24 Sedúcela con regalos (y cachivaches averiados)
Kazimir
U na hora más tarde, me detuve frente a los aposentos de Arabella con el equipo de entrenamiento de cuero azul medianoche —flexible, mágico y terriblemente caro— colgado del brazo.
Era un hombre con muchas aficiones, pero sorprender a mi reticente esposa se había convertido rápido en una de mis favoritas.
Sin embargo, yo seguía siendo el Señor Oscuro, no un tímido recadero. Llamar a la puerta era cosa de campesinos y héroes. Así que abrí la puerta y entré sin previo aviso.
La habitación de Arabella había cambiado desde su llegada.
Antes austera e impersonal, ahora resultaba casi acogedora: un libro abierto sobre su lomo descansaba encima de un diván, unas flores silvestres se mecían suavemente en un jarrón de porcelana y las omnipresentes rosas negras impregnaban el aire con su aroma cautivador y peligroso.
De pie junto a la alta ventana, Arabella se giró al oír el suave chasquido del pestillo, con su cabello reflejando la luz del crepúsculo en brillantes ondas.
—Lady Blackrose —la saludé, acercándome más de lo necesario—. Supongo que tu entrenamiento en solitario ha ido bien, dado que la fortaleza sigue intacta.
Me miró de arriba abajo, como si estuviera comprobando si seguía de una pieza. Luego su rostro volvió a adoptar su habitual expresión combativa.
—¿Qué quieres, lord Blackrose?
Levanté la ropa de cuero doblada.
—Vengo a traerte un regalo antes de acompañarte a la cena.
Levantó las cejas.
—¿Un regalo?
Dejé que el silencio se prolongara por un momento mientras disfrutaba de una leve muestra de curiosidad.
—Ropa de entrenamiento —aclaré, y le tendí el montón—. Se me ocurrió que, como siempre acabas reduciendo mis camisas a cenizas, tal vez te gustaría tener algo duradero e ignífugo.
Ella dudó, pero luego extendió la mano. En el momento en que rozó con los dedos el cuero flexible, percibí un pequeño destello de alegría en sus ojos. Fue extraño cómo ese pequeño instante hizo que se me encogiera el pecho… Aunque tenía que guardarme ese detalle para mí.
Me aclaré la garganta.
—Está encantado para resistir el fuego y reducir los impactos.
Tragó saliva, con expresión cada vez más pensativa.
—Yo… Bueno, es que nunca me he puesto algo así.
Esperé, dándole tiempo para continuar si así lo deseaba.
—Mi padre siempre insistía en que llevara vestidos —dijo al fin—. Incluso cuando montaba a caballo me obligaba a sentarme de lado.
—Tu padre me parece un cretino de primera categoría —comenté con total sinceridad.
Ella soltó una breve risa, demasiado súbita como para ser totalmente fingida.
—Sí —admitió—. Lo es.
Le di un golpecito al cuero.
—La cena de hoy será privada, solo estarán mis consejeros. Bastante informal. Puedes ponerte esto si quieres.
Me dedicó una sonrisita.
—Claro… ¿Y planeáis la caída del reino entre un plato y otro?
—No te olvides de la parte en la que debatimos sobre infraestructuras —le dije—. Venga, pruébatelo.
Ella me miró con los ojos entrecerrados, como buscando la trampa. Me encantaba esa expresión, pero, por una vez, me limité a dar un paso atrás y a cruzarme de brazos, fingiendo aburrimiento.
—Puedo irme si lo prefieres.
Arabella pestañeó, probablemente porque no esperaba que le concediera ni un ápice de intimidad. Justo por eso se la ofrecí. Si algo había aprendido de mi charla con Vex sobre el «cortejo», era que debía mantenerla intrigada.
Después de salir por la puerta, me apoyé con el hombro contra la fría pared de piedra y traté de no pensar en lo asombroso que era sentirse…
considerado. No es que me estuviera convirtiendo en un héroe, solo disfrutaba desconcertando a mi esposa.
Nada más. Desde luego, no sentí ningún cosquilleo incómodo en el pecho al pensar que realmente podría hacerla feliz con aquello. No, en absoluto.
Por fin apareció. Se me aceleró el pulso.
El cuero azul medianoche se ceñía a sus curvas, lo que la hacía parecer más femenina y peligrosa al mismo tiempo.
Mi escudo personal, una rosa negra cosida con hilo oscuro, adornaba el cuello y los sutiles detalles a lo largo de la espalda.
Con las botas puestas, era tal y como me había imaginado que sería la formidable lady Blackrose.
De hecho, era aún mejor de lo que me había atrevido a fantasear, y sentí un calor creciente en las entrañas que me negué a dejar que se reflejara en mi expresión.
—¿Y bien? —preguntó, rotando solo un poco, como si estuviera orgullosa y cohibida a la vez. El contraste de su cabello dorado con el cuero oscuro provocó una agradable sacudida en mi interior.
Asentí.
—Te queda espectacular —conseguí decir—. Los encantamientos se sincronizarán con tu magia cuando los necesites.
Pasó las manos por la chaqueta, casi con… ¿timidez? Una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—Noto que son poderosos.
—Como tú —dije en voz baja, mirándola a los ojos. En el pasillo se respiraba la tensión que se había vuelto habitual, y exasperante, entre nosotros. Me la imaginé con ese atuendo lanzándome hechizos y sonriendo con malicia.
Arabella fue la primera en desviar la mirada mientras forzaba una risa.
—Supongo que no es apropiado vestir esto para la cena.
Arqueé una ceja.
—Eres lady Blackrose. Si alguien se queja, puedes prenderle fuego.
Un destello de alivio cruzó su mirada tan rápido que casi me lo pierdo. Seguro temía recibir críticas si se desviaba del vestuario estándar de las cenas nobles. Aún no había asumido que no me importaba lo que pensara el resto. Yo era quien marcaba las pautas.
Acto seguido, bajamos juntos las escaleras, con el eco de nuestros pasos resonando en el suelo de piedra. No sabía qué me embriagaba más: si el destello de gratitud que intentaba ocultar o la sutil forma en que su presencia hacía que mi sangre bullera.
Me pregunté si ella también encontraba nuestra atracción igual de adictiva.
Ahogué esa curiosidad en particular antes de que cobrara fuerza.
Después de todo, analizar los sentimientos estaba peligrosamente cerca de tenerlos.
El Señor Oscuro no dudaba si su esposa lo encontraba atractivo, sino que se aseguraba de ello, de ser posible sin revelar sus propias y molestas reacciones.
—Supongo que debería darte las gracias —dijo al fin, con una voz más suave de lo habitual. Entonces, como si se diera cuenta de lo que había dicho, añadió—: Aunque estoy segura de que lo has hecho con algún propósito malicioso oculto.
Hice una pausa para recorrer con la mirada sus curvas.
—Te lo aseguro —murmuré—, todos mis propósitos son maliciosos. Pero dejaré que descubra el resto de mis intenciones a su antojo, lady Blackrose.
Señalé las puertas del comedor y le hice una reverencia burlona.
—Después de ti.
El comedor privado carecía de los adornos ostentosos que la gente solía esperar de un Señor Oscuro.
No había candelabros dorados llorando lágrimas de cristal ni tapices que representaran el momento exacto en que la esperanza abandonaba los ojos de mis enemigos.
Por el contrario, se trataba simplemente de una habitación cómoda con una chimenea encendida y una mesa redonda con capacidad para seis personas.
Cuando Arabella y yo entramos, mi extraña y pequeña corte ya se había reunido.
Vex estaba junto a la chimenea, con la capucha oscura bajada lo suficiente como para dejar ver solo un ligero destello plateado en sus ojos.
Sims estaba sentado encorvado sobre una pila de documentos, con la expresión de estreñimiento perpetuo que lo caracterizaba.
Thorne afilaba su espada con la misma delicadeza que la mayoría de los hombres reservan para sus amantes. Y Griffin…
—¡Cuidado! —grité cuando un artilugio metálico cayó al suelo emitiendo un ruido estrepitoso.
—No pasa nada, todo está perfecto —insistió mientras recogía los engranajes esparcidos por el suelo—. Solo ha sido un pequeño contratiempo, pero ya casi lo tenía arreglado.
Arabella caminó entre los escombros sin pisar ni una sola pieza.
—¿Qué está intentando montar? —preguntó ella con tono cortés y curioso.
Griffin sonrió mientras recogía los engranajes con sus largos dedos.
—Es un aparato cartográfico con ajuste automático que traza un mapa de las líneas ley existentes bajo cualquier territorio. Brillante en teoría… Siempre y cuando no explote antes.
Vex negó con la cabeza.
—Y me imagino que no viene con instrucciones.
—Las instrucciones sofocan la creatividad —contestó Griffin, moviendo la mano con desdén.
—Y previenen las explosiones —murmuró Sims con esa voz suya tan dramática y severa.
Guie a Arabella hasta el asiento a mi derecha. Todos mis asesores se percataron del cambio en su actitud. Vex esbozó una sutil sonrisa cómplice, mientras que los demás reaccionaron como si hubieran visto a un gato doméstico transformarse en una pantera.
—Este sitio es… acogedor —señaló Arabella mientras observaba la mesa redonda y las cálidas llamas.
—¿Te imaginabas copas hechas con calaveras y muebles fabricados en hueso? —pregunté con fingida ofensa.
Ella ladeó la cabeza.
—Como poco. Aunque pueden resultar algo incómodos para el uso diario.
Asentí con solemnidad.
—Los huesos los reservamos para ocasiones especiales. Visitas importantes, cumpleaños, alguna que otra ejecución…
Un sirviente entró con el primer plato: una sopa aromática que humeaba en cuencos tallados.
Había pedido la comida elaborada al estilo de Solandris.
Una maniobra sutil, sí, pero que supuse que pasaría desapercibida.
Por supuesto, no se lo podía ocultar a Vex, pero ella se guardaría sus observaciones a menos que resultaran relevantes.
—He oído que ha comenzado su entrenamiento mágico con lord Blackrose —dijo Griffin, todavía jugueteando con los engranajes—. ¿Qué tal le está yendo, lady Arabella?
Me lanzó una breve mirada de reojo antes de responder.
—Le prendí fuego. —Su tono era casi despreocupado, pero no conseguía ocultar del todo un toque de picardía—. Al parecer, poseo más poder bruto del esperado.