La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 27 Encandílala con química (reacción adversa sueño inmediato)
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27 Encandílala con química (reacción adversa sueño inmediato)

Kazimir

L evanté el decantador de cristal con un ademán ostentoso.

—¿Más vino?

Arabella se lo pensó por un momento y luego levantó la copa.

—¿Por qué no? —dijo—. Está exquisito.

Llené su copa despacio, dejando que mis dedos rozaran ligeramente los suyos en el proceso. Fue un gesto sutil, del tipo que rozaba el límite de nuestras reglas, pero sin llegar a sobrepasarlo. Para mi sorpresa, no alejó la mano. Una señal prometedora.

Estábamos solos en mi comedor privado, iluminados por las velas y por un fuego que rugía con fuerza. Había hecho que mis sirvientes se retiraran después del plato principal, ya que prefería la intimidad de servir el vino yo mismo.

Dio otro mordisco al venado y cerró los ojos un momento para saborearlo.

—Nunca esperé encontrar una cocina tan refinada en la guarida de un villano —comentó. La luz de las velas resaltaba el dorado de su cabello sobre el vestido verde oscuro.

—Los villanos también tenemos estándares —respondí mientras agitaba mi copa de vino—. La buena comida hace feliz a todo el mundo.

—¿Eso forma parte de la doctrina oficial del señor oscuro, justo entre «siempre hay que soltar un monólogo antes de matar a tus enemigos» y «asegúrate de que tu fortaleza cuente con una ambientación dramática»?

Arqueé una ceja, simulando total seriedad.

—Está en el capítulo tres. Justo después de la sección sobre mantenimiento de capas.

Me recompensó con una sonrisa sincera, que me pareció inesperadamente magnética.

El humor relajado que se respiraba en el ambiente era justo lo que había planeado: una seducción pausada, construida a base de provocaciones delicadas, comida excelente y apenas un toque de los estímulos adecuados.

El vino y los platos seleccionados con cuidado contenían afrodisíacos discretos.

Estaban pensados para que se soltara la melena y animarla a dar el siguiente paso.

Confiaba en que surtieran efecto. En cambio, parecía cómoda pero lejos de estar cautivada.

—Hablando de protocolos —dije, mientras me levantaba de mi asiento y me inclinaba hacia delante—, he notado que nunca me llamas por mi nombre de pila.

Ella se detuvo a mitad de un bocado, y dejó el tenedor a un lado.

—Ah, ¿no?

—No. Siempre «lord Blackrose esto», «lord Blackrose aquello». —Dejé la copa sobre la mesa con un cuidado intencionado—. Y me pregunto por qué.

Un ligero rubor le trepó por el cuello antes de darle otro mordisco al venado.

—Será la costumbre.

—A Vex y a Griffin sí los llamas por sus nombres de pila. —Tamborileé los dedos sobre el mantel—. Pero a mí me sigues diciendo lord Blackrose.

Dejó los cubiertos sobre la mesa y levantó la barbilla en señal de desafío silencioso.

—¿Preferirías que te llamara de otra forma? Se me ocurren un par de ideas…

—Con Kazimir es suficiente —dije, y noté que entrecerró los ojos—. Como ya te he sugerido en más de una ocasión.

Dudó, sin apartar la vista.

—Llamarte por tu nombre implica cierta cercanía —dijo al fin—. Daría a entender… otra cosa.

—¿Te refieres a que somos más que captor y cautiva?

Ella inclinó la cabeza con mirada seria.

—No estoy preparada para admitirlo. Todavía no.

Su honestidad me pilló por sorpresa. Me recosté, observándola a la luz del fuego. Al cabo de un momento, asentí.

—Entendido —respondí—. Aunque espero que algún día cambies de opinión.

Me estudió con la misma intensidad reflexiva.

—¿Por qué te importa tanto?

Hice girar la copa de vino entre mis dedos. No tenía intención de ser tan sincero, pero la respuesta se me escapó.

—Como has dicho, los nombres implican algo diferente. Cuando me llamas lord Blackrose, estás reconociendo al villano, al conquistador. Pero si me llamaras Kazimir…, sería como dirigirte al hombre, no solo a la oscuridad.

Moví los hombros para sacudirme la extraña sensación que me oprimía el pecho. La estrategia de esa noche consistía en una química cuidadosamente orquestada, no en hacer confesiones.

—Al menos no me dirijo a ti como su oscuridad o algo igual de ridículo —se burló con una chispa traviesa en los ojos—. Aunque supongo que, en el fondo, no te disgustaría del todo.

—¿Su oscuridad? —repetí—. No suena mal. Tal vez lo añada a la lista cada vez más larga de mis ilustres títulos.

Ella se río por la nariz con suavidad.

—Dado el talento para el dramatismo que tienen tus secuaces, imaginé que solo era cuestión de tiempo.

Me serví más vino.

—Mi personal me llama de todo, desde «señor» hasta cosas más extravagantes como «Azote de Azroth». No están obligados a hacerlo, pero tampoco me molesta.

—Menuda fama estás cosechando —bromeó—. Oscuridad Suprema, Terror de los Reinos Occidentales… Me sorprende que aún no hayan intentado llamarte Soberano Supremo de la Perdición.

No pude evitar sonreír.

—Ese es bueno. Haré que Vex envíe una circular.

Seguimos charlando mientras terminábamos de cenar, y la conversación pasó de bromas coquetas al entramado político que rodeaba a Solandris y Evenfall. Me sorprendió lo mucho que me atraía su forma de pensar. Poseía una astucia que ponía en evidencia los intentos de su padre por reprimirla.

Entonces ladeó la cabeza y me miró fijamente.

—Esta noche estás distraído. ¿Tanto te preocupa la carta de mi padre?

Hice una leve mueca de disgusto.

—Hay detalles que no terminan de encajar.

Arabella suspiró y alejó el plato.

—Siempre tiene varios frentes abiertos. Si está envuelto en negociaciones y al mismo tiempo te presiona para recibir una indemnización, es que hay algo más grande en marcha.

—¿Qué es lo que sospechas?

Frunció los labios y dio unos golpecitos en la mesa como si quisiera perforarla.

—El puesto de emisario real en los Reinos del Este pronto quedará vacante. Mi padre lo ha codiciado siempre. Es probable que me esté utilizando como moneda de cambio, o al menos lo estaba antes de que me secuestraras, para cerrar ese trato.

Tenía todo el sentido del mundo.

—Habría utilizado tu matrimonio para asegurarse ese puesto. No me extraña que te volvieras toda una experta en ahuyentar pretendientes.

Ella se encogió de hombros, con una amarga expresión en su mirada.

—Descubrí que, si los humillaba lo suficiente, salían corriendo.

Dejé que se notara un poco de admiración en mi tono.

—Estoy impresionado.

Soltó una carcajada, brillante y sincera. Me gustaba conseguir que se riera. El gesto se desvaneció y Arabella volvió a suspirar.

—La última carta de mi padre amenazaba con «graves consecuencias» si me negaba a hacer el papel de hija perfecta. Supongo que, en un sentido retorcido, me salvaste de eso.

Al oír ese sutil temblor en su voz, siempre tan firme, apreté con fuerza la copa de vino entre los dedos. Sentí una repentina necesidad de encontrar a su padre y asegurarme de que nunca volviera a tener la oportunidad de manipularla.

—¿Quieres que lo mate? Podría hacerlo pasar por un accidente.

Abrió mucho los ojos, pero luego me miró con sospecha.

—Esta noche estás… diferente. El vino, las velas, los elogios… ¿Está intentando seducirme, lord Blackrose?

Estaba buscando una respuesta, algo razonable para encubrir los afrodisíacos. Pero antes de que pudiera inventarme alguna excusa, bostezó sin ningún tipo de delicadeza.

Se tapó la boca con la mano y parpadeó sorprendida.

—Lo siento. Ahora que lo pienso, estoy muerta de sueño.

Un segundo bostezo se apoderó de ella, imposible de esconder. Parecía más molesta que otra cosa.

—Así que le has echado algo a la comida, ¿eh? ¿Un empujoncito para animarme?

Parpadeé. Una incómoda sensación de vergüenza me recorrió la espalda.

—La idea no era dejarte inconsciente —dije y me aclaré la garganta—. Técnicamente, es un afrodisíaco. Uno suave. Mi intención era…

—Crecí entre la nobleza —me informó con cansancio—, y hace muchos años que descubrí que esas pociones provocan en mí el efecto contrario. En lugar de volverme… cariñosa en exceso, solo me dan sueño. Siento decepcionarte.

Casi me atraganto con el vino. Su sonrisa triunfante y somnolienta me hizo comprender que acababa de meter la pata hasta el fondo. Todo mi plan se había ido al traste por culpa de su extraña naturaleza.

—Se suponía que solo debían, ya sabes, crear ambiente —murmuré.

—Claro —dijo, burlándose de mí—. ¿Como el que riega una planta o algo por el estilo?

Hice una mueca.

—No lo digas así.

Ella contuvo otro bostezo y cruzó los brazos.

—Ahora mismo estoy demasiado cansada como para enfadarme, pero mañana hablaremos de tus tácticas para manipularme.

Inhalé despacio por la nariz para obligarme a mantener la compostura.

—De acuerdo, pero al menos déjame llevarte a la cama. Para que puedas dormir y recuperarte, quiero decir.

Me miró con recelo, pero el cansancio pudo con ella.

—Está bien, pero solo porque la alternativa es caer de bruces sobre tu alfombra.

Me levanté y le ofrecí el brazo, que aceptó sin protestar demasiado.

Subimos las sinuosas escaleras hacia nuestros aposentos en la torre.

Cada vez le costaba más andar y, cuando llegamos arriba, tenía los ojos tan cerrados que prácticamente se había quedado dormida de pie.

Con un suspiro de resignación, la levanté en brazos.

El suave murmullo de protesta se fue apagando mientras se desplomaba sobre mi hombro.

Sentí el suave subir y bajar de su pecho al respirar e intenté no pensar en lo bien que encajaba contra mi cuerpo.

Una vez en el dormitorio, la acosté con sumo cuidado.

Ella se acurrucó de lado, abraza a una almohada, mientras yo le quitaba los zapatos.

Medio dormida, me rozó la manga con la mano y algo incómodamente cálido se expandió bajo mis costillas.

Una punzada de anhelo inesperado me invadió: cuán diferente habría sido esta noche si mi plan hubiera tenido éxito.

Abrió un ojo y, con la voz pastosa por el cansancio, dijo:

—No irás a desnudarme mientras estoy dormida, ¿verdad? —balbuceó.

—No se me ocurriría. Aunque por la mañana ese vestido tendrá un aspecto horrible.

Ella respondió con un gesto indiferente.

—Me da igual… La pared de almohadas… —Luego cerró los ojos por completo y se quedó dormida.

Con un suspiro, apilé almohadas a su alrededor tal y como me había pedido.

Sin duda esa noche era algo innecesario, estaba demasiado inconsciente como para dejarse seducir por nada.

Sentí una risa burbujeando en mi pecho ante la ironía de la situación.

Kazimir Blackrose, vencido por la poción equivocada . Qué humillante.

Le aparté un mechón de pelo de la cara. Su única respuesta fue un gemido suave de satisfacción. Verla dormir tan plácidamente me provocó una oleada de instinto protector. Me sobresaltó tanto que retrocedí rápido hacia la puerta, decidido a escapar de aquella extraña atracción.

Me dirigí a mi estudio con la intención de trabajar hasta caer rendido. Las exigencias de lord Evenfall, el poder bloqueado de la Reliquia, mis intentos fallidos de seducción. Nada había salido como esperaba.

Y Arabella siempre encontraba la manera de desconcertarme. Supuse que estaría pensando en ello hasta bien entrada la noche.