La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 22 Acaba con los rumores incómodos antes del almuerzo (mirada amenazadora opcional)
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22 Acaba con los rumores incómodos antes del almuerzo (mirada amenazadora opcional)

Kazimir

M e quedé al pie de mi torre como un pretendiente ansioso mientras una brisa intensa agitaba mi capa.

Habían pasado varios días desde que Arabella me había prendido fuego.

Después de aquello, mandé a fabricar una nueva túnica de tela ignífuga (todavía me molestaba el gesto de incredulidad que el sastre apenas pudo contener cuando le pedí aquella modificación).

Mientras tanto, mi esposa y yo tuvimos dos sesiones más, con menos llamas pero con más tensión entre nosotros.

Sin embargo, fuera de esas horas de entrenamiento, apenas la veía. Mis fuentes (Vex, con sus informes irónicos, y Pip, con sus balbuceos nerviosos) me mantuvieron informado de la curiosidad genuina con la que lady Blackrose recorría la ciudadela.

Sabía perfectamente que no estaba intentando escapar.

Si lo hubiera hecho, me habría percatado de que tramaba algo o habría notado un interés repentino por las protecciones.

Además, no tenía ninguna propiedad familiar a la que regresar ni sabía de ningún amigo que quisiera (o pudiera) esconderla, y durante los entrenamientos mostraba un entusiasmo demasiado genuino.

No obstante, mi lado práctico vio la posibilidad de sufrir percances y hacerle una visita guiada me pareció lo más…

prudente. Una hora antes le había hecho llegar un mensaje con instrucciones precisas: «Vístase como una dama oscura, póngase una túnica y reúnase conmigo fuera de mi torre». Sin más explicaciones.

Pero cuando apareció al final de la escalera de caracol, tuve que hacer un gran esfuerzo por no quedarme embobado.

Llevaba una túnica con capucha sobre un vestido de terciopelo verde oscuro que se ajustaba a su cuerpo de una forma que me hizo arrepentirme de nuestro acuerdo una vez más.

No llevaba ninguna joya aparte de la alianza forjada con mi hueso, por lo que destacaba aún más.

—Lord Blackrose —me saludó y se quitó la capucha, que le cayó sobre los hombros.

—Kazimir —la corregí con un ligero énfasis, a la espera de su inevitable gesto de fastidio. Ella cedió, aunque sin mucho entusiasmo.

Se alisó una manga aterciopelada.

—Me has pedido que vista como una dama oscura y que use túnica. No me eches la culpa si es más oscuro de lo que pretendías.

—Te pega —dije, extendiendo mi brazo—. Vamos, venga. Es hora de que hagamos una visita.

Me agarró del brazo, pero me lanzó una mirada desconfiada.

—¿Una visita por la ciudadela? Qué considerado e inesperado por tu parte.

—¿Te gustaría explorar primero las mazmorras? —pregunté—. Podríamos empezar por la celda más oscura, si eso se ajusta más a la idea del villano que tienes en mente.

Casi esbozó una sonrisa.

—Adelante, mi señor.

La guie hacia la amplia pasarela de piedra que partía de la torre. Bajo nuestros pies, las nubes aparecían y desaparecían de nuestra vista. Si se puso nerviosa por la caída vertiginosa, lo ocultaba bien, aunque sus dedos se tensaron levemente sobre mi brazo.

—Me prometiste más libertad —dijo cuando el viento le desprendió un mechón de pelo de la trenza—. Así que me he estado familiarizando con tu fortaleza.

—Sí, lo sé.

Me lanzó una mirada severa.

—Se suponía que nadie iba a espiarme.

—Y no lo hacen —dije con seguridad—. Pero esta es mi ciudadela y estoy al tanto de cada aspecto importante que ocurre dentro de ella.

Suspiró, dando por válido el argumento.

—No estoy intentando escapar, si eso es lo que te preocupa.

Incliné la cabeza en señal de reconocimiento, recordando todas las formas en que había verificado esa verdad.

—Te creo. Aunque te recomiendo que evites ciertos lugares a menos que quieras acabar con la cara llena de serpientes o sufriendo alucinaciones. La torre norte es uno de esos sitios. Varios de mis lacayos han perdido algunos dedos como consecuencia del último incidente de Griffin.

Se detuvo para apartarse el pelo de la cara.

—¿Te das cuenta de que prohibir algo solo lo convierte en más tentador?

Me encogí de hombros.

—Pues adelante. Cuando pidas ayuda a gritos desde un barril lleno de serpientes, no iré a rescatarte.

Bufó y luego me dedicó una sonrisa malvada.

—A lo mejor son las serpientes las que necesitan que las rescaten.

Reprimí las ganas de reírme.

—No te falta razón.

Llegamos a un lugar que daba al patio central.

—Bienvenida al Recinto Sagrado propiamente dicho —anuncié.

Cinco torres equidistantes con agujas se erguían formando la silueta de una estrella enorme.

Un sólido muro exterior las conectaba entre sí.

Las fui señalando, una por una—: Nuestra torre está al oeste, el observatorio donde estuviste haciendo de las tuyas al sudoeste…

—No pensaba contártelo.

—Griffin siempre acaba derrumbándose. No es capaz de guardarme ningún secreto. Y ahora tampoco a ti, al parecer.

Arabella resopló, sin mucho arrepentimiento, y yo seguí señalando las torres restantes.

—La Torre Portón está al sudeste, la Reliquia se encuentra en la torre este, y a los Laboratorios del Norte es mejor que no te acerques. Este patio sostiene las protecciones.

Echó un vistazo al enorme pentagrama grabado en la piedra negra.

—Un pentagrama gigante dentro de la fortaleza del villano… Qué sutil.

—La fortaleza ya estaba cuando llegué —dije, encogiéndome de hombros—.

Aunque me he tomado algunas libertades creativas para adaptarla a mis propósitos.

A nivel funcional, la estructura es casi impenetrable, y eso sin contar con todo el arsenal de hechizos protectores que he embebido en los cimientos.

Ella volvió la mirada hacia las lejanas islas suspendidas entre las nubes.

—Y esto es solo la fortaleza principal, ¿no?

—Las llamamos la Corte Exterior. El Gran Salón está en una isla separada, como ya sabes, y también cuenta con habitaciones para invitados. Hay otras islas para el servicio y las cocinas, para los establos y demás. Cada plataforma está unida por los puentes de relámpagos.

—Toda esta fortaleza es increíble. Pero ¿no te preocupa que todo esto un día… —agitó los dedos con un movimiento descendente— se caiga del cielo?

—Tengo preparados planes de contingencia. Los compartiré cuando me parezca, o cuando empecemos a caer en picado.

Se quedó mirando la luz del sol que se filtraba a través de las nubes.

—¿Cuánta gente vive aquí?

—De media, unas quinientas personas. Soldados, empleados, unos cuantos inventores chiflados… El número fluctúa cada vez que los artilugios de Griffin fracasan.

Me lanzó una mirada fulminante.

—Las personas no son números.

—Eso es precisamente lo que Vex no para de repetir —comenté con sequedad—. Ahora los identificamos por su nombre, así que supongo que es un avance.

Emitió una breve risa, pero no insistió.

Continuamos por la pasarela, en dirección a los Altos Jardines, un invernadero acristalado situado entre las torres oeste y suroeste.

La luz del sol se filtraba a través de las nubes y bañaba el invernadero con una luz etérea.

En el interior, los bancales de piedra elevados rebosaban de una flora extraña, y unas gruesas enredaderas se enroscaban a lo largo del camino y se balanceaban hacia nosotros al pasar.

—No te adentres aquí sola por la noche —le advertí—. A algunas de estas plantas les gusta agarrar.

Arabella dio un paso atrás con determinación.

—Déjame adivinar… ¿Un equipo de jardineros aterrorizados se encarga de mantener todo esto?

—Aterrorizados o exasperados, depende de cómo lo mires —respondí—. Insisten en que mi mera presencia pone nerviosas a las plantas.

Aquello pareció divertirle.

—Las plantas no tienen emociones.

—Pues ahora vas y se lo explicas a los temblones de los helechos — contesté.

Salimos por el extremo más alejado, cruzando una pasarela de piedra que daba la vuelta hacia la Torre Portón.

—Al igual que los puentes, la fortaleza entera puede aparecer y desaparecer a su antojo —expliqué—.

O al menos eso es lo que cuentan los rumores.

En realidad, solo podemos mover la ciudadela despacito y con mucho esfuerzo.

Pero con eso es suficiente para aterrorizar a los aldeanos supersticiosos, convencidos de que se cierne sobre sus cabezas esperando para devorarlos.

Asintió, pensativa.

—Mi padre intentó prohibir a los sirvientes que me contaran historias sobre el Señor Oscuro, y por eso mismo me acababa enterando de todos los detalles más escabrosos.

Aquello despertó mi interés.

—¿Y qué rumores delirantes te contaron?

Arabella se apoyó contra la muralla de piedra, con el viento soltándole más mechones de la trenza. Ya se había rendido en su intento por controlarla.

—Que cada centímetro de tu piel estaba cubierto de tatuajes impíos. —Echó un vistazo a mi pecho—. Pero gracias a tu extrema falta de modestia, puedo confirmar que se trata de cicatrices y no tinta.

Esa chispa de pícara diversión en su mirada se estaba volviendo peligrosamente adictiva.

—¿Decepcionada? —pregunté, bajando la voz de forma sugerente.

Se ruborizó un poco, pero consiguió esbozar una sonrisa burlona.

—Aún no lo he decidido.

Solté una risa ahogada.

—¿Qué más te han contado?

Apretó los labios.

—Que coleccionas vírgenes de las aldeas fronterizas.

Parpadeé.

—¿Que las colecciono? ¿Para qué, exactamente?

—Para sacrificarlas durante la luna llena —respondió, tratando de poner cara seria.

Dejé escapar una sonrisa genuina.

—Si necesitara sangre, no la buscaría en el sector más escaso de la población.

Me sonrió y continuó:

—Después está el rumor de que eres capaz de leer la mente.

—Ese lo extendí yo mismo —admití—. Así la gente evita mentirme. Aunque leer la mente es simplista. Leer a las personas a través de sus miedos, sus ambiciones y sus gestos es una habilidad mucho más útil.

Ladeó la cabeza.

—Entonces, ¿puedes leerme a mí?

La pregunta iba cargada de desafío. Fingí que la estudiaba, a pesar de que llevaba formulando esa respuesta desde el día que la rapté.