La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 39 Retirada táctica (y aún más odio hacia él)
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39 Retirada táctica (y aún más odio hacia él)

Arabella

L legué a nuestro dormitorio casi al trote y di un portazo, luego apoyé la espalda contra la pesada madera mientras intentaba recuperar el aliento.

—El muy arrogante, será insufrible… —maldije, luego le di una patada a la puerta.

Un ruido sordo reverberó por toda la habitación.

El corazón me latía tan fuerte que parecía que me iba a romper las costillas.

Todavía notaba un cosquilleo en los lugares donde habían estado sus manos.

Y en aquellos a los que casi habían ido a parar.

Por todos los dioses, ¿en qué había estado pensando?

No había estado pensando en absoluto. Ese era el problema. Estábamos entrenando y, de repente, tenía su boca sobre la mía, sus manos aferrándose a mis caderas, y yo estaba dispuesta a que me tomara allí mismo en la mesa.

Luego se detuvo.

Y entonces me quedé sola con esa… necesidad que me arañaba bajo la piel.

—Maldito sea —susurré, tirando del cuello de mi traje de entrenamiento.

Sentía que todo me apretaba y tenía calor.

Me temblaban las manos, ya fuera por la esencia de la sombra que aún permanecía en mi interior o por el recuerdo de sus caricias.

Era imposible saberlo. La magia, el hambre y la confusión se mezclaban en mi mente.

Finalmente logré desabrocharme la chaqueta y la lancé al otro lado de la habitación. Golpeó un jarrón con rosas negras, y tanto el agua como los pétalos salieron disparados.

—Perfecto —musité. Me acerqué a zancadas hacia aquel desastre y me agaché para recoger las flores del suelo.

Sus pétalos afilados me pellizcaron los dedos, y de ellos brotaron pequeñas gotas de sangre.

El pinchazo fue agudo y doloroso, pero era algo tangible a lo que podía aferrarme, teniendo en cuenta lo confuso que estaba todo en mi cabeza.

—«Hay cosas que no sabes, Arabella» —dije, imitando el tono mesurado de Kazimir—. Claro, por supuesto. ¿Estás pensando en presentarme como sacrificio para un dios antiguo o…?

Un golpe en la puerta interrumpió mi diatriba.

—¡Largo! —grité.

Volvieron a llamar con más urgencia esta vez.

Abrí la puerta echa una furia, dispuesta a despedazar a alguien con mis palabras. Una joven sirvienta esperaba allí, temblando con tal violencia que casi se le cae la bandeja de plata que llevaba en las manos.

—L-lo siento, mi señora —tartamudeó—. Lord Blackrose pidió que le trajeran un tentempié.

La bandeja contenía una jarra de vino y un plato humeante que desprendía un aroma irritantemente apetecible. Kazimir, el muy metomentodo, siempre iba un paso por delante.

—Está bien —dije con brusquedad mientras cogía la bandeja—. Gracias.

Cerré la puerta con otro portazo satisfactorio, dejé la bandeja de plata sobre una mesa y me serví una buena copa de vino. Me bebí la mitad de un solo trago.

—Ni se te ocurra pensar en él —me advertí a mí misma mientras recorría la habitación—. No vas a pensar en cómo era tener sus manos en la cintura ni en cómo su…

Cuando Kazimir se enfadaba, se dedicaba a romper cosas. Miré fijamente la copa de vino y sopesé lanzarla contra la pared. Pero quedaría todo hecho un desastre.

Así que me di la vuelta y tiré el vaso a la chimenea.

Se hizo añicos con una gloriosa lluvia de cristales y salpicaduras rojas.

Las llamas silbaron al devorar los restos.

Sentí cómo se disipaba un poco la tensión de mi cuerpo.

Pensé en tirar también la jarra, pero preferí no desperdiciar el resto del vino.

En su lugar, me deshice del resto de la ropa de entrenamiento y fui a la sala de baño.

Abrí el grifo para que el agua caliente llenara la bañera y me adentré en el vapor que se elevaba, siseando cuando el calor me quemó la piel dolorida y marcada por las sombras.

L os rastros de magia oscura aún se enroscaban bajo mi piel, como si no tuvieran otro lugar adonde ir.

El calor relajó mis músculos, pero no consiguió calmar la vorágine de pensamientos que tenía en la cabeza.

—Cosas que no sabes —repetí, impregnando de rabia cada sílaba—. Eso, por favor, ocúltame lo que sea, Kazimir. Así seguro que nada puede salir mal.

Me froté con una fuerza que rayaba la violencia, en un esfuerzo por borrar el recuerdo de sus manos y la traicionera respuesta de mi cuerpo.

Al hacerlo, golpeé un frasco de sales de baño con el codo y los brillantes cristales azules cayeron dentro de la bañera.

Tiñeron el agua de un azul intenso que se pegó a mi piel.

—Mierda —musité.

El ruido de unos arañazos en la ventana me detuvo. A través del vidrio texturizado, vislumbré a Nyx presionando su hocico contra el cristal.

Con un suspiro, me levanté y me envolví en una toalla. Cuando abrí la ventana, Nyx se coló por la abertura, que era increíblemente pequeña. Me recordó a un ratón que se abre paso a través de una grieta en la pared, como si no tuviera huesos.

Así que así era como había estado entrando en el laboratorio de Griffin.

Una vez dentro, se sacudió las gotas de lluvia de las escamas negras como la tinta y yo retrocedí hacia la puerta para apartarme.

—Espero que no hayas comido nada indebido.

Enderezó la cabeza y me miró pestañeando, como queriendo decir que ella jamás haría tal cosa. Sin embargo, aquella mirada pícara la delató, pero no tenía fuerzas para insistir.

Me puse una bata y volvimos al dormitorio. Allí nos esperaba el desastre: cristales rotos, pétalos esparcidos, charcos de agua y mi ropa tirada sin cuidado.

—Necesitaba un toque femenino.

Nyx saltó a la cama y rápidamente comenzó a destrozar una almohada, llenando el aire de plumas flotantes.

—Me alegro de que te guste —murmuré. Cogí la jarra de vino, bebí un buen trago directo de ella y me dejé caer sobre la cama. Nyx abandonó su creciente montón de plumas y se acurrucó a mi lado muy satisfecha. A lo lejos tronaba el cielo, como reflejo de la tormenta que aún rugía en mi pecho.

Kazimir estaba ocupándose de esa supuesta crisis y me había dejado aquí, sola, dándole vueltas al asunto. ¿Vendría a terminar lo que habíamos empezado? ¿O volvería a rechazarme, como había hecho cuando estuve a punto de arrancarle la ropa?

Mis labios aún palpitaban con el recuerdo de su beso. Las sábanas tenían un ligero olor a él: tormentas invernales y madera carbonizada, un aroma que me resultaba a la vez intimidante y reconfortante, de una forma retorcida. Como una hoguera ardiendo en la noche más fría.

—Le odio a más no poder —le dije a Nyx, que apoyó la cabeza en mi vientre—. A sus malditos secretos, a esas manos que me vuelven loca y a sus pómulos ridículamente perfectos.

Nyx soltó un suave gruñido que sonó casi como una risa. Puse los ojos en blanco y le acaricié el hocico.

No tenía derecho a burlarse de mí de esa manera, y estaba decidida a dejárselo bien claro en cuanto regresara. El recuerdo despertó una nueva oleada de ira en mi pecho. Di otro trago largo de vino y aparté la jarra.

El viento y la lluvia azotaban las ventanas. Una parte de mí esperaba que no volviera hasta el amanecer. La otra parte quería que entrara por esa puerta en ese mismo instante.

Esa era la que más odiaba de mí misma.