21 Ponte a cubierto (cuando la magia se vuelva en tu contra)
Kazimir
A rabella entró en el círculo de contención, con los hombros bien colocados, como un soldado preparándose para la batalla.
A pesar de no estar entrenada, su magia se extendió por toda la sala, dispersando las energías que había pasado toda la mañana calibrando metódicamente.
Me acerqué, conteniendo mi frustración y adoptando un tono moderado.
—Empecemos con algo simple.
—Defina «simple».
—Más simple que curar una mano destrozada —respondí, con una mirada incisiva—. Según Pip, consiguió hacerlo sin pestañear.
Un ligero tono de rubor coloreó sus mejillas.
—Eso fue distinto. La sanación me sale natural.
—Todo tipo de magia debe surgir de forma natural —dije, y conjuré un orbe de sombras que flotaba sobre la palma de mi mano—. Todo se basa en la intención y la voluntad. Visualice lo que quiere, luego canalice su energía para hacerlo realidad. Simple.
Observaba el orbe oscuro como si pudieran salirle dientes y abalanzarse sobre ella.
—¿Qué se supone que tengo que visualizar exactamente?
—Luz. —Cerré el puño alrededor de las sombras y las sofoqué—. Su talento para la sanación deja claro que se le da bien la canalización de energía positiva, así que empezaremos por ahí antes de que pruebe algo más… destructivo.
—Luz. Eso suena bastante sencillo. —Levantó una mano.
—Extienda la palma —le indiqué—, imagine que un sol pequeño se forma sobre ella. Invoque el calor, visualice el resplandor y alimente ese brillo con la magia que lleva dentro.
Recordé cómo se defendió en el camino a base de magia bruta. Quería ver si era capaz de replicar algo similar en un entorno controlado.
Arabella extendió la mano, con los dedos apenas curvados. Frunció el ceño al concentrarse y fijar la mirada en el espacio vacío sobre su piel. Por unos instantes, no hubo más que silencio.
—Relájese —le sugerí. Prácticamente vibraba por la tensión—. Es como domar una criatura salvaje. Primero te ganas su confianza, luego la guias.
Sus labios esbozaron una sonrisa poco entusiasta.
—Entonces, ¿ahora mi magia es una bestia impredecible?
—Si eso la ayuda, piénselo así —dije, complacido por su sentido del humor—. Cierre los ojos si le resulta más fácil.
Exhaló e hizo lo que le sugerí. Respiró hondo, lo que atrajo mi atención hacia su figura sin poder evitarlo, y el aire que había encima de su mano comenzó a brillar.
—Hasta aquí, todo bien —murmuré—. Concéntrese y dele un propósito.
Apareció una chispa de luz. Tembló, a punto de extinguirse.
—Es… resbaladiza —susurró.
—La primera vez es normal. Aliméntela. Deje que se nutra de su voluntad.
La chispa se intensificó hasta que adquirió prácticamente el tamaño de una moneda. Arabella abrió los ojos entre parpadeos y la cara se le iluminó de orgullo. Pero en cuanto pasó de estar concentrada a celebrar, la chispa se avivó y estalló.
Un destello cegador abrasó el aire. Maldije cuando una luz intensa irradió hacia afuera y me lanzó un paso hacia atrás. Las runas protectoras del suelo chisporrotearon con un color azul y contuvieron la mayor parte de la energía, pero una ráfaga de calor siguió golpeando mi pecho.
Cuando recuperé la visión, me di cuenta de que Arabella estaba boquiabierta. También me percaté de que yo tenía la túnica en llamas.
Parecía horrorizada.
—¡La camisa!
Le di unas palmaditas a la tela llameante, pero el fuego bailaba por la tela más rápido de lo que lograba apagarlo.
—Sí, ya me he dado cuenta.
Ella se balanceó inútilmente de un pie a otro.
—¿No puede…? Yo qué sé…, ¿ordenarle que pare?
—Así no es como… —Un fogonazo estuvo a punto de quemarme la ceja. Solté un improperio y me quité la túnica de un tirón para tirarla al suelo. Las llamas devoraron los restos hasta que los sofoqué con un único golpe brutal de magia de dominio.
A Arabella se le encendieron las mejillas casi con la misma intensidad de aquellas malditas chispas.
—L-lo siento. No tengo ni idea de qué ha pasado.
La mandé a callar con un gesto seco mientras masajeaba el dolor de mi pecho, donde las llamas habían hecho palpitar mis runas protectoras. Luego me concentré en los restos aún humeantes de mi camisa, y murmuré otro hechizo para extinguir las últimas llamas. Solo quedaron los restos carbonizados.
—Bueno —dije después de un momento de silencio—, eso no me lo esperaba.
Se mordió el labio, como intentando contener una carcajada.
—Ya estaba al tanto de mis antecedentes.
Eché un vistazo a las marcas de hollín de mi pecho.
—Si lo que quería era verme de nuevo sin camisa, podría haberlo pedido.
—Si lo hubiera hecho adrede, le habría apuntado a los pantalones también. —En cuanto lo dijo, se atragantó por el horror y se le puso la cara roja como un tomate—. Quiero decir…, no quería… Yo solo… —Se cubrió los ojos con la mano y maldijo entre dientes.
Era adorable verla tan nerviosa, aunque me negué a dejar que se me notara en la cara.
—Podemos dejar lo de quemar pantalones para clases más avanzadas —dije, cortante. Me arrodillé para pasar la mano sobre lo que quedaba de mi túnica favorita—. No se trata de un simple desliz. El poder que ha canalizado era considerable.
Ella se cruzó de brazos, pero la vergüenza seguía ardiendo en sus mejillas y le resaltaba las pecas.
—¿Es eso una crítica o un cumplido?
—Una observación. —Me levanté y me sacudí las cenizas de las manos—. La mayoría de los novatos apenas consiguen conjurar una chispa en su primer día. Usted ha provocado un incendio mágico con todas las de la ley.
—Pues qué suerte —murmuró—. Tengo el don de destruir sin querer.
Me encogí de hombros.
—No ha pasado nada grave. —Aparte del dolor punzante que sentía en mi pecho ligeramente chamuscado.
—¿Quiere ir a por otra camisa antes de continuar? —Intentó no bajar la vista y casi lo consiguió. La leve mueca que esbozaron sus labios sugería que se percató de mucho más de lo que dejó entrever.
Me reí, impresionado por su entereza.
—Vamos a continuar. Me quedan algunas camisas más… para cuando las necesite.
Pero en lugar de ir a por una, rebusqué en un armario cercano hasta dar con una esfera de cristal.
—Tenga —dije, de vuelta en el círculo—. Una piedra de contención. Sirve para absorber y regular la magia bruta. Así podré conservar mi ropa, al menos de momento.
Aceptó el cristal, lo estrechó entre las palmas de las manos y dejó escapar un leve jadeo.
—Está caliente.
—Responde a su propia energía —expliqué y me coloqué lo bastante cerca como para guiarla sin invadir su espacio—. Pruebe otra vez, despacio. Vierta la magia en ella, pero imagine que está llenando un recipiente. Si lo visualiza como agua, controle el ritmo al que la deja fluir.
Ella asintió, con la mandíbula apretada. Cerró los ojos con un ligero temblor en los brazos. La tenue luz interior del cristal pasó de un azul pálido a un dorado más intenso a medida que canalizaba su poder.
—Eso es —la guie con suavidad—. Mantenga un ritmo constante.
Su respiración se volvió entrecortada y unas gotas de sudor le perlaron la sien. La esfera brillaba cada vez más.
—Lord Blackrose —siseó entre dientes—, esto es…
Reaccioné por instinto y le aparté el cristal de la mano mientras me lanzaba hacia delante para protegerla con mi cuerpo.
Ambos nos caímos. El cristal se rompió con un estallido y los fragmentos salieron disparados en todas direcciones.
Una vez más, las runas del suelo brillaron en respuesta, pero aun así sentí cómo los fragmentos me cortaban la espalda al caer sobre nosotros.
Cuando el ruido se acalló, me encontré tumbado sobre ella, con el pecho apretado contra su cuerpo suave.
Arabella me miraba con los ojos muy abiertos.
Su aliento me rozaba los labios, lo bastante cerca como para recordarme lo rápido que nuestra dinámica podía pasar de letal a…
menos cortés. Me quedé pensando en cómo le quedaba aquel camisón tan fino, y mi cuerpo traicionero se encendió al recordarlo.
—¿Se ha hecho daño? —pregunté con voz ronca.
Negó con la cabeza, todavía incapaz de formular una frase.
No era, ni había pretendido ser nunca, un caballero.
Así que me quedé allí un poco más de lo que se permitiría cualquier persona con un mínimo de decencia, convenciéndome a mí mismo de que solo era por darle dramatismo al momento.
Luego rodé hacia un lado y me puse de pie, ignorando el leve escozor de los cortes.
Le tendí la mano para ayudarla a levantarse.
Cuando se puso de pie, le solté la mano. Todos los nervios de mi cuerpo estaban en estado de alerta máxima.
—Eso ha sido…
—¿Un desastre? —exclamó, sacudiéndose los restos de la túnica.
—Instructivo —repliqué. Inspeccioné el grabado rúnico del suelo. Había absorbido la mayor parte de la explosión, pero las marcas de quemaduras habían estropeado la superficie lisa de la piedra—. Tiene suficiente poder para ser muy peligrosa. Ahora solo tenemos que manejarlo.
Parecía confundida.
—No lo entiendo. En casa controlaba los hechizos de sanación sin problema, y hasta usé mi magia para defenderme de sus hombres en el camino. ¿Por qué ahora de repente me estalla en la cara?
—Hace falta práctica para emplear los diferentes tipos de magia. —Crucé los brazos, consciente de cómo eso atraía su mirada hacia mi torso desnudo—. Podemos seguir, a menos que planee destruir el resto de mi armario.
Soltó un resoplido, que no llegaba a ser una risa.
—Me niego a fallar en esto. Si puedo curar heridas, puedo conjurar una simple luz sin provocar una hoguera.
Asentí levemente.
—Muy bien. Sigamos.
Durante horas, practicamos ejercicios básicos.
Arabella aprendió a encender la mecha de una vela sin derretir la cera, a crear una suave brisa para mover una pluma por el suelo y a calentar agua en una taza sin que llegara a hervir.
Logró hacer cada cosa tras varios fallos explosivos y, cuando llegó la tarde, ambos estábamos empapados en sudor y agotados por haber estado a punto de sufrir varios desastres.
Al final, noté cómo le temblaban los brazos y las profundas ojeras que se acumularon bajo sus ojos.
—Suficiente —dije—. Hemos hecho avances. Ahora controla mucho más que esta mañana, aunque sigo preocupado por mi ropa.
Exhaló con frustración.
—Sigue sin ser suficiente. No puedo retener la magia más de unos segundos.
—Nadie se hace todo un experto de la noche a la mañana. Tiene poder bruto. Controlarlo solo requiere tiempo, el que nunca le dedicó estando con su padre.
Se desplomó, agotada, y se apartó el pelo húmedo de la cara.
—Mataría por un baño ahora mismo. En lo posible, con agua hirviendo.
Unas imágenes que no tenía ningún derecho a imaginar pasaron por mi mente: ella en una bañera humeante con el agua brillando en su piel. Me aclaré la garganta y me di la vuelta para ordenar los materiales de entrenamiento que estaban repartidos por el suelo.
—¿Quiere que Vex la acompañe de vuelta a sus aposentos?
Negó con la cabeza.
—Sé llegar sola.
—Intente no prender fuego a los pasillos, ¿quiere?
Se dirigió hacia la puerta, pero se detuvo.
—¿Lord Blackrose?
Levanté una ceja, expectante.
Me recorrió el pecho con la mirada sin una pizca de vergüenza, demorándose en las tenues manchas de hollín.
—La próxima vez tal vez debería llevar algo menos inflamable —dijo, con una chispa de humor retorcido iluminándole los ojos.
Acto seguido, se marchó y me dejó solo en el círculo. Un risita retumbó en mi pecho. Seducirla podría ser más fácil de lo esperado, eso si lograba evitar que me incinerara en el proceso.