9 Forja unos anillos con hueso y pelo (romance al estilo del Señor Oscuro)
Arabella
E l vestido tardó en llegar.
Me quedé en mis aposentos de brazos cruzados viendo cómo Vex se movía de un lado a otro delante de la chimenea. El abrigo negro le caía de forma dramática y su pelo (ahora negro en lugar del color plateado del día anterior) solo dotaba a su ceño fruncido de un aspecto más severo.
—Como hayan arruinado el programa de la ceremonia… —gruñó—. Yo misma les arrancaré los dedos, nudillo a nud…
Antes de que pudiera terminar, la puerta se abrió de golpe. Dos sirvientes entraron a toda prisa, cargados con una tira de tela que parecía una cascada oscura. Los seguía un hombrecillo nervioso con una cinta de medir colgada al cuello y unos alfileres que le sobresalían del cuello de la camisa.
—Disculpe la demora, lady Evenfall —dijo el sastre, haciendo una profunda reverencia—. El bordado exigía una atención especial.
La mueca de desprecio de Vex casi le hizo soltar los alfileres.
—La ceremonia comienza en menos de una hora.
—Entonces, será mejor que nos demos brío —dije.
Sentía que el corazón me retumbaba en el pecho por mucho que intentaba calmarme.
Estaba empezando a ser consciente de la realidad.
En la siguiente hora, me casaría con el Señor Oscuro por voluntad propia, si es que contaba la serie de negociaciones y acuerdos poco sólidos que le había obligado a aceptar.
El sastre y sus ayudantes me vistieron con movimientos rápidos y expertos.
En cuanto la tela se posó sobre mis hombros, contuve el aliento.
El terciopelo azul medianoche parecía casi negro bajo la luz de las antorchas, y los bordados plateados se retorcían formando elegantes enredaderas de espinas cada vez que me movía.
Un cuello alto me rodeaba la garganta de forma majestuosa, pero sin llegar a ser agobiante, y las mangas ajustadas terminaban en pico sobre mis manos.
De cintura para abajo, el vestido se ensanchaba formando capas onduladas.
Vex me miró de arriba abajo despacio.
—Servirá —anunció, lo que podía considerarse un cumplido sincero viniendo de ella. Un sirviente se acercó con una brillante diadema de plata con zafiros incrustados: la corona de la novia.
Comenzaron a peinarme el cabello con un elaborado recogido, entrelazando finos hilos plateados en las trenzas y colocando pequeñas rosas negras en ellas.
—Esas no sacarán sangre, ¿no?
—No a menos que se los pida con educación —respondió Vex. Se detuvo a la altura de mi hombro y bajó la voz—: Un detalle para la ceremonia, mi señora. Necesito una hebra de su pelo.
Sentí una punzada de enfado, pero Vex se quedó esperando, no intentó quitármelo a la fuerza.
—Está bien —dije. Con cuidado, arranqué un pelo y se lo entregué. Los límites, por pequeños que fueran, merecían un respeto.
Una vez que terminaron con un sutil encantamiento que hacía que mi piel brillara desde dentro y añadieron una sombra ahumada alrededor de mis ojos, me observé en el espejo.
La mujer que me miraba tenía el rostro afilado y espinas bordadas a lo largo del corpiño, como si quisiera anunciar que había dejado de ser dócil.
Por un momento, pensé en negarme a asistir a la ceremonia, pero huir me garantizaría la muerte y, si moría, cualquier poder que se escondiera en mi sangre no se aprovecharía. Quería saber de lo que era capaz.
—Ya es la hora —anunció Vex. Me puso en la mano un frasquito con un líquido transparente como el cristal.
—Llegados a este punto, el veneno me parece contraproducente —dije, pero lo destapé de todos modos. Un suave aroma a lavanda y menta flotó en el aire.
Ella resopló.
—Una poción calmante. Si la quisiera muerta, lady Evenfall, no habría salido con vida de aquel bosque.
Me lo bebí de un trago y sentí que un calor placentero se extendía por mis venas.
Vex me condujo fuera de mis aposentos, me llevó a través de pasillos repletos de sombras ondulantes, bajamos múltiples escaleras de caracol y pasamos por un patio amplio.
Finalmente, llegamos a la entrada de una torre alta que daba al vacío.
El corazón se me encogió al ver la gran caída que había bajo las nubes arremolinadas.
—El Gran Salón se encuentra en otra isla —comentó—. Cruzaremos por un puente de relámpagos.
Justo en ese momento, unos arcos eléctricos chisporroteantes se encendieron, entrelazándose para formar una estrecha pasarela palpitante, igual que la que yo había cambiado de sitio por accidente en el observatorio. El puente vibraba de energía.
—Todo aquel que entre en la ciudadela, salvo el Señor Oscuro, y ahora también usted, debe llevar consigo una ficha mágica —me explicó—, lo cual le permite pasar por los puentes según su rango y oficio.
Tragué saliva con dificultad, agradecida por el efecto calmante que ahora me calentaba las venas. Sin él, quizá me habría negado en rotundo a cruzar lo que parecía un rayo solidificado.
—La primera vez siempre es la peor —añadió, subiéndose al puente—. Mantenga la mirada al frente y evite mirar hacia abajo.
El estómago se me encogió, pero me obligué a avanzar. Cada paso me provocaba pequeñas descargas eléctricas en las botas. Cuando llegamos al otro lado, ya casi no tenía miedo, pero me iba a costar acostumbrarme a aquellos puentes.
Los guardias se pusieron firmes cuando pasamos por otro arco.
Tras un breve paseo, llegamos a unas imponentes puertas negras con incrustaciones plateadas.
Griffin apareció, y se detuvo en seco con una túnica demasiado corta, el dobladillo chamuscado y el pelo de punta, como si acabara de luchar contra una tormenta eléctrica.
—¡Lady Evenfall! —dijo, sin aliento—. Está usted… excepcional. Yo…, eh…, no mencionaría el retraso del vestido a su oscuridad. Casi incinera los primeros modelos que creó el sastre. Murmuró algo sobre «mi esposa no es un objeto de exhibición para que los hombres corrientes la miren con lascivia».
Parpadeé.
—¿Ha supervisado los diseños él mismo?
Griffin asintió.
—Rechazó tres. El primero dejaba demasiado a la vista, el segundo era demasiado… tradicional. El tercero salió ardiendo antes de que pudiéramos conocer sus observaciones específicas.
Lo agarré por la manga achicharrada.
—¿Siempre quema cosas cuando está enfadado?
—Solo las que tienen reemplazo —dijo Griffin, forzando una sonrisa—. Yo soy… indispensable, o eso espero.
Vex se aclaró la garganta con intención.
—Llegamos tarde, Griffin.
Se apartó a un lado y, con un movimiento de cabeza de Vex, los dos guardias abrieron las puertas para mostrar el Gran Salón.
Entré a un espectáculo de rosas, velas y una luz inquietante.
Las rosas negras trepaban por las columnas y colgaban del techo, sus pétalos metálicos reflejaban el parpadeo de innumerables velas negras con llamas frías y sobrenaturales.
A través de las imponentes ventanas, una puesta de sol de color rojo sangre se abría paso entre las nubes de tormenta en la lejanía.
El salón bullía de vida. Algunos invitados parecían humanos, otros…
no. Vi un par de vampiros de una belleza desconcertante que permanecían demasiado quietos como para parecer mortales; un grupo de nobles feéricos, cuyos rasgos perfectos contrastaban con unas miradas vacías escalofriantes; e incluso había algunos delegados con cuernos y pieles de un color gris carbón.
Kazimir Blackrose esperaba en la tarima.
Llevaba un abrigo de terciopelo negro con bordados plateados que imitaba el estilo de mi vestido, con cuello alto y refinado.
Llevaba el pelo hacia atrás y sus ojos gris tormenta se clavaron en los míos en cuanto entré.
La energía parecía crepitar en el espacio que nos separaba.
Vex se inclinó para susurrar:
—Última oportunidad para huir.
Exhalé despacio.
—¿Y perder la oportunidad de horrorizar a toda esta buena gente?
Ella asintió con un gesto seco y se colocó entre los demás consejeros. Una música grave y palpitante comenzó a sonar. No era algo melódico, sino más bien una vibración que se hundía en mis huesos. La multitud se abrió en dos para crear un pasillo ancho hacia la tarima.
Avancé, reuniendo todo el aplomo que había aprendido en su día para impresionar a los pretendientes de alta cuna. Barbilla alta, pasos firmes, mirada al frente. No lo hacía como una novia nerviosa. No, estaba allí bajo mis propios términos retorcidos.
Kazimir me observó mientras me acercaba con expresión tensa. Las sombras se agitaban en sus talones, retorciéndose durante una fracción de segundo antes de que él las aplacara. Cuando llegué al estrado, noté cómo emanaban de él oleadas de tensión controlada.
Inclinó la cabeza.
—Lady Evenfall —murmuró, con la voz lo bastante baja como para que solo lo oyera yo—. Tiene un aspecto… apropiado.
Mantuve el mismo volumen.
—Un gran piropo viniendo del Señor Oscuro. Usted casi parece civilizado.
Una fugaz chispa de diversión iluminó sus ojos, luego se volvió hacia el oficiante, un clérigo moreno cuyos ojos absorbían la luz en lugar de reflejarla y le conferían un aspecto profundamente inquietante.
—Estimados aliados, honorables invitados y temibles secuaces —entonó el clérigo, con una voz que retumbaba de forma extraña—, estamos aquí reunidos para presenciar la unión entre lord Kazimir Blackrose, su suprema oscuridad, Azote de Azroth, Terror de los Reinos Occidentales, y lady Arabella Evenfall, Descendiente del Primer Héroe y Maestra de las Artes Sanadoras.
Le lancé una mirada de reojo a Kazimir al oír ese último título. Era obvio que se trataba de una exageración dramática que él mismo había solicitado.
El clérigo prosiguió:
—Realizamos este ritual no de acuerdo a las insípidas costumbres de los reinos inferiores, sino según antiguos ritos de conquista y alianza.
Se aclaró la garganta y abrió un pesado tomo con páginas que crujían por la edad.