin embargo, cuando se dio la vuelta, su paso seguro vaciló ante la escena de destrucción que era su dormitorio. Había plumas esparcidas por el suelo como montones de nieve, pedazos de cristal brillaban sobre la repisa de la chimenea y rosas negras medio marchitas colgaban de jarrones rotos.
—¿Qué ha pasado aquí? —preguntó, medio estupefacto.
El calor me cubrió el rostro.
—Puede que tuviera… una rabieta cuando te fuiste. Fue un momento difícil.
Sin emitir ningún juicio, me ayudó a ponerme de pie y cerró la puerta con llave. Luego se volvió hacia mí, me abrió la camisa y la dejó caer al suelo.
—Cada segundo que pasé fuera, no podía pensar en nada que no fuera tu sabor.
Me levantó y me puso sobre la cama, haciendo que un torbellino de plumas se esparciera por el aire.
—Pensando en lo mojada que estarías para mí —continuó, bajando la voz hasta convertirla en un susurro entrecortado mientras se quitaba el resto de la ropa, sin apartar los ojos de los míos.
Kazimir se tumbó a mi lado. Deslizó la mano entre mis pechos para apartar una pluma y luego siguió subiendo hasta agarrarme el cuello con posesividad.
—Los gemidos que emitirías cuando finalmente me hundiera en tu interior.
Me rozó los labios con un beso, suave en comparación con la vehemencia de sus palabras.
—Más despacio esta vez —agregó—. Quiero conocer cada centímetro de tu cuerpo.
Y así lo hizo. Durante las siguientes horas, exploró mi cuerpo con atención meticulosa, descubriendo lugares que no sabía que podían brindar tanto placer, sin perder nunca ese toque de posesividad, pero permitiéndome conocerlo como a un igual.
Yo le devolví el favor continuando con la exploración de sus runas, aprendiendo cuáles lo ponían tenso y cuáles lo hacían jadear de placer.
—Nunca te han molestado —dijo en un momento en el que estábamos relativamente quietos. No era una pregunta, pero respondí de todos modos.
—¿Por qué iban a hacerlo? Son parte de ti. —Recorrí con el dedo la que tenía sobre el esternón—. Nunca me contaste cómo te las hiciste.