La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 26 Surca las complicadas relaciones familiares (mientras planeas una conquista)
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26 Surca las complicadas relaciones familiares (mientras planeas una conquista)

Kazimir

L a elegante caligrafía de lord Evenfall me devolvía la mirada desde el pergamino, llena de florituras pretenciosas sin nada de sustancia.

Lord Blackrose:

Aunque comprendo que los antojos de los villanos escapan a la comprensión del hombre civilizado, debo insistir en que se me indemnice como corresponde por el secuestro de mi hija.

El valor de lady Arabella para nuestra familia va más allá del mero sentimentalismo. Su linaje y aptitudes mágicas representan una importante baza política en el clima actual.

Exijo una compensación de no menos de cincuenta mil coronas de oro, que deberán ser entregadas en un plazo de quince días. De forma adicional, espero el retorno de lady Arabella a finales de mes, ya que su ausencia ha provocado inoportunas complicaciones en negociaciones anteriormente acordadas.

En caso de que no se acepten estas razonables condiciones, me veré obligado a buscar vías de resolución más agresivas.

Con el debido respeto,

Lord Atticus Evenfall.

Aplasté el borde del pergamino. Ni una sola pregunta acerca del bienestar de Arabella.

Solo una etiqueta con un precio atractivo y una amenaza.

Me palpitaban las venas en las sienes con la necesidad de destruir algo.

Sabía que su padre era un desgraciado insensible, pero ver que lo expresaba de forma tan descarada me irritaba todavía más.

Detrás de mí, Arabella habló bajito, pero con voz cortante:

—¿Y bien?

Me di la vuelta, y noté cómo se apoyaba en la pared del pasillo con la respiración más pesada de lo habitual tras nuestra sesión de entrenamiento. Tenía el rostro pálido pero desafiante, una combinación que ponía a prueba mi compostura de una forma que no me gustaba.

Le tendí la carta.

Recorrió la hoja con la mirada y su rostro se endureció hasta convertirse en una máscara tan ensayada que casi paso por alto la ligera tensión alrededor de sus ojos.

—Cincuenta mil coronas de oro —dijo, distante—. Eso es lo que valgo para él. Eso y las «negociaciones anteriormente acordadas» que tanto le preocupan.

El mensajero tosió con nerviosismo a nuestro lado, presintiendo la tormenta que se avecinaba.

Lo primero que se me pasó por la cabeza fue enviarlo de vuelta con la cabeza separada del cuerpo a modo de respuesta formal.

Pero un pensamiento inquietante —que Arabella pudiera conocer al mensajero de Evenfall, que incluso le cayera bien o, los dioses no lo quisieran, que le importara— me detuvo. Al parecer me estaba ablandando.

Le di permiso para retirarse con un movimiento de cabeza y el chico salió corriendo.

Me di la vuelta hacia ella, que seguía mirando fijamente la carta.

—No ha preguntado si estoy bien, si me han torturado o matado. Solo ha pedido dinero.

—Ni siquiera ha fingido preocupación. Todo exigencias y plazos.

—No me sorprende. Así es él. —Se alejó de la pared y me devolvió la carta, obligándose a mantener el mentón alto. Irradiaba orgullo, aunque parecía estar a punto de derrumbarse.

Le respondí con un ligero asentimiento.

—Es el tipo de hombre que cambiaría a su hija por un puñado de monedas y lo haría pasar por diplomacia.

Esbozó una sonrisa sin ganas.

—Si crees que esto es insultante, es que nunca te has topado con él en persona. Esto está dentro de lo normal para él.

El temblor en su voz me indicó que detrás de esas palabras hirientes se escondía un dolor profundo que se remontaba en el tiempo.

Muy a mi pesar, sentí una oleada de ira tan intensa que provocó que la luz de la antorcha bailara por las paredes.

Quizás era porque mis padres también me habían utilizado como moneda de cambio en sus retorcidos planes.

O tal vez solo odiaba la idea de que otra persona, quien fuera, tratara a Arabella como lo hacía yo . Lo de faltarle al respeto era cosa mía.

Se dejó caer ligeramente contra la pared. Me acerqué de forma instintiva, pero me hizo un gesto para que me alejara.

—Estoy bien.

Sabía reconocer a la perfección la terquedad. Yo mismo la practicaba a diario.

—Necesitas descansar —dije, sin molestarme en disfrazarlo de sugerencia.

—Lo que necesito es que no me traten como una mercancía que se puede intercambiar entre hombres poderosos —replicó.

Me encogí de hombros con énfasis.

—Por primera vez, estoy de acuerdo. —Sospechaba que lo que iba a decir a continuación podría sonar contradictorio, dado que la había obligado a casarse por mis propios intereses, pero lo dije de todos modos—. No tengo intención de devolverte.

Levantó la mirada y entrecerró los ojos.

—Porque aquí te soy más útil, ¿verdad?

—Sí, pero también porque te prometí que tu padre no volvería a ponerte una mano encima, y pretendo cumplirlo.

Era consciente de mi propia hipocresía. Sí, su papel era fundamental para la activación de la Reliquia, pero era otra cosa lo que me hacía resistirme a la idea de entregarla.

Arabella respiró hondo.

—Mi padre siempre va un paso por delante. Me pregunto quién estará involucrado en esas «negociaciones anteriormente acordadas».

—Según él, recurrirá a «vías de resolución más agresivas» si me niego —dije, con sorna—. Mi fortaleza es perfectamente capaz de hacer frente a sus escasos recursos.

Dejé que mi mirada se posara en ella un momento más de lo debido.

Estaba desprotegida por completo, tanto física como emocionalmente.

Seducirla en ese momento, aprovechando que había bajado las defensas, podría ser más fácil que nunca.

Sin embargo, una chispa de remordimiento (¡cómo me fastidiaba!) me decía que me contuviera.

Aun así, los planes ya estaban hechos y teníamos que comer.

Me aclaré la garganta.

—Le he pedido al personal de cocina que prepare algo especial para la cena. Has hecho grandes progresos con tu magia, y me gustaría… charlar.

Me miró con sospecha.

—¿Por qué me cuesta creer que esa sea la única razón?

Una sonrisa involuntaria se apoderó de mi rostro.

—¿Siempre tienes que pensar que hay un motivo oculto?

—Sí —soltó—, porque siempre lo tienes.

Ahí me había pillado.

—Digamos que es una oportunidad para hablar de la carta de tu padre, después de descansar un poco.

Arabella me observó con detenimiento. Finalmente, soltó el aire.

—Está bien. Pero no esperes que sea una compañía agradable.

Le dediqué una ligera reverencia.

—Me decepcionaría que lo fueras.

Puede que hubiera el más leve atisbo de diversión en la comisura de sus labios.

La invité a que me acompañara y nos adentramos en el pasillo.

Ella mantenía los hombros rígidos a cada paso, sin mostrar debilidad por muy cansada que estuviera.

Al llegar a la puerta de su habitación, se detuvo con la mano apoyada en el pomo.

—Lord Blackrose —dijo, sin mirarme a los ojos—, podías haberme ocultado la carta, pero no lo hiciste. Así que… gracias.

La sinceridad de su voz me provocó una punzada en el pecho.

—Nuestro acuerdo exige honestidad —logré decir—. Incluso cuando es desagradable.

Una expresión fugaz se dibujó en su rostro, tal vez gratitud o alivio, antes de abrir la puerta y entrar. Me quedé mirando la madera tallada, como si pudiera ver a través de ella a la mujer que se había convertido en la mayor fuente de caos en mi vida minuciosamente ordenada.

Tras soltar un improperio entre dientes, me di la vuelta y me dirigí a grandes zancadas hacia la sala de guerra.

Mi suegro quería chantajearme. La Reliquia exigía una consumación «verdadera» que hasta el momento había pospuesto.

Y tenía una mujer cuya lealtad (o, al menos, colaboración) necesitaba asegurar.

Si jugaba bien mis cartas esa noche, tal vez podría empezar a deshacer todos aquellos enredos. Aunque si fracasaba, tendría una razón más para maldecir a lord Evenfall hasta el fin de mis días. En cualquier caso, la cena prometía ser interesante.

Me crují los nudillos mientras repasaba en mi mente los detalles. Lo primero era lo primero: responder la carta, pulir el plan de seducción y poner a mi suegro en su sitio.

No pude evitar esbozar una sonrisa siniestra. Siendo malvado uno nunca se aburría.