La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 17 Pasa de la dominación al cortejo (guía básica para ligar)
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17 Pasa de la dominación al cortejo (guía básica para ligar)

Kazimir

L ancé un artefacto de valor incalculable contra la pared de mi sala de guerra y observé con sombría satisfacción cómo se convertía en polvo. Diez años de mi vida al garete por un arrebato de frustración.

—Diez. Putos. Años.

Marqué cada palabra estampando objetos que tenía a mano. Un pisapapeles de cristal, una brújula encantada, incluso una calavera que había estado reservando para una ocasión especial. Todos sacrificados en aras de mi ira.

Diez años atravesando ruinas y criptas en busca de pistas.

Diez años leyendo a fondo tomos más viejos que la tos (textos que se disolvían si respirabas cerca de ellos más fuerte de la cuenta).

Diez años de sonsacarle información a sacerdotes cobardes y eruditos estirados que preferían una muerte dramática antes que compartir sus carnés de biblioteca.

Y ahora la Reliquia del Dominio se negaba a doblegarse a mi voluntad.

Atravesé los escombros de la sala de guerra y me detuve frente al espejo ornamentado.

—Da la cara —gruñí y golpeé el marco grabado con la palma de la mano. Unas runas azules resplandecieron bajo mis dedos y la superficie de cristal formó unas ondas como si se tratara de un charco de agua.

—Mi señor está molesto —señaló el espejo con una voz tan insípida como el licor rancio—. ¿Cómo puede ayudar este humilde servidor?

—La activación de la Reliquia ha fallado. —Apreté los dientes y sentí que una nueva oleada de calor trepaba por mi columna—. Necesito saber por qué.

—¿Ha probado a pedirlo por favor? —preguntó el espejo, con un tono demasiado socarrón para mi gusto.

Retrocedí, frunciendo el ceño.

—Eres un artefacto mágico, no un bufón de poca monta.

—Uno se adapta a su amo —respondió con picardía.

La superficie se llenó de imágenes fugaces: páginas de un grimorio con las esquinas dobladas, diagramas de líneas ley, fragmentos de textos antiguos—.

La Reliquia del Dominio, forjada por el Primer Héroe para aprovechar el poder de las venas de la tierra.

Requiere a un portador de sangre heroica y un usuario de magia de domin…

—Eso ya lo sé —estallé, sin dejar de dar vueltas. Los fragmentos rotos crujían bajo mis zapatos. Había destruido la mitad de los objetos de la sala y seguía sin encontrar alivio—. Comprobé el linaje de lady Evenfall. Los componentes del ritual eran perfectos. Y aun así…, nada.

El reflejo del espejo se congeló y los bordes se oscurecieron hasta casi tragarse mi imagen.

—Tal vez no estaba todo correcto, mi señor.

Casi vibraba con la necesidad de lanzar otra antigüedad más al otro lado de la habitación.

—Explícate.

—Llevó a cabo el ritual de unión y recitó las palabras de poder. Se colocó la Reliquia sobre la frente —dijo, cargado de condescendencia—. Sin embargo, el matrimonio sigue estando… incompleto.

Me detuve a mitad de agarrar otro posible proyectil. Apreté la mano.

—Recitamos los votos. Bebimos del Cáliz del Dominio. Hasta me corté un trozo de mi propio hueso para los anillos. El oficiante nos declaró marido y mujer.

—Palabras y ceremonias —respondió el espejo con tono petulante—. Una magia tan primigenia exige algo más, en especial la utilizada por el Primer Héroe.

Presioné los puños contra el escritorio, haciendo caso omiso a los fragmentos de la brújula rota que se clavaban en mis nudillos.

—El matrimonio debe consumarse.

—Efectivamente —concordó, demasiado encantado.

Soltando un improperio, aparté los mapas y pergaminos del escritorio de un plumazo.

—Eso no es posible. Tenemos un acuerdo. —Mi mente volvió a Arabella y a su expresión férrea cuando insistió en que no hubiera intimidad forzada—. Le prometí que no cruzaría ese límite.

—Menudo inconveniente para sus planes de dominar el mundo —dijo con un suspiro fingido.

Me di la vuelta para mirarlo de frente.

—Enséñame pruebas. Textos antiguos. Notas al pie escritas con runas. Pintadas divinas grabadas en la pared de una cripta… Cualquier cosa.

La superficie del espejo se arremolinó, y se detuvo en una imagen de un pergamino maltrecho, salpicado de letras casi ilegibles.

—Esta cita es incierta —admitió—. La encontraron en las ruinas del santuario del Primer Héroe. Sin embargo, deja bastante claro que la unión debe culminar.

Me incliné para examinarlo.

—¿Una cita? ¿Todo este fiasco depende de un fragmento sacado de un texto antiguo?

—Y sin embargo —ronroneó—, la Reliquia no se ha inmutado, a pesar de que todo lo demás cuadra a la perfección. Quizás debería reconsiderar su promesa.

Siseé entre dientes. Puede que para todo el mundo la promesa que le hice a Arabella fuera trivial, pero sabía que en el momento en que rompiera mi palabra, cualquier posibilidad de contar con su cooperación se desvanecería para siempre.

—Maldita sea —murmuré, sin poder decir nada más.

—¿Desde cuándo dar su palabra ha eclipsado las ansias de poder del Señor Oscuro? —pinchó.

Me mantuve en silencio. Si no participaba de forma voluntaria, todo el plan podía venirse abajo más rápido de lo que podía grabar otra runa.

Al final, me obligué a alejarme de la pared y enderecé los hombros, como si aquello pudiera devolverme un poco de dignidad.

—Esto complica las cosas.

—En efecto —respondió el espejo con aire de suficiencia—. ¿Cómo va a proceder?

Desvié la mirada desde el espejo hasta los restos hechos añicos de mi rabieta.

—Con cuidado —dije, dándole la espalda a las antigüedades rotas—. Con mucho cuidado.

Entré en mi estudio privado más o menos una hora después de mi pequeño arrebato, fingiendo que dicha pérdida de control nunca había ocurrido. Vex, Sims, Griffin y Thorne ya estaban dentro.

Thorne cerró la puerta despacio a mi espalda.

—He doblado los guardias alrededor de la torre, mi señor —dijo—. Por si acaso estemos ante un sabotaje.

Me apoyé en el escritorio con un suspiro cansado.

—No se trata de eso —dije con rotundidad—. Sería demasiado fácil. Esto es algo peor.

—¿Debería traer a alguien de las mazmorras para llevar a cabo un sacrificio? —preguntó Sims, alisándose la túnica mientras proponía sacrificar a una persona como el que dice de ir a comprar el pan.

—Suena bien, pero no.

Griffin abrió la boca, probablemente para pedir más explicaciones, pero se quedó paralizado cuando le lancé una mirada severa. En su lugar, emitió un leve chillido, lo cual fue un tanto divertido.

Las runas de mi piel se erizaron con irritación.

—¿Dónde está lady Blackrose?

—Salió de la torre del este hace un rato —dijo Vex—, luego deambuló por los pasillos hasta que la volví a escoltar hasta sus aposentos. Sigue intentando familiarizarse con la ciudadela, aunque no lo admita.

Sims se aclaró la garganta.

—Mi señor, ¿ha determinado ya qué fue lo que falló en el ritual de anoche?

Dudé. Mi personal había presenciado cómo llevaba a cabo auténticas monstruosidades: invocar sombras para despedazar a hombres miembro a miembro, cubrir aldeas enteras de ilusiones imbatibles, distorsionar la realidad hasta que cantara mi nombre.

Sin embargo, contarles que le había prometido a mi esposa que no la obligaría a meterse en la cama conmigo me resultaba embarazoso.

Por fin, dejé a un lado mi orgullo y dije:

—La Reliquia no es una simple antigüedad. Requiere… un vínculo más completo. Según los volúmenes más arcaicos, el matrimonio debe formalizarse plenamente.

Vex entrecerró los ojos una fracción, entendiendo lo que quería decir. A Sims le costó un poco más darse cuenta, pero luego por poco se cae antes de murmurar:

—O sea que la unión requiere la consumación.

Le dediqué una sonrisa débil.

—Te has ganado un pin.

Thorne gruñó de forma práctica, como un guerrero.

—Entonces, ya sabe lo que tiene que hacer, mi señor. Llévela a la cama. Problema resuelto.

El rostro de Griffin se tensó de preocupación.

—Pero, discúlpeme, mi señor, ¿acaso lady Blackrose no ha intentado asesinarle? Puede que no se muestre… receptiva.

Le lancé una mirada fulminante, la que reservaba para la realeza justo antes de que me cedieran sus reinos. Griffin tragó saliva visiblemente.

—Es mi esposa —dije—. Y los detalles sobre cómo manejo esos asuntos no son de tu incumbencia.

Griffin, en un intento por cavar su propia tumba al parecer, cuadró los hombros.

—Sí, mi señor. Es solo que… tal vez debería considerar tener una cita con ella.

Se hizo el silencio en la sala. Mi magia de sombras se agitó en las esquinas.

—Tener una cita —repetí, como si el concepto mismo me ofendiera en lo más profundo—. Te refieres a… cortejar a mi propia esposa.

Griffin, como el tonto suicida que era, asintió.

—Sí, justamente. El matrimonio requiere afecto constante…

Vex intervino, ocultando una mueca de dolor.

—Ha estado leyendo unos pergaminos de romance en verdad horripilantes de las Islas Encantadas. Puede que no sean… del todo científicos.

Este se puso rojo como un tomate.

—Estaba investigando los vínculos en las relaciones para el tema de la amplificación mágica…

—Ya basta. —Levanté una mano. Las runas me ardían bajo la piel, un picor que no podía aliviar sin prender fuego a alguien.

Respiré hondo hasta que sentí que lo peor de mi ira remitía—.

Lo importante es que voy a solucionarlo —dije, acercándome a la ventana—.

La Reliquia se activará. Seguiremos adelante con nuestros planes.

Señalé con el dedo a Griffin, que casi se cayó de espaldas.

—Prepara la sala de entrenamiento para lady Blackrose. Trae todos los textos y equipo pertinentes. Empezaremos mañana.

Sus ojos se iluminaron.

—¿Qué tipo de entrenamiento mágico exactamente…?

—Completo —dije, recordando cómo había intentado usar la magia contra mí en aquel camino—. Quiero ver con mis propios ojos lo que es capaz de hacer.

Miré a Vex y moví la cabeza, indicando a los demás que se marcharan.

—Quédate —le ordené—. Tenemos más asuntos que discutir.

Sims, Griffin y Thorne salieron intercambiando miradas de reojo en las que se intuía el deseo de cotillear. Una vez nos quedamos a solas, Vex se sentó en el borde del escritorio, cruzando los tobillos en una pose aparentemente casual.

—No les has contado lo de tu acuerdo con lady Blackrose —apuntó como dato.

Le lancé una mirada severa.

—A ti tampoco.

Por un instante, me pareció que sus ojos adquirieron justo el mismo tono sombrío que el de una nube tormentosa (un inquietante truco que a veces utilizaba) antes de esbozar una sonrisa irónica.

—Me he limitado a observar lo tenso que has estado desde el secuestro. Dadas las circunstancias, supuse que le prometiste algo inusual.

—No es de tu incumbencia —repetí, aunque mi tono carecía de convicción.

Balanceó los pies sobre el escritorio, inquieta.

—Dile la verdad sobre el requerimiento de la Reliquia y ya está. Negocia nuevos términos con ella.

La daga engastada que había sobre mi escritorio me llamó la atención, así que la cogí y la hice rodar entre mis dedos.

—¿Y darle más ventaja? —Resoplé—. Preferiría hacer malabares con carbones al rojo vivo.

—Entonces, ¿cuál es el plan? —Vex se tensó—. ¿Forzarla?

Mi magia estalló, ofendida de verdad, y las sombras se extendieron por el suelo.

—No —espeté—. No soy ese tipo de monstruo.

Probé el peso de la daga, girándola por la empuñadura y atrapándola por la hoja. Me hice un pequeño corte en la palma de la mano y comenzó a sangrar. El leve pinchazo de dolor me mantuvo en el presente, recordándome que aún tenía el control.

—La seduciré. Y puede que lo deteste, pero he visto cómo me mira cuando la tengo acorralada. No es de hielo.

Vex inclinó la cabeza, pensativa.

—Eso es… un nuevo enfoque para ti.

La fulminé con la mirada.

—Ya he seducido a gente antes.

Se encogió de hombros.

—Sí. Para sacar secretos o distraerlos antes de rajarles las gargantas. Esto es distinto.

Sus palabras me escocieron más de lo que me preocupé en admitir. Por un segundo, no dije nada. Después, respondí:

—Para cuando descubra la verdad, la Reliquia se habrá activado y seguirá pensando que soy su mejor opción. Es demasiado pragmática como para sabotearse a ella misma tomando represalias.

Negó con la cabeza.

—¿De verdad crees que te perdonará ese nivel de manipulación? Si fuera ella, te abriría la garganta mientras duermes.

Forcé una sonrisa e hice caso omiso a la forma en la que se me encogió el estómago.

—Que lo intente. No creo que lo conseguirá, pero admiro las ganas que le pone.

Algo cruzó el rostro de Vex… Una emoción que se marchó antes de que pudiera identificarla.

—Muy bien. Pero quizá te vaya mejor con una táctica más convencional. Cortéjala como es debido. Muéstrale la persona que hay detrás de esos títulos pomposos y esas miradas severas.

Me enfurecí.

—¿Y qué sabes tú de cortejar?

Me sostuvo la mirada hasta que resultó incómodo.

—Lo suficiente —dijo en voz baja, luego se marchó hacia la puerta—. Solo recuerda, mi señor, que conquistar un reino no es nada en comparación con ganarse a la persona indicada.

Y entonces se fue, dejándome solo en mi estudio con el eco de sus palabras hirientes resonando en las paredes de piedra. Tiré la daga sobre el escritorio. Afuera, una tormenta se avecinaba en el horizonte, igual que la que se desataba en mi cabeza.

Yo, el Señor Oscuro, que había derrocado tres reinos antes de cumplir los veinticinco años, ahora tenía un nuevo desafío mucho más desalentador que la guerra.

Tenía que enamorar a mi propia esposa.