La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 43 Calcula los costes de reparación (cuando la consumación requiere reconstrucción)
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43 Calcula los costes de reparación (cuando la consumación requiere reconstrucción)

Arabella

T odo mi cuerpo vibraba con magia. Me senté en un fardo de heno en los establos, tratando de recuperar algo de compostura mientras Nyx se zampaba su tercera vaca a mordiscos y zarpazos.

Todo parecía más crudo y se había intensificado hasta alcanzar un nivel casi doloroso.

Los colores parecían más vivos, los olores más potentes.

Incluso el heno que se me clavaba en las palmas de las manos se convirtió en una fuente de dolor placentero.

Y la magia… Dioses, la magia .

Me invadió como si se hubiera roto una presa y ya no pudiera mantenerse contenida en canales ordenados y cuidadosamente medidos.

Lo sentí en las yemas de los dedos, en la garganta, vibrando detrás de los ojos.

Una parte de mí se preguntaba si así era como se sentía siempre Kazimir, con una corriente de poder bruto crepitando de forma constante bajo su piel.

O tal vez no era más que la consecuencia de lo que habíamos hecho juntos.

El recuerdo de aquel momento en la sala de guerra me atravesó, y mi concentración se dispersó de nuevo.

La forma en que nuestros cuerpos habían colisionado, con nuestra magia entrelazándose e intensificándose hasta que las paredes literalmente se derrumbaron a nuestro alrededor.

Lo habría disfrazado de excusa para cumplir con los requisitos de la Reliquia, pero ya no podía seguir engañándome a mí misma.

Lo deseaba. Lo había elegido yo…, lo había elegido a él .

Exhalé y murmuré para nadie en particular:

—¿En qué me convierte esto ahora? Nyx ladeó la cabeza, con la sangre todavía corriéndole por el hocico. No tenía claro cómo explicarle a una dragona de sombras la caótica mezcla de euforia, culpa y lujuria que estaba sintiendo.

—No era a ti —dije con suavidad—. Estoy hablando sola como la esposa de un villano desquiciado.

Emitió un resoplido húmedo y un humo sombrío brotó de sus fosas nasales. Tuve la impresión de que quería decir algo así como «La que se pica, ajos come…». De hecho, me eché a reír.

—No me provoques.

Una sombra se proyectó sobre el suelo cubierto de paja. Kazimir estaba de pie en la puerta, con la silueta enmarcada por la puesta de sol. Se había cambiado de ropa, aunque tenía un corte reciente en la mandíbula.

—Estás sangrando —dije a modo de saludo.

Se llevó la mano al corte como si se le hubiera olvidado.

—Desprendimiento de mampostería. La torre este ha sufrido algunos daños.

—¿Por lo que hicimos?

El leve pero orgulloso temblor de sus labios me dio un vuelco al estómago.

—Por lo que hicimos —admitió.

Recorrió mi cuerpo con la mirada, deteniéndose donde su camisa apenas me cubría los muslos. La bata se había echado a perder, así que cogí lo primero que tuve a mano, que resultó ser su ropa. No hacía mucho por ocultar el hecho de que no llevaba ropa interior.

—¿Cómo te encuentras? —preguntó.

Noté cómo se me calentaron las mejillas bajo su escrutinio.

—Como si esta piel ya no fuese la mía. Y mi magia… —Me fallaron las palabras. No había forma sencilla de describir la sensación de contener una tormenta en el cuerpo.

Se acercó y se sentó a mi lado sobre el fardo de heno. Incluso esa breve proximidad hizo que una electricidad fantasmal recorriera mi piel. Acabábamos de tener sexo, pero mi cuerpo seguía derritiéndose en cuanto él se acercaba.

Asintió vagamente a los mozos de cuadra, que intentaban pasar desapercibidos en un rincón alejado.

—Los sirvientes cuchichean —dijo—. Al parecer, el Señor Oscuro y su esposa han destruido la mitad de la fortaleza mientras… —Sus labios esbozaron una sonrisa—. «Trajinaban», creo que ese fue el término cortés que utilizaron en mi presencia.

Enterré el rostro en su hombro con un gemido, y noté la mezcla distintiva de su magia habitual y el nuevo hilo de energía que fluía entre nosotros.

—¿Están escandalizados?

—Más bien impresionados. —Enredó los dedos en mi pelo y dio un suave tirón que me provocó un agradable cosquilleo en el cuero cabelludo—. Aunque Vex sí que ha pedido que llevemos a cabo cualquier «activación» adicional en infraestructuras menos esenciales.

Cuando me atreví a levantar la vista, los ojos de Kazimir se habían oscurecido y se habían fijado en mi boca. El deseo se avivó. Acabábamos de destrozar media ala con nuestro desenfreno y mi sangre ya pedía más. Quizás aquello me volvía imprudente, pero ya no me importaba.

—Todo el mundo fuera —dije, alzando la voz.

Ni siquiera miré a los mozos de cuadra, solo mantuve la mirada fija en el rostro de Kazimir. Dejaron sus herramientas con torpeza y salieron corriendo, uno de ellos se detuvo para cerrar la puerta tras ellos. Nyx resopló en señal de protesta por haber perdido a su público, y siguió masticando.

—Eso ha sido la mar de autoritario —bromeó—. Creo que se te da muy bien esto de ser la Dama Oscura.

Ya no quedaba nadie, pero aun así bajé la voz.

—¿Qué hay de la Reliquia?

Soltó el aire.

—Está activa, pero no parece estar al máximo de potencia. Como si estuviera preparándose.

Me irritó la idea de que no hubiésemos terminado del todo el trabajo.

—¿Destruimos una sala de guerra y media ala para nada?

Me levantó la barbilla hasta mirarle a los ojos.

—La hemos despertado, solo que no con toda su fuerza. Además —añadió y bajó la mirada hasta mis labios—, no creo en absoluto que haya sido para nada.

Sentí cómo me subía el calor a la cara. No tenía sentido ocultar mi reacción, sobre todo ante él. Ambos sabíamos que ya no se trataba de una mera transacción comercial.

Intenté no desviarme del tema.

—¿Es normal que la Reliquia tenga que prepararse?

Se encogió de hombros.

—No lo sé. Tampoco es que haya manuales de instrucciones para antiguos artefactos de poder. Tuve que recopilar información de docenas de fuentes poco fiables.

Resoplé.

—Con un manual todo sería mucho más fácil. «Enhorabuena por la adquisición de la Reliquia del Dominio. Tenga en cuenta que la activación requiere un sacrificio de sangre y/o sexo demoledor con su esposa poco dispuesta».

Apretó los labios.

—¿Poco dispuesta?

—Poco dispuesta en un principio —maticé, sintiendo cómo me subía el calor a las mejillas otra vez.

Su voz bajó una octava, adquiriendo ese tono ronco que me producía escalofríos.

—Porque creo recordar que tú viniste a buscarme a mí . Y fuiste increíblemente… insistente.

Me aclaré la garganta.

—Entonces, ¿qué ocurrirá ahora? —pregunté, buscando un terreno más seguro—. El rey Auremar no se detendrá.

—No, no lo hará —coincidió, con amargura en su voz—. Pero estaremos preparados. Que venga cuando quiera.

Fruncí el ceño.

—No puede quererme solo como un trofeo político. Me han secuestrado y obligado a casarme, así que no soy precisamente una candidata ideal para ser reina. ¿Qué puede querer de mí que merezca la pena iniciar una guerra?

—Magnífica pregunta, ¿no te parece? —Apretó la mandíbula y una chispa de furia atravesó su expresión—. Sabe algo sobre tu linaje lo bastante importante como para arriesgarlo todo.

—Pero hay más personas con sangre heroica. ¿Por qué yo específicamente?

—Todavía no lo sé. —Me colocó el pelo sobre el hombro para dejar mi cuello al descubierto—. Sea cual sea su plan, no dejaré que logren su objetivo.

No había ninguna amabilidad en su promesa, solo un brillo oscuro y posesivo que me alarmaba a la par que me excitaba.

—He lanzado un hechizo de vigilancia sobre la Reliquia. Si continúa aumentando su poder, lo sabremos. —Bajó la mirada hasta mis labios, y luego más abajo, hacia el cuello abierto de la camisa que llevaba puesta—. Mientras tanto…

Tiró de mi pelo hacia atrás para que mi cuello quedara expuesto. Ese simple gesto hizo que una oleada de placer me recorriera la columna vertebral y no pude evitar soltar un pequeño grito ahogado.

Murmuró:

—¿Sigues sensible?

—Se podría decir que sí —jadeé.

—Bien. —Se inclinó hacia mí y me dio un beso ligero como una pluma en el cuello que me hizo desplomarme contra él—. Porque no he acabado contigo ni por asomo.

Kazimir abrió más la camisa para tener mejor acceso a mi garganta y rozó ligeramente mi piel con los dientes. Su mano permaneció con firmeza enredada en mi pelo, manteniéndome la cabeza echada hacia atrás y la garganta expuesta a su exploración.

Me fundí en él, deslicé las manos bajo su túnica hasta llegar a esa piel cálida y las cicatrices que había debajo, notando su calor mientras él seguía besándome el cuello.

Murmuró contra mi piel mientras su mano libre se deslizaba por mi muslo.

Cuando metió la mano bajo lo que hacía las veces de dobladillo, se quedó quieto al encontrar piel desnuda.

Se le escapó un sonido grave de satisfacción.

—¿No llevas ropa interior?

Me encogí de hombros, con la respiración entrecortada cuando me acarició la parte interna de los muslos.

—Me vine directamente para ver cómo estaba Nyx. No… lo pensé.

—Entonces, voy a averiguar los nombres de todos los sirvientes con los que te has cruzado por el camino —gruñó con tono posesivo.

Mi corazón latía un poco más rápido.

—¿Para qué? ¿Para jugar al golf con sus ojos?

—Eso sería misericordioso comparado con lo que tengo en mente.

—Ni se te ocurra. —Le agarré la muñeca, en parte para impedir que recurriera a alguna represalia violenta y en parte para alentar a sus dedos inquietos a seguir adelante—. Los sirvientes me aprecian y no quiero que lo eches todo a perder.

Él se rio entre dientes con aire siniestro, se inclinó para besarme y ahogó el jadeo que solté cuando su mano presionó justo donde yo estaba más sensible.

Casi sin darme cuenta, agarré el borde de su túnica y se la quité por la cabeza. La imagen de sus runas y cicatrices bajo la cálida penumbra de los establos me dio ganas de explorarlas de nuevo. Recorrí una con la yema del dedo y noté cómo se le cortaba la respiración.

Él gruñó:

—Esto va a escalar rápido.