La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 8 Discute con tu futura esposa (para los villanos eso cuenta como preliminares)
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8 Discute con tu futura esposa (para los villanos eso cuenta como preliminares)

Kazimir

E n cuanto Griffin se marchó, noté que la temperatura del taller bajó unos diez grados. No a causa de ningún hechizo, sino por la fuerza de la mirada de Arabella, que me atravesaba como un puñal. Se quedó en la puerta, con la espalda recta y desprendiendo rabia a raudales.

—¿Se ha enterado de lo de las rosas? —Adopté una expresión de aburrimiento antes de darme la vuelta.

Se mantuvo erguida, prácticamente bullía de energía furiosa.

Vestía unos pantalones ajustados y una túnica de un profundo color esmeralda que resaltaba el verde y dorado de sus ojos.

Llevaba el pelo recogido en una trenza impecable que dejaba al desnudo la curva de su cuello.

De alguna forma, aquella pequeña porción de piel al descubierto consiguió encender una chispa de calor en mis entrañas, una molestia que me esforcé por ignorar.

—Tiene rosas encantadas que me sacan sangre —dijo con una voz peligrosamente calmada—, sin mi conocimiento ni consentimiento.

Dejé el dispositivo de medición arcano que había estado ajustando sobre el banco de trabajo.

—Es evidente que Griffin no debería habérselo contado.

En mi cabeza, maldije aquella lengua suelta. Tenía un don para desbaratar la mitad de mis planes trazados con cuidado con un simple arrebato de pánico.

—¿Eso es todo lo que tiene que decir? —Elevó el tono—. Viola nuestro acuerdo en cuestión de horas, ¿y le fastidia más la honestidad de un secuaz que el quebrantamiento en sí?

Me encogí de hombros.

—No recuerdo que hubiera ninguna cláusula que prohibiera las precauciones mágicas rutinarias.

—Rutinarias —repitió con los labios apretados—. Entonces, ¿en su mundo extraerles sangre a los prisioneros se le llama rutina?

—Sí —dije, señalando con la mano el desorden de reactivos y runas—. Una sola gota de sangre para garantizar el ritual es un procedimiento básico aquí. Además, la toma de muestras se realizó antes de que se fijaran nuestras condiciones.

Echaba chispas por los ojos.

—¿Y cuándo iba a hablarme acerca de este «procedimiento básico» exactamente?

—Después de la ceremonia —dije, después de decidir que la honestidad le sentaría mejor—. Llegados a ese punto, ya no importaría.

Acortó la distancia entre nosotros con rápidas zancadas y sin miedo, lo cual, curiosamente, me pareció digno de respeto.

—¿Para qué está usando mi sangre?

Tenía una mentira piadosa en la punta de la lengua, pero la descarté.

Ella no era ninguna princesa de un reino vecino a la que pretendía engañar durante un día y ya está.

Estaba destinada a ser mi esposa, al menos a llevar mi apellido, y la necesitaba si quería que la Reliquia del Dominio se sometiera a mi voluntad.

Por no mencionar los recientes… avances mágicos que habían suscitado mi interés. Ser cauto me parecía lo más sensato.

—Pruebas de resonancia. Para comprobar la compatibilidad de su linaje con el mío.

Endureció la mirada.

—¿Y bien?

Hice una pausa, recordando la sacudida de energía pura que había recorrido mis runas la noche anterior. El poder multiplicado por cuarenta.

—Los resultados fueron satisfactorios.

—Satisfactorios —repitió, con la voz cargada de desdén—. Venga, inténtelo de nuevo, lord Blackrose.

La paciencia se me estaba agotando.

—No le debo ningún desglose completo de cada examen mágico que llevo a cabo.

—Cuando mi sangre está involucrada en ellos, sí. —Me apuntó con el dedo y subió la voz varios tonos—. Teníamos un acuerdo. Después de la boda, me contaría sus planes. Eso no le da ningún derecho a tratarme como una especie de espécimen de laboratorio mientras tanto.

—¿Un espécimen de laboratorio? —Me reí, aunque sonó cortante—. Fue una gota de sangre, lady Evenfall, no una vivisección.

—Así se empieza —siseó—. ¿Cómo se supone que voy a confiar en usted si me roba sangre a escondidas?

Encontré aquello genuinamente entretenido.

—¿Confiar en mí? Está en la guarida del Señor Oscuro. Aquí la confianza no tiene cabida.

Me sostuvo la mirada, decidida.

—Sí, confianza. Sin ella, ¿qué me impide escapar en cuanto vea la oportunidad? ¿O sabotear la ceremonia?

Tenía razón. La Reliquia exigía una boda auténtica y, gracias a su obstinada resistencia a mi magia de dominio, necesitaba su consentimiento. En especial después de advertir en las pruebas que había realizado con su sangre lo peligrosamente poderosa que podía llegar a ser.

—¿Qué propone que haga, entonces? —Me crucé de brazos.

Ella volvió a señalarme.

—Quiero mantener nuestro acuerdo. No más secretos, no más experimentos a escondidas. Si necesita cualquier cosa: pelo, sangre, mi firma en un contrato demoníaco…, pídamelo.

La miré fijamente durante un largo rato. Una rehén normal hubiera suplicado que la liberase en lugar de negociar nuevos términos cada vez que se le presentase la oportunidad. Pero así era Arabella Evenfall.

—De acuerdo —dije, inclinando la cabeza—.

De ahora en adelante, la mantendré informada de aquellos trabajos de laboratorio que involucren sus valiosos fluidos corporales.

Pero no olvide cuál es su sitio. Sigue siendo mi prisionera, con acuerdo o sin él.

Adáptese o se encontrará en una situación bastante desagradable.

Un destello de… algo cruzó su expresión. Luego levantó la barbilla.

—Llevo toda mi vida adaptándome. Pero adaptarse no significa doblegarse, Blackrose. Debería aprender la diferencia.

Su descaro era en verdad impresionante. Estaba en mi taller, en mi fortaleza, y, sin embargo, se comportaba como si yo fuera el intruso indeseado. Me dieron ganas de estrangularla solo para ver si seguía hablando con tanto atrevimiento.

—Tenga cuidado —dije, dejando que una ráfaga de magia casi salvaje me recorriese la columna—. No soy conocido por tener una paciencia ilimitada.

—Y yo no soy conocida por permitir que los hombres, sean villanos o no, me traten como si fuera de su propiedad —espetó en respuesta.

Perdí el control. Avancé con paso firme hacia ella, eclipsándola con mi altura.

—Tal vez necesita que le recuerden cuál es su posición.

Ella permaneció perfectamente erguida. Sin temblar, sin acobardarse. Sus ojos brillaron con desafío.

—¿Cómo lo hará? —Levantó la barbilla—. ¿Volverá a amenazarme con hacer lo inimaginable con mis órganos?

—No se doblegará con tanta facilidad —admití, bajando la voz una octava—. El dolor no es más que un método directo . Pero existen otros métodos.

Extendí la mano y le acaricié la mandíbula con la yema del dedo. Se tensó, pero su expresión denotaba más rechazo que desprecio.

—Se le están agotando las ideas, lord Blackrose —dijo con frialdad, y apartó la cara.

La agarré del brazo antes de que pudiera alejarse del todo.

Ese pulso débil y acelerado volvió a recorrer mi antebrazo. Me enfureció tanto como me intrigó. ¿Era simple adrenalina, o había algo en ella que me hacía querer acercarme más y poner a prueba ese desplante?

—Dígame, entonces —dije en voz baja—, ¿qué otra cosa la convencería para mostrar un poco de respeto?

—El respeto —comenzó, dirigiendo una mirada acusadora a la mano con la que le sujetaba el brazo— se gana, no se toma.

El momento se volvió tenso, todo dentro de mí ansiaba ponerla a prueba en ese instante. Entonces exhalé, la solté y retrocedí con gran esfuerzo. Me negué a convertirme en un salvaje incapaz de controlar sus propios impulsos. Posesivo, sí. Imprudente, jamás.

—Está bien, lady Evenfall —respondí sin emoción alguna—. Consideraremos esto una enmienda de nuestro acuerdo. ¿Quiere honestidad? La tendrá. A cambio, yo mismo supervisaré su formación mágica.

Entrecerró los ojos.

—Ya me ha facilitado acceso a la formación mágica.

—Leer tomos polvorientos y recibir entrenamiento real son dos cosas completamente distintas. —Señalé el taller con intención—. No suelo ofrecer lecciones prácticas, ni siquiera a mis subordinados de más alto rango.

Dudó, convencida de que debía haber una trampa.

—Se refiere a que quiere controlar lo que aprendo.

—Piénselo mejor como una forma de guiar su potencial. —Dejé escapar una leve sonrisa sin humor. Ella era más importante para mis aspiraciones de lo que ella creía… Y más peligrosa—. Si va a estar a mi lado, necesito conocer sus capacidades.

—Porque una esposa poderosa es un recurso valioso, sin duda —añadió con la voz cargada de sarcasmo.

—Uno muy directo y placentero si se usa correctamente —murmuré, dejando que mis ojos la recorrieran. Sentí una punzada de satisfacción cuando vi algo brillar detrás de aquella mirada: ¿resentimiento, atracción, o ambas cosas?

Exhaló.

—¿Y si no me gusta lo que me enseña?

—El conocimiento es poder. Puede usarlo en mi contra si se atreve. —Me encogí de hombros—. Al menos eso le daría ventaja.

Lo sopesó con cuidado. Luego levantó la barbilla.

—De acuerdo, lord Blackrose. Acepto. Honestidad a cambio de honestidad. Poder a cambio de poder. —Extendió la mano—. Pero recuerde, sea lo que sea en lo que me convierta bajo su tutela, habrá sido usted quien me ayudó a llegar hasta allí.

Envolví sus dedos con los míos. Una débil chispa de magia saltó entre nuestras palmas… La había provocado ella, no yo. Involuntaria pero potente. Envió un rumor caliente a lo largo de las runas talladas en mis huesos.

—Excelente —dije antes de soltarle la mano y notar que mi piel seguía erizada donde nos habíamos tocado—. La ceremonia es al atardecer. Vex irá antes a recogerla. Entonces, será mía… en todos los sentidos posibles.

—¿Y después de la ceremonia? —preguntó, todavía con una postura terca—. ¿Cuándo empezarán las lecciones?

—Enseguida. Si lo desea.

Se dio la vuelta para marcharse. Asumí que lo dejaría ahí, pero se detuvo en la puerta.

—Una última cosa, lord Blackrose.

La miré, irritado.

—¿Sí?

El tono de su voz descendió hasta una calma letal.

—Durante estas pruebas que me ha hecho sobre este asunto de la «resonancia»… Si mi sangre no hubiera dado los resultados que buscaba, ¿qué habría hecho?

Sus ojos me taladraron, como si esperara consuelo. Casi me echo a reír.

—No estaríamos teniendo esta conversación —dije con sinceridad—. No habría motivos.

Ladeó la cabeza, como si confirmase una sospecha.

—Ya veo. Bueno, aprecio esta pizca de honestidad.

Luego la puerta se cerró y me dejó a solas con el eco de nuestra confrontación.

Me presioné la frente con la mano, sintiendo el zumbido de la magia de dominio en mis huesos que se había vuelto más fuerte desde el experimento de la noche anterior.

Exhalé y volví a mi mesa de trabajo. Aun así, no podía borrar de mi mente la imagen de aquella mirada inquebrantable y la forma en que mi piel vibraba en respuesta a la suya.

Me dije a mí mismo que podía soportarlo. Una mujer no iba a arruinar los planes que con tanto cuidado había elaborado. Por mucho que tuviera la voluntad más gloriosa e inquebrantable que jamás hubiera visto.