La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 19 Evalúa la magia de tu esposa (con intenciones ocultas)
22%

19 Evalúa la magia de tu esposa (con intenciones ocultas)

Arabella

M e desperté con el aullido lastimero del viento que rodeaba la torre. Parpadeé varias veces para alejar la neblina del sueño antes de mirar por encima de mi barricada de almohadas, pero solo encontré sábanas arrugadas donde debería haber estado Kazimir.

Un ramo de rosas negras me esperaba en la mesita de noche; ¿significaba aquello que seguía siendo una esposa y prisionera valiosa después del fiasco de la Reliquia? ¿O era el preludio a un ritual de sacrificio? Al tocarlas, una de ellas me mordió la yema del dedo.

—Qué encantador —gruñí—. Incluso las flores que me regalas para disculparte tienen dientes.

Me lavé la cara con agua fría hasta que estuve lo bastante despierta como para bajar las escaleras.

Después, me envolví los hombros con una bata de seda y salí de la habitación de Kazimir.

Me permitió conservar mis aposentos personales para que los usara durante el día y no tenía intención de permanecer en su territorio un segundo más del necesario.

Se me congelaron los pies descalzos sobre los escalones de piedra, pero no me atreví a subir más ropa. Solo hubiera servido para envalentonarlo.

Cuando llegué a mis aposentos, Pip estaba sirviendo el desayuno en una mesita.

—¡Mi señora! No la esperaba tan temprano.

Levanté una ceja.

—Relájate, Pip, que no te voy a mandar a las mazmorras por verme en camisón… Al menos hoy no.

Su rostro se volvió pálido como el de un fantasma, lo que me sugirió que tendría que mejorar mi intento de humor negro.

—H-he traído pasteles de más. El personal de cocina comentó que ayer apenas comió nada.

—¿El personal de cocina se dedica a controlar mi apetito? —pregunté y cogí un pastelito relleno de fruta dulce.

—Les preocupa que pierda fuerzas —se apresuró a aclarar—. En especial hoy, que empieza su entrenamiento mágico.

Una chispa de anticipación me recorrió por dentro. Estaba a punto de desbloquear mi poder bajo la tutela del hechicero más catastróficamente talentoso del reino. El secuestro casi merecía la pena.

Las manos de Pip temblaban mientras servía el té.

—Thorne dice que es la primera vez que ve al Señor Oscuro tan enfocado desde el incidente de la Noche de la Sequía.

—¿El incidente de qué? —Me metí detrás del biombo, donde había dejado la ropa preparada.

—Hace unos años, redirigió el sistema fluvial de todo un reino de la noche a la mañana: secó lagos y dejó a miles de personas pasando hambre. Increíble, ¿no le parece? —Jugueteaba nervioso con una servilleta—. Claro que aquellas personas que le juraron lealtad recuperaron el agua, esa es la verdad.

Asomé la cabeza por el biombo.

—Cuán magnánimo. Entonces, ¿eso de ir redistribuyendo los accidentes geográficos es su pan de cada día?

—El Señor Oscuro casi nunca duerme —respondió—. Cook asegura que es medio demonio. Thorne amenazó con amordazarla si seguía difundiendo rumores. Claro que nadie sabe realmente lo que ocurrió durante el famoso Incidente Que No Debe Ser Nombrado.

Me coloqué la túnica en su sitio y salí de detrás del biombo.

—Anda, un suceso prohibido. Siempre viene bien un poco de misterio antes del desayuno.

Se encogió de hombros con evidente incomodidad.

—No son más que chismes del servicio, mi señora.

Le di un mordisco a otro pastelito y me senté en el borde de una silla, mirando fijamente a Pip.

—¿Cuánto tiempo llevas trabajando para él?

—Casi dos años. Antes de eso fui aprendiz de carpintero, hasta que mi maestro murió cuando llegaron las fuerzas de lord Blackrose.

Dejé el pastel en la mesa.

—Lo siento.

Él se apresuró a negar con la cabeza.

—No fue lord Blackrose. Un miembro de la guardia real acusó a mi maestro de esconder armas, pero él solo tenía herramientas.

Después de eso, el Señor Oscuro trajo aquí a los aprendices que habían quedado huérfanos y les dio un puesto de trabajo.

Decía que no había que desperdiciar una mano de obra tan cualificada.

Empecé a masticar más despacio.

—¿Eso hizo? —No me lo imaginaba como un redentor de huérfanos, pero al parecer hasta los más tiranos tenían sentimientos.

Pip esbozó una tenue sonrisa forzada.

—Es aterrador, pero también justo, a su propia manera retorcida. Si haces bien tu trabajo, comes. Si fallas…, pues entonces no.

Me acabé los huevos y después me bebí el té, pensativa.

—¿Y qué hay de los que no viven en la ciudadela? ¿Cómo les va bajo su mandato?

Desvió la mirada hacia la puerta, que seguía abierta.

—Mejor de lo que la mayoría cree. Al menos están protegidos de saqueadores y mercenarios. La guardia del rey no se preocupa mucho por las aldeas más lejanas.

—¿Protegidos o extorsionados? —planteé con suavidad.

Bajó la mirada.

—La aldea de mi primo fue saqueada el último invierno y los hombres del rey llegaron demasiado tarde… Solo para recaudar impuestos de lo poco que les quedó. Aquellos que están bajo el mandato de lord Blackrose pagan impuestos elevados, pero están a salvo, así que… tampoco les importa demasiado.

Sonaba sospechosamente práctico, sobre todo para tratarse del mayor villano del reino.

—Te muestras sorprendentemente abierto conmigo, Pip —señalé.

—Lord Blackrose nos pidió que respondiéramos a sus preguntas con honestidad. Dijo que sería peor si nos descubría mintiendo. —Tragó saliva—. También dijo que, si la molestábamos, nos mandaría a fregar la sangre de las paredes de las mazmorras

Debí parecer alarmada, porque se apresuró a decir:

—Pero usted me curó la mano, así que se lo hubiera contado de todas formas.

Un golpe en la puerta nos interrumpió, y Vex entró rápido, recorriendo mi atuendo y los restos del desayuno de un solo vistazo con aquellos ojos plateados.

—Genial, está vestida. —Dejó en el suelo un par de botas de cuero—. Las necesitará. El Señor Oscuro la quiere en la sala de entrenamiento en diez minutos.

Las recogí y les eché un vistazo con cautela antes de sentarme en un sillón para ponérmelas.

Vex se giró hacia Pip.

—Fuera. —Casi sale volando por la puerta—. No podemos llegar tarde. El Señor Oscuro odia la impuntualidad.

Me até los cordones poniendo los ojos en blanco.

—No quisiera alterar los planes del hombre que me secuestró . Que los dioses me libren de perturbar su sentido del orden.

Me levanté y puse a prueba mi equilibrio.

Las botas se amoldaban a mis pies como si las hubiera llevado puestas durante años.

Di unos pasos de prueba, encantada de ver cómo me proporcionaban sujeción sin limitar mis movimientos.

Maldito fuera por acertar incluso en algo así.

¿Había algo más irritante que un villano competente?

—En marcha —dijo Vex desde la puerta.

Me apresuré a seguirla. Después de todo, aprender magia de un Señor Oscuro posesivo podría ser la oportunidad más extraña de mi vida. Y si eso me devolvía aunque fuera una pizca de poder, estaba más que dispuesta a aprovecharlo.