La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 20 Confíale tu magia a un villano (¿qué podría salir mal?)
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20 Confíale tu magia a un villano (¿qué podría salir mal?)

Arabella

V ex me condujo por pasillos austeros y funcionales que no había explorado antes, y el aire se volvía más frío a cada paso.

Cuando llegamos a una escalera de caracol, unas finas vetas de escarcha se aferraban a las paredes de piedra, haciendo que el descenso resultara más siniestro de lo que me hubiera gustado.

—¿Adónde estamos yendo exactamente? —pregunté, tratando de que la voz no me temblara por los nervios.

No se molestó en volver la cara.

—A los niveles inferiores. Lord Blackrose prefiere llevar a cabo los entrenamientos mágicos en localizaciones alejadas. De esa manera se evitan daños colaterales.

Aquello me resultó inquietantemente tranquilizador. Aceleré el paso hasta ponerme a su lado.

—¿Se han dados muchos «daños colaterales» en el pasado?

—La torre norte tuvo que ser reconstruida hace dos años porque los hechizos experimentales de amplificación de Griffin colisionaron con la magia de dominio del Señor Oscuro.

—¿Colisionaron? —pregunté.

—Hubo una explosión —dijo Vex, como si se tratase de un chubasco inoportuno—. No murió nadie. Unas cuantas cejas chamuscadas y varios egos doloridos, pero nada más.

Imaginar a Kazimir metiendo la pata de una forma tan espectacular casi lo hacía parecer más humano. Claro que probablemente lo hubiera hecho con esa sonrisa burlona que lo caracterizaba.

Llegamos a un rellano donde las escaleras se ensanchaban hasta convertirse en un pasillo con vetas plateadas incrustadas en la piedra. El suelo zumbaba bajo mis botas, una vibración leve como la respiración de una bestia dormida bajo el suelo.

—¿Qué es este sitio? —susurré.

—La antigua fundación —explicó—. Lord Blackrose conservó esta parte intacta cuando reformó la fortaleza. La magia natural de la piedra la convierte en el lugar ideal para hechizos poderosos.

Por fin nos detuvimos frente a una puerta colosal hecha de madera oscura con bandas de hierro. Unas runas carmesí, similares a las que había visto grabadas en la piel de Kazimir, brillaban a lo largo de la superficie.

Vex hizo un gesto hacia la puerta.

—Me despido aquí. Solo usted y el Señor Oscuro pueden cruzar estos hechizos protectores. El resto somos considerados intrusos.

Levanté una ceja.

—¿Ni siquiera hace una excepción con su consejera de confianza?

Se encogió ligeramente de hombros.

—Si intentara cruzar ahora, los hechizos protectores me desintegrarían. O algo peor. —Señaló la puerta con la cabeza—. Coloque la palma de la mano en el centro. Las runas deberían reconocerla como lady Blackrose.

—¿Y si no lo hacen? —pregunté.

—Me veré en la desagradable tesitura de contarle a lord Blackrose que su recién estrenada esposa ha quedado reducida a cenizas.

—Su tono era más seco que los huesos del desierto.

Cuando abrí los ojos, suspiró—. Era una broma.

Lo más probable es que las protecciones la rechazarían y ya. Ahora, dese prisa.

—Su sentido del humor combina a la perfección con esta fortaleza.

—Presioné la palma de la mano con cuidado sobre la puerta.

Las runas se encendieron y bañaron mi piel de ese mismo brillo rojizo.

Una sensación de hormigueo me recorrió la mano y, con un movimiento casi cortés, la puerta se abrió hacia dentro con unos goznes que no hacían ruido alguno.

Vex dio un paso atrás.

—Buena suerte —dijo antes de darse media vuelta y desaparecer por el pasillo.

Entré a una sala espaciosa con un techo abovedado de unos diez metros de altura. Había braseros alineados a lo largo de las paredes que bañaban el lugar de una luz cálida que, sin embargo, no lograba disipar las densas sombras que se aferraban a cada rincón.

El suelo estaba marcado con un gran círculo de runas que palpitaban con un suave resplandor blanco azulado.

En el centro de dicho círculo se encontraba nada más y nada menos que Kazimir Blackrose.

Manejaba una espada con una serie de movimientos fluidos y precisos al tiempo que unas hebras de oscuridad se arremolinaban alrededor de la mano que tenía libre como serpientes a la espera de atacar.

Casi se me corta la respiración. Se movía con una gracia letal; una mezcla coreografiada de destreza física y magia amenazante.

Y claro, como el universo me odiaba, iba sin camisa.

El sudor brillaba en cada músculo marcado y en cada runa grabada en su pecho.

Durante un momento, me dediqué a observarlo.

El remolino de sombras a su alrededor creaba un espectáculo casi hipnótico de amenaza y poder.

De repente, se dio la vuelta y me lanzó un rayo de sombras puras directo a la cara.

Instintivamente levanté los brazos, pero la oscuridad se desintegró a pocos centímetros de mi piel, transformándose en tenues volutas de aire frío.

—Llega tarde —dijo mientras bajaba el brazo. La espada desapareció de la nada, como si nunca hubiera existido.

Me esforcé por controlar mi respiración.

—Vex me ha traído a la hora acordada.

—Esa hora empezó hace treinta minutos. —Recogió una túnica negra simple de un banco de madera. Traté de no mirar fijamente sus músculos marcados mientras los escondía tras la tela—. Esperaba más entusiasmo por su parte.

—Como mucho hace diez —repliqué, acercándome mientras la puerta de la sala se cerró detrás de mí—. Apuesto a que le dijo a Vex que me entretuviera a propósito. Le encanta reafirmar su autoridad.

Emitió un sonido neutro, sin llegar a ser una negación.

—¿La espada también formaba parte de su dramático «saludo»? —pregunté, haciendo un gesto con la cabeza hacia el lugar donde había desaparecido.

—Era mi entrenamiento matutino. El esfuerzo físico va muy bien con la magia. Uno complementa al otro, me mantiene alerta.

Me acerqué al filo del círculo.

—Así que lo suyo es la sinergia, ¿no? La unión de la mente y el cuerpo, supongo que para provocar la máxima destrucción.

Se encogió de hombros, con ese brillo depredador que nunca abandonaba su mirada.

—Sin duda alguna. —Extendió una mano, invitándome a acercarme—. Entre en el círculo, Arabella.

Mis nervios se encendieron con una mezcla de irritación y algo más intenso. Hasta ahora, se había limitado a llamarme «lady Blackrose» o «esposa». Oír mi nombre en esa melodiosa voz de barítono me trajo recuerdos de sus labios sobre los míos.

Traté de no temblar cuando pregunté:

—¿Qué tiene planeado para hoy exactamente? ¿Invocar a un ejército de condenados? ¿Convertir a sus enemigos en ranas?

—Eso suena de lo más divertido, pero primero pretendo descubrir de lo que es capaz en realidad. —La mirada de Kazimir transmitía un deseo descarnado y expectante que me inquietaba.

Tomé aire despacio y entré en el círculo. Las runas brillaban con un intenso color celeste y zumbaban con un chisporroteo contenido de energía. El aire sabía a electricidad, como el momento justo antes de que un rayo atravesara el cielo.

—¿Qué es este lugar con exactitud? —pregunté, tratando de mantener un tono neutro.

—Una cámara de contención —dijo, tan cerca de mí que podía sentir el calor que desprendía su cuerpo—. Si algo falla, el daño queda dentro de estos límites y el resto de la ciudadela queda protegida.

—¿Porque prefiere no volar toda su fortaleza por los aires?

—Correcto. —Me dedicó una leve sonrisa burlona—. Aunque Griffin hace todo lo posible por eludir cada medida de seguridad que pongo en marcha.

Eché un vistazo alrededor y me quedé observando el techo abovedado.

—¿Por qué no lo despide?

—Valoro la brillantez por encima de la precaución, y los resultados de Griffin, cuando llega a conseguir alguno, son impresionantes. —Me recorrió con la mirada de una forma que provocó más calor que las runas—. Hablando de brillantez, ¿qué educación mágica recibió en Solandris?

Me latió el corazón con fuerza, pero mantuve un tono casual.

—Mi padre no quiso que estudiara nada que no fuera magia de sanación. Aprendí algunas cosas en secreto de libros que robaba.

Se colocó lentamente detrás de mí. Luché contra el impulso de girarme con él.

—¿A qué se debía la negativa de su padre?

Mi pulso se aceleró.

—Él creía que la magia destructiva no era digna de una dama. Que estaba destinada a sanar, no a dañar. Quería una hija inofensiva y dócil.

Kazimir volvió a aparecer frente a mí con los ojos cargados de curiosidad.

—Sin embargo, se ganó la reputación de patosa y caótica. Estoy seguro de que no fue del todo por accidente.

—A veces ponía a prueba mis límites —admití, recordando las ilusiones que había proyectado para engañar a algunos guardias despistados o las joyas que había encantado para que resplandecieran—.

Pero la mayoría del tiempo lo pasaba encerrada en una torre.

Una chica tiene que mantenerse ocupada, ¿no le parece?

La sanación es útil, pero no es suficiente para saciar esa parte de mí que quiere… más.

Hizo una pausa, lo que me permitió ver un ligero cambio en su expresión: un destello de comprensión, o tal vez de indignación en mi nombre. Entonces se acercó tanto que nuestras respiraciones se entremezclaron.

—¿Y si pudiera controlar tanto la sanación como la destrucción?

Una descarga de deseo me sacudió.

—Supongo que descubriría quién soy en realidad.

Inclinó la cabeza.

—No puede evolucionar si teme enfrentarse tanto a la oscuridad como a la luz que alberga.

Sentí un tirón en el pecho al escuchar aquellas palabras. Nadie había acogido mi magia como él, aunque la utilizara como cebo para mantenerme a su merced. Era embriagador y demasiado emocionante.

—Bueno —dije con tono burlón—. ¿Empezamos lanzando rayos de sombras? ¿O quizá reanimando una horda de muertos vivientes para que se encarguen de las tareas más tediosas?

Dejó escapar una risita.

—Comenzaremos por lo básico, así veremos lo audaz que es usted con su poder.

Exhalé. ¿Quería que me liberara de las limitaciones que me había impuesto mi padre y que me lanzara a algo nuevo y peligroso? Pues vale. Podía tolerar cierto grado de dudosa moralidad.

Enderecé los hombros.

—Muy bien, lord Blackrose, veamos de qué estoy hecha.