4 Frunce el ceño, gruñe, repite (introducción al romance tóxico)
Kazimir
D urante un largo rato, me quedé exactamente donde estaba: cerniéndome sobre mi reticente futura esposa mientras ella permanecía tirada en el suelo de mi estudio, con mis sombras sujetándole las extremidades y los ojos ardiendo de desafío. Eran unas vistas impresionantes.
—¿Por qué yo? —exigió saber—. De todas las nobles que podrías haber raptado para este plan retorcido, ¿por qué escoger a la de la finca derruida y el nombre mancillado?
Dejé que se me dibujara una sonrisa lenta y carente de humor.
—Porque ninguna de las otras se ajusta a mis necesidades tan bien como lo haces tú.
Al fin dirigí la mirada hacia la multitud de la puerta. Mi personal había venido a curiosear. Sims tenía la mano medio levantada, como si dudara si comentar la extraña escena. Sentí una oleada de impaciencia, atenuada solo por mi fascinación por la mujer que se resistía bajo mi magia.
—Fuera —dije, con voz calmada, pero con tono firme. Los miré a todos, dejando que las runas grabadas en mis huesos vibraran con poder.
Se dispersaron al instante, y solo quedó Vex.
Se fundió con la puerta gracias a esa irritante habilidad para desaparecer a plena vista.
Mientras tanto, permití que lady Evenfall se pusiera de rodillas bajo mi estricto control y luego se levantara.
Un mechón de cabello dorado se le soltó de las trenzas y le cayó sobre la mejilla sonrojada.
—¿Y ahora qué? —preguntó, fulminándome con la mirada—. ¿Vamos a discutir los «términos de mi cautiverio»?
—Es libre de llamarlo como más le guste.
—La rodeé, dejando que la tensión creciera.
Si le das la sensación de estar acorralado, hasta el más valiente cometerá errores.
Solo que aquella vez la intriga reemplazó al triunfo.
Tal vez fuera su resistencia. Tal vez mi estilo de intimidación estaba perdiendo fuelle.
O tal vez a una parte de mí le gustaban los retos.
Me detuve frente a ella.
—Se quedará en la fortaleza hasta la boda. No tratará de escapar ni de contactar a nadie de fuera. Cooperará en los preparativos de la boda. A cambio, no convertiré su vida en una absoluta pesadilla.
No parecía sorprendida.
—¿O qué hará si no? ¿Matarme? ¿Torturarme? ¿Encerrarme en una mazmorra? ¿Todas las respuestas son correctas?
Me encogí de hombros.
—Se me han pasado por la mente.
—Cuánta creatividad —dijo con desdén—. Esperaba algo más de un señor de la guerra aterrador.
Di un paso hacia ella.
—Oh, puedo ser muy creativo, lady Evenfall. ¿Quiere que se lo demuestre?
—Mi padre ya me ha encerrado en una torre —contestó—. Hay lecciones que nunca se aprenden.
Su rechazo me provocó un nudo ácido en el estómago. Aparté ese sentimiento y me concentré en el desafío que me planteaba.
—La boda —dije con frialdad— se celebrará mañana por la noche.
Se quedó boquiabierta.
—¿Mañana? ¿Está loco? —balbuceó, intentando encontrar las palabras—. No pretenderá… hacer esto de verdad. No puede obligarme a pronunciar los votos.
Dejé que mi voz bajara hasta alcanzar un tono peligroso.
—Creo que he dejado mis intenciones bastante claras, y no me gusta nada tener que repetirme.
La rabia ardió en sus brillantes ojos.
—No logró someterme en el camino. ¿Qué le hace pensar que lo conseguirá mañana?
Resistí el impulso de demostrar mi postura con una muestra tangible de magia de dominio.
—Porque en esta fortaleza yo tengo todo el poder y usted no tiene ninguno.
Levantó la barbilla a modo desafiante, aún sin miedo. Su atrevimiento descarado envió una oleada de calor por mis venas. Exhalé lentamente, buscando un acercamiento más calmado.
—¿Qué va a hacer, lady Evenfall? —pregunté, dejando que las sombras se enrollaran alrededor de sus muñecas para mantenerla en el sitio.
Ella no dijo nada, así que le giré con suavidad las manos hasta quedar con las palmas hacia arriba, fingiendo una curiosidad casual.
—Ese truco que usó en el camino… El de convertir la magia de sanación en un arma. ¿Dónde lo aprendió?
—Suélteme las manos y se lo mostraré.
La agarré de la barbilla y la obligué a mirarme.
—Puede pelear todo lo que quiera, hacer esto difícil para los dos, y aun así acabará convirtiéndose en mi esposa. O puede aceptar lo inevitable. Podría estar dispuesto a hacer su estancia menos… desagradable si elige sabiamente.
—Nada de esto podría ser agradable —respondió.
La solté.
—Empiezo a comprender por qué su padre la quería aislada. —Llamé a un guardia y entró uno de los reclutas más zoquetes—. ¿Están listos los aposentos de lady Evenfall?
—Sí, mi señor —dijo el guardia, sin mirarme a mí. Tenía la mirada fija en Arabella, contemplando con descaro su silueta mojada.
Una rabia de celos bramó en mi interior, tan repentina y poderosa que me sorprendió.
Mi magia de dominio salió disparada hacia afuera.
El guardia se estampó contra la pared. El espejo se hizo añicos y llenó de esquirlas el suelo.
Dejé que aquel bobo se ahogara durante un largo rato, hasta que se le puso la cara morada de pánico.
La expresión de Arabella se volvió cautelosa, aunque no del todo aterrada. Si acaso, parecía más bien de confusión, y algo que me recordaba bajamente a una curiosidad retorcida.
Sin apartar mis ojos de ella, llamé a Vex, quien ya estaba emergiendo de entre las sombras.
—Lleva a lady Evenfall a sus aposentos —ordené. Le lancé una mirada al guardia, me desaté la capa y la arrojé sobre los hombros de Arabella—. Asegúrate de que no le falte nada. No dejaré que mi futura esposa caiga muerta por hipotermia antes de los votos.
Arabella me lanzó una mirada larga y calculada que podría haber rozado la lástima.
—Se arrepentirá de haberme elegido —dijo bajito, como si me diera la oportunidad de echarme atrás.
Mi respuesta fue recoger mi daga y sujetarla con fuerza a un costado.
—Dejemos una cosa clara —contesté—: puede patalear y gritar todo lo que quiera, pero es mía hasta que se celebre la ceremonia.
Ella ladeó la cabeza.
—¿Y cuando acabe?
Reprimí un extraño atisbo de inquietud.
—Eso depende completamente de su cooperación.
El color le cubrió las mejillas, pero no dijo nada más. Solo se dio la vuelta cuando Vex la guio hasta la puerta y le echó un último vistazo al guardia que seguía colgado, jadeando en busca de aire.
Cuando se fue, centré mi atención en aquel desgraciado.
—Eres nuevo, ¿verdad? —pregunté, dejando que tomara una bocanada de aire aflojando la magia solo un poco. Desprendía olor a miedo.
Asintió frenéticamente.
—Permíteme que te explique algo para que no haya ninguna duda. —Las runas palpitaban en mis huesos, alimentando mi ira—. Lady Evenfall es peligrosa. Es valiosa. Y es mía. ¿Entendido?
Él volvió a asentir, con lágrimas corriéndole la cara. Lo solté sin ceremonias y cayó a mis pies.
—¡Thorne! —grité. Este apareció con una desconcertante prontitud—. Lleva a este idiota a las mazmorras y enséñale modales. Empieza con el paso siete del manual de tortura, el de las cucharas.
Thorne se llevó a rastras al guardia tembloroso.
Por fin a solas, me volví hacia las altas ventanas.
Las nubes de tormenta se arremolinaban en la distancia, negras y revueltas.
Puse la mano contra el cristal y sentí cómo las runas grabadas en mis huesos latían al ritmo de mi corazón, dejando tras de sí un dolor que era una mezcla de ira y anticipación.
Las amenazas no habían surtido efecto con ella.
Tal vez la tortura acabaría funcionando, pero habría tomado más tiempo del que estaba dispuesto a desperdiciar.
Si quería que aquella boda se llevara a cabo sin una rebelión de proporciones catastróficas, necesitaba algo más que simple intimidación…
, algún tipo de influencia que ella no pudiera eludir.
Salvo que yo no tenía ni la más remota idea de cuál podía ser esa influencia, y odiaba la incertidumbre incluso más que el escozor de mis runas.
Pero una parte ilusa e inquieta de mí se sentía más intrigado de lo que había estado en años.
Maldita sea. Si así era como funcionaba el emparejamiento, no era de extrañar que la gente afirmara que el amor era más peligroso que la guerra.