24 Sedúcela con regalos (y cachivaches averiados) #2
—¡Magnífico! —Griffin estaba contento como un crío en un bufé libre de caramelos—. Oh, ¡las complejidades de la magia espontánea! ¿Han percibido cambios bruscos de color, anomalías en la temperatura…?
Lo interrumpí con una mirada de advertencia.
—Griffin, ¿podrías posponer las preguntas profundas sobre magia hasta después de la cena? Tenemos disputas fronterizas entre manos que son más importantes que los fuegos artificiales de mi esposa.
Dejó escapar un suspiro de resignación y se volvió hacia Arabella con una sonrisa de disculpa.
—Por supuesto. Pero si alguna vez quiere ver cómo podrían integrar sus ráfagas mágicas en sistemas mecánicos…
Thorne se aclaró la garganta con impaciencia.
—Desde la frontera nos han informado de tres nuevos ataques —dijo, sin dirigirle más que una breve mirada a Griffin—. Aldeas que han sido atacadas solo en la última semana.
—¿Otra vez bandidos? —preguntó Arabella, que detuvo la cuchara a medio camino hacia sus labios.
—Eso parece —respondí, observándola con atención—. Aunque están mejor organizados que la mayoría de los maleantes comunes.
Vex se giró hacia Arabella como si fuera a darle una buena noticia y dijo con tono animado:
—Lord Blackrose se encargó personalmente de los últimos grupos. —La expresión de Arabella vaciló, algo que parecía más una profunda reflexión que horror. Dejó la cuchara sobre la mesa.
—Y lo complicado es la localización de estas incursiones —expliqué—. Las aldeas se encuentran situadas en tierra de nadie, entre Arvoryn y Solandris.
Griffin volvió a trastear con su cachivache, el cual emitió un chirrido agudo que me puso de los nervios. Giró una rueda dentada y, con una sonrisa de disculpa, silenció el dispositivo.
—Habéis mencionado a una tal vizcondesa Morana —dijo Arabella en voz baja—. ¿No es ella quien vela por Arvoryn?
—Sí, pero tradicionalmente estas aldeas pertenecen a Solandris —aclaré—. Sin embargo, la disputa es tal que Morana también las reclama y se ha comprometido a protegerlas.
El cacharro de Griffin empezó a sacudirse, pero se detuvo de inmediato cuando lo golpeó con demasiada fuerza. Maldijo entre dientes, giró una pequeña válvula y volvió a centrarse en la cena, murmurando algo sobre calibraciones.
Arabella respiró despacio.
—Entonces, ¿en quién recae la responsabilidad de defender estas aldeas?
—Eso mismo nos preguntamos nosotros —dijo Sims, quien deslizó un mapa actualizado sobre la mesa—. Las zonas rojas son territorios históricamente reclamados tanto por Arvoryn como por Solandris. El rey Auremar retiró sus tropas de esa región hace tres meses.
Arabella estudiaba el mapa con el ceño fruncido.
—¿Y Morana no tiene suficientes soldados posicionados allí?
—Ella afirma que sí —le respondo mientras corto un trozo de carne asada—. Pero los ataques no cesan. Si de verdad los está protegiendo, está haciendo un pésimo trabajo.
Mi esposa no pareció convencida.
—Eso no es propio de Auremar. Siempre se lo ha considerado el Rey Pacificador, el defensor del pueblo.
—Propaganda —dije con voz monótona.
La cena continuó y aproveché el momento de calma para observar la reacción de Arabella: la arruga en su frente, la tensión de sus hombros. Aquello sugería que le importaba más de lo que dejaba entrever.
—Muy bien —dijo al fin—. ¿Qué pruebas hay de que estos ataques son planeados y no fortuitos?
Esa era la oportunidad que había estado esperando.
—Esta mañana llegué a Thornwick y la encontré envuelta en llamas. Los bandidos estaban masacrando a granjeros indefensos. Un superviviente afirmó que habían enviado mensajeros a Auremar para pedir ayuda, pero que no obtuvieron respuesta.
El aparato de Griffin volvió a emitir un ruido. Esta vez, un pequeño resorte saltó por encima de la mesa y aterrizó en el vino de Thorne. Lo sacó suspirando con resignación.
—Lo siento, lo siento —murmuró Griffin mientras recuperaba la pieza mojada.
—Interrogué a uno de los bandidos antes de ejecutarlo —continué—. Confesó que un elegante hombre proveniente de Solandris les había estado proporcionando información: los horarios de las patrullas, los mejores objetivos, e incluso les pagó con oro solandriano.
Arabella me miró fijamente, con el rostro serio.
—¿Crees que siguen las órdenes del rey Auremar?
—Tal vez no de forma directa —dije—, pero tampoco los frenó. No proteger a sus súbditos mientras destina recursos a otros lugares es prácticamente lo mismo.
Vex añadió con voz suave:
—Las Rosas Doradas. Siempre todo acaba girando en torno a ellas.
Un silencio colectivo se extendió por la mesa. Hasta Griffin interrumpió lo que estaba haciendo.
—¿Qué tienen que ver los Campos de Rosas Doradas con las aldeas fronterizas? —preguntó Arabella.
Dejé el cuchillo sobre la mesa y elegí las palabras con cuidado.
—¿Has presenciado alguna vez una ceremonia de cosecha de rosas?
Negó con la cabeza.
—Solo los allegados a la corona pueden asistir.
—Me sorprende que tu madre nunca te llevara, ya que ella misma era portadora de sangre heroica —insistí.
Un destello de dolor cruzó su rostro tan rápido que estuve a punto de no verlo.
—Murió cuando tenía ocho años. Si participó en alguna ceremonia real, yo era demasiado pequeña como para acordarme.
Se hizo el silencio entre nosotros. El crepitar del fuego se oyó demasiado fuerte, como si hubiéramos hablado de algún secreto inconfesable.
—Mi más sentido pésame —dije, sorprendido por la sinceridad que había detrás de esas palabras.
Ella pareció igual de sorprendida.
—Gracias —repuso con suavidad.
Carraspeé y reconduje el tema.
—Las Rosas Doradas no son solo decorativas, como bien sabes. Poseen un poder ancestral que Solandris cosecha, aunque de forma incorrecta.
Entrecerró los ojos.
—¿Incorrecta?
Griffin aprovechó la oportunidad para dar más detalles.
—Si se hace correctamente, las rosas pueden curar heridas mortales y reforzar las protecciones, pero durante años su potencia ha ido disminuyendo. Y el rey Auremar, como el astuto comerciante que es, no deja de subir los precios.
—Hace años —expliqué—, la esencia de rosas podía llegar a salvar a un hombre moribundo.
Ahora apenas sirve para aliviar una fiebre leve.
Mientras tanto, Auremar desvía la protección de las aldeas más remotas hacia los Campos de Rosas Doradas, lo que deja muchas zonas periféricas expuestas a los ataques de bandidos.
Arabella apretó los labios hasta convertirlos en una fina línea.
—Eso sigue sin cuadrar con las historias que he oído sobre Auremar.
Contuve una risita.
—En efecto: historias. Menos valiosas que el papel sobre el que están escritas.
El artilugio de Griffin volvió a chirriar de repente, y giró una rueda dentada para silenciarlo. Un tenue haz de luz se clavó directo en el ojo de Sims, quien soltó una serie de maldiciones.
—Un problemilla de calibración —explicó Griffin sin convicción. Entonces, para sorpresa de todos, la máquina emitió un leve zumbido y proyectó un mapa tridimensional de líneas brillantes sobre la mesa.
Arabella abrió mucho los ojos.
—¿Qué son?
—Las líneas ley —respondí—. Concretamente las que discurren bajo Solandris. Este poder es el que alimenta las preciadas rosas de Auremar y lo que en la actualidad me dificulta la entrada en sus tierras.
Desvió la mirada de la luz proyectada y se volvió hacia mí.
—Por eso no puedes entrar sin más. La combinación de la esencia de rosas y las líneas ley se resiste a tu magia de dominio.
—En efecto. —Sentía la voz tensa. Rara vez me mostraba tan transparente con nadie, pero ella se merecía que le diera aquella muestra si quería que estuviera totalmente de mi lado.
El artilugio chirrió y luego lanzó chispas. Griffin gimió frustrado y agarró una copa de agua con la que lo roció sin ceremonias. Un silbido de vapor se elevó en el aire.
Nos sirvieron el postre: pasteles solandrianos rellenos de una compota dulce de bayas. Mientras comíamos, Arabella permaneció inusualmente callada.
—Estoy tratando de conciliar la imagen que describes del rey Auremar con el hombre al que vi hace años —dijo ella al final—. Siempre me pareció el epítome de la bondad.
La observé con atención.
—¿Lo has conocido en persona?
—Unas cuantas veces, aunque solo acudí a una audiencia real. —Su voz se endureció—. Mi padre intentó que me aceptaran en la corte real como prodigio de la sanación. El rey declinó la oferta educadamente.
Esa amargura en sus ojos fue fugaz pero intensa. Me dijo más de la supuesta benevolencia de Auremar que ningún rumor.