34 Detecta las verdades a medias (mientras entrenas a tu dragona)
Arabella
M e limpié el hollín de la cara y dejé escapar un suspiro cansado.
—¡Nyx! —grité, con la voz quebrada—. Controla la llama. No te limites a…
Demasiado tarde. El maniquí estalló formando una columna brillante que me chamuscó las cejas y llenó el patio de humo espeso. Sentí un cosquilleo en la piel por el calor y el sudor me resbalaba entre los omóplatos. Tosí, agitando los brazos para despejar el aire.
—Maldita sea —musité, y dejé caer lo que quedaba del poste carbonizado—. Ya van tres veces hoy.
Nyx se sentó sobre sus patas traseras, moviendo la cola con aire de satisfacción. Si los dragones pudieran sonreír con sorna, ella sin duda lo estaba haciendo.
—No me mires así —le advertí, limpiándome las manos en el traje de cuero sucio—. Quedamos en que serían ráfagas controladas, ¿recuerdas? Cortas. Precisas. —Separé el pulgar y el índice apenas unos centímetros—. No en incinerar todo lo que estuviera a mano.
Un resoplido divertido escapó de las fosas nasales de Nyx, acompañado de una nube de humo.
En el poco tiempo que había pasado desde que Kazimir me la había regalado, casi había duplicado su tamaño y ya me llegaba a la altura del hombro, con unas alas tan robustas y anchas que el domador se había visto obligado a reforzar las puertas del establo.
Su temperamento también había crecido al mismo ritmo que su envergadura.
—Al menos esta vez has acertado en el objetivo —añadí en tono seco—. Más o menos.
Nyx soltó un gruñido grave, que era su forma de reír. A través de nuestra conexión, sentí burbujas de alegría. El caos era su entretenimiento favorito, y solo quería que dejara de quejarme y me uniera a ella.
—Sabes que Griffin se enfadará mucho si quemamos todos sus maniquíes de entrenamiento antes del atardecer —gruñí—.
¿Y entonces qué haríamos? —Al instante me envió una imagen mental en la que volábamos lejos con total libertad y dejábamos atrás la ciudadela completamente calcinada—.
Sí, muy graciosa —dije, poniendo los ojos en blanco—.
Pero todavía tenemos mucho que aprender sobre el control, sobre todo después de que te comieras al familiar de Griffin.
No te lo ha perdonado… Y a mí tampoco, claro está.
Ella gruñó con perezosa satisfacción, como si mi reprimenda le pareciera divertida. Cogí otro maniquí de entre los pocos que quedaban con cierto temor a que volviera a fallar.
—Venga —la animé con suavidad—. Cortas y precisas, como practicamos ayer. Un intento más y…
La dragona tomó aire y su pecho se expandió. Por un momento, la esperanza de que lo hiciera bien brotó en mi interior. Entonces una mirada traviesa iluminó sus ojos.
—Nyx —le advertí—, si incineras este también, le diré a Griffin que fue idea tuya practicar el control de las llamas cerca de su colección de animales experimentales.
Eso la hizo detenerse. Con un resoplido poco entusiasta, exhaló una llamarada violeta que solo quemó la parte central del maniquí. Sonreí entre aplausos.
—¡Así que podías hacerlo después de todo! —Una oleada de orgullo me invadió. Era una tramposa implacable, pero era mía y la adoraba por ello.
—Una disciplina impresionante —dijo una voz grave desde la entrada del patio—. Aunque sospecho que la amenaza fue más efectiva que las instrucciones.
El corazón me dio un vuelco al darme la vuelta. Kazimir estaba apoyado de forma casual contra la arcada, con los brazos cruzados sobre el pecho. Incluso bajo la luz crepuscular, su presencia lograba dominar el espacio. Mi traicionero pulso se aceleró varios latidos.
—A veces el miedo motiva más que la razón —respondí, mirándolo a los ojos—. ¿No es esa la primera regla de todo villano?
Su boca se curvó en una de esas sonrisas oscuras que me daban ganas de darle un puñetazo… o de lanzarme sobre él.
—¿Te gustaría descubrir qué otras cosas sé acerca de la motivación, Arabella?
El calor me encendió las mejillas. Nyx resopló, golpeando los adoquines con la cola como si le pareciéramos ridículos. Me entretuve sacudiéndome la ceniza del traje para esconder cualquier rastro de rubor indeseado.
—Esta noche no —dije con tono despreocupado—. A menos que hayas venido a donar tu armario para las prácticas de puntería. A Nyx le encantaría quemarte las camisas.
—Suena tentador —respondió, y se impulsó de la pared para caminar hacia mí con una elegancia depredadora que le sentaba de escándalo. Me fijé en la anchura de sus hombros, en cómo el abrigo a medida se ceñía a su figura—. Pero he venido por negocios.
De repente el cuello del traje me apretaba demasiado.
—¿Qué negocios?
Nyx se acercó y apoyó la cabeza en su cadera. Él le acarició las protuberancias que tenía sobre los ojos y la dragona casi se derrite de placer. Ella no era la única que estaba ronroneando por dentro.
La expresión de Kazimir se tornó seria.
—Hemos sufrido más ataques en aldeas fronterizas, así como en aquellas que comercian con mis territorios. Todo ello en cuestión de días.
—¿Más bandidos? —Me descubrí acercándome, aunque mi instinto me decía que mantuviera las distancias.
Él asintió.
—No han tenido éxito, pero el paso les ofrece una protección ideal. Morana ha estado enviando avisos para pedir refuerzos y suministros.
—¿Crees que tiene algo que ver?
Su tono se heló.
—Creo que Morana hace lo que más le conviene a Morana. En estos momentos, solo está aliada conmigo porque no le he dado otra opción. En cuanto le ofrezcan algo mejor, lo aceptará.
—O el que está detrás de estos ataques es mi padre —me aventuré a decir—, utilizando al rey Auremar para causar estragos.
Kazimir asintió con la cabeza, se sentó en un banco de piedra y me hizo un gesto para que me uniera a él. Dudé, pero luego tomé asiento, dejando a propósito un pequeño espacio entre nosotros. En las distancias cortas resultaba demasiado tentador.
—He aumentado las patrullas a lo largo de las rutas comerciales, aunque puede que a Morana no le haga gracia.
—Que se aguante —respondí, permitiendo que parte de la frustración se reflejara en mi voz—. ¿No es eso lo que haces, obligar a los demás a soportar tus decisiones?
Ignoró la pullita.
—Dime, Arabella —comenzó con la mirada perdida en los restos achicharrados de los maniquíes—: si tu padre lo consiguiera, si Auremar enviara sus fuerzas para «salvarte», ¿eso te haría feliz?
La pregunta me puso nerviosa. Me quedé mirando fijamente las piedras del patio antes de contestar:
—No. No lo haría. —Las palabras sonaban ásperas incluso para mis propios oídos, pero no me imaginaba la vida si volviera a Solandris.
Levanté la mirada y me estaba observando.
—¿Qué?
Inhalé el leve hedor a paja quemada que aún flotaba en el aire húmedo de la noche. Nyx resopló a mi lado y su aliento ahumado me rozó la pierna. Eché los hombros hacia atrás, recordándome a mí misma que debía mantener la calma.
—¿Qué? —repetí en voz baja, como si Kazimir me estuviera interrogando con la mirada.
Algo se despertó en su rostro.
—Que no te lo has pensado, eso es todo.
—Bueno, es que no voy a fingir que volver con mi padre sería un sueño hecho realidad. —Mi voz sonó más débil de lo que pretendía, pero seguí hablando de todas formas—: Ya sé de sobra cómo acaba esa historia. Siempre seré un peón más en su lucha por el poder.
Me sacudí un rescoldo de la manga. Una parte de mí quería que Kazimir dejara de mirarme así, que parara de analizar cada una de mis palabras. Otra parte encontraba reconfortante que alguien me viera tal y como era, aunque ese alguien fuese un villano.
—Además —añadí, cohibida—, estoy casada contigo, ¿no? Tampoco es que esté disponible.
Su mirada era implacable, llena de un deseo que me provocó un nudo en el estómago. Extendió la mano, me acarició la barbilla con los dedos y me obligó a mirarle directo a los ojos.
—Lo que es mío se queda conmigo —dijo con suavidad.
Esa promesa silenciosa… Debería haberme disgustado, ¿verdad?
Sin embargo, algo en mi interior se relajó, como si por fin pudiera soltar el aire después de contener la respiración durante demasiado tiempo.
Intenté soltar una carcajada, o al menos una réplica ingeniosa, pero solo me salió un leve suspiro.
—Qué arrogante, señor de la guerra —murmuré al fin con voz rasposa.
—Siempre.
Se hizo un silencio incómodo. Al final, se puso de pie y miró hacia las estrellas que empezaban a emerger.
—Te dejo para que sigáis practicando. Tengo que investigar un poco sobre la situación en las fronteras.
El sutil cosquilleo que sentí detrás de los ojos me alertó de que era una verdad a medias.
—De acuerdo —dije en voz baja—. Nos vemos más tarde, entonces.
Sin decir nada más, se dio la vuelta y se perdió en la fortaleza con paso firme con el faldón de su abrigo ondeando. Lo seguí con la mirada hasta que desapareció. Nyx me dio un empujoncito, con una mirada cómplice en sus ojos plateados.
—Sí, está ocultando algo —le dije con un suspiro. Ella exhaló una ligera bocanada de humo. Criatura engreída. Volví a centrar mi atención en el nuevo maniquí—. Muy bien, un último intento antes de dar por terminado el día.
Sujeté el maniquí en posición vertical y Nyx me miró con ese brillo pícaro en los ojos.
—Estás de mi lado —le recordé—. ¿Verdad?
Cualquier esperanza que tuviera de tener el control absoluto se desvaneció bajo su mirada juguetona.
—Es una cuestión de principios —murmuré, más bien para mí misma—. Me secuestró, me puso un anillo macabro en el dedo y luego se sorprendió cuando no me lancé a meterme en su cama. Como si fuera a enamorarme de él solo por ser el poderosísimo Señor Oscuro.
Dejé el muñeco en el suelo con más fuerza de la necesaria.
—Sí, es atractivo, pero eso… —Suspiré—. No es más que biología.
Nyx respondió con un resoplido desdeñoso que casi sonó como una risa.
—Tú a callar —espeté, y me limpié una mancha de hollín del traje—. A veces, aunque solo sea por tres segundos, se me olvida lo mucho que lo odio.
La dragona movió la cola con escepticismo. No se dejaba engañar por mis evasivas como yo. Todavía no conseguía entender las verdaderas intenciones de Kazimir: me necesitaba por mi linaje, pero a veces me miraba como si realmente me quisiera… a mí.
«Lo que es mío se queda conmigo».
Suspiré.
—Muy bien. Corta y precisa, ¿recuerdas?
Nyx inhaló y, acto seguido, lanzó un enorme chorro de fuego. La fuerza me lanzó de espaldas al suelo. Cuando las llamas se extinguieron, el maniquí había quedado reducido a un montículo humeante de carbón.
La dragona se acercó y me miró con semblante divertido. Su expresión prácticamente decía «ups».
—Ya, ya —refunfuñé mientras me levantaba de los adoquines—. Mejor que reservemos lo que queda de los maniquíes de Griffin para otro día.