41 Reclama tu poder (y al Señor Oscuro)
Arabella
D espués de esperar casi toda la noche a que Kazimir volviera, acabé por quedarme dormida rodeada de mi dragona y de las almohadas destrozadas.
—Desgraciado —murmuré, quitándome una pluma suelta del pelo.
Me había frotado hasta dejarme la piel en carne viva para eliminar ese maldito tinte azul de las sales de baño, luego pasé horas practicando magia sola (ya que Kazimir faltó a nuestro entrenamiento programado), y aún no había recibido ni un solo mensaje suyo.
Unos suaves golpes en la puerta interrumpieron mis cavilaciones.
—Adelante —grité, y ajusté el cinturón de la bata de seda alrededor de mi cintura.
Una doncella se asomó, sosteniendo con cuidado una bandeja con té.
—El té de la tarde, mi señora. —Echó un vistazo sorprendida al desorden de la habitación, pero con loable discreción, guardó silencio.
—Gracias —dije, forzando una sonrisa leve—. ¿Alguna noticia de lord Blackrose?
Ella frunció el ceño.
—Mi señor regresó hace ya varias horas, mi señora. Justo después del amanecer.
Me detuve con la taza a medio camino hacia mis labios.
—¿Horas?
—Así es, mi señora —confirmó.
Horas. Y no se había molestado en hacérmelo saber. La traición y el orgullo herido estallaron dentro de mí y encendieron una furia ardiente.
—¿Dónde está ahora? —pregunté, marcando cada sílaba.
—Se encuentra en la sala de guerra, mi señora. Ahí ha permanecido con sus consejeros desde que regresó.
—Y ha pedido que no se le moleste, sin duda.
Se mordió el labio, nerviosa.
—Es posible que haya mencionado que arrojaría a las bestias del vacío a cualquiera que lo interrumpiera…
Dejé la taza de té con un chasquido seco.
—¿Dónde se encuentra la sala de guerra?
—Mi señora, creo que no es…
—¿Dónde? —la interrumpí, dejando que mi voz y la magia que palpitaba en mis venas le advirtiera de que no estaba jugando.
Ella suspiró.
—En el ala este, segunda planta. La gran sala con puertas dobles y custodiada por guardias.
—Gracias —dije con tono tajante—. Puedes retirarte.
—Pero las bestias del vacío…
—Tendrán que buscarse otro almuerzo —espeté, ya en marcha hacia la puerta.
Tenía un largo camino por delante para convertir mi furia en algo parecido a un incendio forestal. Cuando llegué a las puertas dobles, protegidas por dos hombres corpulentos vestidos de negro, la magia crepitaba en mis dedos. Se enderezaron e intercambiaron una mirada inquieta.
—Lady Blackrose —dijo el más alto con una reverencia—. Debo informarle de que lord Blackrose…
—Os ha ordenado que alimentéis a las bestias del vacío con cualquiera que le interrumpa —terminé por él. Mi voz vibraba con poder—. Ahora haceos a un lado.
Se movieron incómodos, pero levanté la mano dejando escapar chispas para demostrar que iba en serio. Uno de los guardias abrió la puerta de un tirón y yo pasé junto a él con paso firme.
La sala de guerra era inmensa, dominada por una mesa de piedra negra con un mapa tallado con gran detalle.
Unas pequeñas runas brillaban en los territorios en disputa.
En el extremo más alejado, inclinado sobre pilas de pergaminos, estaba Kazimir, flanqueado por Vex, Sims y Thorne.
Cuatro cabezas se giraron bruscamente cuando entré.
Kazimir se enderezó. Me recorrió con la mirada, fijándose en la bata de seda y la tensión decidida de mi mandíbula.
—Todo el mundo fuera —ordené, sin apartar la vista de él—. Excepto Kazimir.
Él me miró con ira. Yo le devolví la mirada. Thorne, Sims y Vex prácticamente se tropezaron al salir, y me dejaron a solas con él envueltos en un silencio ensordecedor.
Cruzó los brazos sobre el pecho y se apoyó en la mesa.
—¿ Ahora sí usas mi nombre?
Parecía agotado hasta el punto de resultar peligroso y emanaba una tensión acumulada que resultaba electrizante. Una barba incipiente adornaba su mandíbula. Tenía el pelo revuelto, como si se hubiera pasado las manos por él. Quería odiarlo por estar demasiado guapo incluso en ese estado desaliñado.
Me crucé de brazos y dejé que viera la rabia en mis ojos.
—Así que has vuelto. Hace horas.
—Sí. —Se limitó a esperar, retándome a soltar lo que quería decir.
Forcé una carcajada.
—Ayer te fuiste justo cuando estábamos… ocupados. Has vuelto y no te has dignado a avisarme de que sigues vivo.
Su mirada siguió las motas de magia que chispeaban alrededor de mis dedos. El aire crepitaba con una energía que se correspondía con la salvaje agitación de mi pecho.
Se dio la vuelta y buscó una jarra de licor ámbar que había en un aparador. Sirvió dos vasos y me ofreció uno.
—Parece que a los dos nos vendría bien una copa.
La acepté como por acto reflejo. Me dio algo con lo que ocupar las manos que no fuera prender fuego a la sala de guerra.
—Me estás dando largas.
—Y tú vienes con ganas de pelear. —Levantó una ceja—. ¿Estás enfadada porque sigo vivo? ¿O porque te dejé sola después de empezar algo que deseabas culminar?
Pensé en tirarle el brandy a la cara, pero le habría encantado provocar aquella reacción en mí. En su lugar, le di un sorbo y me limpié la boca con el dorso de la mano, pendiente de cómo seguía el movimiento con los ojos.
Sonreí.
—Por ambas.
Una sonrisa cómplice sustituyó en su rostro la sorpresa momentánea.
—No te gustarían las consecuencias que seguirían a mi muerte. Tu seguridad está demasiado ligada a la mía. —Su voz se suavizó—. O tal vez sí te gustarían. Tal vez te pases las noches en vela imaginando mi muerte justo después de fantasear con mis caricias.
Se me contrajo la garganta.
—¿Qué ha pasado en Arvoryn? —pregunté, ignorando de forma deliberada su intento por desestabilizarme.
Se detuvo y el brandy se agitó en su copa. Finalmente, la dejó a un lado, demasiado preocupado para beber.
—Es oficial —dijo al fin—. Hemos entrado en guerra con Solandris.
Asentí ligeramente.
—Por mí.
—En parte, sí —admitió—, pero habría ocurrido tarde o temprano.
—Porque ese ha sido tu objetivo todo este tiempo.
Afirmó con la cabeza.
Dejé mi copa sobre la mesa.
—No me has hecho esperar hasta esta tarde solo para decirme que estamos en guerra. Hay algo más.
Me miró fijamente durante un largo rato, como si estuviera debatiéndose entre continuar con la farsa o no.
—Tu padre te vendió al rey Auremar.
Pestañeé, convencida de que no lo había oído bien.
—¿Cómo?
—Cuarenta mil coronas de oro y un puesto en el consejo real. Tu padre selló el trato hace meses. —Sus ojos me observaban con atención—. Ibas a convertirte en la esposa del rey. Mi… intervención trastocó sus planes.
La habitación pareció inclinarse. Me agarré al borde de la mesa para mantener el equilibrio. Toda mi vida había sido una transacción pendiente. Pero saberlo y oírlo eran cosas muy diferentes.
—¿Y desde cuándo sabes esto?
Cambió de posición.
—Desde hace tres días.
Tres días. Lo sabía desde hacía tres días y no me lo había contado. Y allí había estado yo, en la sala de entrenamiento, prácticamente arrancándole la ropa… Y luego esperando como una idiota a que regresara.
—¿Cuándo pensabas contármelo? —pregunté, con voz apenas audible—. Has tenido muchas ocasiones para hacerlo.
Kazimir dio un paso hacia mí, luego se detuvo cuando lo fulminé con la mirada.
—Esta noche. Quería confirmar la información primero para estar seguro.
—¿Y lo estás? ¿Estás seguro?
—Sí. —No dio más detalles, pero la expresión sombría de su boca me indicó que había confirmado la información de forma exhaustiva. Y probablemente sangrienta.
Agarré la copa de brandy y bebí un trago.
—Entonces —dije cuando pude volver a confiar en mi voz—, mis opciones eran que me vendieran al rey o que me secuestraras tú.
—Estaba intentando proteg…
—No te atrevas a fingir que te callaste por mi bien —espeté.
Cogió su bebida y se desplazó hacia el otro lado de la mesa antes de volverse para mirarme con ira.
—Si no te estás pudriendo ahora mismo en el palacio de Solandris es gracias a mí. —Hizo una pausa—. A menos que eso sea lo que quieres.
—Tantas veces que te pedí sinceridad, y tú te guardaste lo más importante.
Su temperamento estalló en respuesta al mío. Las figuritas rúnicas del mapa tintinearon.
—Te lo he dicho. Necesitaba confirmarlo.
—Lo que necesitabas era control —solté en respuesta—. Y el único motivo por el que me lo estás contando ahora es porque te conviene. Porque preparaste el terreno para la guerra y necesitas que me quede callada mientras apuntas al rey con tu espada.
—No se trata solo de la guerra, maldita sea. —Me recorrió con la mirada de arriba abajo y, por un instante, vi en ella un deseo puro y ardiente—. Y dejó de ser conveniente en el momento en que empecé a sentir algo más que simple interés por tu linaje.
El corazón me latía con fuerza. Tuve que hacer un gran esfuerzo para no derretirme.
Por un momento, sus ojos brillaron con algo parecido al arrepentimiento.
—Al menos, respóndeme a una pregunta —añadió—. Si de verdad tuvieras que elegir entre la cama del rey o la mía, ¿cuál elegirías?
Negué con la cabeza, con la rabia y el dolor agitándose dentro de mí.
—Esa no es la cuestión.
—Sí que lo es. —Se acercó a mí—. La pregunta es simple: ¿quieres ser la reina de Solandris o mi Dama Oscura?
—Auremar esperaría que diera a luz a sus herederos hasta que el cuerpo me fallara, y entonces me sustituiría por alguien más joven. —Negué con la cabeza—. Ser reina es lo último que querría.
—¿Estás admitiendo que soy tu mejor opción? —Un atisbo de su habitual arrogancia volvió a hacer acto de presencia en su tono.
—Ninguna de ellas implica ser libre.
Kazimir se pasó la mano por el pelo, lo que le daba un aspecto desquiciado poco habitual en él.
—Entonces, dime qué quieres. Estoy intentando encontrar un término medio contigo, pero no paras de alejarte. ¿A qué le temes?
Mi magia se encendió de nuevo.
—No le temo a nada.
—Bien —dijo, observándome con una intensidad inquietante—. Porque hay algo más que debes saber.
Algo en su tono me erizó la piel.
—¿Y ahora qué?
Se movió hasta donde había dejado la copa y la vació de un trago. Cuando terminó, se agarró a la mesa.