La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 14 Revela tus verdaderos planes (después de que sea demasiado tarde)
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14 Revela tus verdaderos planes (después de que sea demasiado tarde)

Arabella

A la mañana siguiente, deambulé por la biblioteca de la fortaleza mientras esperaba a Kazimir.

El lugar parecía sacado directamente de la gótica imaginación del Señor Oscuro: majestuoso e inquietante a partes iguales.

Las sombras se proyectaban bajo los imponentes arcos, envolviendo las estanterías en la penumbra.

Estas estaban talladas en una madera tan oscura que me pregunté si habría crecido en suelo maldito.

El olor era incluso más extraño: a pergamino antiguo, tinta derramada y algo ahumado que me recordaba a la magia bruta.

Había secciones enteras dedicadas a temas que le harían tener pesadillas hasta al más cuerdo: Etiqueta adecuada para invocaciones necrománticas , Mil y una maneras de cosechar almas: guía para principiantes , y básicamente todo lo que nunca se me ocurriría tener junto a un cómodo sillón de lectura.

Manuscritos poco comunes y pergaminos dorados llenaban las estanterías, lo que reflejaba los intereses variados (e incluso espeluznantes) de Kazimir.

Un mago alto, de edad avanzada y vestido con largas túnicas, pasó arrastrando los pies al final del pasillo por tercera vez mirando en mi dirección, como si estuviera esperando que empezara a arrancar páginas de sus preciados tomos.

Para ser justos, es algo que sería perfectamente capaz de hacer si me desesperara lo suficiente.

Pero hasta el momento, solo había dado golpecitos con el dedo a los lomos, leído los títulos e intentado hacerme al sitio.

Me detuve ante un libro llamado El placer del hechizo . Parecía considerablemente más agradable que el resto…, hasta que lo abrí y me topé con una guía ilustrada para rituales de destripamientos. Lo cerré de un tirón al mismo tiempo que me recorría un escalofrío.

—¿Encontró algo que le interese? —La voz de Kazimir casi me provocó una vibración en la columna, lo que me hizo volver a colocar el volumen en su sitio.

Me di la vuelta y lo encontré apoyado en una escalera con excesiva arrogancia.

Sus ojos tormentosos brillaban con un desafío divertido, trayendo a mi mente una imagen incómoda de él estirado sobre las sábanas de seda la noche anterior: sonriente, desnudo sin una pizca de vergüenza e irritantemente consciente de mi reacción.

—Solo estoy disfrutando de una lectura ligera y escandalosa. —Hice un gesto hacia la estantería y adopté el tono más indiferente que pude—. Menuda colección tiene. ¿De dónde ha sacado todo esto?

—Heredé muchos de ellos cuando me hice con el control de la ciudadela. —Continuó observándome con aquella mirada hipnotizante—. Algunos los robé. Otros los encontré. Varios son donados.

Me tragué una réplica sobre el Señor Oscuro recibiendo «donaciones» y devolví la mirada a los lomos.

—El de Maldiciones creativas para principiantes me ha llamado la atención.

Él asintió con seriedad fingida.

—Uno de los favoritos de Griffin. Aunque para ser justos, la brillantez del autor quedó eclipsada por una tetera que cobró conciencia y se vengó de él de forma mezquina.

Levanté una ceja.

—Y por eso no es conveniente meterse con los utensilios de cocina.

—Justamente. —Se acercó y su aroma mágico (a acero y madera quemada) me pilló desprevenida—. ¿Ha dormido bien, lady Blackrose?

El trato formal resultaba extraño entre personas que se habían visto desnudas, pero yo lo agradecía. Mantenernos a cierta distancia iba a ser la clave para conservar la cordura en aquella situación.

Me encogí de hombros con indiferencia.

—Como un tronco —mentí. La verdad es que el corazón me retumbó en el pecho durante toda la noche, anticipando un ataque o un accidente en el que la pared de almohadas se derrumbara y, de alguna manera, terminara en sus brazos—. ¿Y usted?

—Pues igual —respondió, demasiado satisfecho consigo mismo.

Me aclaré la garganta.

—Me dijo que hoy me revelaría más de sus planes, ¿verdad?

—Así es —afirmó y sus ojos se desviaron hacia mi boca—. Cuando hago una promesa, siempre la cumplo.

—Creo que su concepto de «siempre» y de «cumplir» difiere del mío. —Aun así, me preparé para que me diera alguna respuesta críptica. En cambio, me ofreció su brazo en un gesto de galantería, inclinándose lo suficiente como para que sintiera su calor.

—Camine conmigo —dijo, y consiguió sonar encantador y depredador al mismo tiempo—. Quiero mostrarle algo que podría remodelar todo el reino.

Me sacó de la biblioteca y yo intenté no pensar en la sensación de su brazo bajo mi mano ni en la chispa que me recorría el cuello cada vez que inhalaba ese aroma ahumado. Los sirvientes y guardias nos abrieron paso.

—Ahora el servicio parece menos dispuesto a tirarse por la ventana cuando está cerca —apunté, dando golpecitos con los dedos en su brazo.

Kazimir bajó la vista hasta mi mano.

—Al parecer, corre el rumor de que ha negociado mejores términos para ellos. Algo sobre descansos reales para comer y no ser devorado por las bestias del abismo por infracciones sin importancia.

—Menuda tragedia para su reputación. —Intenté esconder mi sonrisa sin éxito.

—Desde luego. —Hizo un gesto para que pasase por la puerta frente a él y se aseguró de cerrarla después—. Lo siguiente será pedir fiestas de cumpleaños y horarios de trabajo razonables.

—Y, para que quede claro, es una broma, porque ahora mismo no tienen nada de eso.

Kazimir me lanzó una mirada sombría, pero yo solo le respondí con una dulce sonrisa.

—Bueno, ¿a dónde vamos?

—Insistió en que fuera honesto, así que la llevo a ver la Reliquia del Dominio. Considere esto una forma de mimar su imprudente curiosidad.

—¿Y qué es exactamente la Reliquia del Dominio? Además de algo para lo que al parecer necesita secuestrarme y casarse conmigo.

Doblamos una esquina donde dos guardias permanecían de pie y cuyas posturas se tensaban a medida que nos acercábamos.

Parecía que iban a desmayarse si Kazimir soltaba un simple estornudo en su dirección.

Él los saludó con un gesto indiferente y luego presionó su mano contra las pesadas puertas de hierro que tenían detrás.

Unas runas carmesí brillaron bajo su palma y las puertas se abrieron con una inquietante falta de ruido.

—La Reliquia es la clave para aprovechar las líneas ley del reino —dijo mientras subíamos las escaleras de caracol—. Su linaje es crucial porque el artefacto requiere un descendiente directo del Primer Héroe.

Casi me quedo de piedra en los escalones. Las runas que brillaban en las paredes latían a cada paso que dábamos, recordándome el poder que vibraba en la ciudadela.

—Líneas ley… Habla de controlar la esencia misma de la magia.

—Y de canalizarla a mi antojo —confirmó Kazimir, con un tono preocupantemente entusiasta—. ¿Se da cuenta del potencial que tiene?

—El potencial para una catástrofe —dije sin rodeos—. Si desvía las corrientes de magia, ¿no destruiría reinos enteros?

—Solo aquellos que se interpongan en mi camino. —Se encogió de hombros, como si estuviéramos hablando de daños materiales leves—. A Solandris no le vendrá mal un tirón de orejas. La convergencia de las líneas ley bajo su superficie les ha permitido acumular poder durante siglos.

Una parte de mí estaba horrorizada. La otra recordaba cómo Solandris había hecho la vista gorda ante lo que mi padre me había hecho y cuánto rencor le había guardado a ese reino por su indiferencia.

—No… me disgusta del todo ver sufrir a ciertas personas —admití—. Pero también hay gente inocente.

La expresión de Kazimir cambió; un simple atisbo de algo que podría haber sido respeto.

—Puede que tengamos que darle una vuelta al enfoque.

Ahora, siga avanzando. —Me guio hasta el último tramo de escaleras, donde se encontraban otras dos puertas.

Estas brillaban con un tono carmesí aún más intenso.

Colocó la palma de la mano en el centro y las puertas se abrieron para dar paso a una sala circular dominada por un techo abovedado decorado con constelaciones giratorias.

En el centro, se encontraba un pedestal de mármol negro que servía de soporte para una diadema dorada. En el suelo, un anillo compuesto por símbolos arcanos emitía un leve pulso. Mi instinto me gritaba que tuviera cuidado. Aquel lugar rezumaba poder, y se me puso la piel de gallina.

Kazimir bajó la voz para decir:

—La Reliquia del Dominio. Creada por su ancestro: el Primer Héroe. Está conectada con su linaje, pero requiere magia de dominio para guiarla.

—En otras palabras —susurré—: mi sangre mezclada con su villanía.

Esbozó una sonrisa torcida.

—Más o menos. ¿Le importa colocarse en el círculo?

Dudé de pie en el umbral, pensando en todas las líneas que ya habíamos cruzado. Podría obligarme, pero me tendía la mano como quien me invitaba a bailar. Miré la diadema, un diseño aparentemente sencillo con un potencial crudo y palpitante que sentía en los huesos.

—¿Qué pasa si lo hago? —pregunté.

—Entonces comprobaremos si todos mis años de planificación y su heroico linaje son suficientes para dar forma a los reinos. —Su tono vibraba con afán, era un niño con un juguete recién estrenado. Salvo que el juguete podría acabar con la civilización si nos equivocábamos.

Me dije a mí misma que debía negarme. Me dije que después de todo lo que había hecho, no debía ayudarlo.

Pero en mi mente apareció la cara de mi padre, el recuerdo de aquella torre, la hipocresía de la que había sido testigo en Solandris.

Tal vez si podía influir en la forma en la que Kazimir usara aquel artefacto, podría salvar a mucha gente.

O tal vez yo era tan ávida de poder como él, aunque menos honesta al respecto.

Tras respirar hondo, lo agarré de la mano. Sentí una leve sacudida al tocarlo, algo eléctrico y peligroso, y entré con él en la sala.