La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 33 Juega al golf con los ojos de tus enemigos (creando vínculos a través del sadismo)
40%

33 Juega al golf con los ojos de tus enemigos (creando vínculos a través del sadismo)

Kazimir

E l viento me azotaba mientras permanecía de pie al borde del parapeto oeste, agarrando con tanta fuerza el palo que el mango de cuero crujía.

Seis semanas. Seis putas semanas de tumbarme junto a Arabella cada noche con nada más que tela y plumas entre los dos.

Seis semanas de levantarme excitado y dolorido, obligado a salir de la cama antes de que se diera cuenta del efecto que provocaba en mí.

Quería tenerla debajo, encima, contra cualquier superficie de la fortaleza.

Aun así, cada noche, respetaba nuestro acuerdo cual caballero honorable sacado de un cuento de hadas.

La abstinencia me estaba costando cara: noches en vela paseándome por el estudio en lugar de volver a nuestros aposentos, baños fríos a horas intempestivas y la exasperante certeza de que ella también me deseaba, pero era demasiado terca para ceder.

A mis espaldas, Sims carraspeó con su habitual cortesía.

—Le toca, mi señor —dijo, y detecté un atisbo de impaciencia en su tono.

No me molesté en mirarlo. En su lugar, balanceé el palo varias veces con lentitud y determinación, calculando el ángulo.

Delante de mí, colocado sobre un pequeño tee de madera, estaba el ojo fresco del aspirante a asesino del día anterior.

Todavía tenía pegadas las vísceras. Era asqueroso…

y totalmente acorde a mi estado de ánimo.

—Tenemos tiempo antes de que llegue el próximo solsticio —murmuró Griffin. Hablaba lo suficientemente alto como para que se le oyera, pero lo bastante bajo como para poner a prueba mi paciencia.

Las sombras se enroscaron en mis dedos. Me di la vuelta.

—Griffin, si te apetece una excursión a las mazmorras, solo tienes que decirlo. Me han comentado que las ratas pasan un poco de hambre.

Palideció y bajó la cabeza. Esa semana habíamos enviado allí a tres sirvientes por faltas leves. El resto del personal había aceptado que la mejor estrategia era mostrarse sumisos y andar de puntillas.

—Lo siento, mi señor —respondió Griffin—. Solo estoy… ansioso por presenciar su legendaria habilidad.

Me volví hacia el ojo, satisfecho por su tono compungido.

—Entonces, observa —le dije.

Me incliné hacia adelante y canalicé una oleada de magia de dominio en el golpe.

El ojo emitió un maravilloso chasquido y salió disparado por los aires.

Un solo pulso de sombra ajustó la trayectoria en pleno vuelo, lo que garantizó que se estrellara contra una formación rocosa lejana en una isla flotante; una prueba visible de mi habilidad, incluso desde aquí.

Vex, apoyada contra el parapeto, asintió con ironía.

—Así se hace, mi señor. Aunque dudo que podamos volver a usarlo.

Quité un poco de sangre del palo.

—A veces hay que hacer sacrificios. Hablando de lo cual, ¿ha salido por fin lady Blackrose de los establos, o sigue encaprichada con ese lagarto gigante que cometí la locura de regalarle?

Vex y Griffin intercambiaron una mirada que me dio ganas de lanzarlos a ambos por el parapeto.

—¿Y bien? —insistí, irritado.

—Lady Blackrose ha pasado la mañana en la biblioteca —respondió Vex—, investigando sobre la cría de dragones.

—Fascinante—respondí. Se me tensó la mandíbula sin permiso—. Me alegra que esté ocupada mientras el destino de esta fortaleza pende de un hilo.

Sims se adelantó para hacer su lanzamiento, con el ojo en su sitio. Su golpe fue tan malo que cayó directamente sobre las nubes arremolinadas.

—Al abismo con ese —murmuró.

Griffin juntó las manos detrás de la espalda.

—Ya van cuatro víctimas oculares hoy, Sims.

Vex se enderezó, con una postura la mar de profesional.

—Retomando donde lo dejamos: no hemos recibido noticias de nuestros agentes de Solandris sobre los planes de lord Evenfall. Mantiene sus actividades en secreto.

Apreté con más fuerza el palo, ya que la mera mención del padre de Arabella me había agriado aún más el humor.

—¿Y qué hay del reclutamiento de mercenarios, entonces?

—No hay pistas sólidas. Se ha puesto en contacto con al menos tres compañías esta última semana, pero no podemos rastrearlas todas —admitió Vex.

Griffin cogió el siguiente ojo y lo hizo rodar sobre la palma de su mano con fingida despreocupación.

—No estará planeando lanzar un ataque directo contra una fortaleza flotante, ¿verdad? Eso sería un suicidio.

—Desde luego —dije, pensando en cómo la inactividad de la Reliquia complicaba todo—, pero Evenfall está desesperado, y la desesperación puede hacer que hasta al más tonto corra riesgos inimaginables.

Sims consultó un cuaderno pequeño.

—Sus arcas llevan años vacías. Su único recurso valioso era…

—Su hija —respondí con contundencia, una furia despiadada se instaló en mi mente—. Ahora no puede contar con ella para nada porque me pertenece a mí.

Griffin fijó la mirada en el tee , se preparó y… zas. El órgano se elevó y cayó con precisión sobre una isla de rango medio. Gritó triunfante.

—¡Eso me coloca en cabeza por dos puntos!

—De momento —le advertí, aunque tenía la cabeza en otra parte—. Es curioso, ¿no? Evenfall actúa como si esperara que le entregara a su hija junto con una fortuna, a pesar de saber perfectamente quién soy.

—Quizás esté contando con tu conocida misericordia y generosidad —sugirió Vex, con un tono tan seco que podría haber deshidratado los Yermos Cenicientos.

Me reí por la nariz.

—Debe ser eso… Mi reputación como persona compasiva me precede. —Me acerqué al tee —. Tal vez debería enviarle una cesta de regalo repleta de dedos cercenados.

—¿Le respondió? —preguntó Griffin mientras me entregaba otro globo ocular.

—Consideré decapitar a su mensajero como respuesta, pero me pareció demasiado cortés. Así que le ofrecí un mensaje diferente.

Sims dudó mientras lo anotaba todo.

—¿Qué le dijo?

—Que si Evenfall continúa exigiendo el regreso de su hija, lo consideraré una guerra abierta con Skyspire. Y luego le recomendé que participara en ciertas… actividades anatómicamente complejas para amenizar la espera de una indemnización que nunca recibirá.

Griffin hizo una mueca.

—Muy diplomático, mi señor.

—No hay que perder ciertas tradiciones —dije, y canalicé la irritación en el segundo golpe. Miré el ojo con atención, el cual constaba de una mota dorada poco habitual en el iris—. Este me suena.

—No me extraña —comentó Vex con una sonrisa sombría—. Es lo único que queda del guardia que no supo mantener la mirada alejada de lady Blackrose el primer día que llegó.

El ojo se arrugó ligeramente cuando estalló mi ira, ardiente y posesiva. Me obligué a relajarme antes de arruinar un proyectil en perfecto estado.

Sims resolló.

—Debería haber sabido que no era buena idea comerse con los ojos a la esposa del jefe.

—Tomó su decisión —dije, colocando el globo ocular en el soporte. Mi lanzamiento fue brutal. Observé con satisfacción cómo trazaba un arco en el aire y luego le di un sutil empujón mágico para que cayera justo en el patio de abajo. A continuación, se escuchó un espectacular coro de maldiciones.

—Ese es Thorne —señaló Griffin, asomado—. Tiene una puntería soberbia, mi señor.

—Si se hubiera unido a nosotros en lugar de inspeccionar a los nuevos reclutas, podría haber evitado tal desgracia.

El sonido de unos pasos rápidos atrajo nuestra atención hacia la escalera. Un momento después, Arabella apareció con aire irritado. Nyx saltó tras ella con pequeños gorjeos.

—Lady Blackrose —dije, todo cortesía—. Estamos en medio de una… sesión recreativa.

Su mirada se desplazó de mi rostro al palo manchado de sangre que tenía en la mano, y luego a la mesa de globos oculares.

—¿Estáis jugando a una versión horripilante de golf?

Griffin le dedicó una sonrisa radiante.

—¡En efecto! ¿Quiere unirse?

Ella se tensó y miró a Griffin con nerviosismo. Algo en su expresión me advirtió que prefería no hablar abiertamente delante de él.

—Necesito hablar contigo —insistió—. En privado.

Levanté el palo como si fuera a continuar.

—Seguro que puede esperar hasta que le haya dado una paliza a Griffin.

—No puede —me presionó, y dio un paso al frente para captar toda mi atención. Bajó la voz para decir—: Por favor.

Ese «por favor» me desarmó. Arabella rara vez suplicaba, lo que significaba que era importante.

Antes de que pudiera responder, Nyx se echó hacia delante con un jadeo.

Todos nos giramos y, con un último espasmo, la dragona vomitó algo pequeño, sangriento e inquietantemente peludo sobre las piedras del parapeto.

El rostro de Griffin palideció.

—¿Whisper? —preguntó con voz ronca—. ¿Mi nuevo familiar?

Arabella parecía abrumada por la culpa.

—He intentado pararla, pero Nyx… solo…

—Es una dragona —respondí, ante aquella escena tan divertida—. Y sospecho que tu precioso zorro nuevo ofendió su paladar.

Griffin se arrodilló, con la boca abierta con una mezcla de pena y fascinación.

—El encantamiento ha desaparecido. Meses de esfuerzo dedicados a crear el vínculo echados por tierra. —Suspiró como un hombre que no solo había perdido a una mascota, sino también una parte de su alma.

Arabella también se arrodilló, con el remordimiento retorciéndole el rostro.

—Lo siento mucho, Griffin. Lo reemplazaré o buscaré la forma de compensártelo.

Una ráfaga inesperada de celos se encendió tras mis costillas.

—No, no lo harás —intervine, y las palabras salieron más secas de lo que pretendía—. Yo recompensaré a Griffin. He sido yo quien ha traído a la dragona. Así que a fin de cuentas es responsabilidad mía.

Arabella me lanzó una mirada de sorpresa, pero agradecida. Algo se me calentó en el pecho.

Griffin se puso de pie, mirando los restos empapados.

—Se lo… agradezco, mi señor.

—Ahora —dije con brío—, reanuda tu turno, por favor.

Cogió otro ojo, pero con mucho menos entusiasmo.

Arabella me miró con incredulidad.

—¿Y ya está? ¿Piensas seguir con…?

—Es una actividad para fomentar el espíritu de equipo —añadió Sims amablemente.

Una chispa de curiosidad brilló en los ojos de Arabella, aunque intentó ocultarla.

—Es una barbaridad.

Me encogí de hombros.