11 Interpreta tu papel (aunque sientas calor)
Arabella
L os nudillos se me pusieron blancos mientras sujetaba el tallo de mi copa.
Dos horas en aquel… festín … y la corte de Kazimir estaba cayendo en el hedonismo.
Jadeos y risas entrecortadas retumbaban por el salón del banquete, todo ello enfatizado por el ruido metálico de la cubertería cayendo al suelo y el inconfundible sonido de la tela al rasgarse.
Las mejillas me ardían, y odiaba no ser capaz de determinar si se trataba de vergüenza o fascinación.
Me obligué a apartar la vista de una pareja que parecía decidida a prender fuego a los tapices a base de frotarse, pero allá donde mirara, las extremidades se enredaban, la ropa desaparecía y los cuerpos exploraban posiciones anatómicas que nunca me hubiera planteado.
Había oído rumores acerca de las infames celebraciones del Señor Oscuro, por supuesto. En todos los reinos corrían los cotilleos, pero presenciarlos de primera mano era… instructivo.
Kazimir, el atento captor, giró su silla hacia la mía. Sus ojos oscuros se posaron en el agarre brutal que yo ejercía sobre la copa antes de encontrarse con los míos. Relajé intencionadamente los dedos.
—¿Es su primera bacanal? —preguntó con suavidad.
Al otro lado de la sala, una mujer pelirroja se metió debajo de la mesa, y el hombre que estaba sentado se aferró al mantel con inconfundible placer. Intenté no quedarme mirando.
Levanté la copa a modo de pequeño saludo.
—Casi que esperaba decapitaciones o demostraciones de tortura —dije con la voz inesperadamente seca.
Su oscura sonrisa titubeó.
—Si le apetece, puedo organizarlo para después del postre. Mi verdugo está aburrido como una ostra esta noche.
Tomé un sorbo de vino con mesura, aprovechando el breve instante para recomponerme. Mi padre habría estallado de ira si me hubiera visto en aquel tugurio de juerguistas, sin carabinas, sin reverencias discretas ni conversaciones educadas. La idea me produjo una involuntaria ráfaga de satisfacción.
Un hombre de impecable vestimenta se acercó con sigilo a un espectro que flotaba en el aire y se desabrochó el cuello de la camisa de seda fina a modo de descarada invitación.
La criatura se deslizó a través de él en una espiral de niebla negra, y él se tambaleó, jadeando, como si la oscuridad lo hubiera acariciado en un lugar muy íntimo.
Sin inmutarse, la siguió, desabrochándose el resto de los botones con afán optimista.
Los sirvientes se desplazaban entre las mesas, apagando algunas de las luces flotantes para dar mayor privacidad (o tal vez ánimo) a las escenas que se estaban desarrollando.
Las sombras revelaban destellos de piel desnuda, sedas lujosas amontonadas en el suelo y música dulce que se transformaba en murmullos de deseo.
Tragué saliva con dificultad, decidida a mantener la compostura y no dejar que Kazimir viera lo nerviosa que estaba ni lo mucho que me intrigaba.
—Tiene una corte… vigorosa —conseguí decir.
Él se encogió de hombros con pereza.
—Pues espere a que sea pleno invierno. Ahí es cuando todo se vuelve realmente depravado. —Sus ojos bailaban con travesura—. ¿Eso ofende sus delicadas sensibilidades, milady ?
Negué con la cabeza, fingiendo una casual indiferencia que realmente no sentía.
Pero prefería ahogarme con mi propia lengua que dejar que me viera alterada.
Mis encuentros habían sido furtivos y torpes en comparación con aquella abierta indulgencia.
Pero no era la ignorancia total lo que me incomodaba, sino la absoluta naturalidad con la que se comportaban.
La forma descarada en que estas personas tomaban lo que querían, sin importarles las consecuencias.
Una parte pequeña y rebelde de mí se preguntaba cómo sería sentir tal libertad.
Al otro lado del pasillo, una mujer me miraba con evidente hostilidad, acariciando con los dedos la daga ornamentada que portaba en la cintura. Solo podía haber una razón por la que ya me hubiera cosechado una enemiga.
—Por lo que veo, todo el mundo en su corte quiere acostarse con usted.
—No todos. —Kazimir me dirigió una mirada cargada de intención antes de seguir mi línea de visión—. Ah. La vizcondesa Morana. Supervisa el Paso de Arvoryn, situado entre Solandris y mis tierras.
Sus ojos volvieron a posarse en mí, cargados de una oscura diversión.
Disimulé mi nerviosismo tomando otro sorbo. El delicioso calor del vino se extendió por mi pecho y mis mejillas.
—Se muestra muy territorial. ¿Acaso tienen un pasado juntos?
Levantó una ceja.
—¿Me está preguntando si me he acostado con ella?
El corazón me dio un salto irritante.
—Es libre de relacionarse con quien quiera, lord Blackrose —dije con voz falsa y despreocupada—. Simplemente me pregunto si terminará por lanzarme esa daga a la cara.
Kazimir estuvo a punto de sonreír.
—No se atrevería. Y no. No nos «relacionamos». Ya no.
Tomé otro sorbo de vino, y de repente me di cuenta de que con el vestido sufría un calor espantoso.
Él le echó un vistazo a mi copa.
—Cuidado. Esa añada puede sorprenderla.
Esbocé mi sonrisa más cortés y recorrí con la mirada a los invitados.
—No le está diciendo a nadie más que tenga cuidado.
La mirada indiferente que me dirigió era tan falsa como mi sonrisa.
—Cierto. La diferencia es que a ellos no tendré que sacarlos de aquí cuando se excedan.
Dejé la copa con un golpe seco. Kazimir rezumaba tanta petulancia que me ponía nerviosa. Me moría de ganas de tirarle el vino a la cara, aunque verlo chorrear por su cuello podría haber sido más una distracción que un castigo.
Se inclinó hacia delante y bajó la voz:
—Verla fingir que no le afecta está escalando puestos para ser lo más destacado de la noche.
—Es que no me afecta —mentí.
Deslizó la silla para acercarla a mí y el aire entre nosotros se volvió denso.
El suave resplandor de las luces encendidas que quedaban hacía que sus rasgos resultaran peligrosamente cautivadores: pestañas largas, pómulos marcados, esa boca tan bien moldeada que me exasperaba.
El estómago me dio una serie de volteretas complejas e indeseadas.
—Conmigo no tiene que fingir, lady Blackrose —susurró.
Forcé una sonrisa débil en respuesta, pero cualquier réplica ingeniosa se me quedó atascada en la garganta. Curiosamente, mi sentido de la verdad me decía que estaba siendo sincero. Un ligero suspiro se escapó de mis labios.
Kazimir cogió su copa, abriendo un espacio entre nosotros. Se bebió el último sorbo de vino.
—Tenemos un problemita.
Centré mi atención en el caótico grupo de asistentes que se encontraba en el centro del salón.
—Diría que tiene varios —respondí, cortante—. Sus invitados están fornicando encima de las mesas.
Hizo un gesto, observando a los cortesanos semidesnudos y los gemidos indulgentes.
—Esperan un espectáculo. Si no se nos ve entregándonos a su hedonismo, pensarán que estoy… distraído.
Me tensé.
—¿Disculpe?
Se levantó y me tendió la mano.
—Baile conmigo.
Todos mis instintos me gritaban que tuviera cuidado.
Estaba jugando conmigo. Había accedido a mostrarme cooperativa, pero «cooperar» en ese momento se me antojaba una trampa.
Por otra parte, bailar era al parecer más seguro que cualquier otra alternativa.
Y me daba la oportunidad de mantener cierto control.
Coloqué mi mano sobre la suya, haciendo caso omiso a la chispa de calor que sentí al tocarlo.
—Está bien —dije con frialdad—. Estoy segura de que será un compañero correcto.
La comisura de su boca se elevó y me guio hasta un espacio despejado donde varias parejas habían empezado un baile lento y seductor.
Pude ver telas revoloteando, labios entreabiertos y manos inquietas.
Kazimir me acercó a su cuerpo, con una mano en la cintura y la otra estrechando mis dedos contra su pecho.
Fuera fingido o no, todos los nervios de mi cuerpo parecían vibrar.
—Relájese —me pidió en voz baja. Deslizó la mano por mi espalda, un movimiento aparentemente discreto que me provocó una oleada de cosquillas.
Me quedé mirando mi mano libre, que flotaba indecisa cerca de su hombro.
—Estoy más que relajada.
—Desde aquí siento sus latidos —dijo—. Ahora, míreme. Ríase como si le acabara de susurrar algo escandaloso.
Probé con una de mis risitas típicas de la alta sociedad que había ensayado a conciencia, pero Kazimir frunció el ceño.
—Esa es una risa educada, de las que se usan para decir que ha quedado maravillada por un bordado. Quiero la otra …, esa que sugiere que acabo de susurrarle algo depravado al oído.
Se me formó una réplica en la lengua, pero antes de que pudiera hablar, inclinó la cabeza, dejándome sentir el leve cosquilleo de su barba incipiente contra mi mejilla.
—Todos se están imaginando cómo voy a tomarla esta noche —murmuró—. Debería darles un motivo para que sientan envidia.
Se me escapó un suspiro entrecortado, a caballo entre la risa y la incredulidad. Aquella nueva oleada de calor no tenía nada que ver con el vino.
—Eso es —afirmó—. Mucho mejor.
Nos movíamos con pasos lentos y oscilantes, nuestros cuerpos se rozaban de una forma que parecía demasiado íntima.
De repente, sentí que mi vestido era sofocante y demasiado fino.
Era consciente de cada centímetro de su cuerpo: sus dedos rozando mi columna vertebral, la ligera presión de su muslo.
Mi mirada se posó en su boca antes de que pudiera evitarlo.
Me hizo girar con suavidad, guiándome hasta que apoyé la espalda contra su pecho.
Entonces me encontré delante de todos los invitados, muchos de los cuales me miraban con gran curiosidad.
Algunos me observaban con ojos hambrientos, como si esperaran que diéramos un espectáculo.
La ansiedad se apoderó de mí, pero la cálida presencia de Kazimir a mi espalda me proporcionó una extraña y discordante tranquilidad.
—Dígame que pare —me susurró al oído—, y lo haré.
En lugar de responder, apoyé la cabeza en su hombro y cerré los ojos. Mis nervios chisporroteaban al ritmo de los lejanos truenos que retumbaban en el exterior. El poder fluía a través de las negras agujas de su ciudadela, reflejando la tensión que sentía en mi propio cuerpo.
—Está temblando —dijo con suavidad.
—El vino —mentí, incluso cuando el corazón me latía desbocado.
Sus labios rozaron la curva de mi oreja con una sonrisa sutil.
—Por supuesto.
El movimiento de su pulgar bajo mi pecho hizo que se me cortara la respiración. Nunca llegó a cruzar ninguna línea, pero la promesa de hacerlo flotaba entre los dos.
En contra de mi buen juicio, me dejé llevar por la traicionera respuesta de mi cuerpo: calor, curiosidad, una profunda confusión sobre la facilidad que tenía para deshacerme.
Todos nos miraban, cautivados. La voz de Kazimir se hizo más grave.
—Creen que ya la he devorado. Si supieran lo mucho que se resiste…
Mis ganas de desafiarlo se dispararon. Me giré lo suficiente como para encontrarme con su mirada por encima del hombro.
—¿Quién dice que sigo resistiéndome?
Sus ojos se oscurecieron con algo que podría haber sido hambre, pero no tuvimos tiempo de alargar más el momento. Un estruendo repentino rasgó el aire.
La vizcondesa Morana había lanzado una daga a uno de los representantes del Sindicato.
—¡¿Cómo se atreve?! —rugió. El vino salió disparado. Las sillas chirriaron al retroceder.
Me puse tensa, a la espera de que Kazimir interviniera. En cambio, me soltó y me agarró de la mano con un movimiento fluido.
—¿No va a detenerlos? —pregunté.
—Ya se las arreglarán —murmuró, guiándome a través de la multitud que se apretujaba en dirección a una puerta lateral—. Y si se matan entre ellos, esos problemas se me quitan de una sentada.
Lancé un último vistazo por encima del hombro.
El salón se sumió en el caos, los cortesanos corrían de un lado a otro y algunos asistentes vitoreaban emocionados.
La vizcondesa atacó. El acero reflejó la luz de las velas y la sangre salpicó el mantel blanco antes de que la multitud se agolpara alrededor de la pelea.
Kazimir me empujó hacia la puerta, la pesada madera se cerró detrás de nosotros, lo que sofocó al instante el bullicio del banquete.
Y entonces nos quedamos solos.