La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 7 Conoce al estrafalario personal de tu villano (antes de que te extraigan más muestras corporales)
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7 Conoce al estrafalario personal de tu villano (antes de que te extraigan más muestras corporales)

Arabella

M e despierto entre unas sábanas sedosas, con un dosel imponente sobre mi cabeza y el recuerdo nauseabundo de que debía casarme con el Señor Oscuro en unas horas. Se me revolvió el estómago.

—Mierda. —Me presioné los ojos con ambas palmas de las manos. Aquella palabra sonó deliciosamente vulgar, así que la repetí en voz alta para que retumbara por todas las paredes.

Nadie irrumpió para regañarme por mi lenguaje ni a darme lecciones sobre decoro. El vacío se sintió liberador de un modo alarmante.

Dejé colgando las piernas sobre el borde de la cama y me preparé para sentir el frío de una fortaleza enclavada entre nubes de tormenta.

Ni siquiera la mullida alfombra bajo mis pies podía disimular lo gélido que era aquel lugar en realidad.

Solo el fuego que crepitaba en la chimenea evitaba que la habitación se congelase.

En el ropero había un sinfín de opciones: algunas prácticas y otras absurdamente lujosas.

Atrás quedaron las florituras en tonos pastel que tanto le gustaban a mi padre.

Escogí una túnica de color esmeralda intenso y unos pantalones de cuero negro, el tipo de atuendo que vestiría una chica si planeara quemar la fortaleza de su captor.

Cuando abrí la puerta, esperaba encontrar a un guardia. En lugar de eso, una escalera de caracol se extendía tanto hacia arriba como hacia abajo mientras reinaba el silencio. O Kazimir confiaba totalmente en sus protecciones, o de verdad iba a cumplir nuestro acuerdo.

Asumí que sus aposentos se encontrarían en la parte de arriba, así que me encaminé hacia abajo.

Quería ver todo lo que me fuera posible de la Ciudadela Skyspire antes de que alguien pudiera replantearse la decisión de haberme concedido aquella pequeña porción de libertad.

Las escaleras terminaban en un amplio pasillo que se bifurcaba a la izquierda y a la derecha.

Justo delante, dos guardias flanqueaban unas enormes puertas dobles. Se pusieron firmes cuando me acerqué.

—Buenos días. —Mostré mi sonrisa más cortés—. Lord Blackrose me ha concedido permiso para explorar.

Me preparé para recibir una descarga de indignación y un intento de arrastrarme de vuelta arriba. En su lugar, los guardias intercambiaron una mirada y después me dedicaron una reverencia. Uno de ellos señaló a su espalda.

—El salón principal está tras estas puertas, así como la salida al patio interior. Desde allí podrá acceder al ala este o a la biblioteca.

—¿Y ese pasillo? —Señalé a la derecha.

—Los Altos Jardines —respondió—. Tras ellos se encuentra el observatorio.

—Muchas gracias. —No apartaron las manos de sus armas en ningún momento, pero no me detuvieron.

Los pasillos formaban un laberinto de puertas cerradas y escaleras serpenteantes. Al final, descubrí una escalera estrecha, escondida tras una puerta camuflada. Subí hasta que me ardieron las piernas. En la parte de arriba, una trampilla dejaba entrar aire glacial.

Al salir, me encontré encaramada en una pared del exterior.

El viento me azotaba las mejillas mientras me inclinaba hacia delante, aferrándome al helado parapeto.

Mi corazón dio un vuelco al ver la altura a la que estaba.

Las paredes oscuras y brillantes conectaban cinco torres espaciadas a intervalos regulares, cada una de ellas centelleaba por las runas.

En el patio inferior, se extendía un enorme pentagrama trazado en piedra negra.

Cada línea y ángulo de la fortaleza parecía estar diseñado para crear una sinergia mágica, una infernal obra maestra de la arquitectura; Kazimir había construido aquel dominio para canalizar un poder inconmensurable.

Una ráfaga me empujó hacia atrás y decidí que ya había admirado las vistas lo suficiente.

De vuelta en el interior, deambulé hasta que casi me choqué con Pip, el sirviente asustadizo de la noche anterior. Los platos que llevaba en la bandeja traquetearon.

—¡Lady Evenfall! —dijo con un chillido. Un vendaje raído le envolvía la palma de la mano, tenía la gasa manchada de rojo.

—¿Qué te ha pasado en la mano?

—Nada, mi señora. Un pequeño incidente en el taller de su excelencia.

—Déjame ver. —Tiré de su mano con suavidad después de ayudarle a estabilizar la bandeja. Parecía dudoso, pero obedeció. Bajo el vendaje chapucero, encontré fragmentos de cristal clavados en un corte muy feo—. Esto no es nada que digamos —murmuré—. Hay que limpiarlo o nunca se curará.

Él retrocedió.

—Tengo otras obligaciones, mi señora. Lord Blackrose es muy exigente con la puntualidad.

—Suelta la bandeja —dije con firmeza, señalando un rincón cercano—. No se morirá si toma el té ligeramente más frío. —Aunque con Kazimir tenía mis dudas.

Pip dejó la bandeja sobre un banco de piedra y yo desenvolví el vendaje con cuidado. El corte parecía profundo. Haciendo caso omiso al leve temblor de agotamiento que aún sentía en las extremidades, cubrí su palma con ambas manos e invoqué la sensación de calidez que tan bien conocía.

Por un momento, recordé cada demostración forzada de mi «don», cuando me exhibían ante los campesinos para demostrar el heroico linaje de la Casa Evenfall.

En aquel entonces, había desempeñado el papel de alma caritativa mientras maldecía a mi padre entre dientes.

Pero ahora, sin público ni pretensiones, la sanación me pareció extrañamente sincera.

Exhaló, tembloroso.

—Ya no me duele. —Flexionó los dedos con asombro. El corte había desaparecido, solo quedaba una tenue línea rosada y ya no tenía clavadas las esquirlas. Las envolvió cuidadosamente en el viejo vendaje.

—Te sugiero que, para la próxima, evites los cristales rotos. —Me preparé para recibir el mareo que seguía cada vez que usaba mi magia, pero por extraño que pareciera no llegó a producirse.

Desvió la mirada hacia la bandeja del té.

—Debería marcharme. Si está frío, se enfurecerá.

—Dile que te detuve para pedir unas indicaciones o que amenacé con prenderle fuego a la biblioteca. Lo que suene más creíble.

Me ofreció una sonrisa tímida.

—Gracias, mi señora.

—Venga, vete. No podemos permitir que un té templado desate el apocalipsis.

Pip se marchó a toda pastilla. Yo me quedé allí por un momento, respirando el frío aire de la fortaleza y el ligero olor a ozono.

Las prioridades de Kazimir estaban muy claras: que le sirvieran el té sin demora, aunque eso significara que su sirviente manchara de sangre la bandeja. Desgraciado arrogante.

Pero si pensaba que aquel matrimonio le garantizaría mi obediencia, el mismo tipo de temerosa deferencia que exigía con las bebidas, se llevaría una gran sorpresa.

Giré una esquina y llegué a una sala circular que me dejó sin aliento. Aquello debía de ser el observatorio.

Un enorme artilugio de cristal colgaba del techo con forma de cúpula, refractando la luz de tormenta que entraba por las ventanas que cubrían desde el suelo hasta el techo.

Debajo, otros cristales más pequeños flotaban sobre un círculo de pedestales, cada uno de los cuales proyectaba brillantes caminos de luz que unían las torres con islas a la deriva. Puentes.

Me acerqué a un pedestal, con la mirada fija en la imagen de un puente.

Mientras lo observaba, la estructura parpadeó y cambió de posición, hasta conectarse con una nueva roca flotante.

Los puentes no eran estáticos, podían sufrir alteraciones, fusionarse o desaparecer en cualquier momento.

No era de extrañar que Kazimir conquistara reinos con tanta facilidad.

Sería imposible invadir aquel lugar en su totalidad.

Un paso en falso y te encontrarías varado sin salida en un trozo de roca flotante.

El hombre podía ser un lunático brutal y dominante, pero era aterradoramente inteligente.

Volví al pedestal del principio, intentando encontrar algunas runas o palancas que controlaran el mecanismo. Casi sin pensar, toqué el cristal.

Una fuerza poderosa me atravesó. El cristal cobró vida y retiré la mano con rapidez, pero no sin antes provocar una especie de colapso mágico.

Oí gritos retumbando por los pasillos. El puente bajo mis dedos brillaba de forma errática, retorciéndose sobre sí mismo.

Las imágenes contiguas parpadearon y se distorsionaron.

—Mierda —siseé, retrocediendo a toda prisa—. Mierda, mierda, mierda.

—¡Oh, no! ¡No, no! —chilló una voz desde la puerta, tan aguda y aterrorizada que rozaba la histeria—. ¡Otra vez no! ¡Esta vez sí que me va a matar de la forma más creativa y horrible que encuentre! ¡Puede que incluso repita después!

Una figura desgarbada entró tambaleándose en el observatorio con la elegancia de un potro recién nacido.

Increíblemente alto, con brazos y piernas flacuchas, el pelo le asomaba con aspecto de paja quemada y el rostro que casi le vibraba de pánico…

Debía de ser el cortesano más extraño que había visto jamás.

Se agachó bajo el arco a pesar de lo alta que era la puerta y se dirigió directo al pedestal dañado.

—Tres guardias en el puente del este —murmuró—. Caerán en picado…

Se quedó inmóvil al verme. Abrió sus ojos amarillentos de forma cómica.

—Un momento, usted es… Oh, no debería estar aquí. Nadie debería entrar en mi observatorio excepto lord Blackrose y yo, y mucho menos jugar con los cristales. Quiero decir, está claro que nadie le ha contado…

—¿Quién es usted?

—Griffin. —Asintió con la cabeza bruscamente; si le echaba un poco de imaginación, podía pasarlo por una reverencia—. Soy el hechicero de la ciudadela. Entre… otras cosas. —Luego hizo un gesto con la mano señalando el pedestal—. Si me permite…

Asentí con la cabeza y él movió sus manos de araña sobre el cristal, murmurando un conjuro en voz baja.

Poco a poco, la luz caótica se calmó. Las retorcidas ilusiones de los puentes se ralentizaron hasta convertirse en un zumbido constante y los gritos lejanos se apagaron.

La tensión que sentía se desvaneció cuando todo volvió a la normalidad.

Griffin se relajó y exhaló aliviado.