36 Comparte tu magia (no tus sentimientos)
Kazimir
E ncontré a Arabella sentada en el borde del sofá, frotándose el cuello con una mueca de dolor. La luz del fuego le iluminaba el cabello suelto, proyectando un halo dorado que solo intensificaba la atracción que sentía por ella.
Cuando entré, levantó la cabeza de golpe y abrió mucho los ojos al ver mi aspecto ensangrentado. Una chispa de auténtica preocupación cruzó su rostro antes de que lo suavizara con deliberada neutralidad.
—Parece que has tenido una noche interesante —dijo con voz firme.
Le sostuve la mirada, fijándome en cada detalle, desde la forma en que mantenía los dedos curvados cerca de su cuello hasta el sutil temblor de su postura.
Estaba allí, perfectamente a salvo. Y yo acababa de entrar por la puerta como un desquiciado.
Una serie de confesiones se agolparon en mi mente antes de recolocarme mi semblante habitual.
Empecé a desabrocharme la camisa manchada.
—¿Qué estás haciendo? —Se le quebró apenas la voz.
—Estoy cubierto de vísceras —dije lacónicamente—. Preferiría no llevarlas más rato encima.
—¿Por qué tienes…? Déjalo. No quiero saberlo.
Intenté esbozar una sonrisa burlona, decidido a enterrar esos impulsos desconcertantes bajo mis habituales burlas.
—Si tanta curiosidad tienes, puedes mirar mientras me desvisto. Si no, voy a darme un baño.
Me lanzó una mirada penetrante.
—Podrías desnudarte en la sala de baño en lugar de regalarme un espectáculo.
—¿Por qué? —La camisa emitió un ruido húmedo cuando la dejé caer al suelo—. Este también es mi cuarto.
Me acerqué lo suficiente para que viera las vetas carmesí que se iban secando sobre mis cicatrices. Apretó los puños sobre el regazo, pero nada más.
—¿Estás herido? —preguntó.
Negué con la cabeza y luego apoyé las manos a ambos lados de su cuerpo; me incliné lo suficiente como para invadir su espacio sin llegar a tocarla. Ella permaneció inmóvil, con la espalda recta, y desviando la mirada entre mi pecho y mi cara.
—Bien.
Solo era una palabra, pero desató un nudo en mi pecho que no sabía que tenía.
—Podrías acompañarme —sugerí.
Enarcó una ceja.
—¿Meterme en la bañera con esas vísceras? No, gracias.
—Me las lavaré primero. Problema resuelto.
Una chispa de diversión recorrió su rostro.
Cuanto más la miraba, más desaparecía el mundo a nuestro alrededor.
La rabia aún bullía en mis venas por lo que había hecho esa noche, pero el simple hecho de verla viva y libre me tranquilizó de una manera que me pareció peligrosa.
Mi actitud habitualmente distante se resquebrajó y en la siguiente pregunta mostré una preocupación genuina:
—Y tú, ¿estás herida?
—Nada que no pueda soportar. —Pero su rostro delató un destello de incomodidad.
—Has estado evitándome —dije mientras rodeaba el sofá—. Trabajando hasta el agotamiento con esa dragona para estar demasiado cansada como para pensar en nuestra… situación.
—Eso no es… —empezó a decir, pero se detuvo.
—¿Puedo? —Tenía las manos suspendidas sobre sus hombros. Después de lo que había descubierto esa noche, me sentía extrañamente reacio a tocarla sin permiso—. Sin segundas intenciones. Solo quiero aliviarte.
—Me sorprende que no estés buscando una excusa solo para poder tocarme —admitió.
Reconocí el mismo mecanismo de defensa que utilizaba yo cuando me sentía vulnerable.
—¿Eso es que sí?
Arabella me miró fijamente durante un largo rato. Luego suspiró y bajó la mirada.
—Está bien. Pero nada de jueguecitos.
—Te doy mi palabra —dije, intentando sonar serio y fallando estrepitosamente al ocultar la perversa diversión de mi tono.
Le coloqué las manos en los hombros. Tenía los músculos tensos, como retorcidos alrededor de la columna vertebral.
Cuando empecé a masajearla con cuidado, emitió un sonido que me erizó la piel de los brazos.
El ruido quedó amortiguado por el crepitar del fuego, pero tenía un suave matiz de placer que, siendo franco, me desconcentró.
—Relájate —murmuré mientras seguía presionando lenta y cuidadosamente con los pulgares.
—Tus órdenes no funcionan conmigo —respondió, pero igual se dejó caer hacia mis manos, y la tensión se alivió bajo mi tacto.
—No era una orden. —Me incliné hasta casi rozarle el cuello con los labios—. Era una invitación.
Hundí los pulgares en un nudo en particular rebelde y sentí cómo su cuerpo se tensaba para luego relajarse con un suave gemido involuntario.
Si hubiera sido capaz de sentir puro altruismo, quizá me habría reconfortado aliviar su tensión.
Pero disfruté de una satisfacción más oscura al proporcionarle alivio.
Ya ni sabía cuáles eran mis intenciones, pero en ese momento no me importaba mucho ponerles nombre.
Cuando sus músculos se relajaron, aparté las manos y di un paso atrás. Necesitaba limpiarme la sangre seca que me cubría la piel.
—¿Mejor?
—Sí —admitió—. ¿Dónde has aprendido a hacer eso?
—Para ser villano hay que saber de anatomía —dije con una sonrisa burlona—. Te puede servir para muchas cosas… Dar masajes es solo una de las más agradables.
Me lanzó la misma mirada fulminante que de costumbre.
—¿Debería preocuparme?
—Solo si consideras que ser habilidoso es una amenaza. —Me dirigí al cuarto de baño, deshaciéndome del resto de la ropa sangrienta por el camino.
Una vez en la bañera, me froté para quitarme la sangre y traté de controlar mis pensamientos.
El agua roja que se iba acumulando me recordaba la ira que sentí al ver a aquel guardia.
Fue como si se hubiera activado un interruptor en mi cabeza, que me impulsaba a erradicar cualquier amenaza contra Arabella.
Era una debilidad que no estaba seguro de poder permitirme.
Salí del agua y me coloqué una toalla alrededor de la cintura. Al menos estaba a salvo. Y teníamos un acuerdo.
Cuando finalmente aparecí, Arabella estaba mirando fijamente la chimenea con una concentración que parecía forzada. Posó la mirada en mi pecho desnudo y en las gotas de agua que resbalaban por mi torso. Un ligero rubor tiñó sus mejillas. Reprimí una sonrisa.
—¿A qué viene esa cara de engreído?
En lugar de contestar, abrí el armario para buscar unos pantalones para dormir.
—Parecías preocupada cuando entré cubierto de sangre.
La expresión de su rostro cambió.
—Estaba pensando en Nyx —respondió demasiado rápido y se quedó de espaldas al fuego.
—Ah, te refieres a la dragona escupefuego que es capaz de zamparse una vaca al día. Cuando la vi contigo hace unas horas, estaba perfectamente.
—¿Celoso? —preguntó en voz baja, como probando aquella palabra en su lengua.
—Sí —dije por encima del hombro—. No me gusta compartirte con nada que pueda alejarte de mí.
Dejé caer la toalla y percibí el sutil sonido de su respiración entrecortada. Una parte retorcida de mí no se cansaba de que reaccionara así.
Arabella se movió hacia la ventana.
—La próxima vez, avisa —murmuró.
—¿Tanto te ofende verme desnudo? —pregunté, incapaz de ocultar la sorna en mi voz—. ¿O el problema es que no te estoy ofendiendo como te gustaría?
Se le colorearon las mejillas y se dio la vuelta para mirar a las estrellas. Me acerqué para colocarme a su lado terminando de secarme el pelo con la toalla. Ambos nos quedamos contemplando el cielo nocturno mientras los relámpagos iluminaban de vez en cuando las murallas de la fortaleza.
—Por cierto, ¿qué haces despierta a estas horas? —pregunté—. Esperaba que cayeras rendida después del entrenamiento de hoy.
Ella me miró.
—No podía dormir. —Se mordió el labio.
Resoplé suavemente.
—Quizás debería haberte servido otra cena con afrodisíacos. La última vez funcionó de maravilla para dejarte inconsciente.
Puso los ojos en blanco.
—Eso no tiene ninguna gracia.
—Un poquito sí —murmuré, dejando caer la toalla a un lado.
Exhaló.
—Te noto pensativo.
—He tenido una noche larga y sangrienta.
—Me alegra que no estés herido —dijo en voz baja.
Al oír aquello, sentí una punzada en el pecho. Una sutil e inesperada sensación de gratitud. Me giré hacia ella.
—¿Por qué estás despierta en realidad?
Arabella dudó.
—Estaba pensando en el hechizo de retorno de nuestra última sesión de entrenamiento. Es que no consigo captar la sensación exacta.
La miré con atención.
—A la mayoría de los novatos les cuesta comprender el concepto, no la sensación. ¿Seguro que es eso?
Esbozó una sonrisa rápida y tensa.
—Yo no soy como el resto de los novatos.
—No —dije, suavizando la voz—, no lo eres.
Nos quedamos allí de pie durante unos instantes. Fuera lo que fuera que ocultara tras esa evasiva, lo dejé pasar.
—¿Quieres que te enseñe? —pregunté—. Es más sencillo que explicarlo.
Respondió con cautela tras una breve pausa.
—De acuerdo.
Extendí el brazo con la palma hacia arriba.
—Dame la mano.
La colocó sobre la mía, y por un breve instante disfruté de la calidez de su piel.
—Cierra los ojos —susurré.
Ella obedeció, con las pestañas oscuras sobre las mejillas. Vulnerable. Confiada.
—Normalmente, la magia fluye desde el emisor, pero el retorno modifica la dirección. —Dejé que un suave hilo de magia se deslizara a lo largo de la conexión entre nuestras manos.
Tomó aire y separó los labios con sorpresa.
—Eso es…
—Lo sé. —Mantuve la voz baja—. Ahora, devuélvemela.
El aire zumbó a nuestro alrededor cuando intentó redireccionarla. Al cabo de un momento, los tenues hilos dorados de su poder se mezclaron con mis sombras, arremolinándose alrededor de nuestras manos entrelazadas. Incluso su cabello respondió al soltarse por la corriente mágica.
—Bien —murmuré—. Ahora, vamos a hacerlo más complejo.
Introduje patrones más estructurados, para que ella pudiera percibir cómo cada corriente se superponía a la anterior.
No solo los replicó, sino que añadió sus propias florituras, retorciendo la magia de una manera que me produjo una oleada de euforia.
La energía que nos conectaba resplandeció con luces cambiantes y oscuridad arremolinada.
La temperatura bajó y luego volvió a subir cuando las protecciones de la habitación reaccionaron.