12 Resiste la tentación (incluso cuando duerma desnuda)
Arabella
C aminé en silencio junto a Kazimir mientras los ruidos de la fiesta se iban apagando a nuestra espalda. Luché por mantener la respiración calmada para ocultar lo mucho que el vino (y su cuerpo presionado contra el mío) me había afectado.
Unos guardias hicieron una reverencia a medida que nos acercamos y desviaron la mirada.
Pasamos por su lado y subimos por una estrecha escalera de caracol.
Para mantener el equilibrio pasé los dedos sobre la fría pared de piedra.
La mano de Kazimir se posó en mi espalda, liviana pero imposible de ignorar.
Salimos a un pequeño rellano que daba al cielo nocturno, y una ráfaga de aire helado me sirvió para recobrar la sobriedad con más eficacia que cualquier poción. Respiré hondo, mirando hacia el vertiginoso precipicio.
Otra vez ese puente de relámpagos.
Por el día, me había resultado intimidante; en ese momento, en la oscuridad, el resplandor crepitante parecía aún más violento. La oleada de luz cubrió la lejana torre, dejando solo un camino inhóspito y pulsante.
Kazimir me rodeó la cintura con un brazo, firme y cálido.
—No querría que se cayera por el precipicio —murmuró con ese tono engreído.
Pese a su comentario, me aferré al apoyo que me brindó, furiosa conmigo misma por necesitarlo mientras daba el primer paso hacia el puente.
El viento frío me azotaba la cara y me despejaba la mente de los últimos retazos de la borrachera.
Muy consciente del brazo con el que me rodeaba, seguí avanzando.
Cuando llegamos al otro lado, la tensión que sentía en el cuerpo no había hecho sino intensificarse.
Estaba demasiado cerca. Odiaba lo dispuesta que estaba a dejar que me guiara y lo mucho que el calor de su mano en mi cadera me quemaba a través del vestido.
—Puede llamarme Kazimir si lo desea —dijo de repente mientras descendíamos por otra escalera sinuosa.
Lo miré.
—¿Y qué le hace pensar que desearía tal cosa?
Me lanzó una mirada con intención.
—A la mayoría de las personas les resulta incómodo usar «Señor Oscuro» en una conversación casual. Y parece… poco probable que de su boca salga un «mi señor» sin que entre en combustión espontánea.
Le lancé una mirada inexpresiva.
—He descubierto que la palabra «secuestrador» me sale de carrerilla.
Llegamos a un rellano y seguimos avanzando por otro pasillo.
—Ahora estamos casados —señaló—. Dirigirse a mí como secuestrador ha quedado un poco obsoleto, ¿no cree?
—No sabía que los secuestros tuvieran fecha de caducidad.
Apretó los labios.
—Considérelo un ascenso, entonces. De víctima a esposa.
Lo miré con recelo.
—Ya que ha salido el tema de nuestras apresuradas nupcias, me he percatado de que los votos han sufrido recortes. ¿No hay promesas de obediencia?
Él se acercó, y habló en voz baja:
—Eso es bastante arcaico. Y usted no podría obedecer ni aunque le fuera la vida en ello, ¿me equivoco? —Desvió la mirada hacia mi boca—. Además, su rebeldía me resulta más estimulante que su obediencia.
El estómago me dio un vuelco ante el sutil ronroneo de su voz.
—No he venido a estimularle.
—Y, sin embargo —murmuró, acariciándome las clavículas con los dedos—, lo consigue. De una forma sumamente eficiente.
Me negaba a dejar ver cómo su tacto me aceleraba el corazón, así que me obligué a permanecer inmóvil por completo bajo sus caricias.
Retiró los dedos y seguimos caminando hasta que llegamos a las escaleras que conducían a la torre de Kazimir.
Cuando me detuve frente a la entrada de mi habitación, me rodeó la muñeca con una mano antes de que pudiera entrar.
Entonces subió las escaleras, tirando de mí para que lo siguiera.
—¿Adónde vamos? —La sospecha se coló en mi voz y traté de no entrar en pánico.
Él siguió ascendiendo.
—A mis aposentos.
Se me contrajo la garganta. Por muy valiente que fuera, me di cuenta de lo frágil que era mi poder en aquel momento. Él quería que me sometiera, quizá no mediante la fuerza física, pero sin duda era capaz de coaccionarme. El pulso me latía con fuerza en los oídos.
—En nuestro acuerdo —conseguí decir—, se especificaba que nada de sexo. Yo duermo en mi habitación. Usted duerme en la suya.
Se detuvo en las escaleras y quedamos tan cerca que casi me tropiezo con él.
—Acordamos que nada de sexo —dijo con ese tono paciente tan irritante—. No dijo nada sobre dónde dormiríamos.
—Estaba implícito. —Mantuve la voz calmada y el tono firme, pero en un debate sobre tecnicismos, tenía las de perder.
Él me puso una mano en la cadera, clavándome ligeramente el pulgar en la parte superior del hueso, sin llegar a hacerme daño, pero lo suficiente como para distraerme y que el corazón me latiera aún más rápido.
—Yo no actúo basándome en inferencias, lady Blackrose. Me pidió que no hubiera contacto sexual y yo accedí. No solicitó habitaciones separadas.
El calor se acumuló bajo mi piel; una mezcla de enfado con algo mucho más vergonzoso.
—Bueno, pues lo pido ahora. —Le puse una mano en el pecho para alejarlo, pero me di cuenta del error que acababa de cometer al tocarlo. Lo noté inquietantemente macizo bajo la palma de mi mano—. Quiero una cama propia en un cuarto privado.
Su expresión se endureció aún más mientras se inclinaba.
—No va a ser posible.
Un escalofrío me recorrió el cuerpo ante la amenaza que escondía su voz. Mantuve la mano donde estaba, sobre su pecho, dudando entre apartarlo o hundir los dedos en la tela de su abrigo.
—¿Por qué no?
—Porque es mi esposa. —Lo dijo con tanta rotundidad, con tanta posesión, que apreté los muslos en contra de mi voluntad.
Intenté aferrarme a la razón.
—Sí, así es —respondí—. Y he cumplido con mi papel de novia entregada, tal y como acordamos. Pero no seré su juguete. Nuestros términos están claros. Si quiere que siga cooperando, tendrá que mantenerlos.
Él exhaló, más un intento de ser paciente que por frustración.
—Está bien. Pero la Dama Oscura duerme en los aposentos del Señor Oscuro. Aquí hasta las paredes tienen ojos. Si se niega en rotundo a compartir mi lecho, la corte lo asumirá como una debilidad. Pondrán en duda mi control. Los cuchicheos son como dagas en momentos como este.
Entrecerré los ojos.
—Así que esto se trata de supervivencia.
—Sí, la mía, y, por ende, la suya. Mantengo mi posición gracias a un cuidado equilibrio entre el miedo y el respeto. Cualquier cosa que debilite ese equilibrio nos pone en riesgo a ambos.
Quería seguir debatiendo, pero aquella explicación sonaba sincera. Crecí rodeada de nobles y sabía lo rápido que los rumores podían socavar la autoridad.
—Está bien —dije al fin, intentando ignorar la presión de mi estómago—. Pero nada de sexo.
—Como acordamos. —Inclinó la cabeza—. Pero tal vez debamos aclarar lo que implica el tema del sexo .
Se me cortó la respiración.
—Creo que se explica por sí solo.
—¿Eso cree? ¿Ahí se incluyen besos? ¿Caricias? —Bajó la mirada hasta mis labios—. Ya hemos cruzado ese límite, ¿no cree?
Tragué saliva.
—Eso… fue un numerito —porfié, haciendo una mueca al darme cuenta de lo insegura que sonaba.
—Y, aun así —dijo con suavidad, inclinándose hacia mí—, parece que no le resultó del todo desagradable. ¿O acaso he malinterpretado la forma en la que su cuerpo temblaba contra el mío?
—Así es —mentí.
No me creyó, pero no insistió.
—Entonces, de puertas para adentro, mantengo las distancias. —Dibujó una línea imaginaria en el aire entre los dos—. Pero en público, la tocaré cuando sea necesario.
—¿Para qué exactamente?
—Para mantener las apariencias —dijo. Recorrió con la mirada la línea de mi garganta—. Una mano en la cintura, un beso para reclamarla como mía. Todo por el espectáculo.
—Yo no le pertenezco —respondí. Pero mi pulso se aceleró de forma peligrosa ante la idea de tener su boca en mi piel.
—A los ojos de mi corte, sí. —Se encogió de hombros—. A menos que prefiera una exhibición mucho más explícita. Les parecería de lo más entretenido.
El desdén en sus ojos me decía con exactitud hasta dónde sería capaz de llegar si lo presionaba.
Mi cuerpo se sonrojó a traición con un calor inesperado al pensar en él reclamándome de forma posesiva delante de toda su corte.
Dioses, ¿qué me pasaba? ¿Por qué veía algo tan humillante…
como algo irresistiblemente excitante? Tragué saliva con dificultad, culpando al vino por aquellas fantasías no deseadas.
—Está bien —solté—. En público están permitidas las caricias breves… por el bien del espectáculo. Pero más allá de eso…
—Seamos muy claros —me interrumpió en voz baja, y se acercó tanto que tuve que inclinar la cabeza hacia atrás para mantener el contacto visual—. ¿Nada de meter la mano entre sus piernas, nada de besar su cuerpo, nada de quitarle la ropa?
—Todo eso está prohibido —conseguí decir, aunque una parte de mí gritaba en protesta.
—¿Y si es al contrario? —murmuró, inclinándose hacia delante—. ¿Se prohíbe también a sí misma poner esas manos tan habilidosas en cualquier lugar donde yo pueda disfrutarlas?
La pregunta hizo que me ardiera la piel.
—No tengo intención de tocarle más de lo necesario.
Él se reclinó, con los ojos cubiertos de satisfacción.
—Ya veremos.
Dioses, su arrogancia era irritante. Intenté reconducir el tema.
—Entonces, ¿accede a estos términos?
—Sí, pero con una condición.
A él se le oscureció la mirada y a mí se me encogió el estómago.
—¿Y cuál sería?
—Un beso.
Parpadeé.
—¿Un beso? Acabo de darle uno en la ceremonia.
—Eso era para el público —murmuró, mirándome de arriba abajo con una voracidad descarada—. Quiero uno para mí . Para sellar nuestro nuevo acuerdo.
Me subió un calor intenso a la cara.
—Eso no es necesario.
—En el amor y en la guerra todo vale, o eso es lo que dicen.
—Esto no es ninguna de esas dos. —Intenté ignorar la forma en la que el corazón me golpeaba las costillas.
—¿Cómo lo sabe?
Sopesé mis opciones. Podía negarme y llegar a perder las otras concesiones que había negociado, o podía aceptar un beso (solo uno) y asegurar el resto de mis peticiones. No había que darle muchas vueltas.