La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 25 Domina la dualidad del poder (mientras luchas contra la atracción)
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25 Domina la dualidad del poder (mientras luchas contra la atracción)

Arabella

O tra vez. —Apreté los dientes, con el sudor corriéndome por la cara. El lirio de la mesa temblaba bajo mi mirada, tan vibrante y vivo como cuando había empezado. Tras una semana de entrenamiento mágico cada vez más intenso, en mis dedos zumbaba un poder que apenas comprendía.

La voz de Kazimir sonaba desde alguna parte detrás de mí, suave e irritantemente calmada.

—Sigues dudando. La magia está ahí, Arabella, pero te niegas a canalizarla como es debido.

—Eso intento —espeté, y me aparté un mechón empapado de la cara.

—No es verdad.

Rodeó la mesa y se apoyó en el borde. Me ponía de los nervios verlo tan tranquilo con su túnica negra, mientras que yo me sentía como si me hubieran arrastrado por un matorral cubierto de espinas.

—Tienes miedo de tu propio potencial —me presionó—. Llevas toda tu vida sanando y creando. En tu mente, recurrir a esa misma fuente para destruir es antinatural.

Apreté los puños.

—Yo no tengo miedo.

Esbozó una media sonrisa.

—Pues demuéstralo.

Allí estaba el lirio, burlándose de mí. Sanar era fácil; reparar heridas, aliviar fiebres… Sencillo. Pero no podía soportar la idea de destruir algo que no me había hecho ningún daño, aunque fuera una simple flor. Cada fibra de mi ser gritaba en contra.

Kazimir se inclinó hacia delante con las manos extendidas sobre la mesa.

—Deja de actuar como si la destrucción fuera violencia. Es transformación. La misma energía, solo que invertida.

Dejé escapar un suspiro brusco.

—Es muy fácil decirlo.

—Le estás dando demasiadas vueltas. —Rodeó la mesa hasta quedar frente a mí—. ¿Me permites? —Levantó una mano, como pidiendo permiso para guiar la mía.

Una curiosidad reticente brotó en mi interior.

—De acuerdo. —Traté de sonar indiferente, pero notaba el pulso en la garganta. Una parte de mí ansiaba saber hasta dónde podía llegar con mi magia.

Colocó las manos justo encima de las mías, y una descarga chispeó entre nuestras palmas.

—Cierra los ojos —me indicó, con la voz cada vez más grave, demasiado íntima para mi gusto.

Obedecí con un suspiro seco, con una mezcla de desconfianza y entusiasmo.

—Ahora, cuéntame qué haces para sanar.

—Extiendo la mano —dije despacio—, busco las partes dañadas y les proporciono lo necesario para sanar.

—Excelente. —Un matiz de aprobación tiñó su tono—. Pero olvidas que eres un conducto, no la fuente. La energía no es estrictamente tuya. Se extrae de la fuerza vital que te rodea.

Sentí que acercaba las yemas de los dedos y el aire entre nuestras manos crepitó.

—Cuando sanas, canalizas la energía hacia el objetivo. Esta vez, quiero que hagas lo contrario: drénala .

Me tensé. Parecía muy sencillo, pero iba en contra de todo lo que siempre había asociado con la magia.

Aun así, recordaba momentos angustiosos: guardias doblándose por la mitad tras tocar la puerta de mi dormitorio, o uno de los secuaces de Kazimir desplomándose el día de mi secuestro.

Mi poder se había desatado de forma instintiva, y los había dejado sin energía.

—Eso es —me animó, en voz baja—. Ya lo has hecho antes.

Al sentir su presencia, el corazón se me aceleró, pero me concentré en el lirio.

Me imaginé reclamando su vida en lugar de dársela.

Un tirón, una alteración, el mismo impulso suave que utilizaba para sanar, pero al revés.

Sentí un calor recorriéndome los brazos.

Entonces, el lirio se marchitó delante de mí, los pétalos se ennegrecieron y el tallo se dobló.

En cuestión de segundos, se convirtió en polvo.

Me alejé de Kazimir, con la respiración entrecortada.

—No… Yo no…

—Sí, tú sí —dijo con rotundidad, pero detecté satisfacción en su voz—. Y de maravilla.

Mientras contemplaba los restos carbonizados, sentí una mezcla de horror y euforia. Esa oleada de poder se enroscó en mi interior, potente como el buen vino.

—¿Cómo te sientes? —preguntó, con la mirada fija en mí.

Tragué saliva.

—Fatal —mentí, antes de admitir—: y a la vez… increíble.

Soltó una risita, y en su tono no se escondía ninguna burla, solo un sentimiento de orgullo genuino.

—La dualidad del poder. Creación y destrucción.

Quería rebatirle que solo porque fuera fácil no significaba que fuera correcto. Pero mi pulso, todavía acelerado por el sabor de aquella vitalidad robada, decía lo contrario.

Kazimir se alejó y rebuscó en una estantería, luego volvió con una pequeña jaula donde había un ratón blanco. Se me revolvió el estómago.

—No —siseé—. Ni hablar.

—Es el siguiente paso lógico —afirmó—. El mismo principio, pero con mayor complejidad.

Di un paso atrás y me crucé de brazos.

—No pienso matar a una criatura inocente solo para lucirme.

Levantó una ceja.

—Comes carne, ¿verdad? Este ratón ha sido criado para uso mágico y está destinado a servir de alimento para los familiares de Griffin.

Apreté los labios hasta formar una fina línea.

—No pienso hacerlo —repetí.

—Está bien. —Se encogió de hombros y volvió a colocar la jaula—. Retomaremos la lección otro día.

Sentí un gran alivio cuando dejó el ratón a un lado. A pesar de mi recién descubierto poder destructivo, agradecí no verme en la obligación de matarlo.

—Probemos otra cosa. —Hizo un gesto hacia el círculo arcano—. Acompáñame.

Lo seguí despacio, todavía con la adrenalina a flor de piel.

—Ya has visto lo que la sanación invertida le ha hecho a la flor —dijo, una vez estuvimos colocados dentro—. Ahora atenta a lo que puede conseguir la magia de dominio.

Las sombras se agolparon alrededor de sus botas y comenzaron a elevarse en un remolino de humo con vida propia.

Levantó las manos. Los zarcillos negros se entrelazaron formando la silueta de unos lobos con los ojos brillantes de un gris tormentoso a juego con los de Kazimir.

Rodeaban el perímetro del círculo, con una apariencia inquietantemente real.

Ya lo había visto usar magia de dominio en algunas ocasiones, pero nunca así. Sentí un nudo en el pecho. Parecía un villano salido de una pesadilla, pero me sentí incómoda al darme cuenta de lo atractiva que me resultaba su postura, la forma en que el poder bruto parecía vibrar a su alrededor.

—El dominio es cuestión de control —explicó con voz tensa—. De doblegar el mundo a tu voluntad. Para moldear la realidad a tu antojo hace falta certeza y audacia.

Los lobos se solidificaron, hasta juraría que los escuché respirar. Un escalofrío me erizó la piel.

—Impresionante —dije, dejando que el asombro se reflejara en mi voz—. Pero, más allá de aterrorizar a la gente, ¿sirven para algo?

Una sonrisa escalofriante se extendió por su rostro y se le iluminaron los ojos con un débil resplandor plateado. Sentí un vuelco traicionero en el estómago, fruto de la atracción. Odiaba sentirme atraída por la oscuridad que había en él, pero negarlo me parecía inútil.

—Pueden rastrear, defender, luchar. Y esta —movió la muñeca y los lobos se disolvieron dentro de un remolino que dio vueltas a nuestro alrededor— es solo la parte que se ve.

La energía vibraba en el aire, haciendo que los pequeños objetos de la habitación temblaran. El vórtice se convirtió en una esfera compacta entre las palmas de sus manos, donde parpadeaban diminutos puntos de luz que parecían estrellas. Un universo en miniatura.

—El verdadero poder es la capacidad que tiene el dominio para remodelar paisajes enteros —dijo con serenidad.

La oscuridad se expandió hasta envolvernos. De repente, ya no estaba en la sala de entrenamiento, sino de pie en una vasta llanura iluminada por dos lunas gemelas. A nuestro alrededor se alzaban estructuras cristalinas tan altas como árboles. Todo parecía surrealista, como un sueño.

—¿Esto es real? —murmuré, extendiendo la mano hacia el árbol de cristal más cercano. Lo atravesé con los dedos.

—Es una ilusión —respondió, y el sonido de su voz hizo eco en paredes inexistentes—. Una realidad viable que podría hacer tangible con el poder adecuado.

La escena se difuminó y se convirtió en una visión alterada de la capital de Solandris. El palacio era de piedra oscura, los jardines brillaban con extrañas flores luminiscentes y, sobre ellos, se cernía la ciudadela de Kazimir como un sol oscuro.

—¿Quieres reconvertir Solandris en esto ? —pregunté antes de girarme hacia él.

—Cuando la conquiste —me corrigió—, pretendo acabar con la corrupción y construir algo mejor.

Las ilusiones temblaron hasta desvanecerse. Nos encontramos una vez más en la sala de entrenamiento, con los hechizos y los suelos polvorientos reapareciendo a nuestro alrededor. Kazimir bajó las manos y el brillo de sus ojos se atenuó.

—Eso ha sido… revelador —admití. No estaba dispuesta a seguir alimentando su ego, por muy fascinante que hubiera sido la exhibición.

Se le escapó una risa.

—Un gran elogio, sin duda. —Dio un paso atrás hacia el centro del círculo, con los brazos cruzados—. Te toca. Muéstrame lo que tu magia es capaz de hacer, sin trabas.

El corazón me latió furioso. Había pasado demasiado tiempo ocultando los poco ortodoxos talentos que tenía. Incluso la sanación solo era aceptable porque parecía algo benigno: el intento de mi padre de hacerme útil mientras mantenía una apariencia de virtud.

—Ya has visto el lirio —comencé a decir—, y sabes que no pienso drenar la vida de un ratón…

—Entonces, escoge un objetivo distinto.

Me mordí el labio y busqué por la habitación.

—Necesito algo que ya esté muerto.

Levantó una ceja y se marchó un momento. Regresó con un pequeño bultito envuelto en tela. Cuando lo dejó sobre la mesa, vi que era un petirrojo muerto.

—Se chocó contra la ventana de una torre. Se lo encontró Griffin antes. Seguramente se habrá visto arrastrado por las tormentas que azotan la ciudadela.

Tragué saliva y levanté el cuerpo inerte del pajarito.

—No estoy segura de lo que pasará —le advertí.

—Tú ten cuidado y ya está —dijo con suavidad—. Y no te hagas daño.

Sin prestar atención a la inquietante sensación de mi estómago, cerré los ojos.

La sala bullía con los restos mágicos de las demostraciones de Kazimir, un ambiente cargado de energía.

Poco a poco, aproveché esa potencia para dejar que fluyera a través de mí como siempre hacía la magia sanadora, salvo que esa vez la dirigí hacia un cuerpo que ya no tenía remedio.

El pájaro se movió. Abrí los ojos de golpe. El petirrojo batió las alas una vez, y luego otra. Abrió sus ojos nublados y me miró fijamente, de una forma que me resultó espeluznante y fascinante a la vez.

A mi espalda, Kazimir inhaló con brusquedad. Percibí que había adoptado una postura rígida por la sorpresa.

Mantener la conexión era como hacer malabarismos con rayos. Mis venas crepitaron mientras le infundía al ave una imitación de vida; no una resurrección auténtica, sino un eco.

Abrí las palmas de las manos y el petirrojo alzó el vuelo y comenzó a dar vueltas por la sala de entrenamiento con movimientos irregulares. Cada pequeño ajuste de rumbo era como un hilo que tiraba de mi alma.

—Nigromancia —jadeó, con la voz teñida de asombro.

—Yo no lo llamaría así —murmuré, aunque la línea estaba bastante difusa—. No es tanto devolver realmente una vida, sino más bien replicar su funcionamiento.

—Cuestión de semántica —replicó, aunque en sus ojos brillaba el respeto.

El pájaro volvió a posarse en mi brazo con una precisión alarmante. Para detenerlo, bastó con dejar escapar la magia que había tomado prestada. En cuanto corté la conexión, el petirrojo volvió a caer muerto.

Una oleada de agotamiento se apoderó de mí. Por un instante, se me nubló la vista y un sudor frío me empapó el cuello.

Kazimir envolvió tranquilamente el diminuto cadáver, pero yo intuí que algo se agitaba tras sus ojos gris tormenta.

—¿Desde cuándo sabes hacer esto? —preguntó.

Me encogí de hombros, negándome a parecer demasiado impresionada conmigo misma.

—Lo descubrí por casualidad cuando era más pequeña. Mi finca estaba medio en ruinas, así que no era raro encontrar ratones o pájaros muertos por las esquinas.

—Y se lo ocultaste a todo el mundo —dijo, con un toque de dulzura—. Usar magia de muerte, o cualquier cosa que se le parezca, pudo haberte marcado como hereje.

Asentí con la cabeza, tratando de no tambalearme por el cansancio.

—Mi padre no necesitaba más excusas para castigarme.

Dejó el bulto y se acercó un paso.

—Lo has hecho bien. Puede que hasta mejor de lo que esperaba.

Le devolví la mirada, muy consciente de lo cerca que estábamos. Las motas plateadas de sus ojos no dejaban de brillar, lo que me provocaba una oleada de calor en el estómago.

—Ya te he dicho que no soy ninguna noble indefensa.

Desvió la mirada hacia mis labios, y volvió a levantarla.

—Y yo estoy empezando a creerte.

La tensión que se palpaba en el ambiente me hizo preguntarme qué haría a continuación: ¿besarme? ¿Burlarse de mí? ¿Exigirme que reuniera un ejército de ruiseñores no muertos? Cuanto más nos presionábamos el uno al otro, menos segura estaba de nada.

Para salvar las apariencias, y posiblemente mi cordura, di un paso atrás.

—Suficiente por hoy. Estoy cansada.

Me observó por un momento y la decepción se vio eclipsada por la aceptación.

—Seguimos mañana, entonces. Veremos hasta dónde puedes llegar con ese poder.

Puse los ojos en blanco.

—¿Por qué te interesa tanto poner a prueba los límites de la gente?

No respondió, solo me ofreció el brazo con esa fingida cortesía que tanto le gustaba.

—Te acompañaré de vuelta a nuestra torre.

—Puedo yo sola —empecé a decir, pero entonces me invadió una oleada de mareo. Me tambaleé y Kazimir me agarró del codo.

—Se te ve —dijo con ironía—, estás rebosante de energía.

Fruncí el ceño de forma poco convincente; lo cierto es que necesitaba ese apoyo para mantenerme en pie.

—Está bien —cedí—, pero no voy a darte el gusto de desplomarme.

Sonrió… Una sonrisa de verdad, no su habitual mueca burlona.

—Que los dioses me libren de encontrar diversión alguna en mi esposa.

Llegamos al pasillo justo en el momento en que unos pasos frenéticos resonaron a la vuelta de la esquina. Un mensajero desaliñado apareció jadeando. En cuanto vio a Kazimir, se inclinó ligeramente.

—Mi señor —resolló—. Correspondencia urgente desde Solandris.

Kazimir entrecerró los ojos.

—¿Del rey?

—No, mi señor. De lord Evenfall.

Mi padre. De todos los nombres que podían sacarme del aturdimiento, ese fue el que lo consiguió. Sentí un escalofrío de miedo recorriendo mi espalda. ¿Exigía mi regreso? ¿Amenazaba con alguna venganza mezquina? ¿O informaba a mi esposo de que me había repudiado y que ya era un problema suyo?

Aquella última idea no estaba mal.

Di un paso adelante, con la esperanza de que la carta fuera para mí, pero el mensajero le entregó la bandeja de plata solo a Kazimir. Mi padre le había escrito directamente a él , sin reconocer siquiera mi papel en aquel matrimonio retorcido. Al verlo, sentí ganas de destrozar el pergamino.

Kazimir rompió el sello y leyó. Su expresión se volvió más severa.