La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 29 Agárrale la mano y retuerce algunos brazos (romance entre patrullas fronterizas) #2
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29 Agárrale la mano y retuerce algunos brazos (romance entre patrullas fronterizas) #2

Eché un vistazo al animal, que parecía estar en perfectas condiciones. Kazimir me dedicó una sonrisa diabólica.

—No hay tiempo para ensillar otro. Tendremos que ir los dos en una sola montura —anunció mientras se encogía de hombros con aire despreocupado.

Aquello me enfadó.

—Acordamos que…

No se lo pensó dos veces. Con un movimiento rápido, me subió a lomos de mi yegua y se acomodó detrás de mí. El calor de su pecho me pilló desprevenida. Cuando tomó las riendas, sentí el aire transformarse con un estallido de energía.

—Imagino que no pretenderás que vuelva andando todo el camino, ¿verdad? —me susurró al oído.

Entendí lo que estaba pasando: sin duda Morana tendría una vista perfecta desde alguna de las ventanas superiores.

—Eres insufrible —murmuré, con las mejillas encendidas.

La única respuesta de Kazimir fue una risa entre dientes mientras nos poníamos en marcha, con Thorne y los guardias formando un círculo protector a nuestro alrededor. Un viento fuerte soplaba desde las montañas.

Cuando estuvimos a una distancia prudente de la mansión, musité:

—Me podrías haber avisado de que querías montar una salida dramática.

—¿Habrías aceptado?

—Seguramente no —admití.

Acercó su rostro al mío.

—Pues eso.

A pesar de la frustración, me acomodé entre sus brazos, aliviada por el calor que me proporcionaba.

—Morana ya no puede vernos —señalé—. Puedes dejar de agarrarme.

No soltó el brazo con el que me rodeaba la cintura.

—Me ha acabado gustando bastante estar así.

Resoplé, negándome a alimentar su arrogancia con una réplica directa. Pero al cabo de un rato, el ritmo del paso del caballo alivió la tensión de mis extremidades. Me di cuenta de que me estaba recostando sobre él y rápidamente me enderecé, ignorando el repentino cosquilleo que sentí en el pecho.

La voz de Kazimir bajó de tono y volvió a sonar burlona.

—Más te vale estar atenta. Como te descuides, hasta puedo empezar a caerte bien.

—Lo dudo —respondí con delicadeza.

—Sigue diciéndote eso a ti misma. —Hablaba con tono burlón, pero percibí un atisbo de auténtico anhelo tras sus palabras. Pese a su actitud arrogante y letal, buscaba mi aceptación. Aquello me inquietaba porque, en algún recoveco retorcido de mi mente, yo quería concedérsela.

Se hizo el silencio mientras cabalgábamos, solo se oía el canto de los pájaros y el balido lejano de las cabras. Mi mente vagó hacia las aldeas destruidas.

Sentí el aliento de Kazimir en mi oído cuando murmuró:

—¿En qué está pensando, lady Blackrose?

—En Auremar y su negligencia —dije—. Antes era justo, o eso pensaba. Era alguien respetable. Ahora…

Kazimir se encogió de hombros y aquel gesto me apretó más contra su cuerpo.

—O solo viste la imagen que proyectaba. El poder a menudo permite a las personas ocultar su verdadera naturaleza.

No pude rebatirlo, pero la idea me dejó un sabor agridulce en la boca.

Poco después, solté:

—Podrías haberte casado con Morana, ¿sabes? Está claro que ella tiene… interés por ti.

Agarró las riendas con más fuerza.

—Eso nunca fue una opción.

—¿Por qué no? Está claro que adora el poder. Y parece compartir tus métodos .

Hizo una pausa tan larga que me pregunté si había tocado alguna fibra sensible. Cuando finalmente habló, su voz resonó con contundencia en el aire de la montaña.

—Porque meterme en su cama costaba menos soldados que asaltar sus murallas, y Edmund es un excelente seguro por si algún día deja de serme útil. No me arrodillo ante nadie, y mucho menos ante Morana.

Las palabras cayeron pesadas entre nosotros. Me giré, fijándome en lo mucho que apretaba la mandíbula.

—Entonces…

—Sí, Morana ya estaba casada. Sí, Edmund lo sabía. Vaya colección de revelaciones impactantes.

—Aun así —murmuré, de nuevo mirando hacia delante—. Morana no es ninguna cortesana ingenua. Si le hieres el orgullo, te devolverá el golpe.

Se rio, con una risa grave y sarcástica.

—Que lo intente.

Aquello no era fanfarronería. Sentí la fría convicción con la que su magia nos envolvía. De repente, el paso parecía demasiado pequeño para que la ambición de Morana coexistiera con la visión de futuro que tenía él.

Tragué saliva con dificultad.

—Entonces…, ¿lord Edmund…?

—Lleva siendo testigo de las «conquistas» de su mujer desde hace años —me susurró Kazimir al oído con burla—. Y no, no es que me importaran especialmente sus sentimientos. Al fin y al cabo, soy el Señor Oscuro.

La actitud indiferente que mostró ante esa crueldad me inquietó más de lo que quería admitir. Volvimos a quedarnos en silencio, con el aroma a pino y el humo lejano de la leña flotando en el aire. Me recordé a mí misma que, en efecto, era un villano.

Se me agotó la paciencia y decidí provocarlo:

—Supongo que nuestro matrimonio no es más que otro acuerdo pragmático. Si quisiera tener amantes igual que Morana…

Kazimir me apretó contra su pecho con un solo movimiento decidido. El corazón me latía con fuerza mientras su voz se reducía a un susurro peligroso.

—Eso no va a pasar.

Cada sílaba llevaba impregnada una promesa de violencia contenida.

Se me cortó la respiración. Me mantuvo pegada a él, como para recordarme que podía acabar con mis enemigos, y posiblemente conmigo, sin pestañear.

Incluso cuando aflojó su agarre punitivo y pasó a algo más moderado, seguía sintiendo los latidos de su corazón retumbando detrás de mí.

Tragué saliva para controlar la adrenalina. Solo quería provocarle, pero su respuesta me dejó desconcertada… Y, lo que era curioso, halagada. Enderecé los hombros, fingiendo indiferencia.

—¿Así que matarías a cualquier amante hipotético que se acercara a mí?

—Hipotéticamente hablando —convino, rozándome de nuevo la oreja con la comisura de los labios—, sí.

Se me escapó una risa nerviosa. No lo dudaba. Al menos, no del todo. Y no sabía qué me inquietaba más: la amenaza en sí misma o la chispa de atracción retorcida y posesiva que había surgido peligrosamente entre nosotros.

Seguimos cabalgando en silencio mientras yo intentaba no pensar en lo mucho que podría llegar a disfrutar siendo un bien que el Señor Oscuro jamás compartiría.