La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 37 Cuelga a un espía (para obtener información y entretenimiento)
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37 Cuelga a un espía (para obtener información y entretenimiento)

Kazimir

P or favor! ¡Le contaré todo lo que quiera saber!

Colgué bocabajo al espía desde el puente de relámpagos, su cuerpo se mecía con el viento cortante que azotaba Skyspire.

Mis sombras lo agarraban con fuerza por los tobillos mientras quedaba suspendido sobre una muerte certera.

Debajo, la energía crepitaba a través del puente mágico con suficiente voltaje como para reducir a un hombre a cenizas en segundos.

Su rostro había adquirido un interesante tono púrpura, posiblemente por la sangre que le subía a la cabeza o solo por el pánico. Puede que por ambas cosas.

Aflojé mi sombrío agarre lo suficiente como para dejarlo caer unos centímetros más hacia esa muerte chisporroteante. Se le salieron los ojos de las órbitas y un gemido lastimero se le escapó de la garganta.

—Entiendo que el rey te envió para evaluar nuestras defensas —dije, apoyándome en el parapeto de piedra mientras fingía interés por mis uñas—. ¿Qué más sabes?

El espía soltó un hipido.

—¡Nada! ¡Se lo juro por la tumba de mi madre!

Di golpecitos con los dedos sobre la fría piedra.

—¿Esperas que me crea que el rey Auremar te envió en una misión suicida sin explicarte sus motivaciones? Qué decepción tan predecible.

Me crují el cuello y dejé escapar un pequeño suspiro. Aquello me estaba llevando demasiado tiempo. Era hora de un acercamiento más directo. Activé la runa de mi cuello.

— Dime lo que sabes sobre lo que planea hacer el rey Auremar con lady Blackrose —ordené, impregnando mi voz con magia de dominio. Las palabras vibraban con poder y oprimían la mente del espía igual que las sombras que le rodeaban los tobillos.

Los ojos se le pusieron vidriosos, las pupilas se le fueron dilatando a medida que mi magia surtía efecto. Cuando volvió a hablar, su voz era monótona, dominada por mi poder.

—El rey acordó con lord Evenfall tomar a lady Arabella como esposa. A cambio recibiría cuarenta mil coronas de oro y un puesto en el consejo real —dijo con voz apagada—. Nos enviaron para evaluar si el rescate era factible. Lord Evenfall afirma que la secuestraron en contra de su voluntad.

¿El rey? Y Evenfall me había pedido cincuenta mil a mí, por lo que ese desgraciado codicioso estaba negociando a dos bandas.

Me agarré con más fuerza al parapeto.

—¿Cuándo se fijó este acuerdo?

—Antes de su secuestro. Lord Evenfall estaba ultimando los términos cuando usted se la llevó.

—¿Estaba al tanto lady Evenfall de estos planes?

—No. Solo se le informaría una vez que todo estuviera arreglado para que no pudiera negarse.

Las sombras que le rodeaban los tobillos palpitaban al ritmo de mi ira, volviéndose negras y violetas al compás de los latidos de mi corazón. Evenfall había estado a solo unos días de vender a su hija a Auremar, sin ni siquiera darle la oportunidad de elegir.

A medida que mi magia de dominio se desvanecía, la lucidez regresó a los ojos del espía. Parpadeó y luego frunció el ceño cuando se dio cuenta de lo que había sucedido.

—Si podía forzarme a hablar, ¿por qué este despliegue de dramatismo?

Le dediqué una sonrisa fría.

—Porque colgar a espías de puentes de energía es uno de los pocos placeres que tiene un Señor Oscuro en su día a día.

Capté un movimiento por el rabillo del ojo. Vex apareció en la entrada, con los brazos cruzados y una ceja levantada. La ligera inclinación de su cabeza indicaba que sentía cierto interés por el espectáculo.

—¿Va bien el interrogatorio? —preguntó con sequedad.

—A las mil maravillas —respondí, y señalé con la mano a nuestro invitado—. Nuestro amigo estaba explicándome cómo el rey Auremar y lord Evenfall arreglaron el matrimonio de Arabella antes de que la secuestrara.

Vex se acercó y asomó la cabeza para mirar al espía con evidente desprecio.

—El rey le triplica la edad.

—Sí. —Apreté los puños—. Lo único más patético que un viejo que se compra una esposa es un padre dispuesto a vendérsela.

El espía comenzó a balbucear al instante.

—Tengo familia…, hijos…

—Deberías haber pensado en ellos antes de trabajar para hombres que comercian con mujeres como si fueran ganado. —Liberé las ataduras hechas de sombra.

El grito que soltó duró tres segundos como mucho antes de que la energía del puente de relámpagos lo consumiera en un instante. Ni siquiera quedaron cenizas.

—¿Era necesario? —preguntó Vex, aunque no parecía especialmente molesta.

Me sacudí el polvo imaginario de las mangas.

—Tenía ganas de hacer algo dramático.

—Siempre tienes ganas de hacer algo dramático. —Lanzó de una patada una piedra suelta por el precipicio y observó cómo desaparecía en las nubes de debajo.

Sentí tensión en los hombros cuando las runas bajo mi piel se encendieron con la agresividad residual.

—Así que el rey quiere recuperar a su prometida.

—Y lord Evenfall quiere oro —añadió, colocándose a mi lado—. Sin darte cuenta, has rescatado a lady Blackrose de un destino que hace que tu secuestro parezca un acto caballeroso.

Bufé.

—Dudo mucho que ella lo vea así. —Me pasé una mano por el pelo—.

Reina Arabella de Solandris —susurré, y las palabras me supieron agrias.

Imaginé las manos arrugadas de Auremar cerca de ella, y mis sombras se agitaron violentamente sobre las piedras.

¿Habría preferido una corona y un reino antes que esta fortaleza y un Señor Oscuro?

La pregunta encendió una nueva oleada de ira en mis venas—.

Habría tenido poder —señalé—. Recursos. Guardias reales en lugar de mis sombras.

Una corte que la venerara, en lugar de sirvientes aterrorizados.

—Y un marido que la compró —murmuró.

—No como ahora, que tiene a uno que solo la raptó. —Se me escapó una risa sin humor—. Con razón nos detesta a todos.

—Tal vez no lo haría si le contaras la verdad. —Vex me miró—. Sin chantajes, sin amenazas. Solo honestidad. Deja de tratarla como un premio y trátala como una compañera.

La fulminé con la mirada.

—Haces que parezca sencillo.

—Es que es sencillo —me corrigió, impávida ante mi ceño fruncido—. Solo que no es fácil.

Me volví hacia el parapeto y bajé la mirada al puente crepitante.

Arabella no era una simple cautiva. Había luchado, se había defendido y no había dejado de enfrentarse a mí cada vez que podía.

Después de toda una vida con un padre que controlaba sus decisiones, ahora se aferraba a cualquier atisbo de autonomía que pudiera conseguir.

Y yo la había tratado como si fuera una conquista más.

En ese momento me sentí de lo más arrogante.

Me di cuenta de mi error la noche que regresé de la finca de Evenfall, empapado en sangre y consumido por la ira. Aún no le había contado lo que había descubierto, aunque tenía pensado hacerlo pronto.

—Le estás dando demasiadas vueltas, Kazimir.

Me giré. Vex solo había usado mi nombre de pila una vez.

—Lo pensaré —dije al fin.

Ella asintió con la cabeza y luego se desvaneció entre las sombras, me dejó solo con el viento y el eco de los truenos.

Permanecí en el parapeto mucho tiempo después de que ella se fuera, observando cómo las nubes de tormenta se agitaban hasta que el cielo se fundió con el abismo.

Supongo que debería haberme sentido culpable por privar a Arabella de la oportunidad de ser reina. Pero no fue así. Ni siquiera un poco.

El viento me azotaba el abrigo. Me obligué a dar media vuelta hacia la escalera, con la intención de regresar a mis aposentos, donde ella me esperaba, aún sin saber lo que había descubierto ni lo que había hecho.

Al día siguiente, tal vez siguiera el consejo de Vex y probara a ser sincero por una vez. ¿Qué es lo peor que podía hacerme Arabella?

Bueno, aparte de intentar matarme otra vez.