12 Resiste la tentación (incluso cuando duerma desnuda) #2
Al menos, eso me dije a mí misma.
—De acuerdo —dije, levantando la barbilla—. Luego se acabará el negociar.
Se le dilataron las pupilas y la diversión se apoderó de su boca.
—Hecho.
Durante un momento, no pasó nada. La tensión aumentó hasta que pensé que me iban a fallar las rodillas.
—¿Y bien? —exigí—. Acabe de una vez.
Deslizó una mano por mi rostro con una delicadeza que me desarmó, y el pecho se me encogió hasta dejarme sin aliento.
El contacto era tan diferente de la brusquedad que esperaba que me incliné hacia él sin poder evitarlo.
Entonces rozó su boca contra la mía, una vez…
, dos veces. Provocando, tanteando. Aquel gesto tan tierno me dejó aturdida, más de lo que lo hubiera conseguido una actitud brusca.
Me rodeó la cintura con el brazo y me atrajo hacia él.
El beso se intensificó, pasando de ser una pregunta a una exigencia innegable.
Si nuestro beso en la boda había sido una chispa, este era una llama.
Jadeé, dejando que me separara los labios.
Me acarició la lengua con la suya, y la cabeza me dio vueltas al sentir el sabor del vino y el calor.
Me encontré correspondiéndole antes de que el sentido común pudiera recobrar el control, aferrándome a su abrigo con las manos.
Un leve ruido retumbó en su pecho cuando le devolví el beso, y me aprisionó con su cuerpo contra la pared curva de la escalera.
Era demasiado consciente de los latidos de mi corazón, que palpitaban allá donde nos tocábamos.
Aquel beso me pareció… devastador , como si escondiera la promesa de que algún día reclamaría mucho más que mi boca.
Un beso que, sin dejar espacio para las equivocaciones, lanzaba un mensaje claro: «un día voy a follarte».
Al fin, se separó. Ambos teníamos la respiración entrecortada. Su mirada era oscura y feroz y sus marcados pómulos se tiñeron de color.
—Listo —dijo con voz ronca—. Con eso queda sellado.
Me costó mantener una expresión estoica, odiando la forma en que mi cuerpo bullía de deseo frustrado.
—Completamente innecesario —conseguí responder.
—Tal vez. —Me acarició el labio inferior con el pulgar, pero yo giré la cabeza, luchando contra el impulso de volver a acercarlo a mí. Después de un momento, dio un paso atrás, aunque seguía sintiendo la presión caliente de su mirada.
—Me ha pedido distancia y lo respetaré. —Hizo una pausa, dejando que la promesa flotara en el aire—. Pero si alguna vez me pide que la toque otra vez…, lo haré con mucho gusto.
Se me aceleró el corazón y maldije la ráfaga de calor traicionera que se acumuló entre mis muslos.
—No sabe lo mucho que lo odio —susurré, con la voz aún temblorosa.
Entonces Kazimir sonrió; una sonrisa breve y brillante que transformó su expresión hasta dejarme sin aliento.
—Bien. El odio es una manifestación poderosa de la pasión, lady Blackrose. Estoy deseando ver adónde nos lleva.
Continuamos subiendo bajo un silencio asfixiante, con el estómago dándome un vuelco a cada paso.
Intenté que ni siquiera mi manga lo rozara, ya que no estaba dispuesta a ceder más terreno.
Al llegar arriba, nos encontramos con una pesada puerta de madera incrustada en la piedra.
Kazimir apoyó la palma de la mano sobre ella y sentí cómo un impulso mágico disolvía los hechizos protectores.
La puerta se abrió de par en par para dar paso a sus aposentos.
Esperaba encontrar un trono de calaveras o un altar manchado de sangre.
En cambio, solo había piedra pulida, cortinas oscuras, una cama tallada con gran detalle, unos cómodos asientos cerca de una gran chimenea y libros enmohecidos apilados por todas partes.
Un pequeño detalle macabro me llamó la atención: un peso sospechosamente parecido a unos huesos de dedos que sujetaba un pergamino sobre el escritorio.
Al parecer, el infame Señor Oscuro era también un académico desordenado. Le costaba respetar los límites. Y poseía una estructura ósea impecable.
Kazimir se apoyó contra el alto poste de la cama, con los brazos cruzados sobre el pecho. Un mechón de pelo le caía sobre la ceja a causa de nuestro reciente acercamiento, lo que le daba un aspecto ligeramente desaliñado.
—¿No hay suficientes calaveras para su gusto?
Me encogí de hombros.
—Esperaba algo más. Tal vez un trono hecho de costillas en una esquina.
—Eso está en la Cámara de los Acuerdos —dijo como si nada mientras se dirigía la aparador. Vertió un líquido ámbar de una jarra de cristal en dos vasos—. ¿Una copa?
Dudé, observando el intenso licor. Pero seguía luchando contra el persistente cosquilleo de la excitación, así que acepté el vaso. El brandy era potente y me calentó más de lo que me gustaría admitir.
Kazimir se quitó el abrigo y lo colgó en una silla antes de empezar a desabrocharse los botones del chaleco. Me dio un vuelco al corazón.
—¿Qué está haciendo? —pregunté, incapaz de olvidar aquella presión hambrienta que ejerció su cuerpo sobre el mío.
Arqueó una ceja.
—Desvestirme. Estas prendas son incomodísimas.
Apreté el vaso que tenía en la mano. Otro botón cedió, lo que dejó al descubierto la ropa blanca que llevaba debajo.
—Entonces, voy a… refrescarme.
Se detuvo, con los dedos sobre el siguiente botón.
—Antes de eso, hay algo que debe saber. —Su voz se volvió más suave, aterciopelada—. Duermo desnudo.
Casi me atraganto con el último sorbo del brandy.
—Será una broma.
—No, no lo es. Mis aposentos, mis normas.
—Está haciéndolo adrede —le acusé.
—Sin duda —admitió, sin remordimientos—, pero también le estoy diciendo la verdad. —Jugueteó con otro botón—. Está advertida.
Lo miré fijamente, enfurecida. Le brillaban los ojos de diversión y supe que estaba esperando que saliera por patas.
Así que eso hice.
Me di la vuelta bruscamente y me apresuré a entrar en la sala de baño, sintiendo que su mirada me quemaba la espalda durante todo el trayecto.