31 Revive a los muertos (pero solo un poco)
Arabella
Y a hemos pasado por esto —dije mientras enviaba una descarga de magia a través de la rosa marchita—. Puedo hacer que se mueva, pero no que reviva de verdad. Son cosas muy distintas.
Los pétalos marchitos se contorsionaban con una pequeña danza macabra antes de volver a quedarse inmóviles.
Tras semanas de intenso entrenamiento mágico, habíamos establecido una rutina: Kazimir me daba unas instrucciones increíblemente exigentes, yo me mostraba escéptica y provocaba explosiones que nos sorprendían a ambos.
Kazimir se colocó detrás de mí, tan sigiloso que podría haber sido un fantasma.
—Sigues viendo la vida y la muerte como puntos fijos —comentó—. Son un continuo. Todas las cosas llevan un poco de cada una.
Me di la vuelta y lo miré con una mirada exasperada.
—Ese es un enfoque filosófico encantador, pero esta flor está claramente muerta.
Exhaló como si no comprendiera algo obvio. Se acercó a la mesa y puso una mano sobre la rosa marchita.
—Ya has demostrado que puedes darle vida. Puedes hacer que se despliegue, se doble, se mueva… Nada de eso es producto de tu imaginación. Estás volcando tu energía para hacerlo.
Me crucé de brazos y bufé.
—Es como si manejara una marioneta. No le devuelvo la vida, es como si llevara un guante nigromántico. —Para darle más énfasis, meneé los dedos en el aire.
—Es una forma de verlo. —Entrecerró los ojos mientras luchaba por contener una sonrisa. Últimamente lo hacía más a menudo; no quería mostrar vulnerabilidad después de lo que había pasado en la puerta—. La vida es energía en movimiento. Tú eres la fuente. No te compliques tanto.
Cogí un abrecartas de plata que habíamos estado usando para practicar y golpeé la palma de mi mano con el borde plano.
—Si intentas convencerme de que la nigromancia es algo así como una forma de «jardinería agresiva», es posible que tenga que apuñalarte.
—Vuelve a intentarlo —dijo, dando un paso al frente—. Pero, esta vez, no lo fuerces. Piensa en cómo era antes.
Con un suspiro exagerado, volví a mirar la rosa arrugada.
Piensa en cómo era antes , pensé. Me concentré en la antigua energía de la rosa: el peso de los pétalos, el color exuberante.
Una pizca de magia se agitó dentro de mí, más sutil de lo habitual.
Dejé que se deslizara entre mis dedos, resucitando un recuerdo, evocándolo más que exigiéndolo.
Una repentina oleada brotó de mi mano, mucho mayor de lo que pretendía. Jadeé, atónita por la fuerza. Sentí que la rosa me correspondía, como si un eco lejano hubiera respondido por fin.
—Eso es —murmuró Kazimir, con una voz inesperadamente tranquila. Levanté la mirada y vi que estaba a mi lado, lo bastante cerca como para que se me entrecortara la respiración—. No la estás dominando. La estás invitando.
Por primera vez, la rosa se agitó por sí sola. Como si respirara, un color apagado se filtró en los pétalos; no era un carmesí vivo, sino solo un atisbo de él. El tallo se enderezó y las hojas se desplegaron.
No pude contener una sonrisa y pensé que me desmayaría de la emoción. La rosa no estaba viva del todo, pero tampoco estaba muerta.
—Lo conseguí.
—Lo conseguiste —respondió con voz baja y aprobatoria, pero cuando lo miré, descubrí que me estaba mirando con intensidad—. Aunque no te hayas dado cuenta de lo mucho que te ha costado.
En cuanto pronunció esas palabras, me invadió una oleada de agotamiento. Las rodillas me fallaron. Tuve que recurrir a todo mi obstinado orgullo para no desplomarme por completo.
Kazimir me rodeó la cintura con un brazo.
—Siéntate antes de que te desmayes —dijo, y me llevó hasta el banco de madera más cercano.
En cuanto me ayudó a sentarme, la rosa volvió a estremecerse una vez más, para luego desmoronarse hasta quedar reducida al caparazón marchito de antes. Perdí el control sobre ella y sentí una punzada de decepción ante la irrevocabilidad del movimiento.
—Ha sido… distinto —admití, y me froté la frente. Sentía la piel húmeda y pegajosa por el esfuerzo.
Kazimir se sentó a mi lado, tan cerca que nuestros brazos se rozaron. El calor de su cuerpo era una incómoda distracción.
—Vas mejorando el control más rápido de lo que había imaginado.
Rara vez hacía cumplidos, así que me quedé sin palabras por un momento. Lo que solo le hizo parecer engreído.
Bufé.
—Sería terrible que alguien descubriera que eres capaz de comportarte como una persona decente.
—Estoy seguro de que mi reputación nunca se recuperaría. —Me miró a la cara tan fijamente que me hizo darme cuenta de lo desaliñada que debía de estar: con sudor en la frente y el pelo suelto, sin trenzar. Mientras tanto, él parecía salido de un lienzo: sereno, impecable y exasperante.
Puse los ojos en blanco, y entonces tuve que luchar con otra oleada de mareo.
—Debería asearme antes de la cena. —Me levanté del banco, pero me temblaron las piernas y tuve que sujetarme al borde de la mesa.
Acercó una mano a mi codo.
—Antes de que te vayas corriendo, tenía otro plan en mente, si te ves capaz.
Entrecerré los ojos con recelo.
—¿Otro festín afrodisíaco? No me gustaría verte hacer el ridículo otra vez.
La humillación se reflejó en su rostro tan rápido que casi pensé que había sido cosa mía.
—Nunca vas a dejar de recordármelo, ¿verdad? —preguntó.
—Por supuesto que no —dije alegremente, y le di una palmada exagerada en el hombro—. Eso nunca, Señor Oscuro.
Me miró con insistencia hasta que aparté la mano.
—Iba a sugerirte otra cosa. A menos que estés demasiado cansada.
Me lanzó el desafío con tanta naturalidad que hablé antes de poder detenerme.
—Puedo con lo que sea que estés planeando. — Maldito sea .
Me dedicó una sonrisa de pura victoria depredadora.
—Excelente. Nos vemos en el patio este dentro de una hora.
—¿Por qué no ahora?
—Cada cosa requiere su preparación —dijo con ese tono engreído y críptico—. Y, no nos engañemos, a ti te hace falta un buen baño.
Me toqué la mejilla y sentí la textura arenosa y pegajosa del sudor seco. Maravilloso.
—¿Te han dicho alguna vez que eres terriblemente arrogante?
—A menudo —respondió, sin sentirse ofendido en lo más mínimo—. Por lo general, justo antes de suplicar clemencia.
Bruto. Lo miré con el ceño fruncido.
—Qué encantador.
Me dedicó una reverencia burlona.
—Hasta dentro de una hora, lady Blackrose. No me hagas esperar.
Entonces se dio la vuelta y se alejó a zancadas, con el abrigo negro arrastrándose detrás de él con absurdo dramatismo. Menudo fanfarrón. Solté un bufido.
Una vez sola, volví a mirar la rosa, que ahora estaba marchita por completo. Fuera cual fuera la sorpresa que Kazimir tenía preparada, dudaba que tuviera que ver con flores y dulces canciones de cuna.