La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 16 Cuéntales cuentos de hadas a los villanos (por raro que parezca, se les da bien escuchar)
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16 Cuéntales cuentos de hadas a los villanos (por raro que parezca, se les da bien escuchar)

Arabella

E l eco de la rabia de Kazimir se mezclaba con la magia residual del ambiente.

No paraba de darle vueltas a lo que había dicho antes de marcharse: «Puede que aún la necesite».

Cada sílaba se clavaba hondo en mi piel.

En ese momento, era difícil no imaginarme como un experimento medio fallido sobre la mesa de su taller.

Griffin y Thorne me observaban como si estuviera a punto de hacerme pedazos. Traté de parecer aburrida, como si mi existencia en la ciudadela no estuviera en entredicho.

—Seguro que no quería decirlo así —dijo Griffin con tacto, encorvado sobre la mesa de trabajo—. El Señor Oscuro se pone… tenso cuando fallan los planes.

No pude evitar que se me escapara una risa cortante.

—Eso he visto. ¿A cuántos ha ejecutado a causa de decepciones como esta?

Cuando Griffin y Thorne intercambiaron miradas nerviosas, suspiré.

—Estar aquí me llena de confianza.

—Rara vez asesina a sus… recursos —comentó Griffin, haciendo una mueca ante sus propias palabras.

Haciendo caso omiso al desagradable nudo que tenía en el estómago, me acerqué a la mesa. Sobre un cojín, se encontraba el objeto que supuestamente había causado todo aquel lío. La Reliquia del Dominio. La magia latente seguía aferrada a ella.

—¿Puedo? —pregunté, señalándola.

Griffin dudó solo un segundo antes de asentir con la cabeza. Levanté la diadema, medio convencida de que me sacudiría con un rayo sobrenatural solo para demostrar su valía. Pero la sentí fría y ordinaria.

Le di la vuelta en mis manos. Un tenue motivo de rosas (con espinas tras espinas) se entrelazaba en el interior. Desgastado por el tiempo y apenas visible a menos que se sostuviera a contraluz.

—Es… decepcionante —dije al fin.

—Irónico, lo sé —contestó Griffin mientras se frotaba el puente de la nariz—. Pero debería funcionar. El ritual fue correcto, los encantamientos dieron resultado, los recién casados estaban presentes…

—Sin embargo, falló —concluí y volví a colocar la Reliquia en su cojín—. ¿Ha dicho que se ha pasado una década trabajando en este plan?

—Como poco —respondió, aliviado de que hubiera cambiado de tema—. La buscaba desde antes de que nadie empezara a llamarlo «Señor Oscuro». Según la leyenda no existía. Pero aquí está.

—¿Y dónde la encontró?

Los ojos de Griffin se iluminaron con el brillo propio de un narrador.

—Luchó contra una quimera de tres cabezas que la custodiaba. Pelearon durante tres días y tres noches…

—¿Es eso cierto? —le interrumpí—. ¿O solo la historia que él cuenta?

Griffin se vino abajo.

—Bueno, no estuve allí personalmente. Pero Thorne sí.

Acto seguido, miré a Thorne, quien inclinó su enorme cabeza a modo de confirmación.

—Entonces, una bestia real de tres cabezas —murmuré—. Y ahora tenemos una diadema inservible que se niega a cooperar.

—Se supone que es poderosa —dijo Griffin, mirando hacia la puerta con angustia—. Los textos eran claros en cuanto al linaje y la magia de dominio.

Volví a mirar aquellas rosas diminutas grabadas en el metal. Me vinieron recuerdos de pétalos, enredaderas y una historia junto al fuego en la que no había pensado en años.

—¿Nunca se la ha ocurrido que quizá haya más en mi linaje que una sola gota de ascendencia heroica? —pregunté, cruzando los brazos.

Griffin se tensó.

—¿A qué se refiere?

Deslicé un dedo sobre las espinas grabadas.

—Las rosas siempre fueron esenciales para el poder del Primer Héroe. Y no eran solo decorativas. ¿Alguna vez habéis escuchado la historia «El jardín del héroe»?

Él negó con la cabeza y Thorne inclinó ligeramente la suya, con curiosidad.

Aunque era pequeña cuando me la contaron, la historia seguía tan vívida como el día en que mi madre me la susurró al oído. Sentí una leve punzada en el pecho. Mi padre siempre se había burlado de esas historias, pero para mí eran un vínculo que me unía a ella y del que me negaba a desprenderme.

—¿Nos la cuenta, mi señora? —preguntó Griffin.

—De acuerdo —dije, sentándome en la mesa como una bardo a punto de ganarse la cena—.

Érase una vez, cuando la oscuridad envolvía el reino, un joven llamado Soriven que cuidaba un jardín a las afueras de un pueblo.

Todos temían a las bestias que merodeaban entre las sombras, pero Soriven seguía cultivando sus flores. Los aldeanos lo tachaban de tonto.

Griffin me observaba con los ojos muy abiertos. Thorne también se acercó, como si no quisiera perderse ni una palabra.

—Un día, llegó el ejército del Rey de las Sombras.

Los aldeanos carecían de guerreros, así que Soriven les ofreció siete rosas mágicas y mandó a todo el mundo a que plantaran una junto a sus puertas antes del amanecer.

Se burlaron de él, pero la desesperación superó a las dudas.

Cuando la noche cayó y los soldados del Rey de las Sombras irrumpieron, cada rosa se convirtió en enormes enredaderas espinosas que quemaban a cualquier enemigo que se acercara.

Una a una, las casas se fueron iluminando con luz dorada. El ejército no pudo atravesarlas.

Recogí varios objetos de metal de la mesa de Griffin y los coloqué formando un círculo perfecto.

—Furioso, el Rey de las Sombras exigió a Soriven que respondiera ante él.

Soriven le ofreció una última rosa como símbolo de paz.

El rey quiso aplastarla, pero en el momento en el que tocó sus pétalos, algo en él cambió.

Su rabia disminuyó… Algunos decían que la rosa le dejó ver la verdad entre la oscuridad.

Desde ese día, el Rey de las Sombras no volvió a ser el mismo y ayudó a sanar la tierra.

Me bajé de la mesa, reprimiendo una sonrisa nostálgica.

—Así es como Soriven lo derrotó, no con espadas, sino con una transformación.

Griffin soltó la herramienta a la que se había estado aferrando.

—Nunca había oído esa versión. En nuestros textos se cuenta que el Primer Héroe derrotó al Rey de las Sombras con poder bruto.

—Es más sencillo vender la historia de una gloriosa batalla que una sobre compasión —comenté con sequedad—.

¿Cree que lord Blackrose ha investigado esa perspectiva?

—Volví a tocar ligeramente la diadema. Esta vez, una chispa de energía brotó bajo mis dedos.

Aparté la mano de inmediato—. ¿Ha visto eso?

Griffin se inclinó hacia adelante murmurando un hechizo. Al rato, negó con la cabeza.

—No veo ningún cambio. Pero… puede que la naturaleza del poder del héroe sea diferente a lo que suponíamos.

—O puede que el enfoque del Señor Oscuro sea del todo erróneo. El héroe original utilizaba empatía y rosas, no se dedicaba a conquistar a puñetazo limpio.

Aunque la idea salió de mi boca, sonó como una traición en aquel bastión de villanía. Sin embargo, también me sentí extrañamente complacida al decirlo en voz alta.

O tal vez, pensé para mis adentros, la Reliquia requería algo más complejo que solo mi linaje.

Según la historia, los Campos de Rosas Doradas de Solandris se plantaron a partir de esas primeras siete.

Y fueron ellas, y no una convergencia de líneas ley, las responsables de la prosperidad de Solandris.

Griffin suspiró con inquietud mientras garabateaba en un cuaderno.

—Lo descubrirá pronto. Puede que sea… intenso, pero es brillante.

Noté un respeto genuino en su voz. Y en ese momento, me di cuenta de que la curiosidad que me suscitaban aquellas personas iba mucho más allá de la mera supervivencia.

—¿Por qué le sirve? —pregunté en voz baja—. ¿Por qué vivir en un sitio así?

Él soltó una risita.

—Me permite construir cosas que otros encuentran «demasiado peligrosas». En los reinos, yo era un marginado. Aquí, mis excentricidades ayudan a construir una fortaleza. He logrado maravillas que ningún noble permitiría jamás.

Pensé en los puentes de relámpagos itinerantes y en las rosas que picaban. Maravillas extrañas, pero maravillas, al fin y al cabo.

—Entiendo lo que se siente al ser rechazado —admití, sorprendiéndome incluso a mí misma.

—¿Su madre…? ¿Ha mencionado que fue ella quien le contó esta historia?

Mi estado de ánimo se agrió al recordar aquello.

—Falleció cuando tenía ocho años.

—Lo siento —dijo con suavidad.

Su simpatía me dolió menos de lo que esperaba. Pasé el dedo por el borde liso de la diadema, y sentí un cosquilleo bajo la piel, como una chispa fantasmal.

Después de su muerte, mi padre decidió que mi único valor radicaba en lo que mi linaje podía hacer para salvar nuestra casa de la ruina, y nunca permitió que se contaran aquellas historias en su presencia. Quizás nunca imaginó que algún día podrían llegar a ser importantes.

La diadema se calentó contra mi piel antes de volver a enfriarse. O tal vez solo fuera una historia, y había sido agradable contársela a gente que parecía apreciarla. Nada más.