6 Juega a ser un alquimista chiflado a las 3 a. m. (la ética se vende por separado)
Kazimir
A ún faltaban horas para el amanecer y ya había aceptado que dormir era una causa perdida. Mis pensamientos iban y venían entre la ceremonia del día siguiente y la suite protegida donde se encontraba una furiosa lady Evenfall.
Dejé mis aposentos y cerré con llave y un hechizo.
Cualquiera con un mínimo instinto de supervivencia se mantendría alejado, pero no me fiaba de mi nueva prometida.
La fortaleza permanecía en silencio excepto por el zumbido ocasional de las esferas de luz flotantes.
Las nubes de tormenta se arremolinaban al otro lado de una ventana alta, iluminando el cielo con relámpagos y provocando estruendos que hacían vibrar la piedra suspendida en el aire.
Me detuve frente a los aposentos de lady Evenfall, apoyando los dedos en los sigilos todavía tibios que había grabado horas antes. Los hechizos de protección vibraron en respuesta.
Solté una risa entrecortada.
—Iba a arrojarla a una mazmorra después de la ceremonia —murmuré—. Y ahora la tendré deambulando por los pasillos, probablemente conjurando a saber qué y prendiendo fuego a mi personal. Te has lucido, Kazimir. En serio.
Supuse que era culpa mía. Había planeado quebrantar su voluntad, encerrarla, completar el ritual de matrimonio, reclamar los poderes de la Reliquia y punto final.
Sencillo. Eficiente. Villanía de manual.
Sin embargo, mi glorioso plan había acabado en negociaciones con ella sobre sus libertades como si fuéramos iguales. No, peor: había cedido en algunos puntos de forma voluntaria. Lo próximo podría ser ofrecerles el privilegio de hacer un brunch a ella y los lacayos.
Descendí cinco plantas por debajo de mis aposentos privados hacia mi estrecho y caótico taller. Estantes con pergaminos, pilas inestables de libros antiguos, vasos de precipitados alquímicos y artilugios mecánicos a medio terminar ocupaban cada centímetro de las paredes.
En el centro, un ancho banco de trabajo permanecía despejado.
Me moría de ganas de probar algo desde que había descubierto la sangre de lady Evenfall en las rosas encantadas, que no solo eran decorativas, sino que estaban diseñadas para recolectar la sangre de quien las tocara.
Y yo había embotellado aquella gota sin que se diera cuenta.
Con un gesto, encendí las lámparas de aceite que había en la sala y ordené mis herramientas. Saqué el frasquito del bolsillo. Antes de poder continuar, alguien llamó a la puerta.
—Adelante —dije, sin molestarme en levantar la vista.
Pip entró sin hacer ruido, cargando una jaula con un ruiseñor en su interior. Lo colocó sobre el banco de trabajo, con manos temblorosas.
—El pájaro que solicitó, mi señor —dijo con suavidad.
Examiné minuciosamente a la aterrada criatura, golpeando las rejas hasta que se quedó paralizada bajo mi magia; no tenía sentido perseguirla por el taller. En la periferia, sentí que Pip cambiaba el peso de un pie a otro.
—¿Qué? —pregunté, dejando que la irritación se colara en mi voz—. Imagino que sigues aquí por algún motivo, ¿no es así?
Percibí el movimiento de su garganta al tragar.
—El personal de cocina se preguntaba si habrá alguna petición especial para el banquete de boda.
Golpeé la mesa con el puño, haciendo vibrar los cristales y provocando que los frascos se deslizaran hacia el borde. De todas las trivialidades…
—¿No podías esperar a mañana?
Él tartamudeó:
—S-Sims temía que se repitiera lo ocurrido en el último banquete, mi señor, cuando Griffin animó los entrantes…
—Está bien —espeté, señalando hacia la puerta—. Diles que preparen lo que les parezca. Ahora vete de aquí antes de que me desconcentres con tus lloriqueos.
Pip hizo una reverencia, se dio la vuelta demasiado rápido y se estampó contra una repisa. Varios frascos vacíos cayeron al suelo y se hicieron pedazos.
—¡Lo siento, mi señor! —jadeó, agachándose para recoger los cristales y cortándose las manos en el proceso.
Me acerqué a toda prisa en tres zancadas y lo levanté por el cuello de la camisa. El familiar remolino oscuro de mi magia de dominio crepitó en la estancia.
—Fuera —gruñí, dejando que la amenaza descarnada en mi voz tensara el ambiente.
Palideció, abrió mucho los ojos con terror y huyó sin decir nada más. En cuanto la puerta se cerró tras él, las sombras volvieron a enroscarse en mis huesos, dejándome con el ceño fruncido tras aquel lapsus momentáneo.
Respiré hondo, obligándome a calmarme, y luego saqué al ruiseñor de su jaula. El corazón le latía con fuerza contra la palma de mi mano.
—Considera esto tu contribución a una causa villana mayor —murmuré, acariciando sus plumas.
Un destello de poder, una resonancia susurrada a través de las runas talladas en mis costillas, y la fuerza vital del pájaro se drenó en brillantes espirales de luz pálida.
Dejé a un lado el cuerpo inerte y vertí la esencia resplandeciente en un cuenco de plata.
Coloqué dos recipientes de cristal inmaculados sobre el banco de trabajo, uno con un poco de mi sangre recién vertida y el otro con una sola gota de la de Arabella.
Los conecté con delicados filamentos de plata.
Cantando en la lengua gutural y antigua que mi madre me había inculcado a golpes, sentí cómo cada sílaba vibraba a través de las runas bajo mi piel.
La fuerza vital que había capturado del pájaro se elevó en forma de zarcillos azules, dividiéndose en dos corrientes que se fusionaron con ambos recipientes.
Los filamentos se encendieron, cubriendo la distancia entre ellos.
En un instante, todo se tornó incandescente. Una onda expansiva de magia me lanzó al otro lado de la habitación, y a mi alrededor se estrellaron libros y frascos y formaron una tormenta de cristales rotos. Maldije, protegiéndome los ojos de la intensa luz.
Los vasos entonaron un acorde sobrenatural que reverberó en mis huesos. Las runas talladas en mis costillas ardían al rojo vivo, una llama de energía pura que debería haberme dolido, pero que en cambio me provocó una sensación peligrosamente eufórica.
Por lo más oscuro del averno .
Me levanté a trompicones, intentando ver a través de la intensa luz. Ambos recipientes de cristal brillaban como pequeños soles, con unas líneas de poder latiendo en perfecto unísono entre ellos. Mis instrumentos diseñados para analizar fuerza mágica marcaron valores fuera de lo normal.
—Una amplificación cuarenta veces mayor —murmuré, con la incredulidad apoderándose de mi voz—. Eso es… imposible. Eso es… Joder.
Los textos antiguos daban a entender que el linaje heroico de mi futura esposa amplificaría mi magia de dominio, tal vez doblándola o triplicándola. ¿Pero aquello? Multiplicarlo por cuarenta resultaba en una fuente de poder disparatada.
La puerta se abrió de golpe y Vex entró corriendo, con la daga levantada.
—Mi señor, toda la fortaleza lo ha sentido. ¿Va todo…?
—Estoy bien —espeté, sin apenas mirarla. No dejaba de mirar las luces que bullían—. Un pequeño experimento con resultados sorpresivamente grandiosos.
Se fijó en el destrozo, desde los cristales rotos hasta la energía que aún zumbaba.
—¿Debería ir a buscar a Griffin?
—No —respondí, cortante. Luego me recompuse—. Puedes marcharte. Y no hables de esto con nadie . ¿Entendido?
Hizo una breve reverencia, con el rostro tenso por la curiosidad, pero no se dejó llevar por ella.
En cuanto me quedé solo de nuevo, cogí mi diario y escribí frenéticamente, anotando todas las mediciones y los efectos que había observado. Si la sangre de Arabella había hecho esto con unas pocas gotas de la esencia vital del pájaro, ¿qué pasaría si completáramos todo el ritual de la Reliquia?
Podría remodelar continentes , pensé, caminando sobre los cristales. Arrasar con reinos con una sola palabra. Y, con la Reliquia del Dominio alimentándome, probablemente podría arrancar la luna y ponérmela como un puto sombrero .
Cuando acabé, sellé el diario con un hechizo de protección personal. Cualquiera que intentara fisgonear, quedaría vaporizado en el acto.
Los dos recipientes continuaron con su inquietante y armonioso resplandor. Hice rodar un fragmento de cristal roto entre mis dedos ensangrentados y reflexioné sobre lo cerca que estaba de conseguir el poder absoluto.
Y sobre lo mucho que dependía de una novia obstinada que se negaba a doblegarse.
—El universo tiene un grotesco sentido del humor —murmuré—. El potencial de un poder apocalíptico… envuelto con cuidado en la mayor vulnerabilidad que he experimentado en años. Y todo ello ligado a una noble de lengua afilada y exasperantemente hermosa.
Los recipientes respondieron con un pulso de luz, como si su sangre se mostrara de acuerdo con mi frustrada confesión.
Afuera, volvió a retumbar un trueno que sacudió la torre.
Me quedé de pie entre los escombros, con la adrenalina zumbando en los bordes quemados de mis runas, con la única certeza de que todo se había vuelto mil veces más complicado.
Y peligrosamente más intrigante.