15 Activa un artefacto antiguo (los resultados pueden variar)
Kazimir
A rabella entró en la sala como si fuera dueña del lugar, con su vestido azul oscuro ceñido a unas curvas que me incitaban a lanzarle cumplidos como un loco.
Aún no había decidido si mi sastre merecía una medalla o la decapitación por crear algo tan perfecto que distraía.
Recorrió con la mirada las constelaciones giratorias del techo y luego bajó la vista hacia las runas concéntricas de color carmesí talladas en el suelo de piedra.
Había invertido tres noches de sangre, sudor y magia en esos grabados, y sentí una extraña satisfacción al verla detenerse con admiración.
Aún tenía la mano sobre la mía cuando unos golpes secos en la puerta interrumpieron mi concentración. Carraspeé y me obligué a soltarla.
—Adelante —grité.
Vex fue la primera en entrar con la capucha bajada.
Griffin la siguió, replegó sus extremidades larguiruchas mientras entrecerraba los ojos ante el repentino resplandor.
Sims entró tras ellos, vistiendo su típica expresión de «puede que hoy muramos todos», y Thorne fue el último en llegar andando con pesadez, prácticamente obligando al marco de la puerta a ensancharse en defensa propia.
—Ah, el paseo de la vergüenza —dije, apoyado en el alféizar—. ¿Qué tal estuvo el resto de la velada?
—Solo murieron tres personas, mi señor —informó Sims con su habitual y aplacada eficiencia, como si se tratara de buenas noticias.
—¿Quién?
—El primo segundo de lord Vicon se atragantó con un hueso de pollo, uno de los empleados de cocina se cayó en los fogones centrales y el guardia personal de la vizcondesa Morana ha sido hallado con una daga en la garganta.
Maldije para mis adentros.
—Entonces, ni Morana ni el representante del Sindicato. Era de esperar.
Griffin, quien tenía aspecto de purgar los errores de la noche anterior en cualquier momento, gimió y se masajeó las sienes.
—Ni siquiera sé cómo acabé desnudo en una de las islas exteriores. Lo último que recuerdo es batirme en duelo con alguien por… —Me miró entrecerrando los ojos—. ¿Fue por pudín?
—Encantaste las cucharas de postre para que persiguieran a la gente por la sala —le informó Vex con sequedad y se quitó la capucha. Debajo, su cabello, ahora plateado, era un desastre enmarañado—. Mientras te escondías debajo de la mesa riéndote y declarándote un genio.
El ceño fruncido de Griffin dibujó una profunda línea entre sus cejas.
Vex siguió hablando.
—Luego pensaste que el puente de relámpagos necesitaba «mejoras». Poco después, te desvaneciste.
—Ah —murmuró Griffin, un tanto aterrado—. Ahora entiendo las quemaduras.
La estruendosa carcajada de Thorne llenó la sala y sacudió las ventanas.
—Eso no explica por qué los dos diplomáticos de los Yermos Cenicientos te siguieron al otro lado de ese puente de relámpagos.
La palidez de Griffin se volvió casi traslúcida.
—Estoy… bastante preocupado por las promesas que haya podido hacerles. —Se cubrió el rostro con las manos—. Esos cuernos no son solo para lucirlos.
Suspirando, tomé nota mental de vigilarlo más de cerca. La última vez que jugó con los puentes, perdimos toda una plataforma de recaudadores de impuestos. No es que los haya echado en falta, pero el papeleo había sido un suplicio.
Mientras tanto, Sims se alisó la chaqueta. Una vez más, era el único que no se había dejado afectar por el desenfreno de la noche.
—La corte quedó bastante impresionada con nuestra nueva Dama Oscura —dijo, inclinando la cabeza hacia Arabella.
—¿Cómo iba a ser de otra manera? —respondí, alejándome del alféizar para echarle un vistazo a la Reliquia—.
Estaba deslumbrante. —Aquello era quedarse corto; en cierta medida fue la razón por la que los invitados no habían destrozado el lugar, y el motivo principal por el que yo había pasado la mayor parte de la noche luchando por mantener mi habitual compostura imperturbable.
Sentí la mirada de Arabella hundirse en mi espalda, pero me negué a mirar en su dirección. Después de los… errores tácticos de la noche anterior, necesitaba distancia, aunque me resultara igual de incómodo que tener astillas clavadas bajo las uñas.
—Jamás lo pusimos en duda —dijo Thorne con voz grave, cruzando sus enormes brazos.
—Y los invitados quedaron encantados del espíritu de lady Blackrose —secundó Vex, lanzando una mirada pícara a Arabella.
Todos nos giramos al unísono hacia mi esposa, que se encontraba mirándonos abiertamente, sin una pizca de vacilación en el rostro.
Incluso en una sala repleta de villanos profesionales hablando de ella como si se tratara de un recurso preciado, no pestañeó.
Ya podría haber aprendido mi personal de su postura de acero.
Bueno, excepto Thorne, que tenía literalmente la columna vertebral hecha de acero por la maldición que le lanzó un herrero. Pero eso era otro tema.
Dejé la Reliquia y me uní al resto.
—Ahora que estamos todos, deberíamos comenzar.
De repente, el ambiente en la sala cambió. Vex, Griffin, Sims y Thorne se colocaron en sus posiciones asignadas. Era casi reconfortante verlos concentrarse en su trabajo con profesionalidad, como una familia gravemente disfuncional cuyo único punto en común es la maldad más absoluta.
—Mi señor, todo está preparado tal y como lo solicitó —anunció Sims con una reverencia marcada.
Conduje a Arabella hacia el estrado. La Reliquia brillaba apenas, respondiendo a nuestra magia combinada. Su linaje, mis huesos tallados con runas… Juntos teníamos suficiente poder bruto como para hacer volar por los aires Skyspire tan solo una discusión más acalorada de la cuenta.
Aquel pensamiento me entusiasmó más de lo debido.
—El ritual es claro —expliqué, intentando mantener un tono firme—. Nos colocamos en el círculo más interno. Yo recito la frase de activación, usted me coloca la Reliquia en la cabeza, y la unión matrimonial debería satisfacer el requisito del linaje.
—Debería —repitió ella, arqueando una de sus cejas perfectas.
—Lo hará —me corregí, sosteniéndole la mirada—. Las pruebas de sangre lo confirmaron.
Ella me lanzó una mirada cortante al mencionar aquellas pruebas (al parecer seguía con aquella espinita clavada), pero no dijo nada. En lugar de eso, se centró en la Reliquia con una generosa dosis de duda grabada en el rostro.
—No parece gran cosa.
—La mayoría de los artefactos poderosos rara vez lo parecen. —Extendí la mano. Ella se lo pensó apenas durante un segundo antes de deslizar sus dedos entre los míos. Entramos juntos en el círculo de runas del centro.
En el momento en el que nuestros pies cruzaron la línea, una luz escarlata se expandió hacia afuera e inundó las piedras en los círculos concéntricos. El aire se volvió más denso y presionó cada centímetro de mi piel. Arabella respiró profundamente a mi lado y me apretó la mano con fuerza.
Armándome de valor, la coloqué en el lado opuesto del pedestal. La Reliquia, una sencilla diadema de oro, parecía beber el resplandor carmesí. Eso era todo. Años de planificación, búsqueda y asesinatos… Todo culminaba en ese momento.
Recité el conjuro, las palabras ásperas me rasgaban la garganta.
El poder oscuro crepitaba a través de cada runa que llevaba grabada en los huesos, y casi gemí ante aquel conocido y ardiente dolor.
Por dentro, maldije a mi madre por milésima vez.
Por fuera, mantuve mi habitual sonrisa burlona de «tengo todo bajo control».
Cuando terminé, le hice un gesto a Arabella con la cabeza.
Ella agarró la diadema con cuidado. Abrió los ojos al ver que sobre la superficie danzaban pequeñas ondas doradas, respondiendo a su presencia.
Entonces esos mismos ojos se desviaron hacia mí, evaluándome, mostrando una chispa de…
¿duda? ¿Determinación? Algo que hizo que se me acelerara el corazón.
Inhaló largo y profundo, luego se puso de puntillas para colocar la diadema sobre mi frente.
Durante un segundo interminable, no sentí nada más que el frío del metal sobre mi piel.
Entonces las líneas que recorrían la diadema se encendieron.
La magia fluyó a través de mí, pura y embriagadora.
Sentía las líneas ley de todo el mundo parpadeando en los límites de mi conciencia, billones de hilos de energía esperando a ser moldeados.
Eso es , pensé con codicia. Así es cómo se sentirá gobernar reinos enteros.
Busqué ese poder, extendiendo mi voluntad a lo largo de la línea ley más cercana.
Y entonces… nada.
La magia se esfumó como si me la hubiera imaginado. El aire perdió la carga energética y la diadema se oscureció, dejándome con un trozo de metal sin importancia. Sentí cómo se me encogía el corazón.
—¿Q-qué está ocurriendo? —preguntó Arabella entre susurros.
Se me tensaron los músculos cuando me quité la diadema de la cabeza y la examiné con furiosa intensidad. Las líneas de la superficie se habían vuelto completamente oscuras. La estrellé contra el pedestal, con las manos temblorosas.
—No ha funcionado —dije con rabia, apretando los dientes y dejando que mis sombras se retorcieran a mis pies.
Griffin se acercó, tragando saliva con nerviosismo.
—Tal vez no ha pronunciado correctamente…
—Lo he hecho todo bien —pronuncié cada palabra con énfasis—. Llevo años estudiando este ritual.
—En ese caso, tal vez el problema no sea el ritual —sugirió Vex y su mirada cortante aterrizó sobre Arabella—. ¿Puede que sea por el linaje?
Todo el cuerpo de Arabella se erizó.
—No es por su linaje —espeté y mi magia de dominio hizo crujir el suelo—. Por sus venas corre la sangre del Primer Héroe, enérgica y certera.
—Entonces, ¿qué ha pasado? —exigió saber Vex, cruzándose de brazos.
—No lo sé —contesté, y odié tener que admitirlo. El aire parecía demasiado enrarecido. Replegué mis sombras, y me di cuenta de que una de ellas por poco estranguló a Griffin en el sitio. Suspiré y la aparté con un gesto—. Pero tengo la intención de averiguarlo.
Respiré hondo para calmarme.
—Griffin, analiza el artefacto. Comprueba si ha sido objeto de alguna alteración.
Sims, revisa cada paso que indica el texto del ritual en busca de cualquier advertencia que se nos haya pasado.
Vex, averigua si hemos sido objeto de interferencias no deseadas.
Thorne, asegura la torre. Que nadie entre ni salga sin mi permiso.
Todos se apresuraron a cumplir con sus tareas, aunque Thorne se detuvo junto a la puerta.
—¿Y la dama? —preguntó con cuidado.
Me giré hacia Arabella. A pesar de todo, había cumplido con su parte. Ni siquiera pude encontrar una justificación para culparla de aquello.
—Lady Blackrose se queda conmigo —dije, permitiendo que mis palabras retumbaran por las paredes.
Ella levantó las cejas, pero no dijo nada mientras el resto se marchaba.
Una vez se cerraron las puertas, rodeé el pedestal, ahora vacío.
Griffin estaba examinando el artefacto. Las runas brillaban débilmente con cada paso, burlándose de mi frustración.
Teníamos la auténtica Reliquia. Teníamos el conjuro correcto.
Teníamos el linaje necesario. ¿Por qué demonios había fallado?
—¿Está seguro de que no ha sido por mi culpa? —preguntó en voz baja pero firme.
Me quedé quieto, mirándola.
—Sí.
—¿Cómo puede estar tan seguro?
Los recuerdos de los resultados de la prueba me vinieron a la mente, y me recordaron lo peligrosamente fuerte que era nuestra sincronía mágica. No estaba seguro de si sería prudente decírselo o si solo le daría más ventaja sobre mí.
—Digamos que la resonancia era… inusualmente alta —reconocí—. Más fuerte de lo que esperaba. Usted no es el problema.
Entrecerró los ojos.
—Me sigue ocultando algo.
Volví a echar un vistazo al artefacto.
—Sí, pero ahora mismo no tengo tiempo para eso. —Necesitaba aclararme las ideas antes de arrojarle más información. Para empezar, la había obligado a casarse, y era posible que en ese momento necesitase más de ella de lo que en un principio había planeado.
Antes de que pudiera seguir insistiendo, Griffin se aclaró la garganta cerca del banco de trabajo.
—Lord Blackrose, he llevado a cabo una inspección rápida. El artefacto no está dañado. Todos los encantamientos principales están intactos. Simplemente está… —Hizo una mueca—. Inactivo.
—¿Qué quieres decir? —exigí, acercándome a él por detrás.
—Está esperando algo —respondió, indeciso—. No… sabría decir qué. Pero no está roto.
—¿Eso es todo lo que has averiguado? —Estampé el puño contra el banco. Tanto Griffin como la Reliquia dieron un respingo.
—Lord Blackrose —dijo Arabella con suavidad.
Me giré rápido, dispuesto a arremeter contra ella, pero su expresión no era de burla.
Tampoco vi compasión, solo una lejana comprensión, como si reconociera lo que se siente cuando todo tu futuro pende de un hilo y está fuera de tu alcance.
La frustración me hervía en las venas, pero me obligué a no descargar mi ira contra ella.
Cerré los ojos por un momento mientras exhalaba.
—Joder —murmuré, lo cual no era la frase elocuente que había planeado, pero era un buen resumen.
Griffin se sintió aliviado cuando abrí los puños. Lo miré con frialdad.
—Quédate aquí y estudia este pedazo de metal inservible. Thorne protegerá a lady Blackrose. Nada de accidentes ni de explosiones. Puede que aún la necesite si es que logramos resolver esto.
Mi voz sonó más seca de lo que pretendía, pero ya no me quedaban fuerzas para suavizarla. Arabella se enfureció, miró a Griffin y luego volvió a mirarme con rabia.
Di media vuelta y salí con paso firme de la sala.
En mi mente se agolpaban maldiciones a medias dirigidas a todos los antiguos eruditos que habían escrito sobre el ritual.
Ya estaba ideando una estrategia para resucitar a cada uno de ellos, solo para volver a matarlos por haber escrito unas instrucciones incompletas.
Fuera lo que fuera lo que faltaba, tenía que encontrarlo y rápido.
Después de todo, ya me había casado con ella. Me negaba a aceptar que todo hubiera sido en vano.