30 Brinda comodidad, reafirma tu dominio (las múltiples tareas del Señor Oscuro moderno)
Arabella
N o lograba entrar en calor.
A pesar del baño de agua hirviendo que había tomado al volver a la ciudadela, a pesar del intenso fuego que calentaba los aposentos de Kazimir, y a pesar de las cuatro mantas en las que me había envuelto, el obstinado frío seguía aferrado a mis huesos.
Culpé a la última travesía por el puente de relámpagos.
El viento helado había traspasado mi capa y, horas después, seguía temblando.
—¿Sigues teniendo frío? —me preguntó Kazimir desde la cama. Estaba tumbado allí con una tranquilidad exasperante, desnudo excepto por el libro que descansaba sobre su pecho.
Le lancé una mirada fulminante desde debajo de mi montaña de mantas.
—¿Qué te hace pensar eso? ¿El castañeteo de dientes o la fortaleza con ropa de cama?
Pasó una página sin levantar la vista.
—Estás ahí acurrucada como un gatito moribundo.
—Estoy bien —mentí, y me senté sobre los pies fríos. El fuego crepitaba y saltaron chispas que subieron por la chimenea, pero el calor se esfumó antes de llegar a donde estaba en el sofá.
El murmullo evasivo de Kazimir me indicó que no me creía. Intenté concentrarme en el libro polvoriento sobre magia con piedras preciosas que había traído, pero surtía más efecto que cualquier poción para dormir. Se me cerraban los párpados.
—Conozco una forma de calentarte —dijo al fin.
Abrí la boca para soltar un comentario sarcástico sobre dejar de lado las insinuaciones al menos por una noche, pero cuando me giré, lo vi rebuscando entre la ropa, en lugar de acercándose a mí con una propuesta indecente.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, confundida por ese cambio en su costumbre nocturna de intentar provocarme.
—Vestirme —respondió, como si fuera algo obvio—. Estás temblando y podemos ponerle solución.
Entrecerré los ojos.
—¿Y cómo propones que lo hagamos exactamente?
Cruzó la habitación, sacó otra manta de un baúl cerca de la chimenea y me la colocó sobre los hombros.
—Sígueme.
—¿Adónde?
—¿Es que tienes que cuestionarlo todo? —Suspiró, pero su voz carecía de verdadera irritación—. Ven conmigo, a menos que quieras congelarte.
Sopesé mis opciones: quedarme sola en su guarida, donde los peligros estaban asegurados, o seguir al Señor Oscuro a territorio desconocido. Como era de esperar, ganó la curiosidad.
—Está bien. —Agarré las mantas y me puse de pie—. Guíeme, lord Blackrose.
Abrió la puerta y me hizo un gesto para que saliera primero.
El pasillo estaba en silencio, las luces se habían atenuado debido a la hora tardía.
Bajamos por la escalera de caracol y luego atravesamos un pasadizo inclinado que se adentraba bajo la ciudadela.
Poco a poco, el aire se fue calentando, impregnado de un aroma reconfortante y especiado.
Entramos en una acogedora cocina, más pequeña que la otra enorme en la que ya había estado.
Esta parecía más antigua, como si formara parte del diseño original de la fortaleza.
Una gran chimenea dominaba una de las paredes, por encima colgaban ollas de cobre brillantes y el aroma de hierbas secas perfumaba el aire.
—Las cocinas principales siempre están ocupadas —explicó Kazimir mientras nos acercábamos a un armario—. Además, para llegar a ellas habría que cruzar otro puente de relámpagos. Este rincón del Recinto Sagrado es más tranquilo.
—No sabía que esto existía —admití, dejando que me envolviera el glorioso calor de la chimenea.
—Hay muchas cosas de la ciudadela que aún no conoces. —Sin previo aviso, me agarró por la cintura y me subió a la encimera como si no pesara nada. Se me encogió el estómago al ser testigo de su fuerza.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, aferrada a las mantas.
—Preparar vino caliente y especiado —dijo mientras sacaba especias y una jarra de vino de color rojo intenso del armario—. Incluso puede que algo para comer. ¿Tienes hambre?
Solo cuando me lo preguntó me di cuenta del dolor sordo.
—Un poco.
Se movía con soltura; en una olla de cobre vertió vino, canela en rama, clavos y piel de cítricos. Una escena demasiado doméstica para el Terror de los Reinos Occidentales.
—No tenía ni idea de que supieras cocinar —comenté mientras él removía la mezcla.
—Calentar vino no es cocinar. —Me lanzó una mirada juguetona—. Es demasiado fácil impresionarla, lady Blackrose. Aunque tal vez debería haber probado esta táctica en lugar de secuestrarte.
Me reí por la nariz.
—Nada como un vino caliente y especiado a medianoche para que caigan rendidas a tus pies.
La escena era surrealista: estaba descalza subida a la encimera de la cocina mientras Kazimir Blackrose preparaba vino especiado en una olla. Vertió el vino humeante en dos tazas de barro y me pasó una.
Yo la sujeté con las dos manos, absorbiendo el calor con avidez. Con tan solo un sorbo se me escapó un gemido involuntario.
—Esto es increíble.
—Lo sé. —Una leve sonrisa de satisfacción se dibujó en su rostro.
Cortó una rebanada de pan, la cubrió con queso y carne curada y me la sirvió en un plato. El primer bocado fue toda una delicia. Se hizo el silencio, pero era un silencio agradable, frágil y precioso.
—Bueno —me aventuré a decir con cautela—, ¿a qué viene tanta amabilidad? ¿Otra vez echándome afrodisíacos en el vino?
—No. —Enarcó una ceja—. ¿Preferirías que te dejara convertirte en una estatua de hielo?
—Es solo que no me esperaba… esto.
—Te dije desde un principio que no tengo interés alguno en hacerte daño.
—Hacerme daño es una cosa —dije, quitándome una migaja de la ropa—, y tomar vino caliente en plena noche es otra muy distinta.
—Tal vez te prefiero caliente y lúcida. —Le dio un sorbo a su bebida.
Mi cuerpo sin duda lo agradecía porque los temblores habían cesado.
—Gracias —murmuré y dejé a un lado el plato vacío—. Ha funcionado.
Levantó un hombro en un gesto despreocupado, como para restarle importancia a mi agradecimiento.
—¿Nos ceñimos a temas más seguros o quieres seguir analizando cada uno de mis movimientos?
—Oh, mi intención es seguir analizando.
Soltó una risita.
—No esperaba menos.
Tras armarme de valor, decidí abordar el tema que me había estado preocupando desde que salimos de la mansión Arvoryn.
—Antes, cuando bromeé sobre tener amantes, te… enfadaste.
Kazimir dejó la mirada fija en el vino mientras daba vueltas a lo que quedaba.
—¿Estás pensando en tener amantes, Arabella?
—Eso no es lo que importa.
Dejó la copa en la encimera.
—A mí sí.
Me negué a estremecerme bajo su intensa mirada.
—Morana y tú erais amantes, y no te importaba en absoluto que ella tuviera a otros, o incluso un marido. Sin embargo, ante la mera insinuación de que yo pudiera hacer lo mismo, te pusiste como un lobo rabioso. ¿Por qué?
Sus ojos se oscurecieron con posesividad.
—Morana y tú no sois iguales.
—Nuestro acuerdo no me impide buscar otra cama —le recordé.
Se acercó lentamente y apoyó las manos a ambos lados de mi cuerpo, inclinándose hacia mí.
—Parece que no te ha quedado claro. —Bajó la voz—. Lo que es mío se queda conmigo.
Una chispa prohibida se encendió bajo mis costillas. Debería haberme indignado. Estaba indignada…, pero también inquietantemente excitada.
—No soy una baratija más en tu colección.
—No. —Desvió la mirada hacia mi boca—. Eres una fuerza en ti misma. Ser mía no te resta poder, lo amplifica. Mis recursos, mi protección, están dedicados a preservar tu esencia.
El corazón me latía con fuerza.
—¿Y tú? ¿Planeas tener una amante?
Su postura se tensó, como si la idea le ofendiera.
—No me interesan las trivialidades —dijo con rudeza—. Ya tengo bastante con una mujer exasperante.
Su franqueza descarnada me dejó sin palabras.
En ese momento parecía tan serio, con esos ojos oscuros clavados en los míos y un mechón de pelo cayéndole sobre la frente.
Pero también parecía vulnerable; el temible Señor Oscuro había dejado escapar una confesión que tal vez ni siquiera él mismo consideraba como tal.
—Oh —conseguí decir, sin aliento.
Su boca se curvó ligeramente.
—Eso. «Oh».
Retrocedió un paso, volviendo a establecer una pequeña distancia entre nosotros. El frío inicial había desaparecido hacía tiempo; sentía calor de pies a cabeza, y no solo por culpa del vino caliente.
Agradecida por el respiro, carraspeé.
—Bien. ¿Cambiamos de tema?
—Con gusto. —Se recostó sobre la encimera opuesta, con los brazos cruzados—. Esa historia que le contaste a Griffin, «El jardín del héroe». No hay constancia de ella en mi biblioteca. ¿Dónde la aprendió tu madre?
Me encogí de hombros.
—Nunca me lo dijo. Pero ella creía que las rosas representaban transformación, no conquista.
Kazimir se mostró escéptico.
—Las Rosas Doradas se alimentan de las líneas ley, sin ninguna moraleja de por medio.
—Entonces, explica el papel que desempeña el linaje heroico en la activación de la Reliquia y las rosas grabadas en la corona. ¿Coincidencia?
—La exposición prolongada a la magia superior puede moldear los linajes. No tiene por qué ser algo divino o mitológico.
Mi sentido de la verdad me decía que no estaba siendo del todo sincero.
—¿Has descubierto por qué falló la Reliquia?
Negó con la cabeza.
—No. Todavía lo estamos investigando.
Mentira. Lo sentí, pero me tragué la réplica. Si forzaba la situación, él se encerraría tras sus muros, y yo quería saber qué ocultaba antes de que la confrontación fuera inevitable.
Exhaló despacio, como aliviado por que no insistiera, luego señaló los platos.
—Si has terminado, vamos a la cama.
Me bajé de la encimera; el vino me había provocado una agradable sensación de mareo. Apagó las lámparas con un gesto y solo dejó las brasas de la chimenea.
Cuando llegamos a sus aposentos, me detuve cerca del umbral sin saber muy bien qué hacer. La cama se alzaba ante mí, un campo de batalla conocido lleno de tensión y límites cuidadosamente acordados. Pero el recuerdo del vino, la calidez y las confesiones susurradas de Kazimir seguían rondándome.
Apoyó una mano en el marco de la puerta, cerca de mi hombro, y se inclinó lo suficiente como para que yo percibiera el aroma de las tormentas invernales y el acero.
—¿Te encuentras mejor?
El tono casi tierno de su voz me oprimió la garganta.
—Sí —murmuré—. He entrado en calor.
—Bien. —Su mirada siguió la línea de mis labios.
Respiré hondo y aparté la mirada para evitar su intensidad. Sin embargo, lo único que veía eran los botones de su camisa holgada, y mi mente se encargó de completar la imagen de lo que había debajo. No podía culpar al vino, ya que no había bebido lo suficiente.
Levantó la mano, despacio, como si dudara, y me apartó un mechón de pelo suelto cerca de la sien. Se detuvo y levanté la vista para ver la pregunta en sus ojos.
Algo se quebró en mi pecho. Si me tocaba, quizá olvidaría todas las razones por las que debía resistirme.
Le agarré la muñeca con suavidad y le aparté la mano antes de ponerme fuera de su alcance.
Una sombra de decepción cruzó su rostro, pero asintió con la cabeza en señal de aceptación y bajó la mano.
Me refugié en la cama, donde ya me esperaba la pared de almohadas. Envuelta en mantas, me acurruqué de lado, con el pulso aún acelerado por el fantasma de lo que casi fue una caricia.
En lugar de unirse, Kazimir se quedó en la puerta, observándome mientras yo trataba de encontrar una postura bajo su mirada. El silencio se prolongó, cargado de cosas que no dijimos. Finalmente, se enderezó.
—Buenas noches, Arabella. —Tenía la voz ronca, llena de un deseo insatisfecho.
Antes de que pudiera responder, se marchó, cerrando la puerta tras él.
Su lado de la cama se mantuvo vacío toda la noche, y yo no supe decidir qué me sorprendió más: que tuviera el suficiente autocontrol como para mantener las distancias o que yo me pasara media noche deseando que no fuera así.