22 Acaba con los rumores incómodos antes del almuerzo (mirada amenazadora opcional) #2
—Eres una superviviente que ha aprendido a convertir las ideas preconcebidas de la sociedad en estrategias.
Eres mucho más inteligente de lo que aparentas y sabes cómo sacar partido a que te subestimen.
Harías cualquier cosa, lo que sea, si te ves entre la espada y la pared.
Incluso recurrir por accidente a la magia volátil —añadí, incapaz de contener la pulla.
Un breve destello en sus ojos me indicó que había dado en el clavo y que había tocado temas de los que no solía hablar abiertamente. Exhaló despacio.
—Detesto no poder negarlo.
El viento se volvió frío, y se estremeció, a pesar de los hechizos que mantenían a raya las temperaturas extremas de la altitud. Me detuve en un pequeño arco mientras ella se subía la capucha.
—¿Algún otro rumor escandaloso? —pregunté cuando reanudamos la marcha.
—Muchos. —Hizo una mueca—. Aunque parece que hay una preocupación generalizada por las vírgenes. Como el que afirma que eres capaz de convertirte en un enorme lobo negro y que… Bueno, mejor no te lo cuento por si acaso ofende tus sensibilidades de villano.
—Todo un detalle por tu parte —dije, girándome para mirarla. Sorprendida, frenó justo antes de chocar conmigo—. Aunque si sientes curiosidad por ver lo depravadas que pueden ser mis sensibilidades… —Dejé la frase a medio terminar mientras observaba su reacción.
Arabella abrió los ojos un poco, pero luego pasó por mi lado y siguió caminando.
— A mí me parecía que quitarles la virginidad convertido en lobo era contraproducente si lo que planeabas era sacrificarlas —comentó por encima del hombro.
Satisfecho, me apresuré a alcanzarla.
—Así que admite que ha estado pensando en mí, lady Blackrose. Eso sí que es un escándalo.
Me lanzó una mirada calculada, que no logró ocultar el delicioso rubor que teñía sus mejillas.
—También dicen que eso de «Blackrose» no es más que una farsa —continuó—. Que te cambiaste el apellido sobre la marcha.
—Los apellidos pueden elegirse —admití—, y se pueden cambiar si conviene desprenderse del pasado.
La curiosidad se reflejó en su rostro, pero no le di más explicaciones, y con el viento era difícil seguir conversando sin gritar.
En la Torre Portón, los guardias se pusieron firmes, casi tan serviciales con Arabella como conmigo. Había enviado a uno de ellos a los calabozos por mirarla con lascivia, pero todos los rumores se centraban en que ella me había puesto una daga en la garganta.
Se había ganado su aprobación sin dirigirles ni una sola palabra… Una habilidad que incluso a mí me pareció digna de admirar.
Continuamos por el puente de relámpagos hasta las imponentes puertas negras del Gran Salón. Me detuve antes de entrar.
—Tendrás que venir aquí conmigo de vez en cuando, para mostrar una imagen de unidad. Es parte de tu papel como lady Blackrose.
Ella resopló con resignación.
—¿No te da miedo que prenda fuego a alguien?
—Es algo que me encantaría —dije en voz baja—, pero incinerar a subordinados tiende a aterrorizar a la gente hasta el punto de incapacitarla. De todas formas, si hubiera querido mantenerte escondida como un secreto que me avergonzara, no habría organizado una boda tan ostentosa.
Sin esperar a que me respondiera, abrí las puertas.
—¿Tengo que hacer algo? —preguntó, arreglándose el cabello alborotado por el viento con timidez.
Un puñado de empleados y soldados se movían de un lado a otro, pero se quedaron quietos al vernos.
—Siéntate ahí y déjalos a todos pasmados —dije con suavidad—. Yo me encargaré de aterrorizar a todo aquel que te mire como no debe.
—Eres un anfitrión realmente encantador —murmuró.
El guardia del estrado anunció:
—¡Lord Blackrose y lady Blackrose! —Se hizo el silencio en la sala. Todas las miradas se posaron en Arabella.
La ayudé a subir los escalones, saboreando el momento. Cuando dudó al sentarse en su nuevo lugar junto al mío, me incliné hacia su oído. Mientras dejaba que mi aliento le acariciara la piel, le di un beso nada inocente en la curva de su cuello.
—Pareces una auténtica dama oscura —le susurré, con un tono de voz que solo ella podía oír—. Te sienta mejor de lo que crees.
Un ligero jadeo sirvió como recompensa. Me senté en mi sitio, deleitándome en las miradas curiosas que me dirigían.
Durante la siguiente media hora, dicté sentencias y emití veredictos, atendí las peticiones de granjeros, comerciantes y de aquellos lo suficientemente inútiles como para sospechar que había alimañas mágicas entre su ganado.
Cualquiera que mirara a mi esposa con demasiada insistencia sentía mi magia de dominio zumbando en el aire.
Nadie se aventuró a cuestionar su presencia o su condición como mi esposa.
Durante todo el tiempo, no dejé de mirar a Arabella. Estaba sentada con una calma digna de una reina, sin hablar a menos que fuera necesario. Y cada vez que nuestras miradas se cruzaban, veía una pequeña chispa: un atisbo de diversión o de furia rebelde. No sabía muy bien cuál de las dos cosas era.
Cuando atendí la última denuncia, me levanté y le ofrecí mi mano. Una vez que nos libramos de las miradas indiscretas, se apartó.
—Cuánto teatro… ¿De verdad era necesario?
—Por supuesto —contesté, y me coloqué la capa—. Así serás menos vulnerable. Si se dan cuenta de lo mucho que te protejo, no se atreverán a meterse contigo.
Me miró con el ceño ligeramente fruncido y luego resopló.
—¿Y ese beso? ¿Otro espectáculo para el público?
Dejé que asomara un leve atisbo de calor en mi mirada, solo para ella.
—Una demostración táctica de posesión —respondí—. Entra dentro de nuestro acuerdo.
Arabella negó apenas con la cabeza. Pero cuando se giró hacia el puente de relámpagos, percibí una sutil satisfacción en su postura, como si hubiera ganado cierto poder en aquel salón.
Estuve a punto de llamarla para sugerirle que exploráramos las partes más recónditas de la ciudadela, pero un guardia se acercó corriendo e hizo un rápido saludo.
—Mi señor. Mensaje urgente de las patrullas en Arvoryn: hay bandidos atacando las aldeas fronterizas. Sospechamos que Solandris tiene algo que ver.
La rabia me trepó por la columna. Otra vez Solandris .
—Muy bien. Me ocuparé de inmediato.
Se inclinó, dirigió una mirada cautelosa a Arabella y se marchó apresuradamente. Ella lo vio alejarse y luego se volvió hacia mí con los ojos rebosantes de curiosidad.
—¿Bandidos?
—Nada demasiado grave —mentí—, pero tengo que asegurarme de que los eliminen.
Su postura cambió.
—¿Vas a ir tú en persona?
—Por lo general, sí, cuando es necesario —respondí, dejando que el tono de mi voz se endureciera—. No creo que me lleve mucho tiempo.
Dudó un instante antes de decir:
—No te dejes matar, secuestrador. Aún no hemos terminado esa magnífica visita.
Me reí por lo bajo.
—La muerte y yo no nos llevamos bien. Volveré pronto… Con nuevos horrores que mostrarte. —Le acaricié ligeramente la mano con la yema de los dedos, sintiendo de nuevo esa chispa obstinada antes de alejarme.
La ciudadela exigía toda mi atención. Igual que Arabella, algo que me inquietaba más que la amenaza de ningún bandido. Pero, mientras tanto, me ocuparía de la crisis de ese día y confiaría en que no me aguardaran nuevos desastres a mi regreso.
No hay descanso para los malvados, ni tampoco para un villano irremediablemente fascinado por su problemática esposa.