La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 36 Comparte tu magia (no tus sentimientos) #2
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36 Comparte tu magia (no tus sentimientos) #2

Me acerqué y dejé fluir más poder hacia ella. Jadeó y me agarró el pecho con la mano libre para mantener el equilibrio. Las chispas crepitaban formando pequeños arcos dorados que bailaban entre la neblina negra que nos envolvía.

—¿Me he pasado? —pregunté, incapaz de ocultar una sonrisa.

Negó con la cabeza, con la voz temblorosa.

—No… M-me sirve para… aprender.

Dibujé un círculo lento en la palma de su mano, sintiendo la vibración de nuestro vínculo mágico. Las sombras se acumulaban alrededor de nuestros pies, espesándose y diluyéndose con cada respiración compartida.

—Abre los ojos, Arabella.

Cuando lo hizo, nuestras miradas se encontraron.

El pulso se me aceleró. Su poder me resultaba más compatible de lo que esperaba, no era tanto un intercambio forzado, sino más bien una cooperación.

No se trataba solo de aprovechar su magia para activar la Reliquia.

Quería que diera rienda suelta a todo su potencial.

—No es solo redireccionar la magia —susurré—. Se trata de transformarla. Tomar algo concebido para un propósito y darle forma.

Le aparté un mechón rebelde de la frente.

—La destrucción se convierte en creación. El dolor se convierte en placer. El odio se convierte en…

No terminé la frase, de repente me vi incapaz.

Entonces oí cómo me susurraba:

—¿Se convierte en qué?

En lugar de responder, impulsé la energía más al fondo, aumentando la intensidad entre nosotros.

Ella se inclinó hacia mí, con los ojos cerrados de nuevo, con una expresión entre la sorpresa y la emoción.

Los dos notamos el momento en el que su poder se fusionó con el mío, alterando mi corriente oscura y remodelándola con ese sutil sello personal rebosante de vida tan innegablemente suyo.

El resultado me invadió como una descarga eléctrica.

Las sombras se expandieron en espiral y rompieron un jarrón cercano. A ninguno de los dos nos importó.

—Perfecto —dije, con voz tensa. Tracé otro círculo en su palma, saboreando la conexión que aún permanecía entre nosotros—. La has hecho tuya antes de devolverla. Eso es de niveles avanzados, Arabella.

Por un instante, el orgullo iluminó sus facciones. Luego volvió a dominar la cautela, y retiró la mano. La conexión se cortó con el sonido de un trueno, y nos devolvió entre jadeos a una estancia oscura y común.

Molesto por la pérdida del momento, observé cómo intentaba calmar su respiración. Yo tampoco estaba mucho más tranquilo.

En silencio, repetimos la rutina de siempre antes de acostarnos.

Ella colocó la barrera de almohadas en la cama, una defensa extrañamente singular después de haber compartido un poder tan crudo y sin filtros.

Pero yo estaba demasiado agotado como para discutir.

Me quité los pantalones y me metí bajo las sábanas en mi lado, apoyándome en el codo para ver su silueta.

Las últimas brasas de la chimenea proyectaban reflejos rojizos sobre su cabello.

Un millar de impulsos recorrieron mi piel. Quería contarle lo de la torre encantada, cómo la furia había abrasado la razón en cuanto vi aquellas runas. Pero las palabras se me atascaron en la garganta.

En su lugar, pregunté:

—¿En qué piensas?

Se volvió hacia mí, apoyándose en un codo, imitando mi postura.

—En ese ejercicio de retorno… Nunca he sentido una magia tan… intrusiva. Como si me estuviera cambiando a mí.

Moví una de las almohadas para poder verla mejor.

—El retorno exige un alto nivel de confianza. Solo eso ya lo convierte en algo íntimo. No solo estás dando forma a la magia externa, sino que también estás dejando que ella te moldee un poco a ti.

Frunció el ceño.

—Eso parece peligroso.

—Lo es si lo haces con el compañero equivocado —dije, dejando que la confesión quedara suspendida entre nosotros—. La magia oscura nunca miente. Nos obliga a enfrentarnos al precio del poder. Algunas personas no pueden soportarlo.

—¿Y qué precio has pagado tú? —preguntó en voz baja.

La pregunta me caló más hondo de lo que ella podía imaginar. Las runas en mi piel. El aislamiento. Años creyendo que el poder era lo único que importaba.

—Más de lo que esperaba —admití—. Menos de lo que temía.

Pareció entender que aquella no era una respuesta completa, pero también que era lo único que podía ofrecerle.

—Deberíamos dormir —dijo.

Volví a colocar la almohada entre los dos.

—Que descanses, Arabella.

—Buenas noches, lord Blackrose.

Cerré los ojos y me obligué a poner la mente en blanco.

En su lugar, los recuerdos de aquella torre, de las malditas runas de lord Evenfall y de cómo me había visto obligado a matar en su nombre se agolpaban en mi mente.

En el momento en que me di cuenta de que me importaba menos la estrategia y más garantizar que ella nunca volviera a sufrir en aquella prisión… , me sentí profundamente descolocado.

Su voz flotó en la oscuridad:

—¿Sigues despierto?

—Sí.

Intenté que el silencio no se prolongara demasiado.

—Estaba pensando en tu entrenamiento. Puede que tengamos que incidir en tus capacidades ofensivas.

Ella se giró y apartó la almohada de nuevo.

—Pensaba que nos estábamos centrando en controlar los poderes que ya tengo.

—Y así era. Has demostrado ser capaz de hacerlo, pero creo que deberías aprender a manipular las sombras. Si puedes sanar, sabes cómo funciona la vida. Ese mismo conocimiento puede utilizarse para hacer daño.

Oí cómo inhalaba bruscamente.

—No sé si me apetece convertir la sanación en un arma.

Dejé escapar una risa grave.

—¿De verdad? La oscuridad te sienta mejor de lo que estás dispuesta a admitir.

—Me lo pensaré —prometió.

Satisfecho, volví a tumbarme.

—Bien. Ahora, duerme un poco.

Extendió el brazo para colocar la almohada, pero se detuvo con la mano suspendida en el aire. Después de un momento, la retiró y dejó sin cubrir a propósito el hueco que había entre nosotros.

Cuando la última brasa se apagó y su respiración se volvió constante por el sueño, sentí que algo dentro de mí se rompía.

Arabella no tenía ni idea de lo mucho que me enfurecía pensar en lo cruel que había sido su padre.

Se suponía que el Señor Oscuro no debía ser protector ni tierno, pero allí estaba yo, dispuesto a protegerla de las pesadillas a las que ella ni siquiera sabía que me estaba enfrentando.

Cerré los ojos e intenté conciliar el sueño, pero la imagen de sus labios entreabiertos, temblando por la magia compartida, se grabó a fuego en mi retina. Me di cuenta de que estaba en un aprieto mucho mayor que cualquiera en el que hubiera estado antes.

Y lo que era aún más inquietante: no lo lamentaba.