La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 41 Reclama tu poder (y al Señor Oscuro) #2
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41 Reclama tu poder (y al Señor Oscuro) #2

—La Reliquia del Dominio exige algo más que nuestro linaje para activarse. Requiere… —Hizo una pausa—. Requiere la consumación de nuestro matrimonio.

Lo miré fijamente, convencida de que había oído mal.

—Consumación —repetí con tono seco—. Te refieres a sexo.

—Sí —confirmó él, que me miraba con atención—. La unión de nuestros linajes en el sentido más literal.

Se me escapó una risa nerviosa.

—¿De eso se trata todo esto? ¿La dragona, el entrenamiento, las inesperadas muestras de amabilidad? ¿Has estado intentando seducirme para activar tu preciado artefacto?

Apretó la mandíbula.

—Es más complicado que eso.

—No me digas. —Rodeé la mesa—. Necesitas que me abra de piernas para poder obtener el poder que has estado persiguiendo durante una década. A mí me parece bastante sencillo.

—Cuidado con lo que dices —me advirtió. Los nudillos se le pusieron blancos al apretar el borde de la mesa. La temperatura de la habitación descendió en picado mientras las sombras se arremolinaban inquietas en las esquinas.

—¿O qué harás? —Respondí a su magia con la mía, un destello brillante que hizo retroceder las sombras—. ¿Castigarme? ¿Forzarme? Eso no te serviría de mucho, ¿verdad? —Hice una pausa—. Apuesto a que necesitas que participe voluntariamente.

Su silencio confirmó mi sospecha.

—¿Y cuánto hace que sabes este detalle en concreto?

—Desde el día en que el ritual falló.

—Entonces, ¿te has pasado semanas eludiendo mi condición de «nada de sexo», engatusándome con palabras bonitas y promesas vacías?

Exhaló bruscamente y se le sonrojaron las mejillas.

—Sí, los requisitos de la Reliquia complican las cosas, pero…

—Pero en lugar de decírmelo, decidiste maquillarlo con regalos y seducción.

La tensión se acumulaba en sus hombros.

—¿Qué quieres que diga? ¿Que lamento haber intentado salvaguardar lo que he construido con todo mi esfuerzo? Pues no. La guerra y el poder son las bases de mi esencia.

Por primera vez, estaba siendo brutalmente honesto, pero eso no apaciguó mi ira. Lo miré fijamente, negándome a dejarme influir por las sombras que envolvían su figura.

—Solo sabes hablar de poder.

Sus ojos se oscurecieron hasta casi volverse negros.

—No finjas que tú no lo codicias.

Se me aceleró el pulso y respiré hondo para tranquilizarme.

—Dime con sinceridad: ¿qué pasará si no consumamos este matrimonio?

—Entonces la Reliquia permanecerá inactiva. —No apartó la mirada—. Pero Auremar igual vendrá a por ti, y yo seguiré luchando para conservar lo que es mío.

Ahí estaba otra vez. Esa declaración posesiva que debería haberme enfurecido, pero que en cambio hizo que el calor se disparara por todo mi cuerpo.

—¿Y qué me ocurrirá si fallas?

—¿En el mejor de los casos? Vuelves con tu padre, quien te entregará de inmediato al rey Auremar, tal y como estaba previsto desde el inicio. —Su voz se tornó amarga—. ¿En el peor? Mis enemigos deciden que tu magia te hace demasiado valiosa, o demasiado peligrosa, como para que sigas con vida.

Ninguna de las dos opciones me atraía, obviamente. Pero en lugar de desesperarme, sentí que algo se materializaba dentro de mí.

Una revelación, clara y fría como el amanecer invernal. ¿Y si dejara de ser alguien a quien manipular y me convirtiera en alguien a quien temer? Mi linaje, mi cuerpo y mis decisiones podrían convertirse en armas.

Me acerqué a él.

—Dime, Kazimir, ¿alguna vez te has planteado qué podría querer de ti?

Tragó saliva con evidente nerviosismo.

—¿Qué quieres, Arabella?

Sentía el pulso en los oídos.

—No quiero que me vuelvan a vender ni a intercambiar nunca más —dije, con la voz ganando fuerza.

Me había percibido a mí misma como una víctima, pero tenía otra opción.

Una en la que yo tenía el control—. Quiero desarrollar mi magia sin miedo ni vergüenza.

Quiero construir algo propio. Ni de mi padre ni del rey… Ni siquiera tuyo.

Inhaló con brusquedad, se le dilataron las pupilas mientras me observaba reclamar mi poder. Las cicatrices visibles por encima de su cuello palpitaban levemente.

Tenía la voz ronca.

—¿Y crees que no consumar nuestro matrimonio te dará esas cosas?

—No. Creo que consumar nuestro matrimonio me proporcionará ventaja. —Sostuve su mirada—. Un poder propio con el que negociar.

El aire entre nosotros se volvió más denso.

A nuestro alrededor, los objetos de la habitación comenzaron a responder a la energía de nuestra magia combinada.

Los pergaminos crujían en las estanterías, los marcadores sobre la mesa vibraban y las llamas de los candelabros de la pared ardían con más intensidad.

Una lenta sonrisa se dibujó en su boca.

—Estás proponiendo acostarte conmigo… para obtener ventaja política.

—Te estoy proponiendo acostarme contigo porque me niego a dejar que nadie más dicte mi destino.

Un rubor se extendió por su cuello mientras su respiración se volvía más superficial.

—Qué bonitas mentiras te cuentas a ti misma. —Su voz bajó a un tono que me provocó una vibración en los huesos—. Noto cómo cambia tu respiración cuando me acerco, o cuando me ves desnudo, e incluso cuando me acerco a esa ridícula pared de almohadas que nos separa.

El calor inundó mis mejillas.

—Que me haya fijado en tu físico no significa que te desee —respondí—. Significa que no soy ciega.

—¿Y el beso de ayer? —Se inclinó hacia delante y su magia de sombras nos envolvió a medida que se le oscurecía la mirada—. ¿Qué significó eso exactamente?

Alcé el mentón.

—Dímelo tú.

—Es sencillo. Te deseo, Arabella. —Bajó la voz y me miró fijamente a los ojos—. Te he deseado desde la primera vez que te vi con esa actitud desafiante bajo la lluvia torrencial. Cada vez que me pones a prueba, cada vez que tu magia roza la mía, haces que te desee aún más.

Se me cortó la respiración cuando la tensión entre nosotros pasó de la ira a la excitación en un solo latido. Me acerqué lo suficiente como para sentir el calor de su cuerpo, para ver cómo se dilataban sutilmente sus pupilas al invadir su espacio.

—¿Así que mi rebeldía te excita? —dije, bajando la voz hasta convertirla en un susurro ronco—.

Entonces, entiende una cosa: ya me he cansado de ser solo un peón.

Si me van a utilizar, yo elegiré cómo y quién lo hará.

Obtendré lo que quiera de este acuerdo, igual que tú has obtenido lo que querías de mí.

Una embriagadora sensación de poder me invadió al ver cómo se aceleraba la respiración de Kazimir y bajaba la mirada hasta mis labios.

—¿Y qué es lo que quieres, Arabella? —preguntó, con la voz ronca por el deseo que apenas podía contener.

Recorrí con los dedos la línea de su mandíbula, bajando hasta el borde de su cuello, donde pude sentir el rastro de cicatrices bajo la tela.

—Honestidad —respondí, deleitándome con la forma en que se inclinaba para recibir mi caricia—. Respeto.

Deslicé los dedos hasta la nuca y los enredé en su cabello. Acerqué su cabeza a la mía.

—¿Y qué más? —En su voz se percibía un tono de advertencia.

Me puse de puntillas y le robé un beso apasionado que liberó toda la ira, el deseo y la frustración acumulados.

Kazimir se quedó paralizado por un instante, sorprendido por mi ataque.

Entonces el control del gran y terrible Señor Oscuro se resquebrajó.

Respondió con un gruñido casi salvaje y me atrajo hacia él.

Una chispa de magia dominante me recorrió la piel como un cable de alta tensión.

Mi propia energía vibró. Le mordí el labio inferior con tanta fuerza que le hice jadear y sentí una oleada de satisfacción cuando me apretó las caderas con más fuerza.

El beso se intensificó, abandoné toda apariencia de moderación y lo empujé hacia atrás hasta que chocó contra la pared de piedra.

Su boca se separó de la mía para trazar un camino ardiente a lo largo de mi mandíbula, bajando por mi cuello, y su barba incipiente me rozó la piel sensible de tal manera que me hizo jadear.

—¿Esto quieres? —murmuró contra mi cuello—. ¿Usar la ira para justificar el deseo?

—¿Está funcionando? —respondí sin aliento, arqueándome contra él mientras sus manos recorrían la seda que me cubría el cuerpo.

Su risa retumbó con oscura diversión.

—Al parecer es más eficaz que todos mis cuidadosos planes para seducirte. —Acarició con el pulgar la parte delantera de mi bata, rozándome el pezón y provocando una oleada de placer que recorrió mi vientre.

Lo agarré por el cuello de la camisa y conseguí decir en un susurro entrecortado:

—Pues entonces, déjate de planes y fóllame.

Se le oscureció el rostro. Sin previo aviso, invirtió nuestras posiciones, me inmovilizó contra la pared con su cuerpo, me sujetó ambas muñecas por encima de la cabeza con una mano y con la otra tiró del cinturón de mi bata hasta que la seda se deslizó y dejó mi cuerpo expuesto al aire frío.

—Cuidado, Arabella —me advirtió, devorando con la mirada cada centímetro de piel desnuda—. Una vez que esto empiece, no habrá vuelta atrás.

Lo miré a los ojos, sintiéndome más poderosa en ese momento de rendición que en todos los días que había pasado resistiéndome.

—Cuento con ello.