28 Muéstrale los peligros de tu trabajo (ex celosa incluida)
Kazimir
D e verdad es necesario hacer esto? —preguntó Arabella mientras nos acercábamos al estrecho puente de relámpagos que conducía a la Isla Portal—. Tienes portales personales. Podríamos simplemente…
—Los portales personales son para emergencias —expliqué a medida que me acercaba al borde del puente. En la penumbra previa al amanecer, el resplandor del puente eléctrico lo eclipsaba todo—. Consumen demasiada energía como para usarlos a la ligera
Por supuesto, ignoró la mano que le ofrecí y cruzó el puente sola, con la túnica ondeando detrás de ella y dejando ver su ropa de entrenamiento.
Le quedaba como un guante, algo que no podía parar de observar con enorme satisfacción.
En el momento en que decidió ponérsela, supe que su intención era enfadar a Morana.
Me gustó ese nivel de malicia calculada.
—Además —continué, tras alcanzarla con unas pocas zancadas—, la Isla Portal cuenta con entradas permanentes que requieren un mantenimiento mínimo.
Ella me miró por encima del hombro.
—Qué muestra de sensatez tan decepcionante.
Me encogí de hombros.
—Las extravagancias las reservo para ocasiones especiales.
—¿Cómo los secuestros? —replicó, con tono travieso.
Se me escapó una media sonrisa.
—Tú te mostraste muy… animada.
—Estaba intentando matarte.
Me toqué el cuello con el dedo, justo en el lugar donde me había presionado con la hoja durante nuestro primer forcejeo.
—Me ha quedado una bonita cicatriz. Me gusta bastante.
Puso los ojos en blanco, pero no pudo reprimir una sonrisa. El viento le alborotaba el pelo y se lo echó hacia atrás con un bufido.
Habíamos dejado atrás el incidente del afrodisíaco de hacía unos días, aunque ella había dejado muy claro que no me había perdonado.
Arabella me acorraló durante el desayuno de la mañana siguiente para darme una charla exhaustiva sobre la confianza y el respeto, durante la cual yo había mantenido mi expresión más arrepentida mientras por dentro admiraba la maestría con la que lanzaba insultos creativos.
En el extremo más alejado del puente, la Isla Portal brillaba ante nuestros ojos: un círculo perfecto de piedra marcado por siete arcos antiguos, cada uno tallado con runas que pulsaban a intervalos diferentes.
Sentí el zumbido de la plataforma bajo mis botas; siempre me pareció surrealista la forma en que la magia vibraba en aquel lugar.
Me acerqué al arco del este y recorrí con los dedos los magníficos grabados.
—Cada portal conduce a un destino concreto. Algunos son de dominio público, como el que conduce a los mercados, por ejemplo. —Señalé el arco que teníamos delante—. Otros son privados. Solo pueden atravesarlos quienes poseen las fichas necesarias, igual que ocurre con los puentes de relámpagos.
Arabella cruzó los brazos sobre el pecho.
—Pero nosotros no necesitamos fichas para cruzar los puentes.
—Y para los portales yo tampoco las necesito —respondí, con un ligero tono de suficiencia.
Ladeó la cabeza, incrédula.
—¿Acaso crees que si pudiera saltaría por uno al azar solo para escapar?
—No —dije, conteniendo una sonrisa—. Eres demasiado astuta para eso, y si fueras a huir, no lo anunciarías de antemano.
No lo negó, solo guardó un silencio pensativo. Sentí una punzada de triunfo. Activé el portal con una chispa de magia de dominio y el arco se cubrió de un velo ondulante de sombras entrelazadas con plata.
—Después de usted, lady Blackrose. —Gesticulé con una reverencia exagerada.
Me miró con recelo y luego enderezó los hombros.
—Si acabo en algún calabozo, te lo haré pagar.
Se me escapó una carcajada grave, más oscura de lo que pretendía.
—¿Es una promesa? Porque se me ocurren algunas formas la mar de entretenidas para que te vengues de mí.
Se sonrojó al oír aquello, pero no apartó la mirada. Su actitud desafiante me aceleraba el corazón. Con un último vistazo, cruzó el velo negro y plata, y yo la seguí de inmediato, sintiendo que la gélida presión del portal me aplastaba antes de soltarme al otro lado.
Parpadeé para deshacerme de la escarcha que se había adherido a mis pestañas hasta que pude ver un claro de pinos centenarios. El amanecer acariciaba el horizonte y lo bañaba todo de un pálido halo de luz. Respiré hondo y noté un pinchazo en el pecho debido al brusco cambio de presión atmosférica.
Arabella estaba a poca distancia, agarrada al tronco de un árbol y parpadeando como si el suelo se hubiera tambaleado bajo sus pies.
—Respirar funciona —dije mientras me limpiaba un copo de nieve de la manga—. Así se pasa el mareo.
Me miró con desdén, pero siguió mi consejo. Tenía las mejillas enrojecidas por el frío.
—Podrías haberme advertido.
—¿Y perder la oportunidad de verte descompuesta? —respondí con fingida inocencia—. Jamás.
Apunté con la mano hacia una cordillera lejana.
—Estamos en el extremo norte del Paso de Arvoryn. El territorio de Morana se encuentra justo al otro lado de esas colinas.
Oí un crujido de ramas detrás de mí y me volví para ver a Thorne acercándose con una fila de caballos.
—Lord Blackrose, lady Blackrose —dijo mientras nos entregaba las riendas—. Cortesía de la vizcondesa Morana.
Casi me echo a reír. La hospitalidad de Morana solía ir acompañada de dardos envenenados. Pero cuando me volví hacia Arabella, vi que se le había iluminado la cara. Alargó la mano hacia las riendas de una robusta yegua castaña y deslizó la mano por la silla de montar.
—Hice hincapié en que no se utilizaran sillas de amazona.
Me miró mientras acariciaba el cuello de la yegua.
—Te has acordado.
Me encogí de hombros con indiferencia.
—Prefiero la eficiencia, eso es todo. No quiero que te rompas el cuello por el camino. —Me acerqué para ayudarla a montar, aunque apenas necesitaba ayuda.
Mantuve los dedos sobre su pantorrilla, presionando ligeramente el suave cuero. Ella jadeó, aunque fue casi inaudible, y una chispa de satisfacción me recorrió el cuerpo en respuesta.
—Pensé que me harías montar contigo —dijo, con las riendas en la mano.
Una sonrisa perezosa se reflejó en mi rostro.
—¿Eso quieres?
—No —respondió, demasiado deprisa—. En absoluto.
Suspiré fingiendo lástima.
—Una pena.
Me subí a mi caballo y nos pusimos en marcha por un sinuoso sendero rodeado de pinos. Thorne y dos guardias cabalgaban delante, y otros dos detrás, lo que nos proporcionaba cierta intimidad.
—Montas bien —señalé después de un rato.
Arabella se mantuvo en silencio durante una respiración o dos.
—Es algo que siempre me gustó. —Miró de reojo a nuestro séquito de guardias—. ¿Por qué molestarse en llevar escolta? Podrías aniquilar a una milicia con magia, tú solo.
—No me hacen falta escoltas —dije mientras me agachaba para esquivar una rama que sobresalía—. Es un gesto de cortesía hacia Morana. Le gusta creer que respeto su territorio lo suficiente como para cumplir sus protocolos.
Se rio por la nariz.
—O para que no la eclipses haciendo alarde de lo poderoso que eres en realidad.
—Exacto. Todas las estructuras de poder descansan sobre egos frágiles. El suyo, el mío, el de todos. —Capté su mirada—. Los estoy controlando, igual que hago contigo.
Me miró de reojo.
—¿Y quién te controla a ti ?
—Has estado haciendo un gran trabajo —confesé con sinceridad—. Mi ego nunca ha estado tan herido y tan inflado al mismo tiempo.
Arabella emitió un murmullo bajo y evasivo, pero una leve sonrisa se dibujó en su rostro.
Al poco tiempo, el bosque dio paso a una zona montañosa despejada.
El sol de la mañana se alzaba cada vez más y alumbraba las colinas salpicadas de menhires.
Las montañas escarpadas custodiaban el horizonte.
Arabella volvió el rostro hacia la luz del sol y se relajó, sin duda disfrutando de su primera experiencia al aire libre fuera de la ciudadela.
—Me estás mirando —dijo sin darse la vuelta.
No me molesté en negarlo.
—Solo me aseguro de que no estás tramando ningún estúpido plan de huida.
Por fin me miró y un brillo de diversión le iluminó los ojos.
—Tú mismo has señalado que no me arriesgaría a hacerlo. Así que, obviamente, estás disfrutando de las vistas.
Dejé que el momento se prolongara, saboreando la seguridad con la que me desafiaba.
—Tal vez sí.
Cabalgamos durante un rato envueltos en un agradable silencio, con Arabella todavía absorta en el paisaje. Al final, me miró.
—Sé que Skyspire solo es una parte de tu territorio, pero ¿cuánto te pertenece de todo esto?
—Mis territorios se extienden desde el mar del este, pasando por estas tierras altas, hasta las montañas al norte y el desierto al sur.
—¿Todo son tierras conquistadas?
—Algunas partes las conquisté. Otras las negocié. —Ajusté las riendas—. Y otras son heredadas.
Levantó las cejas, sorprendida.
—¿Heredadas de tu familia?
La mención de mi familia provocó una conocida oleada de ira fría que me recorrió las venas.
—Por así decirlo. Digamos que mi padre no cedió sus tierras por voluntad propia.
En sus ojos vi que lo había comprendido.
—Lo mataste.
—A los diecisiete años —confirmé—. Estaba cogiendo una copa de vino cuando le corté la cabeza. El resto de los comensales se quedaron en silencio durante tres segundos antes de empezar a gritar.
La yegua se agitó debajo de ella mientras me observaba.
—Hay mucho más detrás de esa historia.
—Siempre lo hay. —Espoleé a mi caballo para que avanzara, dando por zanjado el tema.
Alcanzamos la cima de una colina desde la que se divisaban las ruinas ennegrecidas de lo que en otro tiempo había sido un pueblo.
De entre los escombros sobresalían vigas carbonizadas y en el centro solo quedaba en pie un pozo medio derruido.
Detuve el caballo y sentí cómo Arabella se tensaba a mi lado.
—Aquí vivían cuarenta y siete personas hace una semana —dije en voz baja—. En su mayoría, granjeros.
Desmontó y caminó entre los restos del pueblo. Cuando regresó, su expresión era más fría y decidida de lo que jamás había visto.
—¿Y Solandris no hizo nada?
—Por lo que he oído, retiraron sus patrullas hace meses.
Tragó saliva con dificultad y volvió a montar en su yegua.
Llegamos a la mansión Arvoryn aproximadamente una hora más tarde. A diferencia de mi ciudadela, esta tenía ángulos afilados y murallas defensivas incrustadas en la ladera de la montaña, lo que le daba un aspecto funcional e intimidante. Arabella echó los hombros hacia atrás.
—¿Nerviosa? —no pude evitar preguntarle.
Ella apretó la mandíbula.
—No le tengo miedo a Morana.
—Bien. —Hice un gesto hacia las puertas—. Porque ahí viene, y se ha puesto el corsé de apuñalar.
Morana salió a recibirnos, vestida con prácticas prendas de cuero negro que no dejaban lugar a la sutileza. Dos relucientes dagas colgaban de sus caderas. Su marido, Edmund, corría detrás de ella con los ojos muy abiertos, como de costumbre.
—Kazimir —me saludó Morana—. Qué gentileza por tu parte honrarnos con tu presencia.
—Morana —respondí, antes de desmontar. Entonces me volví para ayudar a Arabella, pero vi que ya se estaba descolgando con elegancia de la montura.
Morana clavó su mirada penetrante en ella, y no me pasó desapercibido cómo apretó los labios al ver a mi esposa con ese traje de cuero, con un aspecto mucho más intimidante que en la boda.
—Lady Blackrose —dijo Morana con voz medida—. Bienvenida a la mansión Arvoryn.
Arabella hizo una reverencia que logró parecer tan refinada como desafiante, lo cual era toda una hazaña.
—Vizcondesa. Gracias por recibirnos.
Morana entrecerró los ojos, pero forzó una sonrisa.
—El almuerzo está listo. Seguidme, lo primero será que os acomodéis.
Me incliné hacia Arabella y bajé la voz para que nadie más pudiera oírme.
—No comas ni bebas nada hasta que te diga que es seguro. —A continuación, seguimos a Morana y a su séquito. Sin duda, iba a ser un día muy interesante.