La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 29 Agárrale la mano y retuerce algunos brazos (romance entre patrullas fronterizas)
35%

29 Agárrale la mano y retuerce algunos brazos (romance entre patrullas fronterizas)

Arabella

I ntenté no mirar fijamente las cabezas disecadas que me observaban desde todos los rincones del comedor de la mansión.

Una serpiente de tres cabezas se cernía sobre el asiento de Morana, con unos ojos de cristal que no parpadeaban pero parecían seguir cada uno de mis movimientos.

Tragué saliva para contener un escalofrío y fingí mostrar una curiosidad respetuosa.

—Una colección interesante —dije, señalando las paredes con la cabeza—. ¿Los ha cazado todos usted misma?

La vizcondesa Morana me devolvió una sonrisa fría y sutil.

—La mayoría. De la quimera se encargó Edmund…, aunque con ayuda, claro está. —Miró con desdén a su marido, quien parecía estar deseando que el suelo se lo tragara.

Lord Edmund era el polo opuesto a la letal elegancia de su mujer.

Mientras que Morana parecía esculpida con cuchillos, el hombre daba la impresión de ser un manojo de nervios envuelto en ropas nobles.

No me había mirado a los ojos ni una vez desde que llegamos.

Una punzada de algo (empatía, tal vez) se abrió paso entre la frustración.

—Lord Edmund —lo saludé—. Es un placer conocerle.

Dio un respingo, y empezó a juguetear con una cuchara como si le fuera la vida en ello.

—Lady Blackrose —dijo con voz chillona—. Últimamente, eh…, apenas recibimos visitas.

Antes de que pudiera responder, entraron sirvientes con bandejas de carnes y verduras asadas. Kazimir hizo un rápido gesto sobre la mesa y la magia se extendió por los platos e iluminó dos copas, la suya y la mía, con un breve destello azul.

Morana puso los ojos en blanco.

—¿En serio, Kazimir? ¿Me ves capaz de envenenar a mis propios invitados?

Aunque intentó mantener una postura relajada, la mujer se inclinó hacia adelante con la espalda apenas arqueada, en una postura sutilmente provocativa, dejando que el corpiño llamara la atención de Kazimir.

Me recordé a mí misma que no debía importarme, pero aun así, estaba sentada justo al lado de mi esposo y la forma en la que lo miraba despertó en mí una intensa irritación que no pude reprimir por completo.

Alargué la mano hacia la copa de vino. Al parecer ya no había peligro, pero bebí con cautela de todas formas.

—La cosecha es magnífica —dije para romper el silencio—. ¿Los viñedos son suyos, vizcondesa?

Morana se recompuso y dejó de fijarse en Kazimir.

—Sí. Las laderas del sur producen un tinto en particular robusto.

Edmund levantó la vista ligeramente.

—¿Entiende de vinos, lady Blackrose?

Le dediqué una sonrisa amable.

—Por insistencia de mi padre. Consideraba que una dama refinada debía saber elegir el vino adecuado para cada ocasión.

—¿Y qué tipo de ocasión es esta? —preguntó Morana, con tono punzante.

Recorrí la mesa con la mirada.

—Una de la que espero que todos salgamos con vida.

Kazimir me dio un golpecito en la rodilla con la suya debajo de la mesa, un gesto silencioso de aprobación que yo acepté.

—Mi esposa tiene una franqueza refrescante, ¿no es así? —dijo arrastrando las palabras.

Morana apretó ligeramente los labios.

—Sin duda. Aunque me pregunto si esa franqueza sirve de algo en un matrimonio como el vuestro.

—¿Cómo el nuestro? —repetí con una ceja arqueada.

Cortó la carne con una ferocidad desafiante.

—Un acuerdo político. ¿Qué otra cosa podría ser?

En ese momento, me sorprendí incluso a mí misma al decidir que estaba harta de las insinuaciones de Morana.

Sin pensarlo demasiado, extendí la mano y agarré la de Kazimir.

Él tensó los dedos por un momento antes de relajarlos alrededor de los míos.

Le dirigí una sonrisa ensayada, la misma que había perfeccionado en las innumerables reuniones de la corte a las que me había visto obligada a asistir.

La expresión de Morana se heló y vislumbré una furia descarnada en sus pálidos ojos. Al parecer, Kazimir nunca le había permitido la más mínima demostración de afecto en público. Interesante.

Edmund rompió la tensión con una tos incómoda.

—Pues últimamente las temperaturas han sido agradables…

Nadie respondió. Le solté la mano a Kazimir y él agarró la copa de vino.

—Me sorprendió saber que tu guarnición sigue en el norte, Morana —le dijo, dejando que un tono frío y siniestro se colara en su voz.

Su expresión se volvió pétrea.

—Nos informaron de que era posible que los clanes de las montañas atacaran. Trasladé a mis tropas para demostrar fortaleza.

Sentí un ligero cosquilleo en mi sentido de la verdad justo detrás de los ojos. Lo que decía no era mentira, pero había algo en su voz que delataba la omisión de algunos detalles.

Kazimir asintió apenas.

—¿Y cuán fiable resultó ser esa información?

Ella escogió sus palabras con cuidado.

—Los clanes se han retirado a los pasos altos por el momento.

Prácticamente podía saborear su reticencia a compartir más información. Estaba tan centrada en leerla que casi se me escapa el sutil destello de frustración que cruzó el rostro de Kazimir.

—Muy conveniente —respondió—, sobre todo para los bandidos que arrasaron las aldeas del sur.

Ella enfureció.

—Si me estás acusando de abandonar a mis propios súbditos…

—Solo señalo la coincidencia —interrumpió Kazimir—. Algo que no beneficia a nadie. Un pueblo diezmado no puede pagar impuestos.

Morana apretó con fuerza el cuchillo hasta que se le pusieron blancos los nudillos.

—Soy perfectamente capaz de gestionar mis territorios sin tus atajos mágicos.

La luz de la lámpara de araña se agitó y la habitación se oscureció aún más alrededor de Kazimir.

—Esos «atajos» han sido de gran ayuda para Arvoryn, Morana. Que no se te olvide. Sobre todo cuando te enfrentes al Sindicato.

Ella palideció al mencionar el Sindicato, pero rápidamente respondió:

—Solo busco una compensación por la pérdida de mi guardia, y alguien tiene que quedarse a cargo de este paso.

A Kazimir se le tensó la mandíbula.

—Lo que significa que conviene recordar lo frágil que es tu posición. No nos andemos con rodeos.

Morana lo fulminó con la mirada. Edmund parecía querer esconderse debajo de la silla.

Me incliné hacia delante, decidida a intervenir antes de que aquellas tensas insinuaciones estallaran en amenazas directas.

—Tal vez convenga coordinar las patrullas fronterizas. Me parece una medida razonable si queremos evitar más «coincidencias».

La mirada de la mujer se desvió hacia mí, con ojos calculadores.

—Ha aprendido mucho, lady Blackrose, sobre todo para ser alguien que hasta hace poco estaba recluida en la casa de su padre.

—Parece especialmente interesada en mi matrimonio, vizcondesa —respondí con frialdad, ignorando el fugaz recuerdo—. ¿No estará celosa?

La sorpresa se reflejó en su rostro antes de que lo ocultara bajo una máscara de indiferencia.

—Confunde el desprecio con la envidia.

La observé durante un largo rato, con una sutil sonrisa en los labios.

—No lo creo.

Se puso pálida antes de que la rabia le tiñera las mejillas de un rojo intenso. Parecía a punto de saltar sobre la mesa.

Kazimir puso fin a ese enfrentamiento de miradas hablando con ese tono grave y autoritario que me recordaba con exactitud a quién tenía delante.

—Ya basta.

Toda la sala pareció contener la respiración ante la orden.

Se me aceleró el pulso. El compañero divertido que había estado bromeando conmigo había desaparecido.

En ese momento era el Señor Oscuro que había arrasado fortalezas enteras.

Morana también lo reconoció. Enderezó los hombros y contuvo su bravuconería.

—Este será el trato —continuó Kazimir como si la confrontación nunca hubiera existido—. Patrullaréis la frontera de Arvoryn turnándoos con mi ejército. Ningún pueblo permanecerá desprotegido durante más de un día.

Morana asintió con la cabeza de forma breve y seca.

—¿Y qué obtendré a cambio?

Kazimir removió el vino tranquilamente.

—Si decides cooperar, os proporcionaré fichas mágicas para que hasta veinte de los tuyos puedan comerciar con Skyspire, y abriré un portal comercial para tus mercancías.

No me extrañó aquella concesión. Había mencionado que, al estar enclavada entre dos reinos hostiles, Arvoryn tenían dificultades para obtener suministros. No era más que otro eslabón en la estrategia del Señor Oscuro que dependiera de su apoyo.

—Las fichas serían… útiles —se atrevió a decir Edmund, mirando con nerviosismo entre su esposa y Kazimir.

Morana le lanzó una mirada que podría haber congelado el mismo fuego, pero él no se inmutó. Quizás Edmund escondía más de lo que yo había pensado al principio.

Ella cruzó los brazos, para intentar parecer menos inquieta.

—Quiero al menos treinta fichas.

—Veinticinco —replicó Kazimir—. Y te daré los planos para construir una plataforma de recepción. Tus magos podrán construirla ellos mismos, aunque no podrán acceder a mi red sin mi permiso.

Un tenso silencio se apoderó de la sala, hasta que al fin la mujer rompió el hielo con una seca aceptación.

—Está bien. Imagino que Thorne tiene los documentos.

Como si fuera una señal, Thorne entró con paso firme cargando con una carpeta de cuero gastada y la colocó delante de ella. Hojeó las páginas con el ceño fruncido, imposible de descifrar, y luego firmó con un gesto grandilocuente que se asemejaba al corte de una daga.

—Listo. —Devolvió los pergaminos y se quedó tan rígida que parecía que se estuviera conteniendo físicamente.

Kazimir se levantó.

—Tenemos asuntos urgentes que atender en otro lugar. Gracias por vuestra hospitalidad.

Deslizó la mirada hacia mí, con una actitud fría y desafiante.

—Lady Blackrose. Disfrute de su acelerada educación en la ciudadela de su marido.

Respondí a su mirada con una gracia ensayada.

—Ha sido usted muy esclarecedora, vizcondesa Morana.

Edmund, que de alguna manera recordó sus modales, nos acompañó al patio con un parloteo nervioso sobre la cosecha y los nuevos caballos del establo. Al mirarlo, me sentí dividida entre la lástima y el desdén; se merecía algo mejor, pero parecía atrapado en su propio infierno personal.

Kazimir se detuvo en el patio y miró la pata delantera de su caballo.

—Parece que mi caballo cojea —afirmó.