5 Negocia con un villano (sujeto a términos y condiciones)
Arabella
L as ataduras de sombra desaparecieron en cuanto salimos del estudio de Kazimir.
Los villanos más prácticos ahorraban magia cuando podían valerse de la fuerza física.
Vex me sujetó con fuerza del brazo mientras nos abríamos paso por la fortaleza del Señor Oscuro.
Su agarre sugería que podía romper huesos con la misma facilidad con la que encendería una vela.
Tenía frío por el vestido mojado, así que me ajusté la capa alrededor de los hombros y fruncí el ceño por el olor tan característico que desprendía a tormentas invernales y acero, atenuado por el aroma ahumado de la madera carbonizada.
Sentí una leve chispa de satisfacción al recordar cómo Kazimir había estampado a aquel guardia contra la pared.
Mi padre no me había defendido ni una vez de miradas lascivas, así que encontré perturbadoramente agradable ver cómo alguien se ofendía de verdad en mi nombre.
Aunque ese fuera el Señor Oscuro. Aunque todavía estuviera intentando averiguar si su rabia se había debido a la mirada del guardia o a algo distinto por completo.
Llegamos a un pasillo iluminado por esferas de luz flotantes de color azul pálido.
Al pasar por delante, me miré en un espejo enorme que había en la pared.
Mi cabello colgaba recogido en trenzas medio deshechas, y el polvo y las manchas me oscurecían las mejillas.
Parecía una heroína extenuada de alguna balada trágica, entregada a un monstruo a cambio de un puñado de cabras.
—¿A dónde me lleva exactamente? —pregunté después de varios minutos de silenciosa y ardua marcha.
—A la torre privada del señor —respondió Vex, impasible.
—¿Y dónde estamos ahora mismo?
—En la Ciudadela Skyspire. —Subió por una escalera de caracol que conducía a una torre.
Contuve un gemido. Mi cuerpo ya palpitaba por los intentos anteriores de usar la magia y por aquel día tan caótico. Cuando nos detuvimos en un rellano, me ardían los gemelos. Vex permanecía inalterable, apenas había perdido el aliento.
Me llevó hasta una impresionante puerta de hierro y madera oscura, introdujo una llave y la abrió.
Más allá se extendía una habitación mucho más opulenta de lo que esperaba.
En mi mente imaginé una celda húmeda o un cuarto sin ventanas, algo más acorde con la sombría reputación de Kazimir.
En cambio, me encontraba en un dormitorio circular lleno de lujosos muebles, alfombras de felpa y una gran cama con dosel cubierta con seda de color burdeos.
Las rosas negras me llamaron la atención. Había jarrones repletos de ellas adornando prácticamente cada superficie.
—¿Son de verdad? —pregunté, acercándome a un ramo muy vistoso.
—La joya de la corona de Griffin —respondió con un ligero tono de exasperación.
Acerqué la mano para tocar un pétalo, pero la encogí de inmediato al sentir un pinchazo. Una gotita de sangre brotó en la punta de mi dedo y los pétalos de la flor parecieron temblar en respuesta.
—Muerden —me advirtió demasiado tarde.
Me chupé la sangre y miré aquellas rosas malignas con una mueca.
—Qué… encantadoras.
—Griffin tiene unas nociones muy entusiastas en lo que a la decoración se refiere —remarcó—. Considera que la futura Dama Oscura debería estar rodeada de símbolos intimidatorios.
Casi me reí ante la absurdidad de todo aquello.
—¿Debería empezar a practicar mi risa malvada o hay algún manual introductorio?
Cruzó la habitación para abrir una segunda puerta.
—La sala de baño está por aquí. Ahí encontrará ropa limpia. —Se dio la vuelta para marcharse.
—Mi gente —dije—. ¿Qué ha ocurrido con ellos?
La postura de Vex se volvió tensa antes de responder.
—Su dama de compañía está en casa. Así como sus guardias y su conductor. Que estén sanos y salvos ya es algo que… escapa de mi conocimiento.
El alivio se mezcló con una punzada de culpa por no poder proteger a Agnes de los rumores que sin duda se propagarían. Al menos no había acabado en aquella ciudadela.
Vex hizo un gesto hacia la puerta principal.
—Yo no intentaría huir antes de que lord Blackrose llegue para establecer las protecciones. Las escaleras están protegidas. Si intenta bajarlas sin permiso, descubrirá cómo funcionan por las malas.
—Espere —la llamé mientras se dirigía al pasillo—. ¿Quién es usted?
Ella se detuvo, con una expresión inquietante pese a su perfecta compostura.
—Soy la administradora de Skyspire.
Luego se escabulló al pasillo y giró la llave en la cerradura tras ella.
Administradora de Skyspire , pensé con ironía, encontrando el título terriblemente inapropiado para la mujer que me había subido a rastras por interminables tramos de escaleras con la eficiencia de un soldado experimentado. Sin duda, era mucho más que la asistente glorificada de Kazimir.
Me acerqué a la ventana alta más próxima, en parte con la esperanza de ver un patio o paredes.
En cambio, me encontré con unas nubes de tormenta arremolinándose debajo de mí.
La fortaleza permanecía suspendida en el aire, sin estar sujeta a nada más que a rocas dentadas que flotaban en la misma oscuridad turbulenta.
De vez en cuando, unos rayos violáceos iluminaban otros fragmentos suspendidos en la tormenta.
Al menos uno de los rumores sobre el Señor Oscuro era cierto.
—Bueno —murmuré—, esto complica las cosas.
Aparté la mirada y me adentré más en mi prisión dorada.
La sala de baño era pura indulgencia: una enorme bañera a ras del suelo, accesorios de latón y una gran variedad de jabones que olían a lavanda y especias.
El vestidor contiguo estaba repleto de vestidos en tonos joya saturados, camisones adornados con delicados encajes e incluso algunos trajes de montar.
Todo de mi talla. Todo mucho más extravagante que cualquier cosa que tuviera en casa.
El cansancio se apoderó de mis extremidades, así que me desnudé y me sumergí en la bañera. El agua caliente trajo consigo un alivio innegable, pero mientras me frotaba la suciedad del día, una preocupación más profunda se instaló en mi mente.
¿Por qué yo?
Kazimir Blackrose había escogido a la hija de una casa noble arruinada. Nuestra finca prácticamente no valía nada. El favor de mi padre era motivo de burla entre la nobleza. Aunque había una cosa en mi familia que seguía siendo valioso…
El linaje de mi madre, que se remontaba al Primer Héroe.
Era lo único que me daba valor ante los ojos de alguien como Kazimir Blackrose.
¿Pero para qué iba a querer sangre heroica?
No me gustaron las respuestas que me dio mi cabeza.
El miedo se acumuló en mi estómago mientras imaginaba ritos repugnantes, herederos a la fuerza pervertidos por la magia oscura o pactos arcanos en los que me drenarían las venas para alimentar a alguna monstruosidad.
No contuve el escalofrío que me produjo aquel pensamiento ni traté de deshacerme de él. La información era poder, después de todo. Ahora que sabía que Kazimir necesitaba algo más que mi docilidad, podía intentar negociar. De tener alguna ventaja, era ese linaje especial que él buscaba.
Cuando terminé de bañarme, escogí un vestido simple color verde bosque del armario. Se deslizó sobre mi piel como si estuviera hecho justo a mi medida. Me dejé el pelo suelto para que se secara y quedara ondulado, y volví a la sala principal.
Unos tímidos golpes me impulsaron a abrir la puerta. Un muchacho, que no podía tener más de dieciséis años, estaba allí de pie, haciendo equilibrios con una bandeja llena de comida.
—Mi señora —balbuceó—. Le he traído su comida.
Lo invité a pasar y lo observé mientras disponía pollo asado, pan y verduras en una mesa baja cerca de la chimenea.
—Gracias —dije—. ¿Cómo te llamas?
Se quedó mirando al suelo.
—Pip, mi señora.
Le di las gracias por la comida y se marchó.
A pesar del nudo de inquietud que sentía en el vientre, me di cuenta de que estaba hambrienta y devoré hasta el último bocado.
Acababa de terminar de rebañar con pan lo que quedaba de salsa cuando la cerradura chasqueó y la puerta se abrió sin previo aviso.
El fuego crepitó con menos fuerza y las sombras se arrastraron por las alfombras un instante antes de que Kazimir cruzara el umbral. Llevaba una chaqueta ajustada de escamas negras brillantes (¿piel de dragón?) que resplandecía tenebrosamente a la luz de las llamas.
Sus ojos, igual de negros, me recorrieron de arriba abajo. Una delgada línea roja marcaba el corte que le había hecho antes.
Lanzó un vistazo a la capa doblada de la silla y después a mí.
—El verde le sienta mejor que eso.
—Sus secuaces tienen un gusto interesante —dije, intentando sonar despreocupada—. Aunque me alegra que no me hayan obligado a ponerme un vestido cubierto de rosas negras. Casi no sobrevivo a las que están en los floreros.
Apretó los labios, pero siguió avanzando, rozando con la yema de un dedo los pétalos de una rosa negra. La flor se cerró bajo su tacto.
—Ya le hemos llamado la atención a Griffin sobre sus… excesos. Tiende a olvidar que no todo el mundo valora la flora carnívora.
—Pobre Griffin. Probablemente esté a moco tendido encima de sus rosas devora personas.
Kazimir ignoró el dardo.
—He venido a establecer las protecciones. La mantendrán en esta habitación a menos que yo le conceda el permiso para salir.
—Y yo que pensaba que venía a pedirme matrimonio en condiciones. —Las palabras se me escaparon antes de poder reprimirlas. Deslicé un dedo por la silla cubierta de terciopelo—. Pero supongo que eso sería demasiado tradicional para el Señor Oscuro.
Arqueó una ceja, claramente divertido. Flexionó los dedos una vez a los costados.
—¿Tradicional? ¿Preferiría que hincara rodilla?
—Bueno, me secuestró —señalé, cruzándome de brazos—. Supongo que un mínimo de cortesía no le haría daño.
Por un instante, el recelo parpadeó en su rostro. Dio un paso atrás y me observó con aquellos ojos fríos y hermosos.