La guía del Señor Oscuro para la seducción (y otros crímenes de guerra) 5 Negocia con un villano (sujeto a términos y condiciones) #2
6%

5 Negocia con un villano (sujeto a términos y condiciones) #2

Entonces, para mi total sorpresa, se arrodilló con elegancia.

El movimiento carecía de sumisión, en todo caso, parecía aún más peligroso así.

Los músculos se tensaron bajo la piel de dragón, como si una violencia calculada pudiera brotar de aquella elegante postura agazapada.

Levantó la mirada hacia la mía, unas pestañas oscuras enmarcaban una mueca letal mientras tomaba mi mano con la suya.

—Lady Arabella Evenfall, ¿me concedería el honor de convertirse en mi esposa? —preguntó con voz grave—. Prometo atesorar su poder y esforzarme por que cada rendición merezca correr el riesgo de querer más.

Su pregunta retumbó en la habitación, las notas graves vibraron en mi columna vertebral incluso después de que las palabras se desvanecieran. Por un instante imprudente, quise inclinarme hacia aquella voz aterciopelada.

Reprimí el impulso.

—Puede que sea la peor pedida de mano que haya escuchado jamás.

Se puso de pie con un movimiento rápido, sin soltarme la mano. El cuero y las escamas zumbaron cuando rodó los hombros. El aire cambió, trayendo el mismo olor a tormentas invernales y madera carbonizada hasta mi piel.

—Haga una lista con sus propuestas anteriores y decidiré si debo sentirme ofendido o satisfecho.

Dejé que el silencio se prologara, estudiándole como si fuese yo quien estuviera al mando.

—¿A cuántas personas le ha pedido matrimonio? ¿Cómo sé que no soy la última en una larga lista de esposas fallecidas?

—Usted es la primera, lady Evenfall. —Su voz volvió a tronar dentro de mí.

—¿La primera… qué? —Era importante precisar esas cosas. Los villanos eran conocidos por sus creativas formas de interpretar la verdad.

Una chispa de diversión permaneció en sus ojos.

—La primera a la que le propongo matrimonio.

—Entonces, tal vez no esté al tanto de que las amenazas normalmente no forman parte del cortejo. —Trazó un círculo con el dedo en la palma de mi mano, y yo me zafé de su agarre.

—Amenazas aparte —dijo, apoyándose de forma casual en el brazo de una silla—, sospecho que necesita algo más que vacías promesas de lealtad. Me da la impresión de que es alguien a la que le gusta jugar al límite.

Aquello era más acertado de lo que quería admitir, por lo que solo me encogí de hombros.

—Hablando de límites… Me gustaría negociar los términos de este acuerdo.

Me miró fijamente, sin revelar nada. Interpreté su falta de rechazo inmediato como un permiso para continuar.

—Me quería a mí en específico —dije, rodeando la cama para mantener una barrera entre los dos—. Presumiblemente, por mi linaje. Y necesita que me presente en el altar sin patalear ni gritar.

Una sonrisa tenue se dibujó en sus labios, aunque la tensión le hacía adoptar una postura rígida.

—Continúe.

—Si requiere de mi cooperación, entonces tengo algunas condiciones.

Primero, quiero poder moverme con libertad por la fortaleza.

Sin guardias pisándome los talones ni puertas cerradas con llave.

No se me tratará como a una prisionera. Segundo, quiero desarrollar mi magia.

Toda ella, y no solo los métodos de sanación que aprobaba mi padre.

Entrecerró los ojos con interés.

—¿Su padre limitó su formación mágica?

—Mi padre veía la magia de sanación como algo rentable frente a pretendientes potenciales. Nunca me permitió aprender nada más, mucho menos si dejaba entrever un lado más letal.

Los ojos de Kazimir brillaron con genuino interés.

—Quiere explorar sus talentos destructivos.

Asentí.

—En parte, sí. Si estoy destinada a ser una «Dama Oscura», no lo haré a ciegas.

Inclinó la cabeza.

—Siga.

—Tercero: honestidad total. Quiero saber exactamente qué planea hacer con mi linaje y conmigo después de la boda. Mi padre me trataba como un peón. No me apetece cambiar a un amo por otro que no me ofrezca claridad.

Hizo un gesto sutil y evasivo con los hombros.

—¿Algo más?

Me aclaré la garganta.

—Nada de sexo.

Con aquello me gané una mirada afilada.

—Nada de sexo —repitió, con tono burlón.

Ignoré el remolino de calor de mi pecho.

—Me niego a que me obliguen a meterme en la cama de nadie. Esto es un matrimonio por conveniencia, no por amor.

Me estudió durante un momento. Luego una sonrisa se apoderó lentamente de sus labios.

—¿Le preocupa acabar disfrutándolo, lady Evenfall?

—No se eche tantas flores. —Lo miré con ira, sintiendo cómo se me enrojecían las mejillas—. Me preocupa mi privacidad. Siendo franca, parece que usted tiene una gran capacidad para ignorar los límites.

Kazimir se quedó completamente inmóvil.

—Está bien. Acepto sus términos, pero añado dos más. Uno: caminará hacia el altar por voluntad propia. Nada de berrinches, nada de esfumarse, nada de numeritos humillantes delante de mi corte.

Lo sopesé.

—No me supone ningún problema. ¿Y el segundo?

—Conocerá los detalles de mis planes después de la boda, no antes.

Cómo no. Tendría que haber imaginado que se guardaría algo.

—¿Cómo sé que los compartirá todos conmigo, o que no me matará en su lugar?

Se encogió de hombros.

—No lo sabrá, pero si ya tuviera claro que voy a matarla, las negociaciones no tendrían sentido. Los cadáveres no me despiertan interés alguno.

Fruncí el ceño, esperando sentir el escozor detrás de los ojos, el de mi sentido de la verdad mágico indicándome que estaba mintiendo. Pero nunca llegó. Me estaba diciendo la verdad, o al menos en parte. Me crucé de brazos.

—Dejando a un lado todos sus planes de villano, ¿qué ocurrirá conmigo una vez consiga lo que quiere?

—Seguirá siendo mi esposa, con todos los privilegios y protecciones que conlleva. —Se levantó y se acercó a mí, pasando de estar relajado a ponerse en guardia en un abrir y cerrar de ojos—. Incluyendo protección contra su padre, en caso de que intente reclamarla.

Aquello… no era lo que esperaba.

Kazimir estudió mi reacción.

—No volverá a tocarla —añadió con tono sombrío—. Nadie hiere lo que es mío y vive suficiente para intentarlo una segunda vez.

La posesividad de su tono desató algo caliente y peligroso en mi pecho. Di un paso atrás, necesitaba poner distancia entre los dos, pero tenía bastante claro lo que iba a elegir.

—Entonces, acepto. Asistiré a la ceremonia sin provocar incidentes y esperaré a que pase para escuchar cualquier plan retorcido que haya ideado.

La satisfacción iluminó sus ojos.

—Bien. Y en cuanto a la regla del sexo…

Me preparé para recibir una negativa.

Dejó escapar una sonrisa.

—Nada de sexo…, hasta que me lo pida.

Antes de que pudiera lanzarle una réplica mordaz, levantó los brazos y murmuró unas palabras en una lengua extraña.

Los sigilos brillaron por las paredes y las ventanas.

Una ráfaga de luz violeta recorrió mi piel antes de hundirse en la piedra.

Sentí aquel persistente cosquilleo obscenamente íntimo, como si su magia hubiera trazado cada centímetro de mi cuerpo, decidido a recordar mi forma.

—Las protecciones —anunció, con repentina seriedad—. Le permitirán vagar libremente por el interior de la fortaleza, pero cualquier intento de escapar de la Ciudadela Skyspire será en vano. Créame, no quiere saber lo doloroso que sería averiguarlo.

Recuperó su capa y luego se detuvo en la puerta, con la mirada oscura fija en mí.

—Que descanse, lady Evenfall.

Un segundo después ya no estaba.

Me quedé de pie, con el pulso todavía acelerado, y repetí en mi cabeza cada frase de nuestra estrambótica negociación. ¿Realmente había ganado algo de libertad, o solo me había complacido para garantizar mi obediencia?

«Hasta que me lo pida». La arrogancia de aquel hombre era impresionante.

Las rosas junto a la chimenea captaron mi atención. Los pétalos se movían como si susurraran, burlándose de mi intento de control.

—Callaos —les murmuré, sintiéndome más tonta que nunca—. No sois más que unas flores.

En algún lugar en el fondo de mi mente, habría jurado que se rieron.