3 Proponle matrimonio antes de que te apuñale (hay que saber elegir el momento oportuno)
Arabella
E l mundo se torció hasta convertirse en un vertiginoso torbellino.
Jadeé y el sabor de la fría noche y los relámpagos abrasadores me cubrió la lengua.
Los brazos de Kazimir se apretaron alrededor de mi cintura, con su pecho duro e inflexible contra mi espalda mientras nos precipitábamos a través de cual fuera aquel reino de pesadilla que existía entre los espacios.
Entonces la realidad volvió con una fuerza brutal.
Salimos disparados del portal y chocamos contra un enorme escritorio de madera, esparciendo papeles y haciendo caer un tintero.
Me retorcí entre sus brazos, tratando de alcanzar la daga que llevaba en la cadera.
El movimiento nos tiró del escritorio y nos hizo rodar por una lujosa alfombra hasta que nos detuvimos.
Me aplastó contra el suelo mientras me sujetaba las muñecas.
De cerca era incluso más devastador. Sus ojos no eran simplemente grises: eran nubes de tormenta, estaban salpicados de destellos plateados que brillaban cada vez que los relámpagos iluminaban el exterior.
Una cicatriz tenue le atravesaba la ceja izquierda, y un mechón de pelo oscuro le caía sobre la cara, dotándole de un aspecto exasperantemente humano para ser un hombre al que habían apodado como el Terror de los Reinos Occidentales.
Era más joven de lo que había imaginado, tal vez solo unos pocos años mayor que yo. O todo el mundo había exagerado sobre su reinado del terror, o había dado con un algún elixir maldito para conservar su juventud.
El agua de lluvia le goteaba desde la punta de la nariz y aterrizaba en mi mejilla.
—Vaya —dijo, con la voz todavía agitada por el forcejeo—, eso ha sido mucho más dramático de lo que había planeado. Sí que le gusta hacer las cosas más complicadas, lady Evenfall.
—Quítese de encima —siseé, sacudiéndome inútilmente para liberarme. Cada centímetro de mi cuerpo estaba tenso, vibrando con una furia obstinada.
—Oblígueme —susurró, el desafío vibraba en cada sílaba—. Tengo que admitir que siento curiosidad por ver lo que intentará ahora.
Empujé con fuerza las caderas y abrió los ojos como platos durante medio segundo.
Ese pequeño instante de sorpresa fue todo lo que necesité.
Girando con brusquedad, conseguí dar la vuelta y arrebatarle la daga del cinturón de un solo movimiento.
Cayó de espaldas al suelo y soltó un gruñido cuando me senté a horcajadas sobre su cintura, presionándole el acero contra la garganta.
—¿Qué le parece esto? —pregunté.
No se movió, simplemente me miró con aquellos ojos cautivadores.
—Impresionante —dijo en voz baja—. Y ahora, lady Evenfall, ¿cuál es su plan?
Antes de poder responder, alguien habló desde la puerta con voz temblorosa.
—¿Mi señor? ¿Quieren que les… dé un momento?
Al levantar la vista, vi a un hombre demacrado vestido con traje formal que se encontraba cerca del umbral.
Detrás de él había un puñado de guardias, sirvientes y un hombre absurdamente alto vestido con una túnica y que parecía estar tomando notas.
Todos me miraban con una calma inquietante, como si fuera algo habitual ver a su señor amenazado a punta de navaja.
Levanté el labio.
—Voy a matarlo —anuncié, presionando la hoja hasta que una fina línea de sangre brotó de su cuello—, y si alguno de vosotros intenta interponerse en mi camino, lo mataré también.
Ninguno de ellos pareció asustarse. Uno de los guardias incluso sonrió.
El hombre de la túnica tomaba nota con energía.
Estaba claro que no era lo más loco que habían presenciado estando al servicio de Kazimir.
Se me revolvió el estómago con una mezcla de furia y pavor a l darme cuenta de que el único motivo por el que estábamos en aquella posición era porque él lo permitía.
El brillo de sus ojos era de pura diversión.
—Sims —dijo sin apartar la vista de mí—, lady Evenfall y yo necesitamos un momento para ultimar los detalles de nuestras inminentes nupcias. Su forma de negociar es… peligrosamente encantadora.
Presioné más la hoja, pero ni se inmutó.
—No voy a casarme con usted.
Se limitó a contemplarme.
—¿Alguna vez ha matado a alguien, milady ?
La pregunta me pilló desprevenida. No lo había hecho, por mucho que hubiera fantaseado con ello mientras estaba en la torre de mi padre. La respuesta debía verse reflejada en mi rostro, porque la mirada de Kazimir se suavizó solo un poco.
—Eso pensaba —susurró—. Créame, hay una gran diferencia entre chamuscarle la corbata a un pretendiente y rajarle la garganta a un hombre.
Una voz amarga en mi cabeza insistía en que podía eliminar esa falta de experiencia en ese mismo instante, pero la parte racional sabía que no tenía ni idea de si una simple daga bastaría para matar a un experto en magia oscura. Incluso si lo conseguía, jamás lograría abrirme paso entre su séquito.
De todos modos, apreté con más fuerza.
—Siempre hay una primera vez para todo.
Antes de poder cumplir con la amenaza, unas sombras se arremolinaron en mi muñeca.
La daga se zafó. Kazimir empujó hacia arriba e intercambió nuestras posiciones tan rápido que la cabeza me dio vueltas.
Se colocó entre mis muslos y presionó su cuerpo contra el mío.
Se me cortó la respiración y detesté la pequeña oleada de calor que me subió hasta las mejillas.
—Bueno —dijo con indiferencia—, usted ha intentado asesinarme y yo he intentado mantener una conversación educada. Pero no se equivoque: tendré una esposa, y esa esposa será usted. —Su voz se volvió más grave—. La única pregunta es hasta qué punto piensa ponérmelo difícil.
Me obligué a desistir y me dejé caer sin fuerzas. Levanté la mirada hacia él, recurriendo a una técnica que había perfeccionado tras años de manipular a los guardias de mi padre. Provoqué un temblor en mi labio inferior. Hice que mi voz sonara débil y dubitativa.
—No… No quiero seguir peleando —susurré.
La sospecha se apoderó de su rostro, pero parecía dispuesto a creerme. El brillo de victoria regresó a su mirada. Lentamente, las ataduras que rodeaban mis muñecas se aflojaron.
—Pues claro que no —ronroneó—. Verá que puedo ser en verdad agradable con aquellos que entran en razón.
Dejé escapar una lágrima y le miré batiendo las pestañas.
—Sí, mi señor. —Cuando aflojó el agarre, me lancé hacia un lado, apuntando con la rodilla a su entrepierna. Fallé el golpe, pero le di lo suficientemente fuerte como para que maldijera entre dientes y perdiera el poder sobre mí.
Me lancé a por la daga. Solo llegué a rozar la empuñadura con los dedos antes de que Kazimir me rodeara la cintura con un brazo. Me lanzó hacia atrás y me estampó contra la alfombra. El dolor me rebotó por la columna vertebral y me sacó el aire de los pulmones.
—Ya basta —dijo entre dientes, con la voz cargada de rabia.
Las sombras se espesaron a mi alrededor, sujetando mis extremidades contra el suelo.
La potencia de su magia retumbó en el aire.
Una estantería cercana traqueteó, haciendo que varios tomos pesados cayeran al suelo.
Sus propios sirvientes dieron un paso atrás, recelosos ante la creciente furia de su amo.
Él se puso en pie y se cernió sobre mí, chorreando de lluvia e ira, cada rasgo anguloso se acentuaba con la luz temblorosa de las antorchas.
Ya no me engañaba. Este era el oscuro poder que hacía que los reyes cerraran sus puertas con solo mencionar su nombre.
Por primera vez desde que comenzó nuestra pelea, un miedo real se apoderó de mi corazón, pero forcé una sonrisa desafiante.
—Esa ha sido la única vez que le va a funcionar —me advirtió, recorriendo mi cuerpo con la mirada.
Lo fulminé con la mía.
—Merecía la pena intentarlo.
—Desde luego. Seré más cuidadoso con esos ojos de cervatillo en el futuro. —En su rostro se dibujó una sonrisa de mala gana—. Pero ahora que ya se ha divertido, haremos las cosas a mi manera.
El legendario Señor Oscuro no iba a permitir que me escapara en sus narices. Intenté adivinar qué vendría a continuación. ¿Cadenas, tal vez? ¿Me encerraría de nuevo en una torre? ¿Otras humillaciones que no quería ni imaginar?
A pesar del dilema en el que me encontraba, me negaba a suplicar. Tras el espantoso año que pasé aprisionada por mi propio padre, me prometí a mí misma que nunca volvería a arrodillarme ante nadie. A pesar de los latidos acelerados de mi corazón, solo pude soltar una risa ahogada.
—Esto va de camino a convertirse en la mejor primera cita que he tenido jamás.
La sonrisa que me dedicó Kazimir como respuesta carecía de calidez.
—Bien. —La sutil amenaza de su tono se extendió por mi interior—. Porque será la última que tenga.