La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 10 Date un festín con tus enemigos (y trátalos de amigos)
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10 Date un festín con tus enemigos (y trátalos de amigos)

Kazimir

L as copas tintineaban en el Gran Salón. La magia zumbaba en el aire. Mi banquete de bodas rebosaba de falsa alegría, con todos los cortesanos desesperados por eclipsar a los demás con demostraciones de poder, eso si no vaporizaban por accidente a la persona que tenían al lado.

Miré mi copa con el ceño fruncido mientras Arabella estaba sentada a mi lado, la viva imagen de la novia perfecta.

Los cortesanos la colmaban de elogios vacíos.

Aburrido, me entretuve contando en mi mente a cuantos podría matar antes de que fuese diplomáticamente incómodo.

Solo los verdaderos monstruos de mi séquito (los espectros de sombras que vagaban por el techo, los espíritus de pesadilla que bebían de copas de cristal) parecían de verdad intrigados por mi nueva esposa.

Mientras tanto, a Arabella se le daba alarmantemente bien todo aquello.

Sonreía. Asentía. Evadía preguntas inquisitivas con la información justa para satisfacerlas, pero sin revelar nada. Incluso se mostraba fascinada por las monótonas explicaciones de Griffin acerca de la arquitectura encantada del salón.

—… y los cristales de la lámpara de araña se extrajeron durante una luna de sangre, por eso laten con ese tono carmesí tan particular cuando…

Por encima del hombro de Griffin, capté a la vizcondesa Morana mirando a Arabella con flagrante hostilidad.

Llevaba la daga ornamentada que le había regalado durante nuestra breve, y al parecer malinterpretada, aventura invernal.

Nada que grite más «exnovia rencorosa» que una mujer que duerme con dieciséis dagas y las bautiza con los nombres de sus anteriores conquistas.

Una tos fingida me hizo girar para mirar a Sims. Se inclinó tanto que casi rozó el suelo pulido con la nariz.

—Mi señor, el tributo del Sindicato ha llegado. ¿Desea inspeccionarlo ahora o prefiere que le deje seguir con sus cavilaciones?

Le lancé una mirada capaz de levantarle ampollas en la lengua.

—Procede.

Se alisó los puños de la camisa e hizo una señal a los sirvientes que se encontraban cerca de las puertas principales. Entraron en fila, con los brazos cargados de cofres y bandejas cubiertas, y un inquietante silencio se apoderó del salón.

—Desde el Sindicato de las Siete Sombras —anunció un heraldo con vestimenta elegante—, en homenaje a la unión entre lord Blackrose y su esposa, presentamos estas muestras de respeto y alianza… Y no se trata en absoluto de sobornos para posibles favores futuros.

Casi consiguió provocarme una sonrisa. Los regalos del Sindicato siempre apestaban a dinero manchado de sangre.

Presentaron frutas exóticas que brillaban con luz estelar cautiva, vino destilado a partir de hierbas prohibidas y hermosas joyas talladas en metales que solo se encontraban en la Montaña Obsidiana.

Arabella se acercó a mí y dijo en voz baja:

—¿No es conocido el Sindicato por traficar con artefactos prohibidos y, en ocasiones, por extraviar las almas de sus socios comerciales?

—Sí —respondí y me sorprendió que estuviera al tanto de aquello—, junto con algún que otro pasatiempo igual de encantador. Pueden ser unos aliados valiosos, siempre y cuando disfrutes viviendo con una espada en la garganta.

Siguió el desfile con la mirada.

—Es muy generoso por su parte enviar unos presentes tan lujosos.

Una chispa de diversión casi logró ahuyentar mi mal humor.

—En realidad no son presentes, sino pagos adelantados. Querrán que se los devuelva, y con intereses.

—Entonces, ¿por qué aceptarlos?

La miré fijamente.

—Porque rechazar un regalo del Sindicato es más peligroso que recibirlo.

El heraldo se acercó a nuestra mesa y nos dedicó una profunda reverencia. Presentó un par de dagas sobre un cojín de terciopelo, cada empuñadura brillaba con sangre cristalizada.

—Forjadas en la oscuridad existente entre los mundos, unidas de tal manera que lo que siente uno, lo sabe el otro. Un símbolo acorde a esta unión: peligrosa, seductora y totalmente imposible de eludir.

Acepté las dagas, sintiendo cómo se me aceleraba el pulso al percibir la magia pura vibrando en el acero, y probablemente más de una maldición incrustada en ellas.

—El Sindicato nos honra —dije, inclinando la cabeza en un gesto que apenas simulaba respeto—. Nuestra alianza permanece fuerte… por ahora.

Él retrocedió con una escurridiza reverencia. Los sirvientes se dispersaron para entregar los tesoros restantes antes de abandonar la sala en un practicado movimiento sincronizado.

Arabella miró las armas.

—Nada simboliza mejor el «hasta que la muerte nos separe» que unos instrumentos mortales a juego.

—El concepto que tiene el Sindicato del romance es único —comenté con ironía.

—Igual que el suyo, lord Blackrose.

Podía haber respondido si no fuera porque Vex apareció a mi lado. Apenas alzó la voz más allá de un susurro:

—Mi señor, ¿podemos hablar?

Me levanté del asiento y le hice un gesto a Thorne.

—Asegúrate de que lady Blackrose permanezca viva en mi ausencia.

—Sí, mi señor. —Thorne se colocó detrás de la silla de Arabella como una montaña a punto de decidir dónde desencadenar una avalancha.

Vex y yo nos retiramos a una pequeña antesala junto al salón principal. Cerré la puerta tras nosotros, lo que amortiguó el estruendo de las voces y la música. Vex se volvió hacia mí con expresión preocupada. Rara vez perdía la compostura, a menos que tuviera noticias nefastas o disparatadas.

—¿Qué ocurre? —pregunté.

—El servicio —dijo—. Se comporta… de forma extraña.

Por instinto, recurrí a la magia de dominio, anticipando una rebelión o la invocación de un demonio.

—¿A qué te refieres? ¿Están planeando traicionarme?

Apretó los labios.

—Están felices. Por la boda.

Aquello me dejó de piedra.

—Felices —repetí, como si fuese una palabra en otro idioma—. ¿Te refieres en un sentido rebelde o…?

—En sentido festivo —aclaró—. Están cocinando menús para celebrarlo, colocando flores en pasillos que nunca visitas, y los mozos de cuadra al parecer están planeando un espectáculo de danza en honor a lady Blackrose y a ti.

No me cabía en la cabeza tal disparate.

—¿Los han sustituido a todos por unos dobles?

Negó con la cabeza.

—No hay ningún encantamiento en marcha, al menos yo no he detectado ninguno. La única diferencia es que Sims declaró tres días festivos después de la boda.

—Yo no he autorizado eso —dije, cortante.

—No, pero se los ha concedido por ti de todas formas, alegando cierta «cortesía ancestral» propia de los nobles más generosos —explicó, haciendo un gesto seco con la boca—. También creen que lady Blackrose negoció mejoras en sus condiciones como parte de vuestro acuerdo de matrimonio.

La miré fijamente.

—No ha hecho tal cosa.

—Los rumores pueden ser caprichosos. Ahora la ven con mejores ojos. La consideran una buena influencia.

Resoplé, molesto.

—Mantenlos vigilados. Si alguien abusa de estos sentimientos afectuosos y confusos, recuérdales por qué suelen temerme. —Le dediqué una mirada escrutadora—. ¿Algo más?

Vex dudó. Solo eso me advirtió que el siguiente tema era delicado y apremiante.

—Tiene que ver con la disposición a la hora de dormir.

—¿Qué pasa con eso?

—De cara a esta noche —continuó con suavidad—, se ha enviado vino y otras, eh, comodidades a tus aposentos. Asumo que eso significa que compartirás cama con lady Blackrose.

La magia se extendió por mi piel y las sombras parpadearon en los rincones de la habitación.

—Te has excedido, Vex.

Parecía desconcertada.

—Solo deseo organizar cada detalle en función de tus preferencias. ¿Pétalos de rosa? ¿Cadenas al calor de la chimenea? ¿Una selecta oferta de…?

—Ya está bien —espeté, con la voz cargada de dominio—. Sí, vendrá conmigo a mi habitación. Ese es el plan.

Ella asintió, con los labios apretados formando una línea cuidadosa.

—¿Sabe ella que ese es el plan, o se trata de una de tus… sorpresas?

La fulminé con la mirada.

—Nuestros acuerdos matrimoniales no son de tu incumbencia. —Las sombras respondieron a mi enfado y se arremolinaron con más espesor a mis pies—. Es más que consciente del papel que debe desempeñar.

—Ya veo. —Me observó con una calma indescifrable—. ¿Así que ha cambiado de opinión sobre la cláusula de «no consumación» que comentó con anterioridad? ¿O se trata simplemente de una jugada ofensiva?

Sus palabras encendieron una chispa de calor en mi pecho al recordar aquel beso desquiciante.

—Eso a ti no te importa.

Por un momento, estuve a punto de añadir algo más.

Pero la información sobre la resonancia de nuestra sangre era demasiado valiosa como para compartirla por el momento, incluso con Vex.

¿Y en cuanto a aquel acuerdo sobre no tener relaciones sexuales?

Mis adeptos debían creer que yo tomaba lo que quería cuando quería.

La realidad (que había aceptado las condiciones de Arabella porque necesitaba que participara de buena gana) seguiría siendo mi humillación particular.

Vex lo entendió, pero no dijo nada. Aproveché la oportunidad para cambiar de tema.

—Asegúrate de que la torre este esté a punto para el ritual de mañana. La activación de la Reliquia no puede aplazarse.

—Por supuesto. Tendremos equipos de limpieza preparados, por si acaso. —Desvió la mirada hacia la puerta—. En cuanto a las dagas del Sindicato… ¿Puedo pedirle a Griffin que ejecute un hechizo para confirmar que no hay maldiciones ocultas?

—De inmediato —dije con calma—. El último «regalo» que enviaron intentó devorar mi alma durante la luna llena. Preferiría que no se repitiese.

Inclinó la cabeza, pero no se marchó.

—Lady Blackrose ya se está adaptando a vivir aquí. Algo digno de admirar para ser alguien a quien secuestraron ayer y se ha visto obligada a casarse.

Se me escapó una risa vacía.

—Es habilidosa. Y astuta. Son cualidades a tener en cuenta.

Vex esbozó una leve sonrisa.

—Siempre analizo minuciosamente las posibles amenazas, mi señor.

—No es una amenaza —respondí de inmediato, después sentí una pizca de molestia por mi tono defensivo—. Es un recurso. Una pieza crucial para desatar todo el poder de la Reliquia.

Su sonrisa se ensanchó.

—Por supuesto. Solo una pieza del equipo. Un engranaje en particular atractivo dentro de su gran maquinaria.

Me di la vuelta para dar por finalizada la conversación.

—Regresa al banquete y asegúrate de que la vizcondesa Morana mantiene las dagas en su sitio.

Vex obedeció con una reverencia elegante y se marchó. Cuando me quedé solo, exhalé despacio mientras mi mente volvió sin permiso hacia ese beso… La magia me había pillado desprevenido, fue tan aguda e inquietante que no podía explicarlo.

Me recompuse para volver a unirme a mis invitados. Al día siguiente, habría activado la Reliquia y asegurado el dominio sobre reinos enteros.

Entonces, ¿por qué no me interesaba tanto dominar el mundo como descubrir cómo respondería Arabella al resto de la velada y a la orden de dormir en mi cama?

En el fondo, sabía que aquella distracción era peligrosa.

Aun así, yo era el Señor Oscuro. No necesitaba justificar mis decisiones, ni siquiera cuando me hacían cuestionar mis propias motivaciones.

Alejé de mi mente aquel inquietante pensamiento y volví al bullicio del banquete, decidido a que aquella noche transcurriera tal y como yo había dispuesto.