7 Conoce al estrafalario personal de tu villano (antes de que te extraigan más muestras corporales) #2
—Gracias a los dioses. Con suerte no me ejecutará por dejar que su prometida vuele por los aires la ciudadela el primer día. —Se apartó un mechón de pelo sudado y chamuscado de la frente—. Lord Blackrose ya tiene bastante con lo suyo, entre la boda, la dominación mundial y la perpetua melancolía…
Me crucé de brazos.
—Entonces, ¿este tipo de crisis ocurren con frecuencia?
Su expresión de pánico se contrajo.
—Oh, no. Bueno, en ocasiones se dan… problemillas. El sistema es temperamental. Por lo general es mi culpa. Pero esta vez… —Se detuvo, mirándome con cierta fascinación nerviosa—. ¿Cómo lo ha hecho?
Intenté no parecer culpable.
—Toqué el cristal por accidente. Y simplemente… reaccionó.
Los labios de Griffin formaron un «guau» silencioso.
—Los cristales solo deberían responder a sellos de magia específicos como el mío o el de su excelencia.
Cualquier otra persona necesitaría al menos unos cuantos rituales con sangre de cabra, además de cánticos al desnudo bajo la luna nueva para mayor seguridad.
Y, sin embargo, usted parece pasar por alto todos los pasos divertidos y solo… lo hace.
Me miró de nuevo y sentí que mi ira se intensificaba.
—Debe ser por su linaje —teorizó, con los ojos brillantes de emoción erudita—. La ascendencia del Primer Héroe es poderosa. Lord Blackrose dijo…
Aproveché la oportunidad.
—¿Así que ha estado hablándole de mí?
Tragó saliva.
—No en detalle, solo sobre… la importancia de su linaje. Y de que su presencia también lo es. Que no debía molestarla ni hacer nada que pudiera espantarla. Aunque supongo que el mero hecho de estar aquí ya es una molestia para usted, en cuyo caso probablemente debería irme…
—¿Esto lo ha creado usted? —Hice un gesto hacia el despliegue de cristales, cambiando de tema adrede para que se sintiera más cómodo.
Por un momento, el orgullo reemplazó la ansiedad en el rostro expresivo de Griffin.
—¡Así es! Bueno, bajo la dirección de su excelencia, por supuesto. Pero la estructura base del encantamiento es mía. —Gesticuló con ilusión—. Los puentes responden a las necesidades de la ciudadela: se adaptan a los patrones de tránsito y a cuestiones de seguridad.
—Es increíble —respondí, realmente impresionada—. ¿Qué más ha creado?
Se le iluminó el rostro, como si nunca nadie se hubiera molestado en preguntarle por su trabajo.
—Oh, ¡todo tipo de cosas! Los baños que se calientan solos, las barreras defensivas que impiden que los asesinos puedan acercarse a menos de tres metros de su excelencia…
—enumeró usando sus largos dedos—. También un intento bastante desastroso de crear plumas que escribieran poesías por su cuenta, pero solo producían sonetos eróticos sobre tentáculos.
Aunque se supone que tengo prohibido volver a hablar de ese tema.
Levanté una ceja.
—¿Y las rosas negras?
Sus ojos ambarinos se iluminaron con orgullo.
—¡Sí! ¿A que son magníficas? Pétalos metálicos, propiedades vinculantes… Eh, quiero decir, eso fue meramente por motivos estéticos…
—Sin duda son especiales —dije, con tacto—. Aunque una de ellas me mordió anoche.
—¡Oh! —Retrocedió como si le hubiera golpeado—. ¿Le… extrajo sangre?
Lo miré fijamente, dejando que el silencio respondiera por mí.
Él soltó una risa nerviosa y entrecortada.
—Se supone que solo extraen una pequeña muestra. Están, eh…, probando la resonancia mágica. Es algo totalmente rutinario si se siguen las directrices del Gremio de Hechiceros del Norte… Al menos, después de la última reforma.
Enderecé la espalda.
—Lord Blackrose metió rosas chupasangre en mis aposentos —dije, con tono seco—. Sin mi conocimiento ni consentimiento.
—No chupan —chilló—, ¡solo sacan muestras! ¡La toman prestada! Apenas una gota. Es indoloro.
Apreté la mano en un puño y me obligué a bajarlo.
—Así que el Señor Oscuro tiene mi sangre. ¿Qué está planeando?
Griffin miraba a todos lados menos a mí.
—No… No estoy seguro. Puede que forme parte de los ritos nupciales, o tal vez sea por ese texto antiguo sobre la «sangre de doncella» que…
Le interrumpí.
—Con que sangre de doncella, ¿eh? ¿Está insinuando algo sobre mi virtud, Griffin?
Balbuceó como si le faltara el aire.
—¡No! ¡Por supuesto que no! Ese asunto no es de mi incumbencia. Nunca me atrevería a…
Lo dejé retorcerse un momento, y luego decidí poner fin a su sufrimiento, en sentido figurado.
—Está bien, ya basta. Lléveme con él.
Dio un paso atrás, lo que le hizo tambalearse.
—Lord Blackrose está ocupado en su taller. Puede que esté en mitad de… algo, lo cual suele ser peligroso. En ocasiones humillante para la pobre criatura que lo interrumpe.
—No me interesa si está resucitando a un muerto. —Di un paso hacia él—. Me va a llevar con él ahora mismo, o toco hasta el último cristal de esta sala y ya verá el caos que desato. Tal vez se derrumben todos los puentes a la vez.
Palideció y miró rápidamente a su alrededor.
—S-sí, mi señora. Por aquí, por favor. Aunque si me incinera nada más verme, la culpa será suya.
—Hecho. —Hice un gesto hacia la puerta—. Usted primero.
Me guio a paso ligero por pasillos sinuosos, lanzando excusas y parloteando con nerviosismo, señalando varias cosas y, en ocasiones, disculpándose por algo que yo ni siquiera le había reprochado.
Finalmente, llegamos a una torre que me era conocida. En lugar de subir hacia mis aposentos, continuamos descendiendo. Al llegar abajo, giramos por un pasillo más oscuro y lo recorrimos hasta que Griffin se detuvo ante una puerta negra grabada con runas plateadas. Dudó por un momento.
—¿Está segura de que no prefiere redactar una reclamación formal?
Me limité a mirarlo fijamente hasta que, con aire taciturno, llamó a la puerta siguiendo un patrón peculiar: tres toques rápidos, una pausa y luego dos golpecitos más. Sin esperar a que respondiera, empujó la puerta y se hizo a un lado.
—Mi señor —graznó, con la voz subiendo una octava completa—. Lady Evenfall ha insistido en verle. Dice que es urgente y desde luego no es culpa mía. Lo he intentado todo, pero es terriblemente persistente…
—Cállate. —Desde dentro sonó el calmado barítono de Kazimir—. Puedes retirarte.
Griffin me dedicó una mueca de solidaridad poco entusiasta antes de marcharse corriendo y dejarme sola para que me enfrentara a la encarnación de mi rabia.
Kazimir estaba de espaldas a mí, inclinado sobre una mesa llena de herramientas arcanas y frascos de cristal.
La magia brillaba en un aparato, proyectando destellos de luz inquietante sobre su figura alargada.
Vestía de negro por completo, con las mangas enrolladas que dejaban ver unos antebrazos musculosos y cubiertos de cicatrices.
Ni siquiera la furia que sentía lograba opacar lo irracionalmente atractivo que estaba.
—Lady Evenfall —dijo, sin molestarse en darse la vuelta—. La estaba esperando.
—No me diga. —Entré y dejé que la puerta se cerrara tras de mí—. Supongo que había previsto mi visita cuando me robó la sangre sin mi consentimiento.
Murmuró algo que sonó sospechosamente como «Griffin».