40 Envía un mensaje (en lo posible uno que sangre)
Kazimir
L a luz de la luna se filtraba a través de los pinos centenarios mientras rodeaba al espía, con el barro chapoteando bajo mis botas. El bosque apestaba a hojas húmedas y podredumbre. Detrás de mí, Thorne esperaba, con una respiración mesurada que delataba la violencia que albergaba en su mente.
Muy por encima de nosotros, la Ciudadela Skyspire se alzaba sobre un fondo de nubes turbulentas.
Me imaginé a Arabella allí arriba, puede que sintiendo algo más que rabia.
Me pregunté vagamente si era consciente del alboroto que había abajo, o si le importaba siquiera en ese momento después de cómo habían quedado las cosas entre nosotros.
Aparté ese pensamiento, ya tenía suficientes razones para odiarme. No tenía sentido añadir esta.
Me detuve frente al espía, que estaba de rodillas en el barro, con un corte irregular en la sien del que brotaba sangre. Mis soldados le habían dado la bienvenida con una maza. Un método poco refinado pero eficaz.
—Tengo poco tiempo —le dije, rotando los hombros para aliviar el dolor de mis runas—. Así que saltémonos la parte en la que finjo que no vas a sufrir.
Recurrí a la runa del dominio grabada en mi garganta. Una oleada de dolor abrasador me atravesó el cuello. Familiar, desagradable, pero innegablemente efectivo. Mi voz adquirió un tono bajo y oscuro.
— Cuéntamelo todo —agregué, dejando que mi poder inundara cada sílaba—. ¿Quién te ha enviado a espiar mi ciudadela?
Se estremeció, con los ojos vidriosos, mientras los ganchos del dominio se clavaban en su mente. Cuando habló, su voz era monótona, mecánica.
—El rey Auremar quiere un mapa de vuestras defensas, sobre todo de los puentes de relámpagos, para poder identificar los puntos débiles.
Lo rodeé hasta quedar a su espalda, cada paso que daba chapoteaba en el barro.
—¿Y cuál es el siguiente movimiento de Auremar?
Le tembló el cuerpo. Unos oscuros hilos de sudor y sangre le goteaban por la frente.
—Planea rescatar… a la hija de Evenfall.
Una rabia candente se me clavó en el pecho. Le agarré la mandíbula.
—Es lady Arabella Blackrose. Mi esposa.
—S-sí, mi señor —balbuceó, con un patético y tembloroso asentimiento.
Un trueno retumbó en lo alto, un estruendo ronco que reflejaba mi estado de ánimo. Lo empujé y él cayó de bruces. Hasta ahora, no me había dicho nada que modificara la situación, pero era necesario lanzar una advertencia.
Activé otra runa a lo largo de mis costillas, dejando que el ardiente calor recorriera mis viejas cicatrices. La magia oscura chispeó bajo mi piel, enroscándose a la espera de ser liberada.
—Abre la boca —le ordené.
Obedeció y dejó al descubierto unos dientes podridos y una lengua temblorosa.
Le presioné la frente con el pulgar y canalicé un hilo de sombra.
Allí donde mi carne tocaba la suya, la oscuridad se extendía bajo su piel, como una mancha lenta y progresiva.
Sus zarcillos se curvaban y se enroscaban dentro de su boca.
—Regresarás con el rey Auremar y le llevarás mi mensaje —murmuré, empapando de dominio cada palabra—.
Tres días después de entregarlo, olvidarás todo de esta ciudadela: a mí, este encuentro, tu misión.
Pero te despertarás gritando por las noches, convencido de que unas sombras te devoran las entrañas.
Ese miedo te perseguirá hasta el día en que te mueras.
Su cuerpo convulsionó. La sangre le goteaba por las fosas nasales y los ojos se le pusieron en blanco. La magia se incrustó más profundo que cualquier cuchillo, como un veneno en sus venas.
Satisfecho, lo levanté tirando del cuello de su camisa. Se mecía como una marioneta con los hilos sueltos, con los ojos vacíos, esperando las últimas instrucciones.
—Márchate —ordené.
Se dio la vuelta y avanzó a trompicones por el estrecho sendero entre los árboles, dejando un rastro de huellas en el barro.
Había muchas formas de matar a tus enemigos, pero una muerte lenta y dolorosa transmitía mejor el mensaje, y yo sentía especial predilección por dejar que las pesadillas hicieran mi trabajo.
Thorne se colocó a mi lado. Una sonrisa se dibujó en su rostro marcado por las cicatrices. Era el tipo de sonrisa que podía helar la sangre de un demonio.
—¿Lo seguimos, mi señor?
—Sí —contesté—. Pero lleva solo hombres suficientes para lanzar un mensaje, sin llegar a provocar una batalla campal.
Thorne asintió con la cabeza, sin perder la sonrisa. Luego volvió a desaparecer entre las sombras.
Incliné la cabeza hacia el cielo y miré en dirección a Skyspire.
Por encima de las nubes, los rayos retumbaban alrededor de las agujas de la fortaleza.
Quería estar allí arriba con Arabella. La tensión entre nosotros era mucho más intensa que cualquier preocupación por la guerra.
Pero primero tenía que arreglar aquel embrollo.
Sentía un dolor palpitante en el brazo, justo donde brillaban las runas, y aún notaba el calor golpeándome los huesos. Empecé a seguir los pasos de Thorne. Tenía que hacerles llegar el mensaje, y pensaba hacerlo con sangre.
Me abrí paso por el bosque con mis guerreros desplegados en un silencioso semicírculo detrás de mí.
Las ramitas crujían bajito bajo nuestras botas, pero, por lo demás, no se oía ni un solo ruido en la penumbra que precedía al amanecer.
Habíamos seguido al espía a través del territorio de Arvoryn, donde los mejores guardias de Auremar esperaban en la ambigua frontera de Solandris.
El campamento alojaba a doce hombres con brillantes libreas reales que resplandecían débilmente gracias a los encantamientos entrelazados a sus espadas.
No tenían ni idea de que la muerte los acechaba entre los árboles.
Cuando crucé la mirada con Thorne, señalé con dos dedos al centinela más cercano. Thorne se puso en marcha sin titubear, y desapareció en la oscuridad de la noche. Un solo corte y el guardia cayó muerto con apenas un gorgoteo. Otro se desplomó tan rápido que no le dio tiempo a jadear.
—¡Una emboscada! —gritó alguien por fin, pero ya era demasiado tarde. Cuatro de ellos encontraron la muerte en cuestión de segundos.
Salí de las sombras, dejando que un aura de supremacía irradiara de mí en forma de ondas oscuras. Un guardia se giró rápidamente, con el miedo reflejado en su rostro.
—El Señor Oscuro —tartamudeó a medida que levantaba la espada encantada como si aquello fuera a impresionarme. Giré la muñeca y las sombras envolvieron el arma para luego quitársela. Esbocé una leve sonrisa. Me daba cierto placer demostrarles lo inútiles que eran sus esfuerzos.
—Vuestro rey a enviado a sus perros a espiarme —anuncié, lo bastante alto como para que todos lo oyeran—. Debería saber que no debe meterse con lo que es mío.
El acero forjado con sombras chocaba contra las espadas reales, y los gruñidos y gritos rompían el silencio de la noche.
Solo me interesaba su capitán, al que vi al otro lado del claro.
Era un hombre de hombros anchos que llevaba la insignia de comandante.
Luchaba con una mano extraordinariamente firme, manteniendo a raya a dos de mis guerreros con golpes precisos y brutales, sin una pizca de miedo en la mirada.
Excelente , pensé. Por fin alguien con agallas.
Solté al guardia con el que había estado jugando. Oí cómo le crujió el cuello al golpear contra el suelo. Entonces avancé con paso firme, alzando la voz por encima del estruendoso caos.
—Capitán —grité—. Quiero hablar con usted.
No dudó ni un instante. Atravesó con una espada la garganta de uno de mis guerreros, sin dejar de mirarme a los ojos.
—No tengo nada que decirle, Blackrose —espetó, blandiendo su espada con seguridad—. Secuestró a lady Evenfall, vulnerando nuestros acuerdos de paz. Es un acto de guerra. Devuélvala y tal vez el rey muestre misericordia.
Me eché a reír, dejando que el sonido burlón resonara entre la carnicería.
—Da por hecho que en algún momento acepté su miserable paz.
La mirada del capitán se endureció.
—Entonces, ¿cómo llamaría a lo que ha hecho?
Pasé por encima de un cadáver, con las sombras enroscándose alrededor de mis manos.
—No tengo por qué darle explicaciones, capitán. Pero tenga por seguro que lady Arabella ahora es lady Blackrose. Y así seguirá siendo por elección propia.
Una pequeña parte de mí tal vez sintió una punzada de culpa por esa verdad a medias, pero la enterré bajo la certeza de que, con el tiempo, haría que se convirtiera en realidad. Cambió de postura, con la espada firme.
—El rey no lo tolerará.
Ladeé la cabeza, dejando que las sombras se desbocaran a mi alrededor.
—Lo hará en cuanto reciba el siguiente mensaje.
Una oleada de magia oscura le golpeó las costillas.
Se tambaleó. Otro latigazo de poder lo derribó de espaldas, y yo le presioné la garganta con la bota, dejándolo inmovilizado en el suelo.
A nuestro alrededor, la batalla se fue extinguiendo.
Once de los guardias de Auremar yacían ahora desplomados, mientras su maldito espía observaba todo con ojos impasibles.
Me agaché, con los ojos a pocos centímetros de los del capitán.
—Usted será ese mensaje —murmuré, después alcé la voz para establecer las condiciones—.
Dígale a su rey que lady Arabella Blackrose me pertenece a mí.
Cualquier intento de volver a capturarla tendrá como consecuencia una respuesta mucho más contundente que esta.
—Apreté más fuerte y escuché cómo se ahogaba—.
La próxima vez, no dejaré que ni un solo hombre salga vivo.
A pesar de su precaria situación, me miró con los ojos encendidos por la furia.
—Vendrá… con un ejército —dijo con voz rasposa.
—Lo estoy esperando —respondí, aflojando la presión para que pudiera aspirar algo de aire—. Pero primero, usted le entregará mi advertencia.
Hice una señal a Thorne. Se acercó con una pequeña caja ornamentada con runas de plata incrustadas.
—Sujetadlo —ordené. Dos de mis guerreros sujetaron al capitán por los brazos y lo colocaron de rodillas.
Desenvainé la esbelta espada grabada con runas de mi cinturón y me incliné hacia el oído del capitán.
—No dolerá mucho —dije, permitiendo que la diversión se filtrara en mi tono.
Su grito desgarró el aire cuando le grabé el sigilo en la frente. Unas líneas oscuras de sangre le corrían por la cara y empapaban su uniforme. Contemplé mi obra y luego abrí la caja.
—Y esto a modo de despedida —agregué en voz baja, presionando la hoja bajo su mandíbula. Con un rápido corte, le rajé la garganta. La sangre brotó describiendo un arco carmesí. La luz se apagó en sus ojos.
Los zarcillos de sombra se deslizaron siguiendo mis órdenes y le arrancaron la cabeza en un movimiento limpio.
La sujeté por el pelo, inspeccioné la runa grabada en su frente y luego la metí en la caja.
Esta solo se abriría ante Auremar, y entonces la cabeza de su capitán le transmitiría mi mensaje.
El espía dio un paso adelante bajo mi coacción, y le entregué el macabro paquete.
—Llévale esto a tu rey. Dile que Kazimir Blackrose le manda recuerdos.
El espía se dio la vuelta en dirección a la senda con destino a Solandris.
A mi señal, mis guerreros comenzaron a amontonar los cadáveres.
—Dejad que se vea el cuerpo del capitán como señal de advertencia para los intrusos. Quemad el resto.
La expresión de Thorne continuó impasible, aunque percibí en él una sombría satisfacción. Limpió la sangre de sus espadas y luego inclinó la cabeza.
—También encontramos un cofre con monedas —dijo con voz grave—. Podrían ser para pagar a los bandidos de la zona.
Asentí.
—Parece que la vizcondesa tenía razón sobre que aquí había un puesto avanzado secreto.
El amanecer se vislumbraba en el horizonte, pintando el cielo de un color pálido a medida que el humo se elevaba de los cuerpos en llamas.
Me quedé allí de pie durante un rato más, inhalando el olor metálico de la sangre en la brisa.
Había pasado toda la noche fuera y había dejado a Arabella esperando.
Quería las respuestas que yo había estado eludiendo.
Sentí una punzada incómoda en el pecho, algo que se parecía sospechosamente a la culpa.
Un dolor pulsante me oprimía detrás de los ojos. La guerra con Auremar era ya inevitable. Tenía que prepararme. Y pronto, muy pronto, tendría que hablar con Arabella.