13 Desvístete para triunfar (y otros errores tácticos)
Kazimir
L ancé mi chaleco al otro lado del cuarto con una fuerza innecesaria, observando cómo quedaba tirado en un patético montón junto al escritorio.
Un día. Había pasado tan solo un maldito día desde que secuestré a Arabella de su carruaje, y ya estaba causando estragos en mi más que entrenado autocontrol.
La forma en que me miró cuando bailamos (regia, desafiante, asombrosa) me dio ganas de reclamarla ante mi corte.
Y si Morana no hubiera elegido ese momento para montar una escena, habría hecho algo increíblemente estúpido.
¿Y ese último beso en el hueco de la escalera? Un error desastroso.
—Una amplificación cuarenta veces mayor —murmuré mientras me servía otro brandy con las manos en absoluto temblorosas—. No fue más que eso. Resonancia mágica.
Cogí el vaso de la mesa y me lo bebí de dos largos tragos. Era humillante. Yo no me alteraba por nadie, y mucho menos por una mujer que desde el primer día había estado apuñalándome con la mirada o tramando hacerlo de verdad.
Aun así, no podía deshacerme del recuerdo de su boca contra la mía.
La había saboreado y, durante ese rato, estuve perdido en el calor de su cuerpo, en los sonidos entrecortados que hacía cuando la exploraba con mi lengua.
Cuando se había arqueado contra mí, yo había olvidado cada una de mis supuestas prioridades.
El Terror de los Reinos Occidentales, ya, claro.
El sonido del agua corriendo me recordó que se encontraba al otro lado de la puerta del cuarto de baño.
Dejé a un lado el vaso vacío, me quité la camisa y la tiré sin cuidado sobre la creciente pila de ropa.
Las runas grabadas en mi piel brillaban débilmente con los restos de la magia del día, dejando un doloroso recuerdo en mi pecho y mis brazos.
Sopesé ponerme una bata, pero la dejé en su gancho. Si iba a ser un villano, más valía que me comprometiera con el papel.
Además, la ropa a veces agravaba el dolor de las cicatrices de mi espalda, en especial en noches como esa en las que la magia aún bullía bajo mi piel.
Francamente, una parte de mí quería que Arabella viera al monstruo con todo lujo de detalles.
Quizás así podría asustarla o recordarme a mí mismo la verdadera razón por la que la había traído.
Después de deshacerme del resto de la ropa, me recosté en la cama, dejándome caer de forma deliberada sobre las sábanas, con un brazo colocado casualmente detrás de la cabeza y exhibiendo con orgullo mi erección.
Mi cuerpo, traidor como él solo, se había excitado con solo pensar en ella. Se había ganado sufrir un poco.
Cuando al fin se oyó el leve clic de la puerta del baño, esperaba un chillido indignado o alguna muestra de sorpresa.
Lo que obtuve fue una pausa momentánea que me dejó sin aliento, en la que su mirada se deslizó por mi pecho y luego más abajo, analizando cuidadosamente cada centímetro de piel expuesta.
Casi se me cortó la respiración al verla: el pelo húmedo en ondas doradas y sueltas con una bata que se ceñía a sus curvas.
Era casi demasiado imponente y me enfurecía que me provocara una reacción así de exagerada.
—Ya veo que no bromeaba en absoluto —dijo, con un tono admirablemente calmado, a pesar del rubor de sus mejillas.
—Casi nunca bromeo —respondí, con la esperanza de sonar displicente en lugar de intranquilo—. Se pierde la magia.
Ella cruzó los brazos sobre el pecho.
—Al menos podría haberse tapado en condiciones.
—Creo que me confunde con alguien a quien le preocupa el pudor. —Señalé la mitad de la cama vacía a mi lado—. Siéntase libre de acompañarme cuando esté lista. Le prometo que solo muerdo si me lo piden .
Apretó los labios en una fina línea y contempló el espacio vacío a mi lado, como si estuviera calculando a cuánta distancia podría tumbarse sin llegar a caerse de la cama.
—Necesito ropa adecuada para dormir.
Hice un gesto hacia el armario.
—Ahí dentro encontrará algún camisón, aunque no estoy muy seguro de lo «adecuados» que serán.
Abrió la puerta del armario de un tirón, buscó durante un rato y sacó un trozo de seda negra.
—Esto es prácticamente transparente —se quejó, sosteniéndolo a la luz de la luna.
Me obligué a encogerme de hombros con indiferencia, aunque mi imaginación me proporcionó una imagen de la delicada tela ciñéndose a sus curvas.
—Era lo que había disponible.
Soltó un sonido de incredulidad y se dirigió hacia la sala de baño. Antes de que pudiera esfumarse, moví la muñeca y sellé la puerta con un pulso de magia. Se cerró con un clic seco, que la dejó parada en medio de la habitación con aquel escandaloso camisón entre las manos.
Se dio la vuelta echando chispas para fulminarme con la mirada.
—¿En serio?
Sonreí desde la cama.
—Considérelo una prueba de su determinación, lady Blackrose.
Por un momento, se quedó quieta, con el pecho subiendo y bajando por la rabia apenas contenida. Esperaba que me lanzara la prenda a la cara. En lugar de eso, se le cambió la expresión.
—Muy bien.
Sin romper el contacto visual, dejó que la bata se deslizara hasta el suelo, exponiendo cada centímetro de su piel desnuda como un contraataque intencional.
Se veía tonificada y suave en todos los sentidos con el efecto de la luz de la luna y del fuego sobre su piel.
Se me cortó la respiración. Había confiado en su modestia para evitar que las cosas se salieran de control, pero ella me había devuelto el golpe sin despeinarse.
Desconcertado, me quedé mirándola. El recuerdo de cómo se sentía su cuerpo bajo mis manos me ardía en la mente y, por una vez, no se me ocurrió nada ingenioso que decir.
Se coló el camisón por la cabeza con un movimiento rápido.
La seda era tan transparente como había imaginado, y se estrechaba contra su cuerpo a modo de exasperante invitación.
Si su intención era demostrar que no se sentía intimidada, lo estaba consiguiendo.
Me picaban las manos por querer tocarla.
Y el resto de mi cuerpo quería…, bueno, hacer otras cosas.
Lady Arabella era mucho más peligrosa de lo que parecía.
—Bueno —dijo, bajando la mirada hacia mi erección casi dolorosa—, ¿es así como se da la bienvenida al matrimonio?
Me incliné hacia delante.
—La mayoría de los que me contestan como usted no viven lo suficiente como para disfrutar del espectáculo —comenté, incapaz de evitar que mi voz sonara áspera.
Se echó el pelo hacia atrás por encima del hombro, inconsciente del efecto que ese movimiento tenía sobre sus pechos apenas cubiertos.
—Le odio —anunció mientras se deslizaba por debajo de las sábanas en su lado de la cama.
—Eso ha dicho —respondí—. En repetidas ocasiones. Tendría que haberlo grabado en nuestras alianzas.
Puso los ojos en blanco y se levantó para coger una pila de almohadas que había en el sofá. Con gran eficiencia, construyó una muralla enorme justo en el centro del colchón.
Levanté una ceja.
—¿Un muro de almohadas?
—Tendrá que acostumbrarse, Señor Oscuro —respondió, colocando la última almohada con énfasis—. Ya que se empeña en hacerme sentir incómoda.
—Duermo desnudo porque es más cómodo. —Volví a colocar un brazo por debajo de mi cabeza y me recosté sobre el cabecero—. Provocarle fastidio es solo una ventaja adicional, como encontrar una galleta más en el paquete. O cuando tienes un prisionero de más en el calabozo.
Me miró con el ceño fruncido desde detrás de su pequeña fortaleza de almohadas, pero algo más brilló en sus ojos antes de que endureciera la expresión. Entonces posó la mirada en mis runas y me percaté de que había visto las cicatrices que me cubrían el torso y las extremidades.
—¿Duelen? —preguntó en voz baja.
—A veces. —Mi voz sonó más brusca de lo que pretendía—. Cuando canalizo demasiado poder o si las activo para hechizos específicos.
Las observó tan directamente que me sentí más expuesto que si me hubiera quedado desnudo ante una multitud.
—Algunas parecen runas vinculantes —murmuró—, pero hay otras que… Nunca había visto nada parecido.
Dudé. Por lo general disfrutaba viendo cómo la gente se estremecía al ver mis cicatrices, pero la mirada fija de Arabella me inquietaba de una manera completamente diferente.
—Son únicas —dije al fin—. La mayoría tiene que ver con hechizos de dominio… Son mejoras.
—¿Quién se las grabó? —Pareció sorprendida por su propia pregunta—. No ha podido hacérselas todas usted mismo, ¿no?
La miré a los ojos, resistiendo el impulso de taparme el cuerpo con una sábana y seguí en silencio. Las cicatrices me quemaban bajo su escrutinio, pero era preferible no explicar el origen de algunas heridas.
—¿Mereció la pena? —agregó en voz baja.
Un impulso de ira amenazó con brotar, pero me obligué a mantener un tono tranquilo y moderado.
—El poder siempre merece la pena.
Entreabrió los labios, pero no insistió. Lo que fuera que vio en mi rostro le impidió seguir preguntando. Exhaló, volvió a tumbarse y se dio la vuelta, como para dejar pasar el momento.
—Todavía no me ha dicho por qué necesitaba específicamente una novia de linaje heroico.
Sopesé la respuesta.
—Se lo mostraré mañana —prometí, asegurándome de que mi tono transmitiera más autoridad que cordialidad.
Se quedó callada durante tanto tiempo que pensé que se había dormido, pero volvió a hablar y su voz se coló por la barrera de almohadas.
—Sigo odiándole.
Esbocé una sonrisa torcida, dejando que mis ojos recorrieran su figura bajo la manta. Allí había algo más que odio.
—Lo sé. Pero aquí está, compartiendo mi cama de todas formas.
Ella se movió, y casi que esperaba que me lanzara una almohada, pero, para mi sorpresa, bajó la voz:
—¿Por qué usar su propio hueso para los anillos? Reconocí mi cabello, pero… no era consciente de que…
Su pregunta me pilló desprevenido. Bajé la mirada hacia el tenue brillo de mi alianza.
—Porque hacía falta un pedazo de cada uno —dije al cabo de un rato—. Su pelo, mi hueso. Así es como funciona el ritual del Cáliz del Dominio.
Dejó escapar un suspiro lento.
—Preguntaría si le dolió, pero después de ver sus runas, imagino que fue insignificante en comparación.
—Ninguna cosa es realmente insignificante —respondí, sorprendido por mi propia sinceridad—. Pero si este compromiso merece la pena, hay que hacerlo bien.
Se extendió un silencio contemplativo y sentí que estaba analizando mis palabras, o tal vez a mí, en la oscuridad.
Eso me hizo sentir vulnerable de una forma que no me gustaba.
Me moví, dejando que las mantas me cubrieran de forma estratégica, aunque solo fuera para aliviar la tensión que sentía en el estómago.
Al final, soltó un bufido entre dientes.
—Me cuesta mucho creer que pueda ser sincero.
—Pues esfuércese más —dije, dejando que mi máscara volviera a imponerse—. Le aconsejo que descanse, esposa. Tengo planeado un día muy ajetreado para los dos. ¿Quién sabe qué nuevos horrores descubrirá mañana sobre mí?
Ella exhaló y oí el suave rumor de las sábanas mientras se acomodaba, probablemente no para dormir, sino para planear formas creativas de acabar conmigo. Por mí, perfecto. Planea todo lo que quieras, mi pequeña heroína. Aquí te espero .