32 Haz regalos que escupan fuego (normalmente funcionan)
Arabella
M e ajusté bien la capa alrededor de los hombros justo cuando el sol se ocultaba tras las murallas.
El patio este no era más que un recoveco encajado en la fortaleza, una pequeña extensión del patio principal, el del espeluznante pentagrama.
Pero imaginé que el personal tenía que etiquetar de alguna manera cada portal hacia una posible fatalidad, así que se quedó en «patio este».
Al principio pensé que estaba sola, pero entonces vi a Kazimir, de espaldas a mí.
Estaba de pie, cerca de la pared del fondo, con una postura inusualmente rígida, casi como si estuviera…
¿nervioso? Por poco me echo a reír. ¿El famoso Señor Oscuro estaba nervioso?
Imposible. Sin embargo, algo en la postura de sus hombros lo traicionó.
Se giró al oír mis pasos y me pidió que me acercara.
—Intenta no armar un escándalo —me dijo.
Como era natural, me quedé paralizada.
—¿Debo esperar algo que muerda?
Apuntó con la barbilla hacia la esquina.
—Es posible. Mejor no asustarla.
Entonces, eso quería decir que tenía dientes. Me acerqué con cuidado. Había una gran silueta agazapada contra la pared de piedra. Al principio, me recordó a una sombra enroscada. Excepto que las sombras no suelen tener púas afiladas ni alas correosas.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Es eso…?
—Una cría de dragón de sombras —murmuró, mirando a la criatura y luego a mí—. Mi domador de bestias se la encontró.
Los ojos de la dragona se abrieron de golpe y revelaron unos iris plateados y brillantes. Un fino humo se elevaba desde sus fosas nasales, agitando el aire fresco de la tarde.
—Es… —No lograba formular ninguna otra palabra—. Preciosa.
Kazimir parecía casi cohibido mientras hablaba.
—Es tuya. Un regalo de bodas atrasado.
Lo miré fijamente.
—¿Me estás regalando una dragona?
Levantó un hombro con un gesto de indiferencia.
—Eres la esposa del Señor Oscuro. Me pareció… adecuado.
Esperaba que sacara una tiara maldita o unos grilletes a estrenar. ¿Pero un dragón vivo? Era fascinante, sus escamas de obsidiana brillaban cada vez que se movía.
Me acerqué con cautela.
—No tengo ni idea de cómo cuidar a un dragón.
—Por suerte mi domador de bestias sí. —Volvió a hablar con su habitual altanería—. Es lo bastante joven como para crear un vínculo. Más aún teniendo en cuenta que tienes un poder mágico inusual.
Apenas le presté atención.
—¿Puedo acercarme?
—Con cuidado. Extiende la mano, con la palma hacia arriba. Deja que ella decida.
También mencionó el nombre de la criatura, Nyx, y me dijo que podía cambiárselo si quería. Pero no lo hice.
—Nyx —murmuré—. Hola, bonita.
Abrió las fosas nasales, olfateando el aire a mi alrededor. Luego, con un movimiento ágil y serpentino, se deslizó por los adoquines. Todo mi cuerpo se tensó de miedo, pero el corazón me latía con una especie de alegría salvaje e incontenible.
Nyx se detuvo a pocos centímetros de mi mano y su aliento cálido me acarició la piel.
Las escamas negras de la dragona de sombras se agitaron, lo que generaba una ilusión de movimiento constante en su elegante figura.
Hinchó las fosas nasales y aspiró mi aroma con interés, mientras que esos inquietantes ojos plateados, inteligentes y ancestrales a pesar de su juventud se fijaron en los míos con una atención desconcertante.
Olía a tormentas eléctricas y a azúcar quemada.
Tragué saliva con nerviosismo, expectante.
Finalmente, tras unos cuantos resoplidos contra mi mano, apoyó el hocico en mi palma.
Una sacudida me recorrió los huesos. De repente, reviví recuerdos fugaces: entramados de nubes a medianoche, la emoción de sumergirme en la oscuridad, el estruendoso eco de las alas.
La sensación me dejó sin aliento. Cuando desapareció, me di cuenta de que me había puesto de rodillas, con la mano aún ahuecada alrededor del hocico de Nyx.
Kazimir carraspeó.
—Parece que le has caído bien.
Empecé a ver borroso. Me sacudí la neblina y lo miré parpadeando.
—No… No tengo palabras.
Una expresión fugaz se dibujó en su rostro, algo vulnerable, que desapareció en un instante.
—Considérala tuya. Sin importar lo que pase.
Nyx emitió un sonido gutural, casi como un ronroneo. Acaricié sus cálidas escamas, un poco asombrada de que no se tratara solo de una sombra enroscada que en cualquier momento podía desaparecer.
—¿Es correcto? —pregunté en voz baja—. ¿Encerrar a una criatura salvaje como ella?
Cruzó los brazos, con el abrigo negro ondeando al viento.
—En realidad, fue ella quien lo eligió. Por lo que he oído, se encaramó a la espalda de mi domador de bestias para venir hasta aquí. Y es posible que intentara comérselo. Esa parte no está muy clara.
—Gracias —conseguí decir, mirándolo a los ojos—. Nunca pensé…
Cambió de postura.
—Lo lógico es que tengas una montura extraordinaria. Es parte del kit básico de villana, por así decirlo.
—¿Eso está incluido en tu manual personal?
—Se le dedica un capítulo completo —dijo totalmente serio.
Nyx olisqueó sobre mi hombro, y su impaciencia retumbó a través de nuestro frágil e incipiente vínculo.
—Está hambrienta —dije.
Kazimir asintió.
—Le han preparado la comida en los establos de la Isla Fiera. Ven que te lo enseño.
Comenzamos a cruzar el patio, sorteando las grietas en las piedras que los guardianes de la fortaleza habían fusionado hacía mucho tiempo. Lo miré.
—Los dragones de sombras pueden viajar entre reinos, ¿verdad? Si crece lo suficiente, podría llevarme lejos. Pasando por encima de tus defensas. Pasando por encima de ti.
Me miró fijamente.
—No será lo suficientemente grande como para transportarte hasta dentro de un año como mínimo. Y entonces sí, podrás marcharte.
Estudié su expresión.
—Es una apuesta muy arriesgada.
Intentó esbozar una sonrisa arrogante.
—Supongo que te gustaría tener algo de libertad algún día, si es que la deseas.
Algo dentro de mí se retorció. La explicación más sencilla para que me hiciera un regalo así era que necesitaba que me mantuviera obediente. Sin embargo, la expresión de su rostro indicaba que podría haber algo más que un soborno táctico.
Nyx me dio un empujón en el costado, emitiendo un gemido hambriento que se quedó flotando en mi mente junto con imágenes de carne cruda.
—Está bien —dije y le acaricié la cabeza—. Ya vas a cenar.
Kazimir hizo un gesto hacia la pasarela y cruzamos hacia la zona de los establos, pero me detuve antes de llegar al volátil puente de relámpagos.
—Es curioso que alguien como tú me haga un regalo que, literalmente, me brinda una vía de escape. Es casi como… una muestra de confianza.
—No le des demasiada importancia —dijo, pero su fachada de arrogancia se tambaleó.
Le rodeé el antebrazo con los dedos durante un instante.
—Es el regalo más increíble que he recibido nunca —confesé—. En serio.
Bajó la mirada y luego esbozó una sonrisa burlona.
—Está bien, no te pongas sentimental. Los villanos preferimos las declaraciones siniestras y el caos.
Cruzamos el puente hacia los establos, donde un asistente ya miraba boquiabierto a Nyx.
Kazimir se lanzó a dar una charla sobre cómo evitar que la dragona derribara los muros, dirigida principalmente al asistente y quizás un poco a mí.
Fingí prestar atención mientras trataba de descifrar las contradicciones de un hombre que me obligaba a casarme con él y luego me ofrecía un plan de escape.
Nyx estiró y flexionó sus garras con impaciencia, como un gato. Kazimir suspiró al ver las nuevas muescas en la piedra mientras yo intentaba contener la risa.
—Sí —dije—, es hora de comer. Vamos a ello.