La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 35 Espía a tu familia política (con fines de investigación)
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35 Espía a tu familia política (con fines de investigación)

Kazimir

N o tenía pensado merodear como un simple ratero por los jardines cubiertos de maleza de los Evenfall.

Cuando fui a buscar a Arabella a ese patio cubierto de humo, mi única intención era hablar sobre la situación de los bandidos.

Sin embargo, como solía ocurrir cada vez que nos encontrábamos cerca, se me escapó algo completamente diferente, algo que la llevó a bajar la guardia lo suficiente como para que me dejara vislumbrar el profundo dolor que llevaba dentro.

Ese instante dejó en evidencia cuánto desconocía sobre lo que su padre le había hecho.

Había elegido quedarse. Le había dado la oportunidad de marcharse (como un auténtico imbécil) y Arabella me había elegio a mí.

Así que allí estaba yo, arriesgándome a sufrir una reacción mágica en territorio enemigo para ver a ese desgraciado con mis propios ojos.

Necesitaba comprender qué tipo de monstruo encerraba a su propia hija en una torre y la dejaba tan destrozada que hasta un villano como yo le parecía la mejor opción.

Cuando le dije: «Lo que es mío se queda conmigo», lo sentí en cada centímetro de mi cuerpo cubierto de cicatrices. La necesitaba para la Reliquia, sin duda, pero había algo más. Evenfall le había hecho daño, y yo necesitaba pruebas de la gravedad de ese daño.

Me moví sigilosamente junto a un muro cubierto de enredaderas, dejando que las sombras se arremolinaran a mi alrededor mientras apartaba las zarzas que cubrían los límites de la vieja mansión.

Cada vez que respiraba notaba el sabor de las petulantes defensas de Solandris, lo que me recordaba que solo disponía de un estrecho margen de tiempo antes de que comenzaran a debilitar mi magia de dominio.

Salté por encima del muro y caí en cuclillas en el suelo, entre lo que en otro tiempo debieron de ser setos recortados de forma meticulosa.

Ahora se habían convertido en un bosque lamentable de ramas enmarañadas.

Detrás de ellos, la casa principal se alzaba como un tumor maligno.

La luz inestable de las lámparas se proyectaba en las ventanas disparejas: algunas de cristal moderno y caro, otras deformadas y agrietadas por el paso del tiempo.

Me acerqué poco a poco, pegándome a la fachada de piedra de la casa hasta que logré una vista sin obstáculos a través de una ventana alta.

Lord Atticus Evenfall se encontraba allí, sentado detrás de un escritorio enorme con ínfulas de rey.

Era más pequeño de lo que esperaba, con poco pelo y la boca apretada.

Sostenía una jarra de cristal con sus frágiles manos y se llenó la copa tantas veces que no necesité más pruebas de su falta de disciplina.

La daga se deslizó en mi mano por voluntad propia. Bastaba con dar un solo paso en la sombra para entrar, degollarlo y ver cómo empapaba de sangre aquel pretencioso pergamino. Fin del problema.

Se me tensaron los dedos alrededor de la empuñadura.

Entonces el rostro de Arabella inundó mi mente. Acabar con su padre sin su permiso no ayudaría a ganarme su gratitud. Merecía enfrentarse a él, merecía ver en persona cómo respondía por sus actos. Si acababa con él en ese momento, le estaría negando algo muy significativo.

Mi magia se encendió, sedienta de violencia, pero volví a enfundar la daga, maldiciendo entre dientes.

¿Desde cuándo dudaba antes de matar? Solo un año antes, le habría cortado el cuello solo por diversión, pero allí estaba yo, parado como un tonto indeciso, todo por la posible reacción de Arabella.

Me moví con sigilo por el perímetro de la mansión cerca de las cocinas, y descubrí una puerta de servicio.

Se abrió con el más leve toque de mi magia de dominio.

Fue absurdamente sencillo. Más allá se extendía un pasillo lúgubre, amueblado con desorden tanto con piezas nuevas como con andrajos.

Habían colocado alfombras importadas sobre el mármol agrietado, y toda la distribución era caótica a pesar de su intento por aparentar riqueza.

Avancé rozando con los dedos los revestimientos ornamentados.

Unos intrincados grabados captaron mi atención: runas incrustadas en la madera.

Un sutil campo mágico se extendía por la mansión como una película ácida en el aire.

Puse a prueba una de ellas con un ligero hilo de magia de sombras, pero el persistente ardor que sentía en mis huesos se debía al propio Solandris.

Aquellas runas no iban destinadas a cualquiera con magia que pasara por allí.

Solo a una persona.

Mis labios se curvaron con un gruñido silencioso. Así era como Atticus contuvo a Arabella. Había convertido toda la finca en una jaula mágica.

Cuanto más exploraba, más runas encontraba: grabadas en marcos, tejidas en alfombras, martilladas en vigas del techo.

Capas sobre capas; algunas nuevas, otras más antiguas e intrincadas.

Finalmente, me llevaron a una pesada puerta reforzada con bandas de hierro.

Un escalofrío me recorrió la espalda. Detrás de ese umbral reinaba el silencio…

Una leve sensación de malestar, como si la propia mansión quisiera que me mantuviera alejado.

Abrí la puerta con una orden susurrada, y descubrí una escalera de caracol que subía hasta una torre.

Seguí los escalones, cada uno de ellos impregnado de una magia que me arañaba los pulmones como uñas frías.

Al llegar arriba, me encontré en una habitación circular y angosta.

Por una ventana cubierta de rejas se filtraba un rayo de luz de luna.

Una cama estrecha, un escritorio diminuto, una pila de libros maltrechos y una sola manta con motivos florales intentaban desesperadamente ocultar el hecho de que se trataba de una celda.

Arabella había vivido allí. Atticus la había encerrado en esa minúscula habitación y había sepultado sus habilidades bajo antiguos hechizos protectores.

La furia que bullía en mi pecho ardió con más intensidad de lo esperado.

Mi madre me grabó runas en los huesos para hacerme fuerte, lo cual era cruel, sí, pero me había transformado en alguien imparable.

Aquel desgraciado había hecho lo contrario con Arabella: había sofocado su magia para que permaneciera dócil e indefensa.

Analicé los hechizos protectores más antiguos y me fijé en donde se habían superpuesto otros nuevos.

La red debía de haberse ido endureciendo con el tiempo, a medida que la magia de Arabella crecía, para asegurarse de que nunca pudiera liberarse.

Me vino a la mente la resonancia que había observado en su sangre.

Poseía un poder crudo y volátil. Si había conseguido desarrollar alguna habilidad mágica allí, no podía ni imaginar la potencia que sería capaz de alcanzar fuera de aquellas paredes.

Un crujido detrás de mí me hizo girar justo a tiempo para ver a un guardia que subía las escaleras con un farol. Podría haberme escondido entre las sombras, pero necesitaba desahogar mi rabia. En cuanto me vio, abrió mucho los ojos.

—Tú… —intentó gritar.

Las sombras se abalanzaron sobre él y le rodearon el cuello antes de que pudiera terminar la frase. El farol se le resbaló de la mano y se estrelló contra las piedras. Las llamas parpadearon, pero mi magia las sofocó al instante.

—Dime —gruñí, pasando por encima de los cristales rotos—. ¿Fuiste tú quien vigilaba su celda? ¿Te quedaste aquí de pie fingiendo no oír sus gritos?

—S-solo llevo aquí seis meses —dijo con voz ahogada mientras arañaba la soga hecha de sombras—. ¡No sé de qué me hablas, lo juro!

Cayó de rodillas, jadeando en busca de aire. Aflojé una pizca mi agarre.

—Pues si eres demasiado nuevo como para haber participado de modo directo —dije con frialdad, casi para mis adentros—, entonces solo tienes mala suerte.

—Por favor —suplicó con voz rasposa—. Tengo familia…

—No soy famoso por ser compasivo. —Apreté las sombras.

Había matado a innumerables hombres con tan solo un gesto de indiferencia.

Pero esa vez, cada salvaje latido de mi corazón traía consigo una ira nueva.

No era más que un guardia prácticamente insignificante, pero trabajaba para el hombre que había encerrado a Arabella. Aquello bastó para desatar mi cólera.

Fue una muerte sucia… Sangrienta y despiadada. Cuando por fin dejé que la oscuridad se disipara, yacía retorcido en el suelo y su sangre manchaba las runas incrustadas en el suelo. Me quedé allí de pie, con la respiración entrecortada.

—Maravilloso —murmuré con amargura, y me quité los guantes.

Ahora que había dejado un cadáver a mi paso, esconderme ya no me servía de nada.

Dibujé un sigilo con sangre y recité un conjuro en voz baja. Las líneas brillaron y el espacio a mi alrededor comenzó a disolverse. La teletransportación a base de sangre era repugnante, pero era la forma más rápida de escapar sin gastar una gran cantidad de energía para abrir un portal entero.

Un instante después, la mansión parpadeó y se desvaneció. Volví a aparecer en mi estudio privado en la Ciudadela Skyspire, con el guardia muerto tendido a mis pies. El olor metálico de la sangre impregnaba el aire y la cabeza me daba vueltas por el movimiento brusco.

Podría haber llamado a Vex, Sims o Thorne para que se ocuparan del cadáver.

Era el procedimiento habitual. Pero un impulso aún más fuerte me empujó a salir de la sala, atravesar los sinuosos pasillos y subir a mis aposentos privados.

Tenía la ropa empapada de sangre y el pulso aún acelerado por haber matado.

Los sirvientes se dispersaron al verme, con los ojos muy abiertos y llenos de terror.

Normalmente, disfrutaba de ese miedo. Esa noche, apenas le presté atención.

Me detuve frente a la puerta de mi habitación.

Arabella estaba dentro durmiendo, presumiblemente a salvo y ajena a todo, lejos de esa maldita torre, lejos de las manipulaciones de su padre.

Una ira salvaje y protectora seguía enroscada detrás de mis costillas.

Quería irrumpir y gritar a los cuatro vientos que defendería su libertad a cualquier precio.

Ella no sabía que me había escapado a Evenfall ni que había dejado a su padre con un guardia menos para protegerlo.

Una parte de mí quería guardar el secreto, pero la otra quería que viera la sangre y comprendiera que estaba dispuesto a luchar por ella sin importar lo cruel que se volviera la situación.

Puede que no fuera un héroe, pero me aseguraría de que nadie volviera a encerrarla en una jaula.

Armándome de valor, extendí la mano hacia el pomo. Fuera cual fuera su reacción al ver la sangre, la afrontaría. Por lo visto, era el tipo de villano al que le importaba lo que pensara su mujer. La ironía hizo que el corazón me latiera más deprisa por los motivos equivocados.

Con un gruñido y un empujón, abrí la puerta.