La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 24 Sedúcela con regalos (y cachivaches averiados) #3
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24 Sedúcela con regalos (y cachivaches averiados) #3

El aparatejo de Griffin volvió a chisporrotear, lo que atrajo todas las miradas cuando una nube de humo negro se elevó en el aire. Se apresuró a recoger los pedazos mientras se disculpaba como un loco.

Arabella se giró hacia mí.

—Hay algo que todavía no me queda claro. ¿Por qué proteges a esas aldeas apartadas? Ni siquiera estás a cargo de ellas.

Esbocé una sonrisa lenta y oscura.

—Por muchas razones. Una es ganarme su gratitud, que suele ser más duradera que un tributo impuesto y hace que acepten de buen grado tener mis guarniciones cerca. La otra es dañar la reputación de Auremar. Y, bueno, porque me gusta irritarlo.

Asimiló la información y luego murmuró:

—El pragmatismo del villano en su máxima expresión.

—Eso intento. —Dejé los cubiertos sobre la mesa e hice un gesto a los sirvientes para que retiraran los platos—. Lo que nos lleva al siguiente asunto: la vizcondesa Morana nos ha invitado al Paso de Arvoryn.

Arabella entrecerró los ojos.

—¿A los dos?

—Ha pedido específicamente que fueras tú —dije, disfrutando de la ligera molestia que se reflejó en su rostro—. Y si vas, presumiremos de nuestro matrimonio en sus narices para que abandone la idea de que esta unión es tan solo un acuerdo temporal.

—No dejó de mirarme con cara de pocos amigos durante toda la boda —señaló.

Thorne bufó.

—Parecía que quería hacerla pedazos con un cuchillo de untar mantequilla.

Vex dejó escapar una risotada sarcástica.

—El altercado con el Sindicato de esa noche le costó la vida a su guardaespaldas, por lo que la situación se ha complicado. Tres cartas del Sindicato en una semana, cada una más amenazante que la anterior.

Sims revolvió entre sus documentos.

—El Sindicato exige una indemnización por las lesiones sufridas por su representante. Mientras tanto, Morana afirma que su guardaespaldas fue asesinado en circunstancias misteriosas.

—Qué oportuno que no puedan señalar a un único responsable —apuntó Thorne—. Bien podría ser cosa del Sindicato o de la propia Morana.

Di aquello por zanjado con un gesto.

—Nos encargaremos de eso en Arvoryn. Y le recordaré que atacar a los socios del Sindicato conlleva problemas que prefiero no abordar.

Arabella me observó durante un momento.

—Así que, básicamente, soy accesorio para cabrearla y mostrar unidad.

—Un accesorio con perspicacia —corregí, dejando que mis sombras parpadearan de forma juguetona—. Y podrás ver de primera mano en lo que se ha convertido Solandris. Arvoryn se encuentra justo en la frontera, lo suficientemente cerca como para descubrir muchas sorpresas.

—Dudo que la vizcondesa me haya invitado por mi agradable compañía.

—No tienes de qué preocuparte —le aseguré—. La vizcondesa sabe muy bien que no debe perjudicar lo que me pertenece.

Sus ojos se encendieron.

—Yo no le pertenezco a nadie.

Mis sombras se agitaron en respuesta y una vela parpadeó en señal de protesta. La mesa quedó en silencio cuando de repente mis consejeros mostraron especial interés por sus platos. No obstante, dejé pasar su reproche, ya que necesitaba que cooperara.

Arabella me sostuvo la mirada durante un momento, consciente de que todos los consejeros eran testigos de cómo el Señor Oscuro cedía terreno.

Bebió un sorbo de vino de forma pausada.

En ese momento, el aparato de Griffin volvió a funcionar. Una brillante franja de luz se proyectó hacia el techo: los ríos resplandecientes de magia se doblaban y retorcían formando un patrón que, visto desde abajo, se asemejaba a una inscripción antigua.

—¡Ya está! —exclamó, un triunfo que duró medio segundo antes de que la máquina expulsara una lluvia de chispas; sin embargo, la imagen no desapareció—. Mañana la recalibraré —prometió, con aire abatido.

El momento mágico se prolongó mientras contemplábamos las líneas onduladas. Entonces Arabella se volvió hacia mí y reconocí la intención en sus ojos: curiosidad, determinación, un recelo que aún no se había transformado en confianza.

—Está bien —dijo al fin—. Iré. Necesito ver la verdad con mis propios ojos.

El aparato de Griffin emitió un último chisporroteo lastimero y dejó de funcionar definitivamente. Sims parecía demasiado satisfecho cuando colocó sus papeles a un lado.

Una vez rota la tensión, la conversación derivó hacia temas más triviales.

Arabella preguntó por los últimos experimentos fallidos de Griffin.

Intercambió pullas ingeniosas con Sims y se rio de los comentarios mordaces de Thorne sobre la incompetencia de los saqueadores.

Me recosté en mi asiento y dejé que interactuara con mis asesores a su ritmo.

Mientras ella se reía con Vex sobre algún percance menor relacionado con demonios, yo me quedé estudiando los trazos de su rostro, cómo se le curvaba la boca cada vez que reía, cómo su cabello brillaba con suavidad a la luz del fuego.

Al verla tan relajada, sentí otra punzada desagradable en el pecho.

Me recordé a mí mismo que era un señor de la guerra que planeaba derrocar un reino; ella era la clave para alcanzar el poder con el que había soñado durante años.

Aun así, ese razonamiento lógico se tambaleaba peligrosamente cada vez que imaginaba su risa volviéndose más suave, íntima, como si la compartiera solo conmigo.