La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 38 Instrúyela en magia de muerte (y llévate un premio)
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38 Instrúyela en magia de muerte (y llévate un premio)

Kazimir

E l ratón correteaba por la mesa, moviendo frenéticamente sus bigotes. Arabella tenía los hombros rígidos y la mandíbula apretada, mostrando una clara renuencia. Su brújula moral podía llegar a ser una verdadera molestia.

—Concéntrate —le ordené con voz tranquila—. Siente la fuerza vital que hay en él. Luego tira de ella.

—Esto está mal —susurró, con los dedos ligeramente temblorosos sobre la mesa.

—Es necesario —insistí, a pesar de mi creciente impaciencia. Después de conocer los planes del rey el día anterior, no podía seguir permitiendo que fuese selectiva con lo que aprendía—. Tienes que conocer el abanico completo de tus habilidades.

El ratón se lanzó hacia el borde de la mesa, así que extendí un tentáculo de sombras para empujarlo de vuelta al centro. Chilló con impotencia en señal de protesta.

—No puedo —dijo con voz tensa.

—Sí que puedes —respondí, con más brusquedad de la que pretendía. Los recuerdos de los retorcidos planes de su padre aún seguían rondando mi cabeza—. Ya lo demostraste con las flores. Esto no es más que el siguiente paso.

Se volvió hacia mí, con los ojos color avellana brillantes de desafío.

—A las flores no les late el corazón. No sienten miedo.

Estudié su rostro, la obstinada tensión de su mandíbula. Esa determinación estaba oculta tras una apariencia engañosamente delicada.

—El mundo no siempre te dará flores para que practiques —señalé, intentando suavizar el tono—. Los enemigos de verdad tienen dientes y garras.

Cruzó los brazos sobre el pecho.

—¿Así que esto es para enfrentarme a nuestros enemigos?

—Entre otras cosas.

Ella entrecerró los ojos.

—¿Qué me estás ocultando?

—Cantidad de cosas —admití, y vi que el ratón hacía otro intento por escapar. Con un movimiento rápido de la mano, lo arrastré chillando de vuelta hacia Arabella—. Pero ahora nos vamos a centrar en tu entrenamiento. Vuelve a intentarlo. No dudes.

La había estado presionando mucho desde que volví de la finca Evenfall.

Solo ese día ya llevaba tres horas en esa sala, pero ella no se había quejado.

Exhaló un suspiro tembloroso y cerró los ojos.

Un tenue destello de luz dorada iluminó su piel, lo que indicaba que su magia se estaba despertando.

Mi poder respondió, buscando el suyo de una forma que aún no podía controlar del todo.

El ratón emitió un último chillido y luego se quedó inerte. Una cálida esfera de energía pura y palpitante flotaba sobre la palma de Arabella, latiendo con la fuerza vital robada.

—Bien —murmuré, acercándome—. Ahora moldea la energía.

Al concentrarse, se le arrugó la frente. Poco a poco, la bola resplandeciente fue tomando forma. Unas alas, un pico y unas patitas. Hasta que se unieron para formar un pajarito de luz. Revoloteó por la estancia, dejando un rastro de chispas radiantes.

—Precioso —susurró.

—Y letal —le recordé, siguiendo el recorrido del pájaro—. Ese constructo podría cegar a un oponente, envenenarlo o explotar al impactar.

Me fulminó con la mirada.

—No lo he creado para eso.

—Has producido algo extraordinario. Lo que hagas con él es decisión tuya —dije abruptamente—. Solo te estoy dando opciones.

La concentración de Arabella flaqueó y el pájaro se disolvió en una lluvia de chispas. Ella se tambaleó y yo me abalancé para sujetarla por los hombros antes de que cayera. Su piel ardía bajo las pieles encantadas.

—Ya has hecho suficiente por ahora —conseguí decir, con la voz rasposa.

Se apartó, agarrándose a la mesa.

—Estoy bien. ¿Qué es lo siguiente?

Casi se lo confesé todo. La traición de su padre, el requisito de la Reliquia, todo lo que realmente necesitaba. En cambio, me tragué la verdad.

—Empezaremos algo diferente. Vamos a comprobar tus defensas.

Sin previo aviso, extraje un rayo de magia oscura de la runa grabada en mi antebrazo y se lo lancé al pecho. Ella reaccionó al instante, formando una barrera dorada y brillante que absorbió el golpe.

—No está mal —dije, permitiendo que mi tono expresara aprobación—. Pero ha sido un disparo de advertencia.

Volví a atacar, con múltiples zarcillos que se curvaban a su alrededor desde todos los ángulos. Ella giró con una agilidad impresionante, extendiendo el escudo hasta que quedó envuelta en una cúpula radiante. Mis sombras la golpearon, en busca de puntos débiles, pero no encontraron ninguno.

—Sigues pensando como una sanadora —grité, rodeándola mientras el poder negro golpeaba los bordes de su barrera—. La defensa no es solo bloquear. Se trata de redireccionar.

Se acomodó, dejando que la energía de las sombras fluyera a lo largo de su escudo en lugar de resistir el impacto de frente.

—Mejor —señalé—. Ahora, devuélvela.

Ella utilizó mi propia fuerza oscura y me la lanzó. La desvié con facilidad gracias a mi destreza.

—Aprende muy rápido, lady Arabella.

Me dedicó una mirada breve cargada de diversión.

—Tengo un buen maestro.

Cruzamos las miradas y la tensión volvió a surgir entre nosotros, clara e innegable. Se me cortó la respiración, así que me giré y cogí un pequeño frasco de una estantería cercana. En su interior se arremolinaba un líquido espeso y negro.

—Esto es esencia de sombras estabilizada mediante alquimia —le expliqué—. Piensa en ella como una pequeña y manejable porción de magia oscura bruta. Quiero que la manipules sin tocar el frasco.

Miró el recipiente con recelo.

—¿Y si fallo?

—La esencia explotará y destruirá todo lo que encuentre —dije con naturalidad, aunque no era una exageración.

Su mirada pasó rápido de mí al frasco.

—¿Vas a arriesgarte a hacerlo aquí?

—Confío en tu potencial —respondí.

Con cautela, extendió un zarcillo dorado de magia hacia el frasco. Observé cada movimiento de su rostro: su prudente curiosidad, la tensión en sus labios entreabiertos.

—Está viva —susurró, como alarmada.

—Solo en parte. La esencia de sombras es semiconsciente. Responde a la voluntad y la intención.

Volvió a extender la mano para dejar que la oscuridad se acercara a su magia. Noté el instante en el que casi se echa atrás, pero se mantuvo firme.

—No te retires —la animé con voz grave—. Contrólalo.

Ella mantuvo la extraña conexión, atrayendo parte de la esencia de sombras hacia sí misma. El frasco tembló de forma inquietante y el líquido negro se agitó contra el cristal.

—Cuidado —empecé a decir—. Si te pasas, puede ser demasiado…

Un crujido y el frasco se partió con un silbido cortante.

La esencia liberada explotó y se expandió hasta convertirse en una nube oscura que se arremolinó en su dirección.

Arabella dejó escapar un jadeo asustado mientras trataba de formar un escudo.

Pero en lugar de bloquear la negrura, su magia la arrastró hacia dentro.

Abrí los ojos de auténtica fascinación mientras ella la absorbía en su propia piel y un brillo sobrenatural se extendía por todo su cuerpo.

Era demasiado. Actué de forma instintiva y le agarré las manos. Mi energía se impuso a la suya, ayudándola a estabilizar la avalancha de oscuridad que la envolvía. Nuestra conexión se volvió intensa e íntima, más personal de lo que yo había pretendido.

—Respira —dije con voz ronca, esforzándome por mantenerla firme—. Usa mi energía para contrarrestar las sombras.

Se valió de mí tal como lo había hecho con la esencia de sombras, forjando un conducto que sentí en cada fibra de mi ser. Poco a poco, la oscuridad arremolinada se asentó en su interior en lugar de destrozarla desde dentro.

Cuando al fin pasó el peligro, el sonido volvió de golpe a la habitación: la cadencia agitada de nuestras respiraciones compartidas, el débil crepitar de la magia errante chisporroteando por el suelo.

A nuestro alrededor flotaban sombras y motas doradas.

La sostenía con fuerza contra mí para protegerla, y ella se aferraba a mí.

Me apretaba los hombros con los dedos y sentía el calor ardiente de su cuerpo contra el mío.

No la solté. No podía. El poder bruto todavía palpitaba entre nosotros y un hilo tiraba de mí para que me acercara con cada latido.

—Eso no es lo que esperaba —dije, respirando con dificultad.

Arabella permaneció dentro de mi abrazo, con los ojos oscuros por una mezcla de sorpresa y deseo.

—¿Y qué esperabas? —preguntó en voz baja, con la mirada fija en mi boca.

—Supuse que la repelerías —respondí, obligándome a centrarme en sus ojos, aunque mi mirada insistía en descender—, no que la absorbieras hasta integrarla.

—¿Es eso… malo?

—No —admití mientras dibujaba con el pulgar un círculo lento en su cadera y sentía el escalofrío que le provocó mi caricia—. Es asombroso. No dejas de sorprenderme, Arabella.

Una mancha de sombras se adhirió a su mejilla.

Levanté la mano con la única intención de limpiarla, pero en el momento en que mi pulgar la rozó, el mundo se redujo a ese único punto de contacto.

Ella se inclinó ligeramente hacia mí. Cuando moví el pulgar hacia la comisura de su boca, entreabrió los labios.

No sé quién dio el primer paso. Tal vez fuimos los dos. Hubo un momento en el que nos quedamos suspendidos en el filo de una navaja, y al siguiente, mi boca se estrelló contra la suya.

El calor de sus labios al ceder se fundió con el mío antes de responder con un deseo desesperado.

Recorrí con la lengua su labio inferior y ella abrió la boca al emitir un gemido entrecortado que fue directo a mi entrepierna.

Se arqueó contra mí y, al sentirla, cada runa que llevaba grabada en los huesos cobró vida, entonando una canción.

Deslicé la mano desde su mejilla hasta su cuello, luego más abajo, recorriendo la curva de su cintura a través de la ropa de entrenamiento, memorizando la forma con la que ya había soñado.

Enredó los dedos en mi pelo, un tirón feroz que me provocó un escalofrío y me arrancó un gruñido gutural.

La empujé contra la mesa y la levanté para colocarla sobre ella.

Me agarró por el cuello de la camisa para acercarme hasta que me envolvió las caderas con las piernas y acabó con la poca distancia que nos separaba.

Le acaricié la pierna con la mano, saboreando el increíble contraste de sus músculos firmes bajo la suavidad del cuero.

Aquel maldito material me estorbaba y quería arrancárselo.

Le acaricié el pecho con la palma de la mano, deleitándome con su entrecortada inspiración, luego bajé para disfrutar del ligero sabor salado de su clavícula, marcando el lugar con mi lengua.

Ella tiró de mí hacia arriba otra vez y devoró mi sonrisa con un beso tan ardiente que amenazó con deshacer el poco control que me quedaba.

Metí la mano bajo el borde suelto de su chaqueta, recorriendo la costura donde el cuero se unía con su piel caliente. Jadeó en mi boca. Este era el premio que había buscado en cada lección, cada burla, cada noche en vela.

Cuéntale la verdad , siseaba una voz traicionera.

Respondí con un beso más profundo, sumergiendo descaradamente mi lengua en su boca.

La verdad podía esperar. Me agarró la camisa y metió la mano por debajo para acariciarme el abdomen.

Yo le apreté el trasero y le hice sentir mi excitación por encima de la ropa.

Ella se arqueó hacia mí. El deseo rugía, pero, aunque me estaba consumiendo, decidí frenar.

Llevé las manos a su cintura y aparté mi boca de la suya lo suficiente para respirar.

—Espera —me obligué a decir con voz entrecortada.

Dejó escapar un sonido ronco en forma de protesta.

—¿Qué?

Agarré una de sus muñecas y le di un beso sobre su acelerado pulso.

—No sabes a qué te estás comprometiendo.

—No me estoy comprometiendo a nada salvo a esto —dijo, ferviente y sin aliento, inclinándose hacia mí como si la proximidad por sí sola pudiera reanudar el beso—. Ahora mismo.

Tenía la chaqueta descolgada de un hombro, los labios hinchados y los ojos brillantes de deseo. Era todo lo que yo ansiaba. Aun así, de alguna manera reuní la fuerza de voluntad para dar un paso atrás, con el cuerpo gritando de frustración.

—Esto no es… —Me pasé una mano por el pelo, tratando de sofocar mi propio deseo—. Hay cosas que no sabes de mí…, de nosotros… Antes de que…

Se escuchó el sonido agudo de una campana en la sala de entrenamiento, una alarma mágica que anunciaba que alguien llamaba con urgencia. La puerta se abrió de golpe y se estampó contra la pared. Sims se quedó en el umbral, con los ojos muy abiertos.

—Mi señor, ha habido un incidente en… —Se quedó paralizado al ver el estado desaliñado de Arabella y mi camisa medio desabrochada—. Siento haber interrumpido.

Rechiné los dientes.

—¿Qué incidente?

Fue lo suficientemente valiente o insensato como para mirarme a los ojos.

—Una brecha en nuestras defensas cerca de Arvoryn. Se requiere atención inmediata.

—Entendido —murmuré, sin molestarme en ocultar mi enfado—. Iré enseguida.

Sims hizo una reverencia tan rápida que casi se cae de bruces, luego salió de la sala. Cerré de un portazo tras él con una ola de sombras.

El eco se apagó, dejando un silencio cargado con todo lo que quedó por decir.

Arabella se bajó de la mesa y se arregló la ropa con una compostura casi digna de una reina, aunque todavía le ardían las mejillas.

—Arabell…

—No sigas —espetó—. Déjalo.

Extendí la mano hacia ella, pero la dejé caer a un lado.

—Deberíamos hablar de lo que acaba de pasar.

—¿Y decir qué? —Evitó mi mirada—. Te has dejado llevar. Son cosas que pasan.

—Eso no es…

—No importa —dijo con frialdad—. Ocúpese de la brecha, Señor Oscuro.

Se dio la vuelta y salió sin mirar atrás.

La puerta se cerró de golpe detrás de ella, dejándome solo en un torbellino de frustración y deseo insatisfecho.

Seguía con la respiración entrecortada y en mi mente bullía el recuerdo de su sabor, de cómo era sentirla entre mis brazos.

Ella se merecía la verdad. Pronto, me dije a mí mismo.

Pero primero, tenía que matar al responsable de la maldita brecha. Y posiblemente a Sims, por su pésimo sentido de la oportunidad.