23 Salva aldeas, roba lealtades (y otros actos de heroísmo accidental)
Kazimir
H undí la espada en el pecho del bandido, saboreando la oposición de los músculos y los huesos antes de la inevitable rendición.
Abrió mucho los ojos, como si la muerte fuera un giro inesperado en el camino profesional que había elegido.
La sangre brotó de sus labios antes de soltarse de mi espada y caer al barro junto a sus desafortunados compañeros.
—Tenga misericordia —dijo el último superviviente con voz ronca. Era un tipo corpulento, con la cara magullada y un brazo roto, y entrecerraba los ojos por una herida que casi le había arrancado el ojo derecho—. Por favor, mi señor.
Me agaché para apretar la espada contra su garganta. En el silencio que siguió, solo oí los sollozos entrecortados de los aldeanos refugiados en sus casas. El aire apestaba a miedo, humo y sangre fresca.
—Misericordia —repetí, pensativo. ¿Dimos ese tema en Villanía para principiantes ? Creo que ese día falté a clase.
—Solo estábamos… —balbuceó el bandido—. Siguiendo rumores. Intentando ganarnos la vida.
Presioné el acero aún más, trazando un corte superficial.
—¿Por orden de quién?
—D-de nadie en específico… Solo o-oímos que los aldeanos eran objetivos fáciles. Sin soldados ni protección.
—¿Dónde has escuchado eso?
Dudó y en sus pupilas brilló el impulso de mentir. Incliné la espada. Se le cortó la respiración.
—Di la verdad y te concederé una muerte rápida —dije en voz baja—. Con las mentiras solo conseguirás una mucho más desagradable.
—Un hombre… con un elegante acento solandriano nos pagó en oro. Nos dijo que estos pueblos estaban desprotegidos. ¡Juro que no sé nada más!
Le creí. Me puse de pie y observé al bandido con una calma deliberada.
—Me ha prometido p-piedad —tartamudeó.
—No he prometido nada —le corregí—. Pero soy eficiente.
Con un solo movimiento fluido, le separé la cabeza de los hombros.
Rápido, limpio, letal. Sentí un remolino de triunfo, las runas grabadas en mis huesos se calentaron bajo mi piel.
Hacerlo con mis propias manos siempre me provocaba una especie de subidón: era la prueba fehaciente de que mi magia de dominio y mi acero no servían solo para alimentar pesadillas.
También era una forma de hacer ejercicio excelente.
Por un segundo me pregunté si a Arabella le agradaría mi aspecto después de una sangrienta pelea: el sudor pegado a mi piel, el olor metálico de la violencia en el aire.
¿O acaso le repugnaría esa imagen, hasta el punto de que ese repentino sentimiento de asco apagara cualquier atisbo de atracción? Con ella nunca se sabía.
Thorne se acercó a paso firme, con sus anchos hombros salpicados de sangre.
—Ese era el último que quedaba. Veintitrés en total.
—¿Alguna baja en nuestro bando?
—Heridas menores. Nada de lo que preocuparse.
Asentí con satisfacción mientras observaba la carnicería.
Mis tres guerreros de sombras, convocados desde los oscuros rincones de mis propias runas, se movían entre los cadáveres, silenciosos y letales como siempre.
Con un movimiento de la mano, los hice desaparecer.
Se retorcieron hasta convertirse en volutas de sombras y se filtraron bajo mi carne marcada por las cicatrices, lo que me provocó una sacudida de energía fría que me recorrió los nervios.
—Colgadlos a lo largo del camino a las afueras de la aldea —dije con voz serena—. Que quede claro el mensaje.
Thorne asintió levemente.
—¿Y los aldeanos?
Recorrí con la mirada las cabañas destartaladas. Todas las puertas y ventanas permanecían tapiadas, la gente tenía demasiado miedo como para afrontar el destino que los aguardaba.
—¿Qué imagen tiene la gente del Señor Oscuro hoy en día?
—Probablemente que quema a la gente viva y se baña en sangre de vírgenes —respondió con solemnidad—. La historia de siempre.
Casi me echo a reír al recordar que Arabella me había dicho algo parecido solo un par de días antes. Aun así, me gustaba bastante recompensar el terror con una buena dosis de realidad.
—¡Salid! —espeté hacia las cabañas—. ¡Ya!
Poco a poco, las puertas se fueron abriendo para dar paso a rostros pálidos y demacrados.
Varios hombres cargaban con armas improvisadas, más por apariencia que por amenaza.
Las mujeres protegían a los niños detrás de ellas entre temblores.
Un anciano con una túnica gastada avanzaba arrastrando los pies, lo hacía decidido a pesar de llevar los hombros encorvados.
—Usted es el Señor Oscuro —dijo con calma.
Incliné la cabeza. Una oleada de tensión se extendió entre la multitud.
—¿Por qué nos ha ayudado? —preguntó el anciano—. La vizcondesa…
—Está desbordada —lo interrumpí—. ¿Cuánto tiempo llevan produciéndose estos ataques?
—Tres semanas —respondió—. Empezaron con robos menores, como ganado o provisiones en los almacenes. La semana pasada incendiaron el molino de Oakhollow y asesinaron a la familia del molinero.
Fruncí el ceño.
—¿Y la vizcondesa Morana no ha mandado a sus soldados?
—Envió a la mayoría hacia el norte —murmuró alguien con tono sombrío.
—¿Y qué hay del rey Auremar? —insistí—. Solandris está a un tiro de piedra.
Un aldeano de rostro cansado soltó una risa amarga.
—Está ocupado sacándole brillo a las torres. Hemos enviado mensajeros, pero ninguno ha regresado.
Di otro paso, permitiendo que todos vieran la sangre que manchaba mi espada.
—Y resulta que el único que ha venido soy yo, ni Auremar ni Morana. Ironías del destino, ¿no os parece?
Nadie se atrevió a reír. Se limitaron a quedarse mirando, temerosos y con una pizca de esperanza.
—¿Qué quiere de nosotros? —se aventuró el anciano.
Me gustaba que fuera al grano.
—Simple. Comerciaréis con mis territorios y me pagaréis impuestos con cosechas, ganado, recursos. Me aseguraré de que los bandidos no vuelvan a molestaros.
—Quiere que abandonemos a la vizcondesa.
—Si preferís que os saqueen antes que aliaros conmigo, adelante. —Eché un vistazo a los harapientos aldeanos y dejé que el silencio subrayara lo cerca que habían estado de la aniquilación.
El silencio se prolongó hasta que el anciano respiró entrecortadamente.
—No le hará ninguna gracia —susurró.
Mi expresión se tornó fría.
—Yo me encargo de ella.
En ese preciso momento, el sonido de cascos rompió la tensión.
Los soldados llegaron al galope por el camino del este con el escudo de la serpiente plateada de Arvoryn.
Los aldeanos se apartaron, sin saber si esconderse o seguir mirando.
Yo permanecí donde estaba, con la espada aún en la mano, mientras la vizcondesa Morana se bajaba de su caballo.
Morana, una mujer alta con el pelo oscuro trenzado y ojos calculadores, irradiaba una elegancia altiva.
En su cinturón lucía nada menos que cinco dagas exquisitamente elaboradas, y era probable que llevara alguna que otra más bajo la ropa.
Cuando posó la mirada en los cadáveres desmembrados, la conmoción se apoderó por un instante de su rostro antes de que la cubriera de frío aplomo.
—Lord Blackrose —saludó con una cordialidad forzada—. Veo que has estado ocupado.
—Exterminando la plaga de bandidos que tienes —respondí—. Se lo estaban pasando en grande atacando tus aldeas.
Apretó la mandíbula, pero su voz permaneció serena.
—Mi ejército ha estado ocupado en otros lugares. ¿Cómo te has tomado la libertad de ocuparte de este asunto sin informarme?
—No necesito tu permiso —dije, con una voz peligrosamente sedosa—. A menos que prefieras que los bandidos sigan dedicándose a asesinar a los aldeanos como si fuera un pasatiempo.
Morana desvió la atención hacia los aldeanos que estaban a mi espalda, y luego volvió a mirarme a mí.
—Discutamos este asunto en privado.
Eché un último vistazo al anciano.
—Reúne a tu gente. Reparte los suministros que han robado los bandidos. Mis hombres se encargarán de cubrir parte de vuestras necesidades. —El viejo se inclinó, agradecido.
Morana y yo nos dirigimos a la maltrecha taberna del pueblo, un edificio destartalado que olía a cerveza rancia y a grasa añeja. En su interior, el posadero nos sirvió con nerviosismo dos jarras de un brebaje aguado. Di un sorbo y casi vomito al notar el sabor agrio.
—Hacía tiempo que no probaba una cerveza que me hiciera apreciar el agua estancada de un pantano —dije, apartando la jarra.
Morana echaba chispas por los ojos.
—Te estás pasando de la raya, Kazimir. Estas son mis tierras.
—De nada —respondí con calma, inclinándome hacia delante—. Por salvar a tu gente mientras estabas… ocupada en otras cuestiones.
Me fulminó con la mirada, pero mantuvo el tono sereno.
—Mis exploradores informaron de problemas en el norte. No tuve más remedio que retirar las tropas…
—Lo que permitió a esos bandidos entrar en tus territorios con libertad, puede que hasta con la ayuda de Solandris. O te faltan luces, o aquí hay gato encerrado. —Me encogí de hombros—. En cualquier caso, les he dado una solución.
Se cruzó de brazos y me miró fijamente.
—¿Y qué quieres a cambio?
—Un anexo a nuestro tratado actual —dije, sin inmutarme ante su ceño fruncido—. Acabo de comprometerme a proteger a estas aldeas. Y a garantizarles un comercio seguro.
La comprensión se reflejó en su rostro, seguida de una amarga resignación. Si aceptaba, mi control sobre Arvoryn se vería reforzado. Si se negaba, quedaría expuesta como un ser despiadado ante sus propios súbditos. Morana era demasiado astuta como para no darse cuenta de que la estaba acorralando.
—Está bien —dijo, con voz cortante—. Podemos discutir los detalles en mi finca. En breve. —Seguía mirándome fijamente a los ojos—. Trae a tu nueva esposa. O… ven solo, lo que prefieras.
Ah. Ahí estaba… El verdadero motivo por el que estaba tan tensa. No era solo por mi incursión en su territorio, sino también por mi estado civil.
—Lady Blackrose está a mil cosas —respondí de forma casual—. Pero me aseguraré de hacerle llegar la invitación.